El enigmático Sr. Rolland

El enigmático Sr. Rolland

Es el más prestigioso enólogo francés y uno de los grandes referentes a nivel internacional de los últimos 25 años. Asesora a más de 100 bodegas en 17 países, brinda servicios a otras 500 compañías del mundo desde su laboratorio en Pomerol y es el motor del exclusivo proyecto mendocino Clos de los Siete, un club de millonarios convertidos en bodegueros. Además, acaba de ser nombrado winemaker del primer wine country club de la Argentina. 19 de Abril 2010

Rebosa de júbilo. Una vez más, Michel Rolland, el influyente enólogo francés que hizo de las tierras cuyanas casi un segundo hogar, se siente a gusto. Como en casa. Como en Fontenille. Esta vez, bajo la sombra del gazebo blanco que lo resguarda de los rayos de un febo enardecido, en el corazón de la localidad mendocina de Tupungato, al pie de los Andes. Una copa de vino con cuerpo y ensaladas frescas –hojas verdes, tomates cherry, setas asadas– coronan el banquete en el que Rolland no parará de reírse. Suplicará, no sin un dejo de gracia, por una porción de vacío bien jugosa, de esas que asustan. Luego, casi como un rito escolástico, llevará lentamente a su boca trozo tras trozo, y no se privará de una breve degustación que incluirá jabalí y trucha a la parrilla. Rolland saborea. Se deleita. Puro goce. Dany, su mujer, también enóloga, aprueba con un guiño. Y el hombre de marcado compás galo, que aprendió a hablar en un porteñísimo lunfardo, le devuelve con tino la mirada. Pícara. Cómplice.

“Es muy agradable hablar con poesía del vino porque, al fin de cuentas, es un negocio que se hace en barrica. Más hablan de poesía, más caro es el vino. Hay una relación directa entre ambos artes. Pero el objetivo es venderlo”, dice, polémico como siempre, Michel Rolland. Y, mal que le pese a sus detractores –que lo acusan de globalizar el brebaje de Baco–, es palabra de experto. No por nada asesora a más de 100 bodegas en 17 países y tiene un laboratorio de enología en Burdeos desde el que brinda servicios a otras 500 compañías del mundo. Sólo en la Argentina trabajó con una docena de firmas vitivinícolas, siendo él mismo responsable de viñedos que producen unas 35 mil cajas anualmente. Y, por si fuera poco, impulsó varios proyectos en el sector, como el millonario Clos de los Siete –para el que se dieron cita las grandes fortunas galas– que elabora más de un millón de botellas por año y exporta el 80 por ciento de su producción a 40 países. En febrero pasado también se convirtió en el flamante winemaker de Tupungato Winelands, el primer wine country club de la Argentina.

Corazón de roble
Corrían los tiempos de posguerra y Estados Unidos, bajo el mandato de Harry Truman, apostaba a la reconstrucción de la vieja Europa de manos del Plan Marshall. Durante la víspera navideña de 1947, en el hospital de Libourne –un distrito que conserva parte de su acervo medieval, bien cerca de Pomerol–, Michel Rolland rompía en llantos de vida.
La rutina rural en Maillet, los juegos con su hermano mayor Jean-Daniel, la sopa de jamón con la que la madre solía abrigarlos durante los crudos inviernos y la expresión de Madame Reynal, su primera maestra, son parte de los recuerdos que hoy, a los 62 años y casado hace 30 años con Dany –a quien conoció estudiando Enología en la Universidad de Burdeos–, evoca con frecuencia. Es que, justamente, ya desde la infancia, rodeado por naturaleza y caminando junto a su abuelo por los viñedos de su padre –que comercializaba la etiqueta Bon Pasteur–, comenzó a desarrollar su pasión por el terruño. Con el correr de los años, mientras su hermano se aproximaba al mundo de las leyes, Rolland confirmaría que su camino ya estaba signado por la vid. Primero, estudió en L’Oisellerie Agricultural College y, luego, en la escuela de Viticultura y Enología La Tour Blanche. Finalmente, se especializó en la Universidad de Burdeos bajo la tutela de prestigiosos enólogos, como Pierre Sudraud, Pascal Ribéreau-Gayon, Jean Ribéreau-Gayon.

