El riesgo de convivir con el poder absoluto

El riesgo de convivir con el poder absoluto

Fragmentación de la oposición, personalización de la política, falta de contrapesos al poder y una acentuada tendencia hacia un sistema de partido dominante son las principales luces amarillas que emergen de cara al nuevo escenario político que terminará de configurarse tras el previsible triunfo K el próximo 23 de octubre. 23 de Septiembre 2011

El resultado de las primarias del 14 de agosto no solo dejó en claro que Cristina Kirchner seguirá, al menos, cuatro años más al frente del poder en la Argentina, de no mediar imprevistos en los comicios de octubre. Su aplastante triunfo en esa novedosa instancia electoral puso luz sobre un debate en el que la forma en que la Presidenta administrará de ahora en más ese enorme respaldo popular -sin caer en la tentación, ¿o sí?, de eludir controles institucionales o sentirse en la facultad de no rendir cuentas a nadie por sus actos- encendió renovadas luces de alarma en el escenario político argentino.

Desorientados tras el veredicto de las urnas, los abatidos candidatos de la oposición cambiaron la trabajosa tarea de pedirle a la ciudadanía su voto de confianza para llegar al sillón de Rivadavia por otra más módica, aunque por ahora de improbable concreción: convertir el comicio del 23 de octubre en una suerte de instancia legislativa destinada a impedir que el kirchnerismo logre también el control del Congreso consolidando la tan mentada hegemonía K.

Sin embargo, a solo un mes del comicio, el clima electoral languidece, la oposición dispersa no acierta en articular una alternativa convincente y Cristina se encamina -según la mayoría de las encuestas- a asumir su segundo mandato (el tercero de la era K) con un enorme poder -legítimo, por cierto- pero que encuentra su peor contracara en un acentuado desequilibrio político.

Frente a este panorama, la pregunta se impone: ¿hay riesgos institucionales si CFK consigue revalidar títulos el 23 de octubre e, incluso, superar el 52% de los votos (porcentaje que obtuvo Raúl Alfonsín en el '83) convirtiéndose en la presidente más votada desde el restablecimiento de la democracia?

"Sería la anulación del Congreso, el poder absoluto, Venezuela...", alertan los opositores en su afán por ponerle un cepo al recargado poder de CFK. Es que a nadie se le escapa que el signo distintivo de estos tiempos no ha sido otro -le guste o no a los kirchneristas- más que el firme rechazo del Gobierno a aceptar cualquier tipo de límite a su administración; provenga de donde provenga.

“La tentación permanente de quien triunfa de semejante manera es por supuesto la de -si así lo juzga o cree que lo precisa- llevarse luego todo o casi todo por delante con el argumento de que está perfectamente autorizado por el principio de la soberanía popular y la regla de la mayoría. Estaría de acuerdo con la cultura y tradición política argentinas”, afirma Carlos Strasser, politólogo de Flacso e investigador superior del Conicet. Y fundamenta: “Se trata del peligro típico de las democracias de tipo plebiscitario, en general presidencialistas, que piensan que lo políticamente legítimo descansa exclusivamente en el voto”.

Rosendo Fraga concuerda y asegura que un rotundo triunfo oficialista el próximo octubre abrirá definitivamente "la puerta a la hegemonía política".

"El mismo día en que la Presidenta mostraba un lenguaje político moderado en su primera conferencia de prensa en un año y medio (tras las internas de agosto), pedía a la Justicia que resolviera rápidamente las cuestiones pendientes de la ley de Medios; disponía impulsar en el Congreso la sanción de la ley que limita la compra de campos por parte de extranjeros; enviaba el proyecto de Presupuesto para 2012 e imponía a Daniel Scioli una nueva ministra de Educación (Silvina Gvirtz), del equipo del candidato a vice Gabriel Mariotto", enumera el director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría para ilustrar lo que llama “una profundización del modelo” a partir del 10 de diciembre.
Para el sociólogo Marcos Novaro, los temores a una hegemonía K son tan justificados que sólo basta una rápida mirada por el espejo retrovisor: “La valija de Antonini Wilson, la crisis del campo, la manipulación del Indec...”, cita y completa: “La propensión hegemónica existe y es parte de la lógica misma del kirchnerismo que ha tenido éxito radicalizándose y puede llegar a la conclusión de que le conviene seguir por esa vía”.

En esa línea, Novaro imagina que el Gobierno continuará en los próximos cuatro años aplicando su metodología de “radicalizar los conflictos -por ejemplo con los medios y en particular con el Grupo Clarín- profundizando la polarización y combatiendo a sus enemigos para mantener unida a la coalición heterogénea que lo integra y alineados a los más moderados”.

“Los problemas institucionales serios, los veo no tanto por el lado de la corrupción sino del abuso del poder sobre los medios”, sostiene.

