“El miedo a invertir se llama Néstor Kirchner”

Según Sergio Berensztein, director de Poliarquía, la crisis es estrictamente política. Aunque vaticina un “agudo conflicto”, no profetiza un apocalipsis: “Nadie gana con el caos”. 07 de Abril 2010

Llega de una reunión. Pide disculpas por la demora. La semana anterior, había estado de viaje. Almuerza unos sándwiches de miga, recién, pasadas las 5 y cuarto de la tarde. Posa sus dos BlackBerry sobre la mesa. Las ignorará a lo largo la hora y media de charla, sólo interrumpida para confirmar la agenda del día siguiente, que arrancará con una charla para una importante minera. “Hay una mayor comprensión de la importancia de la política para la toma de decisiones en materia de inversión, para mensurar los riesgos de distintos escenarios. Eso genera, obviamente, demanda por información y opinión. El 90 por ciento de nuestra demanda de análisis es para empresas”, explica Sergio Berensztein, director de Poliarquía y uno de los politólogos cuya opinión más avidez despierta en los boards.

¿Cómo definiría el escenario actual?
Atravesamos una transición. Caracterizada por un gobierno debilitado pero, todavía, influyente, fuerte, y una oposición que ganó una elección, pero muy fragmentada. Y esto es la primera vez que ocurre. Hasta ahora, el fin de los gobiernos estaba signado por un gobierno cada vez menos influyente y una oposición coordinada, en ascenso. Es un terreno nunca atravesado por la Argentina y estamos con dificultades para extraer lecciones del pasado. Uno tiende a pensar que, en general, los finales de gobierno son caóticos. ¿Hay caos hoy? La verdad, no. Ni en lo económico, ni en lo político. Al contrario, uno ve hechos que, en algún sentido, ordenan el conflicto. No hay caída brutal del producto ni importante fuga de capitales, que son las causas que generaban los grandes problemas económicos que, a la vez, vaciaban aún más el poder político. Es la primera vez que la crisis es estrictamente política. Muy fuerte, en este caso.

¿Cómo puede evolucionar?
Sería ingenuo pensar que habrá una transición moderada. ¿Qué nos queda? Conflicto. ¿Qué tipo de conflicto? Agudo. Altos niveles de conflictividad, de incoordinación, de incapacidad para capitalizar los errores forzados y no forzados que comete la otra parte. Con un gobierno debilitado pero muy coherente, homogéneo, en su liderazgo y su discurso. Y una oposición muy fragmentada, con un grado de dificultad de coordinación. Y con el problema de tener que transitar, nada menos, que un año y medio de gestión (muchísimo tiempo), con mucho más para perder que el Gobierno.
El escenario base es de mucho conflicto, mucha confrontación y mucho desgaste. Y un proceso electoral que tiene, claramente, algunas figuras, que aparecen en el horizonte como con más posibilidades de hacer una diferencia, pero con una advertencia: un año y medio antes de la elección de 1983, Alfonsín no era un líder importante. Lo mismo Menem. De la Rúa dudaba. Y Kirchner, antes de 2003, no existía. Es cierto que hay un conjunto de dirigentes que ya están en la cabeza de la gente y hacen un esfuerzo claro por instalarse. Pero falta un año y medio. Uno puede imaginar el camino electoral con enormes espacios de incertidumbre.

¿Falta un año y medio, en serio?
Desde el lado de la intuición, de la aceleración del desgaste de la oposición (también, del Gobierno), uno estaría tentado a decir que hay chances de adelantamiento. De hecho, el Gobierno ya lo hizo el año pasado. Pero el artículo 95 de la Constitución es taxativo: las presidenciales tienen que tener lugar dentro de los 60 días previos a la finalización del mandato, que dura cuatro años. Es más difícil que adelantar una elección de medio término, para la que basta una ley. Puede haber restricciones institucionales no fácilmente sorteables. Hay una contradicción entre sentido común, intuición, lo que uno ve en términos de aceleración de tiempos políticos y, por otro, las reglas de juego. No diría que, en principio, hay consensos como para adelantar.

