El desafío de los emprendedores sustentables

El desafío de los emprendedores sustentables

Una nueva generación de entrepreneurs busca que, además de rentables, los proyectos sean socialmente responsables. Los casos inspiradores y las claves para no quedarse sólo en buenas intenciones. 20 de Abril 2011

Embarcarse en un emprendimiento propio en la Argentina suele convertirse en una odisea que no siempre llega a buen puerto. Si además de autogestionado el proyecto busca ser socialmente responsable, entonces las posibilidades de encallar y terminar en el fondo del mar son aún mayores.

Sin embargo, en los últimos años surgieron casos de emprendedores que impulsados por sus inquietudes sociales lograron superar este doble desafío y hoy navegan con éxito entre la independencia, la sustentabilidad y la rentabilidad. Desde ingenieros y economistas con experiencia en grandes corporaciones hasta trabajadores sociales de recónditos parajes rurales, los emprendedores sustentables combinan la visión y la capacidad de gestión del entrepreneur con las virtudes de los actores socialmente responsables.

Ignacio Dodero, ingeniero egresado del ITBA, tiene el perfil de un emprendedor serial. Entró de muy joven a Techint y, pronto se dio cuenta de que quería ser su propio jefe. Luego de encarar con dispares resultados varios emprendimientos, en 2008, fundó Programar, una asociación sin fines de lucro que vincula el desempleo juvenil con la demanda insatisfecha de recursos humanos en el sector tecnológico. La ecuación era simple: por un lado, había 1 millón de jóvenes, de entre 17 y 25 años, que tenían un ingreso per cápita inferior a $ 600, y por otro lado una demanda insatisfecha de 10.000 puestos vacantes por año en puestos relacionados con la tecnología en el país.

“El emprendedor en la Argentina sufre mucho por las informalidades y, en el caso del emprendedor social, más todavía. Las dificultades son inmensas y se necesita mucha voluntad. Yo tuve la suerte de tener un sponsor principal que me apoyó desde un principio”, explica Dodero, de 31 años.

“Había que romper el paradigma de que era imposible capacitar en programación a chicos de las villas. Cuando investigamos, tuvimos un feedback muy negativo, pero mantuvimos la fe e hicimos benchmarking en Brasil con ONGs”, recuerda sobre los primeros pasos de Programar, que comenzó con una camada de 50 alumnos. Hoy, los resultados le dan la razón: para fines de 2011, proyectan que 1.500 jóvenes hayan pasado por alguno de los cinco centros de capacitación distribuidos en Buenos Aires, Salta y Córdoba. Lo más destacable: el 75% de los chicos capacitados en Programar consigue trabajo en la industria tecnológica.

Miradas a largo plazo
El caso de Dodero y Programar no es el único. Son muchos los profesionales que deciden dejar la tranquilidad del puesto en una compañía para aventurarse en emprendimientos de corte social. “Los jóvenes ven que las empresas no llenan sus expectativas y que la maximización del beneficio de estas empresas los agota. Son profesionales capacitados que ven que no tienen proyección en sus carreras”, analiza Silvia Martino, docente de Ética, Sociedad y Empresa en la Universidad Austral y coordinadora del Centro Austral de Desarrollo Sostenible y Responsabilidad Social. Y agrega: “No son improvisados en cuanto a conocimiento: han estudiado sobre gestión de personas, planes de negocios, ingeniería, comunicación”. Para Martino, se observa que hay una concientización mucho mayor. “Pero igual es difícil ser un emprendedor social; no basta sólo con tener las ganas de serlo”, amplía.

Entrepreneurs y especialistas en RSE consultados coinciden en que una de las claves a la hora de involucrarse en un emprendimiento social es tener una visión a largo plazo. Se trata, sostienen, de analizar el proyecto de punta a punta con un enfoque sustentable.
“Lo principal es tener visión. Y eso no es sólo pensar en cuánta rentabilidad le voy a sacar a mi emprendimiento, sino qué impacto quiero lograr en lo social y en lo ambiental”, explica Fernando Legrand, editor del blog RSEOnline y Coordinador Académico de CapacitaRSE.

El caso de la marca de ropa ecológica para bebés Chunchino es ejemplificador en ese sentido. La firma fundada en 2008 gracias a un aporte personal de su creadora de $ 20.000, trabaja específicamente en lograr sustentabilidad en todas las etapas de la cadena de valor. La base es la selección de la materia prima: un algodón agroecológico que se cultiva sin químicos. Además de contar con tres diseñadores propios, la confección se realiza en cooperativas textiles que impulsan el comercio justo. En cuanto al packaging, los productos se presentan en envases a base de caña de bambú y cartón reciclado.

“Por el hecho de estar recibiendo un ser humano en el planeta, las nuevas mamás y su entorno son los más permeables a recibir un mensaje sustentable. Nuestro objetivo es modificar el aprendizaje de los consumidores”, dice Ileana Lacabanne, ideóloga y diseñadora de Chunchino, que tiene presencia en locales multimarca de todo el país y ahora incursiona en el segmento de los regalos corporativos.