El nuevo Congreso
Sin embargo, no todos los politólogos coinciden con este análisis. Diego Reynoso, investigador del Conicet, no ve factible un escenario de concentración de poder, si por concentración se entiende el dominio del Ejecutivo, además de los dos tercios del Senado y de Diputados.

"A lo sumo habrá mayoría en ambas cámaras, pero eso es saludable en los sistemas presidencialistas, donde siempre se busca que el Presidente pueda ejecutar su agenda y esté acompañado por las mayorías. Obama ganó por el 52% de los votos, por ejemplo", desdramatiza.

En la misma dirección, Javier Zelaznik, profesor de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), afirma que "no existen riesgos institucionales asociados a la existencia de gobiernos mayoritarios. De hecho, los gobiernnos mayoritarios de un solo partido son un fenómeno no inusual en los sistemas democráticos", dice, y agrega: "Un triunfo amplio del Gobierno implicaría, principalmente, un aumento en su capacidad de toma de decisión a través del Congreso, algo que suele valorarse positivamente".

El analista Manuel Mora y Araujo, director de Ipsos-Mora y Araujo, coincide y plantea la otra cara de la misma moneda: "Más bien lo que se ve es una oportunidad para una profunda renovación en las filas opositoras".

"En la Argentina hay problemas y riesgos institucionales no por concentración de poder, sino por falta de control producto de la fragmentación extrema de la oposición", complementa Reynoso.

Por lo pronto, el paisaje parlamentario que -se supone- dejará la elección de octubre asoma bastante sombrío para los opositores. El FPV superaría los 129 diputados que necesita para alcanzar el quórum en la Cámara Baja con solo sumar a sus aliados (y a los disidentes que de a poco emprenden su regreso al redil kirchnerista) y, además, obtendría cómodamente los 36 senadores que requiere la mayoría en la Cámara Alta, sin siquiera sacar un voto más que los que ya cosechó en la primaria de agosto. Margen más que suficiente para imponer su agenda.

Con el radicalismo devaluado y víctima de su propio internismo, la Coalición Cívica de Elisa Carrió y el PJ Federal a un paso del desmebramiento después de su pobre performance en las primarias, no se ve en el horizonte -al menos por ahora- una alternativa opositora capaz de equilibrar el avance del kirchnerismo.

Es que el gran dilema no resuelto que enfrenta la Argentina es la crisis del sistema de partidos, que hizo su eclosión en 2001, produciendo el desgaste de las identidades partidarias y una tendencia, incluso, a subordinar la organización de las fuerzas políticas al impacto mediático de sus líderes. Sumado a eso, la guerra de egos que exhibieron en las preliminares de agosto los referentes de la oposición terminó por dinamitar cualquier intento por consolidarse como verdadera alternativa electoral.

"Siempre es mejor que haya contrapesos, pero creo que tanto el oficialismo como la oposición son responsables de la debilidad institucional del país, porque la personalización extrema de la política hace que los candidatos nos estén mostrando -particularmente los de la oposición- que lo único que les interesa es tratar de acumular votos y no inscribir en la agenda alguna propuesta atractiva", opina el politólogo y ex secretario de Cultura, José Nun. De todos modos, Nun rechaza la idea de que las políticas kirchneristas de los últimos años hayan agudizado el estatus precario de las instituciones argentinas. Por el contrario, dice, "basta recordar la década del '90, los intentos de golpe de estado contra Alfonsín y la vieja Corte Suprema y compararla con la Corte que nombra Néstor Kirchner cuando llega al poder. Hay una diferencia de calidad muy grande", afirma, aunque también le achaca al oficialismo no haber adoptado “medidas en el frente impositivo y judicial” que permitieran profundizar la calidad institucional.

Partido único, ¿sí o no?
Así las cosas, muchos se preguntan si la situación actual -luego de la aplastante victoria del oficialismo y la debacle opositora- hace prever para la Argentina un futuro de partido único, al estilo del PRI mexicano o la Venezuela de Chávez. Por el contrario, todos los analistas consultados por We descartan esa posibilidad y sostienen que ambos casos no son comparables con la realidad local. A lo sumo, dicen, estaríamos ante un esquema de "partido dominante". Así lo explica Julio Burdman, director de la carrera de Ciencias Políticas de la Universidad de Belgrano (UB): "Tanto el PRI como el chavismo tuvieron algo o bastante que ver con la baja competitividad de los partidos opositores. Pero en el caso argentino de hoy, la fragmentación de la oposición es responsabilidad de ella misma: tras el derrumbe de la UCR en 2001, el no-peronismo no logró reconstituirse, por razones endógenas. El peronismo K no es una fuerza hegemoninzante del sistema de partidos, y ello pudimos verlo en las elecciones de 2009: el propio Kirchner perdió contra De Narváez en la Provincia”.