¿Ganaría el Gobierno adelantando?
Estas decisiones se toman con un cálculo estratégico de escenarios hipotéticos. En general, te preguntás qué te conviene más. Hoy, el Congreso tiene un equilibrio de poder muy diferente al del año pasado, cuando el Gobierno decidió que le convenía adelantar las elecciones (al final, no le servió). Hoy, ya no es tan fácil. Tenés que crear consensos. Ya no es lo que le conviene al Gobierno. Sino lo que le conviene al Gobierno y a la oposición. Necesariamente, tiene que haber alguna negociación.

¿Cómo evalúa esta nueva relación entre el Gobierno y el Congreso?
Hay quienes sostienen que la oposición fracasa en no imponer una postura más dura al kirchnerismo. Y quienes piensan que es importante mantener cooperación en cuestiones institucionales y ruedes de juego básicas, de convivencia. Se debe tener en cuenta algo fundamental: la Constitución dispone que los cambios de opinión de la sociedad no impacten en forma rápida en el equilibrio de poder del Parlamento. Los constituyentes quisieron evitar cambios súbitos. Por eso, se renueva un tercio de Senadores y mitad de Diputados. Con lo cual, naturalmente, hay un impacto menor al de la opinión pública. Es algo sabio. Ahora, ¿qué pasa en el medio? La opinión pública se enoja con la oposición porque no tiene más poder.
En el mismo sentido, hay una cuestión fundamental. A partir de 2005, Kirchner desplegó un liderazgo mucho más agresivo. Y comienza su desgaste: el Kirchner más Kirchner, más auténtico, genera pérdidas, sobre todo, en sectores medios, más independientes. ¿Por qué? Porque se ve a una persona que juega siempre en los límites. Entonces, tenés que presentarle una estrategia con la cual le sea muy caro romperlos. Porque su vocación es sentirse víctima. Armar la conspiración permanente, destituyente. Cierto o no, un discurso efectivo.
Kirchner consolida su 20 y pico por ciento, mucho menos de lo que tenía antes pero un porcentaje aún relevante, con cierta fragmentación del otro lado. Si lo presionás mucho, con un Congreso sistemáticamente en contra, Kirchner puede, paradójicamente, fortalecer su argumento de que bloquean al Gobierno. Y los riesgos de una regresión autoritaria son muy altos.
Desde el punto de vista institucional, hay que priorizar estrategias que generen un Congreso que, a veces, vota en contra y a veces, a favor del Gobierno. Porque, en el fondo, para el Gobierno es mucho más caro desconocer un Congreso no totalmente opuesto que a uno que sí lo es.

Habló de riesgo de regresión autoritaria…
Sí. No de un modelo golpista, estilo ’70, sino que se fuerce un conflicto de poderes y se gobierne por decreto. Hay riesgos hoy… Acoso a la libertad de expresión, a los jueces… Me refiero a una situación en la cual se puede erosionar aún más el equilibrio de poderes. Pero hay otro componente, que es más sensible, desde el punto de vista del clima de negocios. El hecho de que este gobierno genera miedo en los inversores. Al no haber garantía del derecho de propiedad, los riesgos de expropiación son altos. Y esto implica que hay mucho miedo a invertir. Y que el miedo a invertir se llama Néstor Kirchner. Es un problema muy serio. Porque el Gobierno no hace las cosas tan mal ni es tan malo como suponen quienes toman decisiones que, claramente, pueden modificar el rumbo del país. Con un subsidio, uno puede cambiarle la vida a la gente a corto plazo. Pero a largo, nunca.

¿Es el principal feedback que recibe de sus clientes?
No el principal pero sí uno muy importante. Ya en 2007, la pregunta era: “¿Invierto o importo?”. Y la respuesta, “importo”. El problema de confianza no es reciente. Lo que pasa es que tuvo un efecto bola de nieve. Tener esta desconfianza in-crescendo es, cada vez, más difícil. La pregunta, entonces, hoy es: “¿Cambiará Kirchner en este año y medio?”. Nadie dice que sí. Entonces, ¿qué hacen todos? Esperan y ven. Hay apetito por la Argentina.
¿Cambiará el gobierno? Nadie dice que sí. Entonces, ¿qué hacen todos? Esperan y ven. La gran pregunta es si la Argentina se terminará pareciendo a los países exitosos de la región o no. Hoy, está mucho más cerca de Venezuela que de Uruguay. Paradójicamente, el “modelo productivo” ahuyenta la inversión.

