El secreto de su éxito

El secreto de su éxito

Juan José Campanella es el hombre (y director) del año. El secreto de sus ojos, ganadora del Oscar a la mejor película extranjera, lleva recaudados más de u$s 16 millones y es la película más vista en la Argentina en los últimos 35 años. Sólo en el mercado estadounidense, lo siguen 27 millones de televidentes a través de series como House y La ley y el orden. Prepara un ciclo sobre la vida de Manuel Belgrano y apuesta al cine de animación. 29 de Marzo 2010

“Es imposible hacer una buena película sin una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta.” Orson Welles.

Y Juan José Campanella lo sabe. Lo palpa. Lo siente. Los cruces de miradas infinitas, los lúdicos juegos entre los espacios, la pulcra fusión de colores... Todo, en su obra cinematográfica, está poéticamente plasmado. Tan exacto. Tan conmovedor. Como un estratega del séptimo arte que relegó la razón a un espacio secundario. Porque el primero –lo muestra, se ve– no es otro que el del corazón. La intuición. La nostalgia. El hombre que se confiesa adicto a Internet pero que, al mismo tiempo, cuestiona la alienación que produce entre los seres humanos. Que detesta la vida en Los Ángeles pero que, de alguna manera, casi convirtió a la ciudad del celuloide en un segundo hogar. Que ingresa de incógnito a las salas, quizá bajo el sacro resguardo de su boina oscura, para observar la reacción del público mientras mira sus películas y que se entristece terriblemente al toparse, por cuestiones del azar, con un hombre mayor comiendo solo en un restaurante. Que no olvida, que recuerda, que enaltece. Tras su marcha triunfal por la alfombra roja en el teatro Kodak, se consagró como el hombre del momento. Antes de alzarse con el Oscar a la  mejor película extranjera, logró que El secreto de sus ojos –la película más vista en los últimos 35 años en la Argentina– pasara a la historia como un verdadero blockbuster, superando a sus anteriores éxitos de taquilla (El hijo de la novia y Luna de Avellaneda): 2,5 millones de espectadores en las salas locales, más de u$s 16 millones de recaudación (u$s 9,3 millones en el país y más de u$s 7 millones en España), el premio Goya en las categorías mejor película hispanoamericana y mejor actriz revelación (Soledad Villamil). Y no sólo eso. También supo convertirse en el director argentino con mayor expertise en las teleseries de los Estados Unidos, dirigiendo algunos capítulos de House –rankeada en el top ten de los programas más vistos en ese país–, Law and order, 30 Rock, The guardian, Dragnet y Six degress. El resultado es elocuente: uno de los episodios de House que dirigió fue de los más vistos en sus seis temporadas al aire, alcanzando puntos de 27 millones de televidentes sólo en los Estados Unidos. En el mercado europeo, en tanto, lo siguen 80 millones de personas. Además, atesora dos galardones Emmy como mejor director (1995 y 1997) por su labor en Lifestories: families in crisis. En tanto, en el mercado local sigue presente a través de la emisión, por canal Encuentro, del ciclo que él mismo conduce, Entornos invisibles de la ciencia y la tecnología, y promete una serie sobre Manuel Belgrano para celebrar el Bicentenario. Clase Ejecutiva lo encuentra en viaje, camino a una reunión de producción en el corazón de Los Ángeles. “¡Uh! Acá te pasás una salida y... Es la primera vez que tomo este camino. Ok, ya estamos ubicados, sigamos con la entrevista”. No para. Y va por más.

Pasión de multitudes
¿Había imaginado que El secreto de sus ojos tendría tan buena aceptación entre el público y, finalmente, ganaría el Oscar?
No, esta repercusión no se la puede imaginar ni el más optimista de los realizadores porque excedió a El hijo de la novia, que era como una meta que parecía imposible de volver a repetir. Pero no solamente eso. Yo, en realidad, pensaba que iba a ser una película complicada de conectarse con el público. Sobre todo porque, desde lo convencional, es una película dura, una película difícil. Además, no es sólo que la vieron 2,5 millones de espectadores sino que muchos la vieron varias veces. Yo no pensaba que eso podía pasar con esta película por el final que tiene, con cierta vuelta de tuerca. Así que, la verdad, me sorprende. Y además, por supuesto, también me sorprende mucho la reacción en el extranjero.