Entrados los años ‘80, se le abrirían las puertas del mundo. Sin esperarlo, llegarían los pedidos de asesoramiento desde Estados Unidos. Así, comenzó a transmitir los milenarios saberes de la vid aprehendidos en el Viejo Mundo a los nuevos players vitivinícolas. Y dio vida a una nueva casta vitivinícola: los flying winemakers. Hoy, Rolland gobierna un imperio con su nombre, que se convierte en sello indiscutido de calidad. “Cuando hicimos el Clos de los Siete, nunca pensé en poner en la etiqueta by Michel Rolland. Pero la firma que distribuye los vinos en Francia insistió. No sé si es mejor pero mi nombre, al fin de cuentas, es conocido”, concede.

Rolland tiene varios amores: Dany, sus dos hijas, sus tres nietos. También los terruños. Y la Argentina, un país que lo fascinó desde su primera visita en 1988, cuando todavía no hablaba una palabra de español. En el país tiene una trayectoria próspera: fue el winemaker del salteño Yacochuya, creó Val de Flores en Mendoza, levantó su laboratorio Eno Rolland. Y dio origen al Clos de los Siete, en el que participan algunas de las fortunas más importantes de Francia, como Laurent Dassault, dueño de la fábrica de aviones Mirage, de los misiles Exocet y de los diarios Le Figaro y L’Express; Benjamin de Rothschild, de la familia del banco del mismo nombre; Bertrand y Jean Guy Cuvelier, herederos de un clan de bodegueros con más de 100 años de tradición en la zona de Burdeos; y Catherine Péré-Vergé, propietaria de la bodega Monteviejo y de los chateaux Le Gay y Montviel. Un ambicioso proyecto vitivinícola cuya inversión, según estiman fuentes del mercado, habría demandado el desembolso de u$s 50 millones. Reflejo no sólo de un espíritu inquieto sino de un emprendedor con visión global.

¿Por qué le gusta tanto América latina?
Porque me encanta hablar español. Llegué hace 22 años, primero a Cafayate, donde no había nadie. Vi mucha serenidad en la gente, que trabajaba a un ritmo muy diferente al que podemos tener en Francia o mismo en Buenos Aires. Eso es algo que nos fascinó y dijimos: “¡Vamos a ver qué más hay en este país!”. Después, vinimos a Mendoza y el vino fue nuestro trabajo. La gente es fantástica. Es un lugar fantástico. Y tiene un gran encanto, que es la cordillera de los Andes. Yo creo que es el cordón umbilical del continente.

Ha dicho que, particularmente, se enamoró de la Argentina. ¿Qué es lo que más le gusta?
Hay muchas cosas que me encantan, como la forma de vivir, el espacio. Aquí hay una dimensión que en Francia es imposible tener, una dimensión que no existe en ningún lugar. O en pocos lugares. Además, con esta cordillera que considero mágica, que me encanta de ambos lados, el argentino y el chileno... Me gustaría estar más tiempo en la Argentina, para poder disfrutar más de placeres como jugar al golf y cazar.

Llegó a fines de los ’80, eran tiempos complicados para la economía del país...
Tiene razón, aunque a nosotros eso no nos afectaba. De la hiperinflación nos reíamos porque no podíamos pagar con tarjeta, pero no nos importaba. Y el austral cambiaba todos los días. Pero se nos hacía pintoresco. A los argentinos, en cambio, los afectó mucho más. Lo más importante para nuestro proyecto era comprobar que había naturaleza, eso sí era lo más importante para nosotros.

¿Cómo ve, comparativamente con aquella época, a la industria local?
Ahora hay un nivel de calidad, de producción y de conocimiento en el tema del vino que es alentador. Los vinos son muy buenos pero, hoy en día, necesitamos tiempo para que el mundo pueda reconocer las etiquetas y su calidad. Se necesita tiempo. Siempre. Como pasa con un médico: puede ser muy bueno pero necesita muchos años de práctica para que todo el mundo reconozca que es un tipo que sobresale. En el vino es igual: hay que seguir trabajando y haciendo marketing. Hay mucho que hacer en este sentido.

¿Cuál es su uva predilecta?
No como mucha uva porque estoy probando todo el año y no es mi fruta favorita, realmente. Para hacer vino, naturalmente, prefiero la merlot, porque nací cerca de Pomerol, un lugar en Francia donde está su mejor expresión.

