El otro Paulmann

El otro Paulmann

Hermano de Horst, el número uno de Cencosud, Jürgen también forjó en Chile su propio imperio, que ya factura más de US$ 650 millones anuales. 02 de Diciembre 2011
La tarde está despejada, excepto por la capa de smog que cubre la ciudad. Atrás quedaron Los Andes, el río Mapocho y el nuevo referente que se suma a la postal de Santiago de Chile: la torre Costanera Center, un rascacielos que, con 300 metros de altura, lidera el ranking de los más altos de América del Sur. El proyecto demandó una inversión de US$ 500 millones y está a cargo de Cencosud, holding que lidera Horst Paulmann. Los emblemas del grupo –Jumbo, Easy, Aventura Center y Santa Isabel, entre otros– no podían faltar en lo que sería el ícono del bicentenario chileno, con corte de cintas previsto en 2009 pero que continúa en construcción.

Mientras el número uno de Cencosud extendía su imperio por América latina, otro Paulmann hacía lo propio en Chile. Sobre la calle Santa Elena, en la zona industrial de la ciudad, se encuentran los headquarters del Grupo de Empresas JP. Las siglas hacen referencia a Jürgen Paulmann, hermano de Horst y fundador de un holding que facturó US$ 654,2 millones en 2010. Entre sus 12 empresas, la aerolínea Sky representa el 62 por ciento de esa suma.

Traje negro, camisa celeste y corbata. Jürgen Paulmann entra en la oficina y se sienta junto a una mesa redonda de madera. Es el cuarto de ocho hermanos. Nació en Kassel, Alemania, cinco años antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Su padre, Karl Werner Paulmann, era oficial de las SS, guardia personal de Adolf Hitler. “Los estadounidenses se lo llevaron preso. Se escapó de la cárcel y viajó a la Argentina”, narra el empresario. A pesar de que llegó a Chile hace 62 años, mantiene su acento alemán. En un tono pausado y con lujo de detalles, Paulmann resume sus 77 años de vida. 

De los Alpes a los Andes 
Fue en abril de 1948. Junto con su madre, Hilde Kemna, y sus seis hermanos –uno falleció después de la Guerra–, Paulmann escapó de Alemania y emprendió viaje hacia América para encontrarse con su padre. Tenía 14 años pero recuerda cada detalle de la travesía: “Tomamos un tren al Sur. Había que llegar a Austria pero no teníamos permiso para salir del país. Así que pasamos a escondidas”. Allí, planearon el cruce a Italia a través de los Alpes. Consiguieron un guía y partieron de noche, en dos grupos. Su hermana mayor se fue en el primer turno, junto con tres de sus hermanos y un matrimonio. En el trayecto, los sorprendió la policía italiana. “Hubo gritos y un disparo. Como estaban acostumbrados a jugar a las escondidas durante la Guerra, mis hermanos se escondieron en el bosque y se salvaron. Los carabinieri se llevaron al matrimonio”, cuenta Paulmann. Se ocultaron en una hostería, esperaron dos días y retomaron el cruce hacia Italia. “A mitad de camino, mi madre se resbaló. El menor de mis hermanos quiso sujetarla y también se cayó. Yo tampoco pude agarrarlos, así que nos fuimos los tres pa’ abajo”, relata. Aterrizaron vivos pero golpeados. El guía continuó y los dejó solos. Sin mapas ni brújulas, caminaron hasta que vieron las primeras luces, cuatro horas después. “Alguien nos hacía señas desde la parte trasera de una casa y empezamos a bajar. Era, exactamente, el punto al que teníamos que llegar”, afirma el alemán. Los guiaron hasta Milán y tomaron un tren hacia Génova. Consiguieron un documento de la Cruz Roja, compraron un pasaje en buque y zarparon rumbo a América. “Dejábamos el muro detrás, contentos y alegres, porque ya no podían agarrarnos”, cuenta. El viaje duró 18 días. Paulmann recuerda los mareos, las noches de sonámbulo y el cruce del Río de la Plata. En el puerto de Buenos Aires, los esperaba su padre, a quien no veía desde 1941. 