Tiene componentes que hacen mucho a la idiosincrasia del argentino. Pero en España ya lleva más de un millón de espectadores...
Sí, y no sólo en España. Pero creo que eso no tendría que sorprendernos. Especialmente cuando, durante décadas, hemos mirado películas y series americanas que tienen diálogos y giros absolutamente yankees y no nos ha molestado en absoluto. Eso no creo que nos preocupe. Lo importante es que aborda una temática que me parece que ha pegado en todos lados, es una cuerda que ha tocado más allá de las idiosincrasias. Era algo imposible de prever.

En la película, juega con los espacios...
En un momento, justamente, en la estación de trenes de Retiro, veía y me parecía que la película se iba a mover a dos niveles, visualmente hablando. El de un hombre pequeño en una estructura enorme, donde es uno más entre miles, y a un nivel muy cercano, donde se vieran solamente los protagonistas y directamente los ojos. Esos dos extremos me gustaron mucho y por eso está un poco así diseñada desde lo visual.

¿Como la escena en la cancha de Huracán?
Huracán, Retiro, Tribunales... Son todas estructuras enormes con mucha gente de modo permanente. Me gustaba esa idea. En la película, en donde más visualizada está es, justamente, en la cancha de Huracán, que empieza con un plano a dos kilómetros de la cancha y se va acercando y acercando hasta llegar a la cara de una persona.

Hacer la América
Descendiente de italianos y españoles (“madre asturiana, de apellido Quintana”, aclara), Juan José Campanella nació un 19 de julio, 50 años atrás. Se crió al lado de un cine de barrio, entregó su corazón a la hinchada albiceleste y, ya en la adolescencia y en tiempos de revolución cultural, se enamoró, con toda la furia, del séptimo arte. Primero, acudió al Instituto Cinematográfico de Avellaneda (IDAC) y luego fue por más. La obra de Federico Fellini, el magistral director italiano, lo sedujo, aunque las palabras de sus maestros Aída Bortnik y José Martínez Suárez sellaron su alma.

Pero, algún día, cuando aun los teléfonos anaranjados de Entel formaban parte del mobiliario porteño, su espíritu inquieto le dictó armar valijas y cruzar fronteras. Durante 15 años halló cobijo en la tierra de las 50 estrellas, donde cursó una maestría en Bellas Artes, en las categorías de cine y televisión, en la Universidad de Nueva York.

Tras dar sus primeros pasos como montajista, hizo carrera en Hollywood. Primero, dirigió The boy who cried bitch y, después, Love walked in (en la Argentina, conocida como Ni el tiro del final) para Columbia Tristar Pictures.

Poco a poco, se fue codeando con los sets de televisión, las sitcoms y el sueño americano se materializó: lleva dirigidos cuatro capítulos de House MD, 16 episodios de La ley y el orden, uno de 30 Rock –protagonizada por Alec Baldwin y Tina Fey– y varios cortos publicitarios. Estos affaires, que mantiene hasta el día de hoy –y que le demandan, cada uno, casi un mes de intenso trabajo en Los Ángeles– le permiten, tal como asegura, regresar a las tierras autrales para abrazar, con fuerza, a su gran y eterno amor: el cine.

Sin dudas, la experiencia fuera de la Argentina le sumó proyección internacional y dinamismo a su trabajo, siempre enmarcado en un lenguaje sencillo, cauto y emotivo, sumado a una estética cuidada y pulida, y una mirada comprometida socialmente. Así, El mismo amor, la misma lluvia (1999) fue la primera co-producción de Warner Brothers en idioma español en toda la historia del estudio de Hollywood.

“Comencé a los 19, pero mi gran éxito fue a los 42”, suele recordar. El hijo de la novia, que fue nominada a los premios de la Academia en la categoría de mejor película extranjera en 2001, sería, por caso, la obra que marcaría un antes y un después en su trayectoria.

En tanto, en la Argentina, lidera –junto a sus tres partners: Camilo Antonili, Martino Zaidelis y Muriel Cabeza– la productora 100 bares, a cargo, además de los filmes y documentales, del desarrollo de campañas publicitarias para la señal TCM, de Turner Latinoamérica y especiales para ESPN.

