El heredero de Uribe en su hora de lidiar con Chávez

El heredero de Uribe en su hora de lidiar con Chávez

La próxima semana asumirá como nuevo presidente de Colombia. Considerado un hombre pragmático y de temperamento frío, debe saldar las cuentas pendientes de su antecesor: recomponer la relación con Venezuela y bajar el déficit y el desempleo. 30 de Julio 2010

La renovada crisis política entre Colombia y Venezuela, tras la denuncia del presidente Alvaro Uribe ante la OEA sobre la presencia de guerrilleros de las FARC en el país que gobierna su excéntrico colega Hugo Chávez ocupa hoy el centro de las preocupaciones de Juan Manuel Santos, el hombre que el próximo 7 de agosto asumirá la presidencia de Colombia. Su hermético encuentro esta semana en Buenos Aires con Néstor Kirchner, secretario de la UNASUR, y mediador en el conflicto diplomático, así lo demuestra. No hubo declaraciones luego de la charla que ambos mantuvieron en Olivos, y tampoco trascendieron detalles de la reunión que horas antes Santos tuvo con la presidenta Cristina Fernández, en el marco de su gira latinoamericana.

Lo cierto es que el último legado de Uribe -la ruptura de relaciones con Venezuela- no parece ser el mejor obsequio a su sucesor, un hombre con fama de pragmático, aunque carente del carisma que destaca al saliente mandatario colombiano.

Según el periódico El Tiempo, ligado históricamente a la familia Santos, el conflicto esconde serias diferencias respecto de la política internacional aplicada por Uribe y los planes del mandatario entrante. Por el momento, sin embargo, nada hace suponer que habrá fractura en el Partido de la U (Partido Social de Unidad Nacional).

En el cruce entre estas dos circunstancias -la familiar y su desembarco en el uribismo- se cifra la historia del nuevo presidente de Colombia, consagrado como el más votado de la historia, con 9 millones de sufragios.

Para el analista Jorge Castro, la asunción de Santos constituye “un camino de salida” a las crónicas crisis entre Colombia y Venezuela. “En estas condiciones, lo probable es que luego de esta suspensión, la relación se normalice en los términos en que ha ocurrido en los últimos cinco años, esto es, a la espera de una nueva crisis. Lo más probable es que el conflicto encuentre un camino de superación, aunque esto es relativo”, dice.

Su colega, Rosendo Fraga, suscribe: la llegada de Santos al poder “puede abrir márgenes de diálogo con las FARC y Hugo Chávez que no son posibles con Uribe”.

Si bien Santos era considerado un hombre de la línea dura contra Venezuela en la administración colombiana, prueba de su pragmatismo es que, apenas asumió como candidato, moderó su discurso y buscó distender la relación bilateral. De hecho, hasta ahora ha evitado pronunciarse sobre esta nueva crisis con el gobierno de Chávez.

Un hombre de convicciones
La familia Santos es una de las más influyentes de Colombia y sus orígenes se remontan a la colonia. El tío abuelo de Juan Manuel, Eduardo Santos, fue presidente de la república entre 1938 y 1942. Los Santos fueron, además, los primeros accionistas de la Casa Editorial El Tiempo, a cargo del diario del mismo nombre. En 2007 se convirtieron en socios minoritarios. Cuando Juan Manuel nació, el 10 de agosto de 1951, su padre Enrique Santos era el editor general y el dueño del periódico.

Santos está casado con María Clemencia Rodríguez Múnera y es padre de tres hijos, María Antonia, Martín y Esteban.

“Mi chinito, arrepiéntase de lo que hizo, pero no llegue a mi edad arrepentido de lo que dejó de hacer”. Ese sabio consejo se lo dio Enrique Santos a su entonces pequeño nieto Juan Manuel, quien lo ha seguido al pie de la letra durante toda su vida.

Graduado como economista y administrador de empresas, con posgrados en la Escuela de Economía de Londres y Harvard, Santos siempre fue un hombre de convicciones. Fueron ellas las que lo llevaron a elegir la carrera militar en su adolescencia, una experiencia que le brindó ya desde temprana edad una organización profundamente disciplinaria y racional.

También por convicción, Santos abandonó en 1993 su puesto en el diario familiar para dedicarse a la política. Además de periodista, fue dirigente cafetero, el primer ministro de Comercio Exterior de Colombia, ministro de Hacienda y también de Defensa, desde donde asestó importantes golpes a las FARC e inició negociaciones con EE.UU. para permitir la polémica instalación de siete bases militares en territorio colombiano.

Según sus propias palabras, Santos sintió alguna vez que se le acababa el tiempo: había sido diagnosticado -luego supo que erróneamente- de un cáncer.

Pero antes de eso, en 1972, había establecido buenos contactos internacionales al ingresar a la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia, para luego ser su representante ante la Organización Internacional del Café en Londres. En esas funciones, cuando aún existía el sistema de cuotas, logró la porción cafetera más alta que jamás haya exportado Colombia al mundo. Años más tarde, en 1999, publicaría La tercera vía: una alternativa para Colombia, junto con Tony Blair.

A su regreso a Colombia, se convirtió no sólo en subdirector de El Tiempo sino en uno de los miembros más influyentes de su generación dentro de la familia Santos.

En 1991, César Gaviria lo convocó como ministro de Comercio Exterior. Durante su paso por esa cartera, Santos logró el ingreso de Colombia a la OMC.

Hacia el fin del mandato de Andrés Pastrana, se convirtió en ministro de Hacienda. Desde allí, se hizo cargo de la crisis económica que azotaba al país. ¿Su mérito? Rescató la economía y evitó una cesación nacional de pagos.

En 2004, se retiró del Partido Liberal para apoyar al gobierno de Álvaro Uribe. Ello hizo que organizara en 2005 el Partido de la U, que aglutinaba a todas las fuerzas del uribismo. Santos abandonó la dirección partidaria con la reelección presidencial, una vez que el oficialismo consiguió la bancada mayoritaria en el Senado.

En aquel momento fue designado para el cargo que lo llevaría a ser protagonista del escenario político colombiano e internacional: titular del Ministerio de Defensa, una dependencia que en coordinación con las fuerzas militares y con la participación de las agencias estadounidenses de seguridad, había logrado desestabilizar las bases de las FARC, a través del programa de Política de Seguridad Democrática. En su libro Jaque al terror: los años horribles de las FARC, prologado por el mexicano Carlos Fuentes, Santos narra con lujo de detalles las alternativas de la Operación Jaque que posibilitó en 2008 la liberación de Ingrid Betancourt, tres ciudadanos estadounidenses y 11 miembros de las fuerzas colombianas. Esta misión había sido precedida por el asesinato de Raúl Reyes, número dos de las FARC.

En mayo de 2009, Santos renunció a su cargo para no ser inhabilitado en su aspiración presidencial, una vez que el referendo que le hubiese permitido a Uribe ser elegido por tercera vez fuera declarado anticonstitucional. Su programa de campaña puso especial énfasis en la política de “seguridad democrática” aplicada por Uribe.

Considerado un pragmático y de temperamento frío, ahora a Santos lo espera el desafío de saldar las cuentas pendientes que deja Uribe: reconstruir las deterioradas relaciones con sus dos vecinos: Venezuela y Ecuador, y contener el déficit fiscal y reducir el desempleo (12%), el más alto de la región. ¿Lo logrará?



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