Zelaznik, por su parte, señala que "en un sistema de partido único, legalmente se permite la existencia de un solo partido, algo que no ocurre en Venezuela y, por supuesto, tampoco en la Argentina", y coincide con Reynoso en que la tendencia apunta "a un sistema de partido predominante en el cual un partido político, el PJ o FPV, tiene una mayor capacidad de ganar elecciones en diferentes niveles de gobierno".

"En la ciencia política, la idea de sistemas de partidos predominante hace referencia a un dominio en un contexto de competencia razonablemente justa y limpia, como es el caso de Argentina, a pesar de sus imperfecciones y picardías. Es muy importante tener en cuenta que el predominio del PJ-FPV no se basa sólo en su amplio caudal electoral, sino también en la forma en que se articulan las alternativas políticas opositoras y el electorado no alineado con el partido oficial. La situación sería diferente si el electorado no alineado con el kirchnerismo se hubiese coordinado alrededor de sólo una de las diferentes candidaturas alternativas”, indica.

Novaro aporta otro matiz a ese análisis.”El peronismo no es el PRI, pero es peor en algún sentido, dado que el mexicano es un partido institucionalizado, cohesionado, con reglas de juego; el PJ es una suma de tribus desinstitucionalizadas. Es decir, tiene todos los defectos de la hegemonía, pero ninguna de sus virtudes”, acota.

“La estructura social del país dista de ser tan homogénea como precisa un sistema de partido único, excepto que se trate ya de una dictadura”, apunta por su parte Strassser, y pone como ejemplo a una clase media, sobre todo urbana, en la Argentina “que nunca deja de ser antiperonista, hasta visceralmente, y que al efecto es demasiado fuerte en ciudades como Buenos Aires, Córdoba, Mendoza o Rosario”.

Nun también destierra la teoría del partido único. Y a diferencia de Novaro, refuta los pronósticos de una mayor "radicalización" de los aspectos más controversiales del modelo K a partir de diciembre. "Conjeturo como probable un gobierno más centrista, tratando de fomentar acuerdos entre el capital y el trabajo, dándole importancia al Consejo Económico y Social", arriesga.

A juicio de Mora y Araujo, el rumbo que tomará el segundo mandato de Cristina depende "menos de la voluntad del Gobierno que de factores objetivos, internos o externos: las necesidades políticas de muchos gobernadores y un mundo complicado que requiere prudencia y buena letra".

El dilema de la sucesión
Si bien todo hace prever que el oficialismo gobernará con comodidad al menos los dos primeros años, tras recuperar la mayoría en el Congreso, el problema que enfrenta a mediano plazo la Presidenta pasa por su propia sucesión. En ese contexto, el intento de reformar la Constitución para permitir "una Cristina eterna", como insinuó hace unos meses la diputada ultra-oficialista Diana Conti, se convierte -en opinión de Rosendo Fraga- "en un escenario posible si el oficialismo vuelve a obtener el 50% o lo supera". La otra alternativa -de hecho en estudio- sería ir hacia un régimen parlamentario para compartir el poder con un primer ministro, una idea que sustenta el juez de la Corte Eugenio Zaffaroni.

"Cristina puede intentar lo que quiera, pero otra cosa es que lo consiga. La sociedad no se entusiasma con las reformas constitucionales", sostiene Mora y Araujo.

Para Burdman, "más allá de que lo haga o no, sería de esperar que la mandataria juegue con esa probabilidad para señalar al resto de la dirigencia política que sus márgenes de maniobra son amplios. Es lo que haría cualquier político habilodoso".

En la misma línea, Novaro sostiene: “Como Menem en su segundo mandato, Cristina puede jugar con esa idea para amenazar, manejar la agenda, pero recordemos que al riojano esto finalmente le jugó en en contra porque le impidió buscar a un sucesor amigable. No creo que encuentre socios en este caso”.

Pretenda o no avanzar con una reforma, está claro que la tarea no parece sencilla. Una modificación a la Carta Magna requeriría una ley especial del Congreso votada por los dos tercios de los miembros de cada cámara, con los que el oficialismo difícilmente cuente en el próximo período. Sin embargo, "la experiencia argentina de 1993, cuando Menem consiguió el Pacto de Olivos negociando con Alfonsín, así como las reformas logradas por los líderes populistas latinoamericanos (Fujimori, Chávez, Correa, Morales), muestran que tras una elección exitosa, amenazar o realizar un referéndum para apoyarla suele resultar una estrategia eficaz", aporta Fraga.

Más escéptico, Nun no cree que Cristina intente reformar la Constitución para conseguir su reelección aunque, a título personal, mira con simpatía un viraje al sistema parlamentario que impera en las democracias europeas. "Sería una condición necesaria, aunque no suficiente, para la consolidación institucional", concluye.



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