¿Y cómo evalúa la versión patagónica?
Creo que tiene buen potencial pero, hasta ahora, no tenemos viñedos realmente preparados para hacer muy buenos vinos en la Patagonia. Están en camino pero, por ahora, son viñedos muy jóvenes y el merlot necesita un poco de tiempo antes de ser tan bueno como para convertirse en vino. Pero podría andar muy bien.

¿Tanto como el malbec en Mendoza?
No, el malbec, definitivamente, es la variedad de la Argentina. Y no hay que cambiarla.
Quienes más lo conocen, aseguran que Rolland tiene no sólo la capacidad para catar 240 vinos en una misma tarde sino también un gran olfato a la hora de emprender un negocio. Su visión largoplacista y su ojo clínico lo impulsaron a encontrar tierras que, tras su paso por ellas, se convirtieron en mecas vitivinícolas. Como el Valle de Uco, en Mendoza, cuando buscaba un lugar alejado del calor para hacer el mejor malbec del mundo y lo encontró a mil metros sobre el nivel del mar. Fue él, dicen, uno de los responsables de insertar al vino argentino dentro de la esfera internacional.

¿Cómo detecta que un lugar tiene potencial para convertirse en terruño?
Hay un poco de suelo. Un poco de situación. Mirando al sol, mirando la pendiente, mirando todo. Es experiencia. Como el tipo que juega al golf, que mira la pelota, que mira donde está la mejor línea... Después, por supuesto, hay algo de puro sentimiento, de intuición y eso no se explica. En Mendoza me pasó: dije que tendríamos el lugar y así fue.

Flying winemaker
Los pasaportes le duran, como máximo, tres años. Una marca interesante si se contempla que pasa más de seis meses, cada año, recorriendo los viñedos de las empresas que asesora. De tanto en tanto, en pos de hacerse un lugar en la agenda para sus otras dos pasiones –el golf y la caza, “la pesca es demasiado quieta para mi gusto”, dice–, se toma de tres a cinco días a modo de vacaciones. “No más de ese tiempo. Hará unos 35 años que no me tomo tres semanas seguidas de descanso”, dice. A la Argentina viene cuatro o cinco veces al año y sus constantes compromisos no le permiten quedarse más de 10 días. “Nunca es suficiente”, se apena. Dany enciende un cigarro. Lo observa con atención. Aprueba. Sonríe.

¿Qué país productor de vino le queda por conocer o le gustaría asesorar?
No conozco Australia. Si tuviera tiempo, me gustaría ir. También a Nueva Zelanda. El problema es simple: cuando tenía tiempo no tenía plata. Hoy en día tengo un poco de plata pero no tengo tiempo. Y no se puede ir por cuatro días. Está en el mismo hemisferio que acá y que Sudáfrica. Entonces, profesionalmente, me es imposible.

Hace poco comenzó a asesorar a la bodega Miolo, en Brasil. ¿Qué potencial vitivinícola tiene ese país?
Brasil tiene potencial para un vino básico pero bien hecho, un vino correcto, muy barato, pensado para abastecer al mercado brasileño. Hace tres años, fui a ver ese proyecto y me llevé una botella para Francia, que abrí en una reunión con mi familia, sin decirles nada. Como venía de Sudamérica, me preguntaron si el vino era chileno o argentino, porque les parecía bastante bueno. ¡Y es un vino que cuesta menos de u$s 2 la botella!

También trabaja en la India. ¿Qué desafíos supone ese mercado?
Es un poco menos fuerte. La India todavía no es una economía tan grande como la brasileña, pero está creciendo. No obstante, los indios están exportando bastante porque hay muchos restaurantes étnicos por el mundo que demandan vino indio. La empresa que asesoro allí está haciendo 50 mil cajas de vino y exporta el 40 %.

¿Cree que el próximo mundial de fútbol puede potenciar a la industria de vinos sudafricanos?
Sí, un mundial siempre ayuda. En 1998 se jugó en Francia. Poco antes, recuerdo haber estado en Salta y que mucha gente del pueblo no supiera dónde quedaba mi país. En 1998, a esa misma gente, cuando escuchaba la palabra Francia, se le abrían los ojos. El impacto es impresionante. Por eso, las ciudades se matan por conseguir ser sede de un mundial. Siempre es positivo.