Siempre alternó cine y televisión. ¿Es muy  diferente uno de otro, en la tarea de director?
La estructura de trabajo es exactamente la misma. El trabajo con los actores es exactamente el mismo. Quizá con los actores, en cine, tenemos un poco más de ensayo. Pero las ideas que se manejan son las mismas. Lo que es distinto es la velocidad, el ritmo de trabajo y la gramática, los tipos de plano que uno maneja son totalmente diferentes.

Ahora que terminó de filmar el capítulo de House en Los Ángeles, ¿tiene ya algún
ofrecimiento para dirigir otra serie?
No, yo no hago más de dos o tres capítulos por año en la televisión. Ahora, en House, me estaban ofreciendo hacer muchos capítulos más pero tengo varias cosas pendientes en la Argentina. Y, además, esta gira, que se extendió un poco más de lo común, se me hizo larga. La verdad es que estoy pensando cómo me voy a mover en el futuro cercano. Todavía no lo tengo decidido.

¿Es cierto que le ofrecieron dirigir Lost?
Una vez, en un momento, cuando la serie estaba empezando. Creo que era la época en que estaba con Vientos de agua. Pero lo que terminé haciendo con ese estudio fue la siguiente serie que produjo J. J. Abrams, que se llamaba Six degrees. Sólo un capítulo, porque la serie no funcionó.

En la Argentina, Campanella también está haciendo televisión. Aunque se trata de un producto totalmente diferente y en un rol absolutamente distinto: esta vez, se encuentra delante de cámara. Se trata de un ciclo que emitió durante todo 2009 –y que seguirá haciendo durante este mes– canal Encuentro, llamado Entornos invisibles de la ciencia y la tecnología, un programa de divulgación científica enfocado, principalmente, en adolescentes y estudiantes. El ciclo, tomando elementos de la tecnología y de ciencias como la física y la química, apunta a explicar de modo didáctico el funcionamiento de estructuras, como una montaña rusa, o de componentes de la vida cotidiana, como una lamparita. “Me encantó hacer este programa. La gráfica es buenísima. Ojalá podamos seguir, porque se necesitan recursos. En eso creo que están, tratando de conseguirlos”. Además, se encuentra en plena producción una serie sobre Manuel Belgrano que dirigirá Campanella, según indicaron fuentes del canal.

Nostálgico y moderno
Nostálgico, acaso. Feliz, por fin. Su obra entera delata, y con sabia poesía, pinceladas de su identidad. De su idiosincrasia. De su argentinidad.

Porque Juan José Campanella supo captar, bajo su lente, una mirada costumbrista y reveladora sobre el sentir argentino. Como si nunca se hubiese ido. Como si nunca hubiera abandonado los pagos del sur. Conmueve pero no entristece. Endulza pero no empalaga. Una dosis precisa donde combina, sin excesos, el romance, el drama, los miedos, la cultura y el compromiso ciudadano sin caer en lugares comunes ni en golpes bajos. El hijo de la novia, Luna de Avellaneda; El mismo amor, la misma lluvia y la miniserie Vientos de agua, entre otras, son prueba de ello. Esta última, una megaproducción argentino-española de 13 capítulos, que no tuvo, en principio, el resultado esperado.

¿Por qué cree que Vientos de agua no funcionó tan bien en el mercado?
Del mercado español no voy a hacer un análisis porque no lo conozco lo suficiente. En el argentino, podemos decir varias cosas, pero todas son teorías. La serie no estaba lo suficientemente instalada cuando se lanzó. La publicidad comenzó muy tarde, sobre la hora. El horario quizás no era el mejor. Una vez que se empezó a correr un poco la bola, la serie ya había empezado y estaba la percepción de que si te habías perdido los primeros capítulos ya no podías entender nada. O, quizá, no era un producto para un público masivo según los números que exige la televisión. Habiendo dicho esto, igual quiero hacer la salvedad de que la serie tuvo un promedio de rating de 13 puntos, que es más o menos el mismo promedio que tuvieron Los Pells en los últimos dos meses. Y, sin embargo, uno está visto como un éxito y el otro como un fracaso. También tiene que ver con cómo se instalan las cosas. Igualmente, esos puntos, teniendo en cuenta que cubren solamente Capital y Gran Buenos Aires, y que uno puede pensar que tiene más o menos lo mismo que el resto del país, es la misma cantidad de espectadores que convocó El secreto de sus ojos. Así que es posible que esa miniserie que muchos señalan como mi fracaso haya tenido la misma cantidad de espectadores que mi película ganadora del Oscar. Y quizá esa sea mi cantidad de espectadores en la Argentina.