¿Tienen fuerza suficiente los K para tomar medidas extremas?
Mucha gente piensa en escenarios muy radicalizados. Tendremos uno muy conflicto pero no totalmente radicalizado. ¿Por qué? Porque a Kirchner no le conviene. No porque no lo haría. Pero, ¿le conviene al peronismo? ¿A los gobernadores y a los intendentes, que, oficialmente, siguen siendo parte del proyecto? Kirchner corre el riesgo de perder mucho apoyo en el tejido abigarrado, complejo y desordenado que es el peronismo, que tiene bases muy estables y un liderazgo muy flexible y siempre contingente. ¿Cuáles son los elementos que explican ese apoyo? Uno, si ganás o no elecciones. Dos, la plata. Si no tenés dinero, pero muchos votos y… todavía ganan elecciones. Ahora, si no tenés demasiados votos, pero mucha plata, hacés obra pública. ¿A qué se parece Néstor? Al segundo modelo. ¿Votos? Ya perdió. ¿Qué tiene? Plata. Entonces, cuál es la lógica individual de cada gobernador o intendente: “Nos quedamos acá, mientras podamos obtener recursos. Llegado el momento, vemos”. ¿Es ahora el momento? No.

¿Lo ve jugando en serio a la continuidad o se planta para que, el día de mañana, tener un Calafate y no una quinta de Gostanian?
Ahí hay una duda: si el peronismo y Kirchner podrán definir, en forma más o menos negociada, la próxima estrategia. Muy probablemente, Kirchner prefiera ser el jefe de la oposición. Quedarse con un bloque importante, descentralizar mucho el gasto público antes de irse (para que el próximo presidente sea débil) y bloquear, en el mejor estilo del peronismo en la oposición. La pregunta es si el peronismo querrá perder. Porque eso, por ahí, le conviene a Kirchner. Pero los gobernadores y los intendentes quieren ganar. Entonces, Kirchner no les sirve como candidato. Hay lógicas divergentes. Cuando el proceso electoral termine de acelerarse, llegará un momento en el cual, probablemente, deba surgir la negociación. ¿Qué interés tiene un gobernador, un intendente o un dirigente sindical, de generar caos, cuando es buen negocio mantener el status quo? No veo a nadie ganando con el caos. Si pasa, es por dificultades de coordinación, errores de cálculo, que pasa muy a menudo. Cuando Estados Unidos invadió Irak, ¿sabía que le iría mal?

¿Lo ve candidato o poniendo un delfín, que pague el costo?
Serán todas las opciones posibles. Quiere ver qué pasa. Cómo va la economía. Qué daños se hace a sí misma la oposición. Cómo miden los potenciales candidatos. Cuantas más chances tenga, mejor. ¿Qué fuerza decidiendo hoy? Nada.
Hay una ansiedad natural en la opinión pública porque un sector importantísimo de la sociedad quiere mirar el futuro. Discutir planes, proyectos, a quién nos vamos a parecer. Me parece muy sano. El problema es que, en la política, no se gana de ese modo. Lamentablemente, los políticos que miran el largo plazo son los primeros que tienen tiempo para escribir sus memorias. La dinámica de la política se juega, muy a menudo, en el día a día. Sobre todo, en procesos tan inciertos y con dinámicas tan descoordinadas como las de la Argentina.

Por eso, abundan candidatos y faltan proyectos.
Claro. Tenés un proceso de debilitamiento de las estructuras partidarias, que no es nuevo pero se profundizó en forma trágica en 2001 y nunca se recompuso.

