El liderazgo devaluado

El liderazgo devaluado

Por Juan Assirio, profesor del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral. 11 de Marzo 2010

La palabra ‘líder’ ha sido devaluada hasta vaciarla de contenido. Pensemos en las siguientes figuras: Lenin, Teresa de Calcuta, Stalin, MaoTse Tung, Mussolini, Hitler, Castro, Lincoln, Guevara, Luther King, Vaclav Havel, Juan Pablo II, Gandhi... Es, al menos llamativo, que teniendo perfiles y modos de pensar y proceder tan diferentes a todas estas personas se las considera ‘líderes’. Para aclarar este problema es necesario indagar sobre las ‘notas’ esenciales del liderazgo. Es decir, ¿qué hace que a una persona pueda llamársele legítimamente líder?

Los manuales sobre el tema nos hablan del líder como un agente de cambio de la sociedad, como un buen interpretador de los anhelos y esperanzas de la gente que dirige, con habilidad para comunicar sus ideas y, sobre todo, con capacidad para influir en las conductas y formas de pensar de los dirigidos movilizándolos.

Ciertamente, estas notas que hemos resumido pueden aplicarse, de una u otra manera, a todos los de la lista propuesta más arriba. Sin embargo, algo malo sucede si utilizo el mismo término para designar a Gandhi y a Hitler, a Lincoln y a Stalin. ¿Qué valor añadido aporta la palabra ‘líder’ que dice tanto y a su vez no dice nada? ¿Se merecen unos y otros compartir el mismo calificativo?

Santiago Álvarez de Mon, profesor del IESE de Barcelona, propone una mirada del liderazgo que sale de lo estándar. Según este autor, la nota esencial de todo liderazgo no tiene sólo que ver con el poder que la persona tiene para cambiar la realidad, sino con la autoridad que las otras personas reconocen en él.

Siempre es bueno acudir a los clásicos, aunque los problemas sean actuales. La famosa distinción del derecho romano entre potestas y auctoritas, puede ayudar. El poder es la capacidad que tiene una persona de coaccionar a otra para que haga lo que la primera quiere. En cambio, la autoridad no es capacidad de coacción, sino más bien una influencia positiva que una persona ejerce sobre otra para que ésta haga lo que la primera quiere, pero (y esto es lo más importante), porque la segunda quiere.

Tener poder es fácil. Basta con recibirlo de quien pueda otorgarlo. En cambio, la autoridad es algo que se recibe de quienes uno tiene a su cargo. El poder es cortoplacista, tarde o temprano se pierde, si no va acompañado del ejercicio de la ejemplaridad de quien lidera. Si sólo se lidera con poder, uno terminará ejerciendo el poder, no para el bien de los dirigidos, sino sólo para no perderlo.

Digamos algo sobre el criterio para el uso del poder y la autoridad. Una vez más, una solución clásica para este problema actual. La clave está en la razón de ser del líder. ¿Para qué es necesario un líder? Los clásicos dicen que el que gobierna, dirige a los dirigidos hacia un bien que es común a todos ellos. Por lo tanto, el criterio hay que buscarlo allí. Si se coacciona o se influye en los demás para el propio beneficio, el liderazgo pierde su rumbo y se transforma en autoritarismo o manipulación.

En síntesis, según hemos dicho, no basta con ser generador de cambios, ni buen comunicador, ni influyente en la conducta de los dirigidos. Esas aptitudes son cualidades necesarias pero no suficientes. Liderar, supone un fatigoso trabajo de autoliderazgo, actitud de servicio, generosidad, conciencia de prescindibilidad... porque la esencia del liderazgo reside en el sustrato moral de las acciones de quien lidera. Porque toda persona, ciudadano, profesional que quiere adueñarse de su presente para construir un futuro mejor ha comenzado a ser un líder.



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