¿Los vinos que más se venden son realmente los mejores?
Hay, desgraciadamente, un poco de todo. Pero creo que, al principio, un negocio de vino que quiera empezar con un producto malo va a tener serios problemas. La calidad es básica. Y hoy mucho más que antes. Después, todo el marketing, todo lo que ayude a conocer el vino, mismo si el vino no es perfecto, ayuda mucho.

¿Los chateaux franceses seguirán siendo los mejores del mundo?
Su fama tiene vida larga aunque, seguramente, los grandes de Francia no son siempre los mejores. Pero, en materia de fama, no hay uno en el mundo que se esté acercando. Es que está muy instalado en la mentalidad de todos. Además, hay otra ventaja: si bien mi país no está haciendo los mejores vinos del mundo, todas las referencias al cabernet sauvignon, merlot, syrah, cabernet franc, pinot, chardonney, champagne, es decir, los mejores de la denominada alta gama, son de Francia. En el mundo, no hay un vino que pueda competir con un Lafite Rothschild, por ejemplo. Entonces, los grandes vinos se van a tener que seguir pagando caros por un tiempo.

¿Hacia dónde van las tendencias en consumo?
Hay un poco de todo. Creo que, justamente, hay niveles porque hay un consumo. Desgraciadamente, el consumo actualmente está focalizado en los precios bajos. Por la crisis, especialmente en Europa, la gente está gastando menos dinero en vinos. La suerte que tiene el consumidor es que en todos los niveles aumentó mucho la calidad. Hoy no vemos un vino barato muy malo, como sucedía antes. Hace 20 años, en cambio, había muchos vinos que eran intomables, tanto en la Argentina como en Francia. Ahora, el consumo se orienta hacia vinos con una buena relación precio-calidad, pero tendiendo al bajo precio. A pesar de eso, hay una franja intermedia donde hay muchos vinos con problemas en el mercado. Arriba de eso, hay vinos grandes, famosos, y eso también se vende bien porque son apreciados por coleccionistas y gente que sólo consume vinos de alta gama, y funciona bien. La tendencia apunta o a un mercado barato o a un mercado de lujo. Entre los dos hay ahora un poco de problemas. Esperamos que sea la crisis. La gente se va o un poco abajo o un poco arriba.

Quizá esta sea una buena oportunidad de entrada al mercado europeo para los vinos argentinos, que se venden a un costo más bajo pero con alta calidad...
Sí, y con el euro que está un poco menos fuerte porque está bajando, gracias a Dios. Porque también soy productor en Francia y hay que vender. Y vender en euros cuesta. Igual, el euro todavía está fuerte y es una buena oportunidad para las etiquetas argentinas, por supuesto.

¿Crece la industria del vino orgánico y biodinámico?
Sí, ambas. Orgánico es una forma de cultivar reduciendo el uso de productos químicos. Biodinámico es un poco lo mismo pero usando la relación astral de la tierra con la luna, la época y apelando a productos naturales como algún té de hierbas para poner sobre la viña.

¿Y usted cree en la relación de la luna con los cultivos?
No soy un discípulo de esa creencia pero, por lo que conozco, funciona. Definitivamente, hay una relación entre la luna y la planta. No es algo nuevo. Mis abuelos, y también los de Dany, cuando trabajaban en su jardín, estaban pendientes de la luna para plantar hasta una ensalada. Eso es lo que hoy se llama biodinamia.

¿Le ha ido mal con algún vino?
Los buenos no son los que no se equivocan, son los que se equivocan un poco menos.
Rolland levanta el pocillo de café y da el último sorbo. Habla de sus hijas y de sus tres nietos. “Los mellizos tienen siete meses y la nena cumplirá cuatro años este martes”, explica. Con suerte, estará en su hogar, en Fontenille, para celebrar en familia. Son casi las tres de la tarde. El sol no perdona. Y él, al resguardo de un sombrero tipo Panamá, encenderá un cigarrillo al que le arrancará, apenas, un par de bocanadas. Estirará las piernas y caminará, junto a Dany, la viña. Una vez más.



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