Se quedaron un año y medio en el país, en una casa en Ingeniero Maschwitz. “Me gustaba Buenos Aires. Todo era bonito”, cuenta el empresario. Empezó a trabajar en una fábrica de puertas y ventanas, hasta que un maestro mueblista alemán lo aceptó en su taller de Belgrano. Aprendió a hacer muebles pero el dinero no era suficiente. Con Horst, un año menor,  salieron a vender productos en los alrededores de Buenos Aires para ganar algo de dinero extra. Su padre tampoco la estaba pasando bien. “Era la época de Perón y había poco trabajo para los inmigrantes”, cuenta Paulmann. Entonces, Karl Werner partió a Chile y aceptó un trabajo en el Club Alemán, un hotel ubicado en el sur del país andino. Una noche de luna llena, a fines de 1949, la familia tomó un tren y emprendió el cruce de los Andes. Nuevamente, su padre los esperaba del otro lado para recibirlos.

En la ciudad de Temuco, compraron el restaurante Las Brisas. Paulmann viajó a Santiago para trabajar en el hotel Crillón, donde aprendió gastronomía y atención al cliente. Horst siguió sus pasos y los dos hermanos quedaron a cargo de la administración del restaurante. “Nos entusiasmamos y pusimos un autoservicio, que, luego, se transformó en supermercado y también se llamó Las Brisas. Fuimos parte de la primera red de supermercados de Chile”, asegura Paulmann. Las Brisas se amplió y, en 1965 –año en que se casó con su mujer, Rosemarie Mast–, los hermanos Paulmann abrieron otro supermercado, en Concepción. “Nos fue bastante mal. Yo estaba de luna de miel y me llamó mi hermano diciéndome que había problemas. Volví, visitamos a los proveedores y logramos una renegociación de la deuda”, cuenta.   

Aprendiendo a volar solo
Los hermanos se separaron en 1976. “Teníamos visiones distintas de cómo trabajar. Muchas veces, es lo que pasa con los negocios familiares”, explica el empresario. Horst inició el imperio Cencosud; Jürgen se quedó con los supermercados del sur y creó Adelco, una distribuidora de alimentos. Durante las protestas contra el gobierno de Augusto Pinochet, en 1984, Las Brisas sufrió una serie de atentados y saqueos: “En una misma noche, tuvimos siete incendios. Las compañías de seguros se retiraron y no tenía sentido reconstruir los supermercados”. Entonces, Paulmann decidió probar suerte en otros rubros, sin saber que estaba sentando las bases de un holding que, tres décadas después, facturaría más de US$ 650 millones.

El camino tuvo altibajos. Empezó con las adquisiciones de un predio forestal, una empresa importadora y una fábrica de puertas y ventanas, que tuvo que vender porque “los socios se pusieron flojos”. A su vez, creó una deshidratadora de hortalizas. Pero, cuando Chile perdió el 15 por ciento de bonificación que los Estados Unidos pagaba por ese tipo de productos, debió cerrarla. También, apostó por la ganadería y compró una estancia en el sur.

Finalizadas las protestas sociales, Paulmann recuperó los seguros y reconstruyó algunos supermercados. Tenía 18 en todo el país: “Fue un bonito trabajo. Pero, en 2003, decidí venderle Las Brisas a Horst”. Se quedó con dos restaurantes Quick Biss, de comida rápida; compró la empresa de galletitas Tip Top; una fábrica de helados artesanales, Gelato’s, y abrió una fábrica de muebles. Adquirió otra estancia, para engordar ganado. “Pero el negocio dejó de ser rentable porque Chile abrió la frontera y se llenó con carne argentina”, explica. Optó por usar esa tierra para plantar semillas. Sin embargo, como el mercado “era muy incierto”, abandonó la tarea y probó con la producción de avellanos europeos. Funcionó. Además, incursionó en el cultivo de berries. “En total, controlaba unas 56 sociedades”, afirma.

