El CEO de Cristina

El CEO de Cristina

Perfil de Carlos Zannini, el funcionario más influyente del Gobierno. Cómo piensa el pingüino más puro y duro del gabinete. 29 de Julio 2011
Para los suyos, es “amable, de buen humor, prudente, claro en la dirección y el contenido de las acciones”. “Un tipo de una simpatía y una inteligencia arrolladora”, lo describió José Pablo Feinmann –teorizador K por excelencia– en su última obra, “El Flaco”. Otro retrato pintan los ajenos. Cerebral, cínico, maquinador, obsecuente. Implacable, incluso, hasta más allá de la intimidación. Luces y sombras de Carlos Zannini, el CEO del Gobierno.

Secretario Legal y Técnico de la Presidencia desde el 25 de mayo de 2003, redactó todos los decretos, resoluciones y proyectos de Ley que rubricaron las finas lapiceras de Cristina y la primitiva birome de Néstor. Cada día, pasadas las 19, lleva los papeles al despacho principal de la Casa Rosada. Sin embargo, su función excede a la de encontrarle un marco normativo a cada invención política o, como él dice, “cuidar la firma” de ambos. 

“El Presidente y yo nos levantamos cada mañana, miramos los diarios y tratamos de imaginar cómo sobrevivir ese día”, reconoció en uno de sus frecuentes y amenos diálogos con los funcionarios de la embajada de los Estados Unidos, según los cables confidenciales que develó Wikileaks. Costumbre que mantiene con Cristina. Sus jornadas laborales de 16 horas, calculó alguna vez, arrancan y concluyen en Olivos. Quienes no lo quieren –muchos– relativizan ese apego al trabajo. Quienes no le temen –pocos– dicen que su mutismo le otorga un misterioso halo de brillantez.

“The Strategy man”, se lo presenta en los cables de la embajada, fechados entre 2005 y 2006. En el 141, del 20 de enero de 2005, se afirma que sólo él y Cristina conformaban el “círculo íntimo de Kirchner”. Se describe a Zannini como “la fuerza intelectual de su jefe”, “ferozmente leal”, el funcionario en quien más confiaba. “Lo primero que Kirchner demanda de sus colaboradores cercanos es lealtad. Y es esa lealtad probada, más que su competencia, lo que los introdujo en ese círculo”, se lee. Sobre Zannini, los informantes estadounidenses aseguraron que el Presidente no tomaba decisión sin consultarlo, aún cuando su “falta de expertise en asuntos internacionales” (sic), lo llevara a realizar “pobres consejos” en materia exterior, tanto políticos como económicos.

“Militar juntos es una forma de decir. Él siempre fue el jefe”, contó en una de sus escasas apariciones públicas. Inició su relación con Néstor a mediados de los ’80. Pingüino puro y duro, siempre receló de los “neokirchneristas”, así sean conversos del liberalismo o la ortodoxia peronista. Por caso, Alberto Fernández, con quien –por estilos e historias personales– nunca congenió. A medida que se depuró el gabinete, potenció su influencia. Después del 27 de octubre último, “San Néstor Mártir”, alcanzó estatura de poder detrás del trono.

Monopolizó la relación con Cristina. Los todavía precandidatos a alcalde porteño –los ministros Daniel Filmus, Carlos Tomada y Amado Boudou– debieron presentarle a él las listas con sus postulantes a diputados nacionales y legisladores comunales, para que su lápiz, con opinión final de la Presidenta, tachara nombres y sumara otros –por ejemplo, de militantes de La Cámpora o personas de dudosa afinidad con el peronismo– en la confección de la grilla final. Situación que se repite en cada provincia y que, por ejemplo, en Córdoba, llevó a una crisis entre el kirchnerismo y el PJ local.

Su pluma también designa jóvenes y fieles funcionarios. De su autoría es la embestida contra las empresas –las “corporaciones”, que pastorean Techint y Clarín, en su concepción– y, por supuesto, contra el socio incómodo: Hugo Moyano. Tapándose la nariz, brindó apoyo a Armando Cavalieri, quien aplastó 72,5 a 27,5 por ciento a la lista que apadrinaba el camionero en la interna del sindicato de Comercio. Todavía luciendo el laurel del triunfo, Cavalieri –“gordo”, si los hay– exigió el sacrificio de Moyano, lo que potenció aromas de pacto para ubicar en su lugar a un viejo amigo de la Presidenta: Gerardo Martínez, titular de la Uocra (obreros de la Construcción). Martínez –como Cavalieri, ex menemista; con el propio Menem proclamando su voto por Cristina, mal que, ahora, se le perdona a cualquiera– conduce un gremio cuyas diferencias con conductores de camiones, barrenderos y afines suelen zanjarse con diplomacia de pólvora.

Viejo zorro, Oscar Lescano mantiene su olfato intacto. “No podemos dejar que el secretario de la CGT se elija en el escritorio de Zannini”, alertó el experimentado titular de Luz y Fuerza. Pese a su nula simpatía por Moyano, barrunta que la ofensiva de la Rosada va más allá de, nada más, conformarse con desplazar al camionero de la conducción de la central obrera.

Cuento chino
Gobernadores, sindicalistas e intendentes extrañan a Néstor. No por su cortesía en el trato, sino porque, con él, al menos había diálogo. Ahora, peregrinan hasta el despacho de Zannini, donde mendigan, aunque sea, por un mínimo feedback telefónico. Rigor que también padecen los funcionarios, a diferencia de él, más peronistas que transversales, como Julio De Vido y Aníbal Fernández. La ausencia de Néstor pareció zanjar una rivalidad de larga data con el arquitecto, hombre de mejor comunicación con empresarios, sindicalistas y caciques peronistas. En tanto, el jefe de Gabinete supo a quién culpar por su condena al ostracismo. Se rumorea una legendaria promesa, hecha cuando perdió el manejo de la Policía Federal. “Al ‘Chino’ lo voy a dejar hecho pedacitos”, habría despotricado el verborrágico premier, más furioso que con la campaña de Quilmes.