¿A qué juega Duhalde? ¿Va en serio o sólo para “llevarse al loco”?
Trata de hacer valer su reputación como piloto de tormenta. Aunque, creo, intuye que no la habrá, esa experiencia, en un momento traumático, lo puede habilitar a ser esa suerte de presidente de transición. Generar un juego de cooperación con la oposición, promover políticas de desarrollo. Lo creo genuino en su intención. Pero arrastra varios problemas. El más importante, su imagen. Si bien mejoró, sigue teniendo más imagen negativa que positiva. Otro problema es que, en la Argentina, nunca un candidato que perdió una presidencial ganó, a posteriori, otra elección para presidente. Nunca hubo un Lula, un Tabaré, un Allende… Acá, tenés una opción: la perdiste, fuiste. ¿Puede cambiar eso? Es probable. Pero, hasta ahora, no pasó. Como tampoco tuviste un gobernador bonaerense que llegara a presidente por el voto popular. ¿Es por nada? No. Es porque tenés un sistema político muy peculiar, con esas dos limitantes históricas fuertes. Es más, los presidenciales que pierden, después, desaparecen.
Al mismo tiempo, veo en Duhalde una dificultad. Si bien modernizó mucho su discurso (claramente, no es el Duhalde de 1999), la sociedad busca (y vino votando) políticos que no parezcan políticos. Distintos. Que generen una experiencia fresca, más innovadora. Como, justamente, Duhalde reivindica la política y habla desde la política, eso le juega en contra.

Después de Kirchner, ¿el peronismo es opción en 2011?
Si hay un esfuerzo en renovar los discursos y una crítica severa al kirchnerismo… ¿Qué se votó el año pasado? Básicamente, al mejor candidato anti Kirchner. Claramente, perdió el kirchnerismo. La elección de 2011 será anti-kirchnerismo (“sacame a estos chicos de la cancha”), pero decime qué país va a ser. Futuro. Entonces, un candidato que dé una oferta más contundente gana. ¿Puede ser el peronismo? Sí. ¿La oposición? Sí. ¿Tiene gente el peronismo para esto? Sí. ¿La oposición? También.

¿Cómo lo ve a Cobos?
Si Cobos se queda en lo que tuvimos hasta hoy, con este rol institucionalmente tan complejo, tiene un problema. Porque, con esto, llegó al punto máximo y empieza el desgaste. Si empieza a proponer ideas, equipos, discutir conceptos, qué idea tiene del mundo, de la Argentina, de la economía… Un Cobos proyectivo y con capacidad de contarle a la sociedad que, aparte ser el del voto “no positivo”, tiene carácter presidencial, es otra historia. Pero esta suerte de manejar las circunstancias y acotar los daños –una política más bien de que pase el almanaque, a ver cuándo llegamos a la elección– se le está agotando.

¿Surgen liderazgos nuevos en el peronismo?
Claro que sí. Está el potencial de Reutemann, quien, si quiere, es el candidato indiscutible. Están también los que quieren ser y todavía tienen que pelear: Duhalde, De Narváez, gobernadores (Scioli, Das Neves, Gioja, Urtubey, Capitanich)… También la izquierda, con Binner, puede estar en la conversación.
Hay una situación muy proteica en la política. Están funcionando –muy a la argentina– los resortes de la competencia política, los nuevos liderazgos, de los recambios. Esto es muy positivo.
Es la primera vez que, claramente, ningún actor político ni social relevante discute la democracia. La primera vez que todos los sectores (izquierda, centroderecha) proponen converger con los modelos económicos y políticos más razonables de la región. Si a eso se suma que no hay problemas limítrofes con Chile y Brasil, que hay integración, la Argentina, si evita esta regresión autoritaria, habrá superado una situación de mucho estrés. No sólo por Kirchner. Lo que generó estrés fue la crisis. Dejó un gran vacío de poder. Kirchner, la principio, lo llenó y, después, abusó. Si sale de eso, el país está en condiciones de hacer un catch-up. De parecerse –insisto, muy a la argentina, de una forma no fácil– a los países razonables, que no debaten la Ley de Gravedad, sino que la aceptan y se benefician con eso. No estamos lejos de eso.



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