Un alemán en La Habana
La invitación para cenar con Fidel Castro llegó en 1993. Paulmann, que tenía contacto con Cuba a través de Santa Ana, empresa de exportación e importación en la cual todavía participa, asistió al Palacio de Gobierno junto con su mujer. “Ella comía al lado de Fidel. Yo estaba con dos ministros, uno de cada lado, y miraba para el frente. La veía a ella y sonreía. Pensaba en las vueltas de la vida”, recuerda. “Es un hombre bien interesante. La relación fue buena. Pero no tuve más contacto con él porque no me allego a su ideología”, confiesa.
Volvió a la isla en 2000. Esta vez, por negocios. El proyecto para crear una aerolínea que volara en Cuba ya estaba en marcha. Ingresó como inversor y alquiló tres aviones con posibilidad de compra. Las negociaciones con el Gobierno por permisos de vuelo fueron largas: “Había mucha desconfianza. Pero, finalmente, nos entendimos”. No obstante, Sky Airline nació con la rueda izquierda. Después de ocho meses de operación, el negocio se frustró por la aplicación de la ley Helms-Burton, que establece –entre otras cláusulas– que cualquier compañía no estadounidense que comercie con Cuba podrá ser sometida a represalias legales. “Mala suerte. Otro negocio que fracasó”, pensó Paulmann. Pero no se dio por vencido. Con tres aviones a cuestas, volvió a Chile e hizo lo que nunca quiso: volar en el país andino, donde estaba LAN como única aerolínea. “Muchas cosas en la vida no son porque uno las busca, sino que se producen”, sentencia.  

Las operaciones de Sky empezaron en 2002. La aerolínea, que en 2010 facturó US$ 404,2 millones, tiene el 19,2 por ciento del market share en Chile, según la Junta de Aeronáutica Civil (JAC) de ese país, y transporta 1,3 millón de pasajeros al año. Tras la adquisición por leasing de cuatro nuevos Airbus A320  –por cada uno, pagará US$ 200.000 mensuales, durante los próximos 22 años–, la empresa proyecta un crecimiento del 10 por ciento para 2011. 

Detrás del empresario
El despertador suena a las 5:45. Paulmann sale de su casa en La Reina, una comuna en las afueras de Santiago, para llegar a la oficina a las 8. No vuelve hasta las 20. La rutina se repite todos los días, de lunes a lunes, excepto algún que otro domingo. “Cuando uno quiere crecer o desarrollar algo, hay que trabajar”, justifica el empresario.  En su círculo íntimo lo definen como un hombre austero y de perfil bajo. Un verdadero gentleman pero obsesionado con controlar cada detalle de sus empresas. “No insista con su loca pasión”, responderá cuando alguien le sugiera una idea de negocios que él crea descabellada.

Excelente cocinero y bailarín –según quienes lo frecuentan extra laboralmente–, tiene 13 nietos y cuatro hijos: Eberhard, Margit, Andel y Holger, miembro del directorio de Sky. Aunque afirma que no dispone de tiempo libre, confiesa que le encanta trabajar en el campo y que solía hacer yatching, cabalgatas y ski.

¿Alguna vez pensó en ser piloto?
Era un sueño que tenía de chico. En Alemania, íbamos con mi papá a ver prácticas de vuelo sin motor. Los jóvenes llevaban un avión arriba de un cerro, lo corrían para darle vuelo y lo largaban. Daban unas cuantas vueltas y aterrizaban. 

¿Tiene pensado emprender algún nuevo proyecto?
Tengo muchos desafíos aquí. No quiero iniciar nuevas cosas hasta no desarrollar bien lo que tengo. Las nuevas rutas nos quitan bastante tiempo y dedicación. Crecimos relativamente rápido y eso requiere que uno lo asuma y afirme. 

¿Planea asociarse nuevamente con Horst? ¿Cómo es su relación con él? 
No. Trabajamos bien cada uno por su lado. Tenemos buena relación pero los negocios son los negocios. Nos seguimos viendo y hablamos por teléfono. Pero él no tiene tiempo, yo tampoco. Con los otros hermanos pasa lo mismo: el trajín del día a día lo tapa todo.
Dos horas más tarde, Paulmann se levanta de su silla. Antes de despedirse y volver al trabajo, imagina cómo sería su vida en 10 años: “Seguiría trabajando. Lo peor es cuando uno no tiene qué hacer. Pero nunca dejaré de tener algo que hacer”.



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