¿Cómo analiza el cine argentino en cuanto a industria y en cuanto a su proyección internacional?
En este momento, en cuanto a la parte financiera, está bastante complicado. Los costos se han disparado. Es prácticamente imposible hacer una película pagando lo que exigen los sindicatos si no hay una coproducción y, así y todo, las posibilidades de recuperar la inversión son casi nulas. Si El secreto de sus ojos hubiera sido una película totalmente argentina, sin los subsidios, habría salido hecha. O sea, si vos necesitás el segundo éxito más grande de la historia argentina para salir hecho, nadie va a invertir. Entonces, son necesarios los subsidios y las coproducciones para bajar los costos. En el aspecto financiero, el cine está agonizante. No estoy echando culpas a nadie, porque estamos todos muy preocupados por el tema. Incluso desde el Incaa, con Liliana Mazure, que es la presidenta, estamos todos tratando de encontrar soluciones y salidas a cada instante. Son temas que exceden al simple establecimiento de una política. Por otro lado, creativamente, como siempre, la Argentina es muy efervescente: no se sabe de dónde salen los artistas pero siguen saliendo.

¿Las medidas de protección promovidas por el Incaa ayudan a fortalecer un poco la industria? (N. de la R.: Cada sala debe estrenar una película argentina cada tres meses, y en tanto cubra un porcentaje de la capacidad, que va del 8 % al 25 %, según el filme, de jueves a domingo, no se puede levantar).
Sí, por supuesto. Sin las medidas de protección, directamente no habría cine argentino. Tendría que haber, quizá, tal como se está por establecer en Brasil, más que un subsidio al productor, un subsidio al público. Es decir, incentivar a la gente a ver cine argentino. Porque ese es otro problema: hay una fuerte desconexión entre el público, me refiero al masivo, y el cine argentino en general.
No hay que tomar a El secreto de sus ojos como una regla o como un ejemplo sino como una excepción. Quizá la excepción confirma la regla, aun dentro de mi carrera.

De alguna manera, en esto también Campanella dejó su sello. Estas medidas de protección nacieron, justamente, cuando los exhibidores trataron de desplazar a Luna de Avellaneda, un filme protagonizado por Ricardo Darín, Mercedes Morán y Eduardo Blanco, que aterrizó en las salas en mayo de 2004. “Luna se hubiera caído en los 600 mil espectadores sin la medida. En cambio, llegó a 1,1 millón”, recordó el realizador en cierta oportunidad. La película, que sorprendió a un público poco acostumbrado, hasta entonces, a una recreación tan fidedigna de una kermese en un club de barrio a fines de los años ’50 y donde hasta el doble de Alberto Castillo, que se inmiscuye tras los compases de Siga el baile, siga el baile... parece real, rescata la función de los espacios de reunión comunal. Causó tanto revuelo en el mercado interno que se volvió a debatir sobre la ley de inembargabilidad, las empresas proveedoras de aguas bajaron el precio a los clubes barriales en un 50 por ciento y hasta se creó el Día Nacional del Club, que otorga un premio anual, naturalmente llamado Luna de Avellaneda. “Por primera, vez tomé conciencia de lo que puede llegar a ser el cine como un fenómeno de masas”, asegura.

El filme tuvo una gran repercusión nacional...
Sí, Luna de Avellaneda es mi película favorita... En realidad, no puedo elegir una porque las quiero a todas y me parece que cada una es representativa de distintos momentos de mi vida. Pero, si me dijeras el caso hipotético de que explotara una bomba y sólo sobreviviera una, y bueno, tendría que decirte que elegiría Luna de Avellaneda.

Cuando termina de filmar, ¿qué siente?
Me cuesta muchísimo desconectarme y me cuesta muchísimo empezar una película nueva. Admiro y envidio a los colegas míos que ya tienen su próximo guión preparado. No sé cómo hacen. Todavía me está costando desengancharme de El secreto de sus ojos.

¿Cómo sigue el año?
Ya estoy empezando una película de animación, que va a estar lista para 2011.
En el mercado se comenta que la película se titularía Metegol, que estaría inspirada en un cuento de Fontanarrosa y que podría costar unos $ 9 millones. Pero, eso ya es parte de otra historia. Luz, cámara, acción.



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