En la misma línea surgió, en 2005, Baumm, un emprendimiento de los diseñadores argentinos, Lucas y Rodrigo Chapero, que ya fue premiado en Europa y Japón. Su base fue una inversión de u$s 2.000. La idea: utilizar las lonas de los carteles de publicidad en vía pública para convertirlos en piezas de diseño como bolsos, carteras y muebles. Actualmente dan trabajo a unas 100 personas y el año último llegaron a producir 50.000 ítems que se comercializan en tiendas de diseño en todos el país y en mercados del exterior como Alemania, Japón, Italia y Australia. “Utilizamos materiales de desecho, como por ejemplo gigantografías con errores de impresión. Además, tenemos convenios con distintas empresas, que muchas veces nos regalan los materiales”, explica Chapero.

Ingresos claros
Otra aspecto fundamental para lograr que la iniciativa sea sostenible en el tiempo es tener bien en claro las fuentes de ingresos del emprendimiento. Como la gran mayoría de estos proyectos depende de donaciones, es fundamental estar diversificados y no confiar en la perdurabilidad de un único benefactor. Sponsors privados, aportes individuales, apoyo estatal, todos son válidos para mantenerse a flote en mercados de tan poca previsibilidad como el argentino. “Cuanto más autosustentable sos, más independencia podés alcanzar. La clave en un proyecto social que quiere hacer el bien, es ser independiente”, destaca Dodero.

Justamente, entre los pocos proyectos que hoy alcanzan el status de autosustentable se encruenta El Arca, una organización de los suburbios de Mendoza, fundada en 2005, que logró de a poco integrar a pequeños productores rurales con consumidores responsables en un sistema tan justo como inspirador. ¿Su objetivo? Promover una equilibrada distribución en la cadena de comercialización y producción, asegurando el valor económico, social y ambiental. Actualmente, ofrecen productos textiles, artesanías y alimentos como salsas, miel y verduras a una población de 100.000 habitantes en el noroeste mendocino. Su creador es Pablo Ordoñez, un ex-maestro de escuela que mientras enseñaba en una de las zonas más carenciadas del Gran Mendoza se dio cuenta de que “lo económico tiene que ver con aumentar los ingresos pero también con satisfacer las necesidades del otro”.

“Además del asesoramiento técnico que recibimos del INTA y de la Universidad de Cuyo, nos sostenemos sólo con recursos propios que vienen del 15% que aporta cada vendedor nuestro”, cuenta orgulloso Ordoñez. Tiene por qué estarlo: la facturación de El Arca en 2010 llegó a los $1,2 millones y se logró vincular a 150 productores locales con 300 familias consumidoras y con 15 empresas que compran productos regularmente. “El emprendedor social tiene una escala de valores que tiene que ver con integrar lo social con lo económico. Son personas que deciden ser parte de la solución que necesita el mundo”, concluye.
Existen emprendimientos sociales que nacen de ideas moralmente irreprochables, que cuentan con un sólido apoyo económico de sectores privados y cuyos recursos humanos tienen vasta experiencia en gestión de empresas, pero sin embargo finalmente fracasan.

Una cuestión de fe
Los especialistas destacan que la confianza y la credibilidad que se logra con la comunidad a la que que se quiere ayudar son factores decisivos para el éxito de un proyecto sustentable. “Por lo general, el emprendedor se tiene que enfrentar con gente que no tiene trabajo, que fue engañada muchas veces por los políticos y que desconfía de cualquiera que le ofrezca ayuda”, dice Silvia Martino, quien a su vez destaca a la universidad como un facilitador que, a raíz de los nichos vacíos que dejó el Estado, hoy es percibida como un “agente legitimado”. Y agrega: "Los fracasos se deben a la falta de confianza, a la falta de poder combinar diferentes actores sociales en el emprendimiento”.

Si de confiar se trata, un caso paradigmático es el de la cooperativa La Juanita. Corría 2004 cuando los miembros de esta humilde agrupación enclavada en Laferrere, partido de La Matanza, luchaban para salir adelante de la mano de su líder, el dirigente social y actual diputado nacional , Héctor "Toty" Flores. En la cooperativa contaban con un taller textil que pese a las ganas y el esfuerzo de los vecinos, no era rentable. Pero gracias al apoyo que les brindó la fundación Poder Ciudadano, la cooperativa tomó contacto con un mundo a primera vista opuesto: el de la moda y la alta costura. Fue así que la cooperativa comenzó a trabajar junto al reconocido diseñador y empresario Martín Churba, quien generó talleres de confección para los vecinos y también los familiarizó con el concepto de Fair Trade (comercio justo).

“Para crecer necesitábamos del otro. Cuando comenzamos a trabajar con Martín Churba, muchos desconfiaban. Pero fuimos transitando esos prejuicios y nos dimos cuenta de que existe un modelo de ganar-ganar, en el que la asociación entre las partes produce un valor que va mucho más allá del precio que pueda tener una prenda de vestir”, explica Silvia Flores, directora Ejecutiva de La Juanita.

Y vaya si el encuentro entre ambos mundos rindió sus frutos: en uno de sus desfiles, Churba presentó una colección de guardapolvos hechos por los trabajadores de La Juanita y, a los pocos días, llegó un pedido para exportar cientos de prendas de la cooperativa a Japón. “Martín nos permitió potencializar nuestros sueños y volverlos realidad”, cuentan hoy desde La Juanita.



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