Claro está quién es “El Chino”. Apodo que Zannini debe no a su fisonomía (rostro ancho, cabello azabache y abundante, ojos pequeños), sino a su juvenil militancia en una agrupación maoísta. Lo recibe con más beneplácito que su otro alias, “Ñoño”, inspirado –con malicia– en su parecido físico con el personaje del “Chavo del Ocho”. Cordobés, de 57 años, nació en Villa Nueva, localidad cercana a Villa María. Estudió abogacía en la Universidad Nacional de su provincia. Obtuvo su diploma en la efervescente Docta de los ’70. Proletario en serio –padre albañil, madre ama de casa–, tomó auténtica conciencia de clase. A diferencia de muchos de sus coetáneos, no militó en la JP que encandilaba a “chicos bien”, culposos de gorilismo paterno. Ni siquiera, en las facciones trotskistas que nutrían al pro-cubano (ergo, pro-soviético) ERP, el otro gran vertiente de la izquierda armada. Se enroló en Vanguardia Comunista, agrupación que prefería los postulados de Pekín antes que los de Moscú.

“Los hechos nunca ocurren mágicamente, sino por causalidad”, se le suele escuchar. Hurgar en esa formación doctrinaria puede hallar razones a su aversión al agreste tufillo a “pejotismo”, por usar hermenéutica K. Más familiarizado con el “Libro Rojo” de Mao que con el “Manual de Conducción Política” de Juan Perón, de sus lecturas de aquellos años rescató conceptos. Con el tiempo, relativizados algunos –por ejemplo, que el “poder nace de la boca del fusil”–, otros le quedaron grabados a fuego. Aprendió que la Historia es una lucha de clases. Que, en una sociedad, cada persona existe como miembro de alguna y toda idea lleva ese sello. Que los cambios sociales se producen por el desarrollo de las contradicciones internas de una sociedad. Que, si a algo no se lo golpea, no cae. Que hacer una revolución “no es ofrecer un banquete”.

El libro sagrado también enseña que las luchas fracasan cuando los revolucionarios no saben unirse a “los verdaderos amigos” para atacar “a los verdaderos enemigos”. Que el principio para discernirlos es plantear qué es lo correcto, qué no y, a partir de eso, definir quién tiene razón. Que hay que ser implacable con el enemigo y nunca relajar la vigilancia porque “los imperialistas y reaccionarios jamás se resignarán a su derrota”. “Nunca dejarán de lado sus cuchillas de carnicero ni se convertirán en budas”. Que, por más que “se quiera frenar la rueda de la Historia”, la revolución socialista triunfará. “El viento del Este prevalecerá sobre el del Oeste”.

Para lograrlo, adoctrinaba el “Sol Rojo”, hay que formar “continuadores de la causa”. Nuevos líderes para reemplazar a los viejos. Y, sobre todo, ganar la batalla cultural. “La cultura revolucionaria es un engranaje clave del mecanismo general de la revolución”, escribió Lenin. “Se convierte en un arma poderosa para unir y educar al pueblo y para atacar y aniquilar al enemigo”, amplió Mao. Casi, un protocolo básico de kirchnerismo.

Amores que matan
Sufrió el hombre. Detenido en 1975, pasó buena parte del Proceso encarcelado. Dijo haber aprendido allí dos cosas: resistir la tortura y, según sus palabras, “ser fuerte en sus ideales”. No es lo único que rescató del cautiverio. Forjó una rica relación –en términos afectivos, se entiende– con Gerardo Ferreyra. Entonces militante “erpiano”, hoy socava el capitalismo desde adentro, como accionista de Electroingeniería, empresa cordobesa que nació como fabricante de tableros eléctricos y, durante las administraciones Kirchner, se consolidó como gran contratista de obra pública y ramificó sus intereses, por caso, a los medios de comunicación.

Zannini migró a Río Gallegos en 1984, poco después de haber recuperado la libertad. Conoció a Kirchner en la unidad básica “Los Muchachos Peronistas”, del barrio El Carmen. Desde entonces, lo escoltó, obediente, en cada peldaño. Apenas un paréntesis: 1988, cuando Zannini se mudó a la petrolera Comodoro Rivadavia, en la vecina Chubut. Hacía poco que “El Chino” había enviudado. Con dos hijos, volvió a casarse. De su actual matrimonio, con Patricia Alsúa, tiene otros dos herederos.

En 1991, el intendente Kirchner, electo gobernador, lo convocó como ministro de Gobierno. En 1995, pasó a liderar el oficialismo en la Legislatura provincial. Reemplazó a Cristina, quien –electa diputada nacional– hizo en la lejana Buenos Aires cabeza de playa del “proyecto a 20 años” que Néstor ya había esbozado. En 1999, el Jefe lo necesitó en otro lugar: el Tribunal Superior de Justicia de la Provincia, cuya presidencia Zannini alcanzó en 2001. “Soy un amante del derecho”, se despidió, entre sollozos, de la Legislatura. Oposición y asociaciones de abogados locales protestaron por su falta de antecedentes profesionales. Salvo por la experiencia privada en Comodoro, su labor abogadil se había limitado a las reformas constitucionales que habilitaron la reelección indefinida del gobernador y la mayoría automática en el Tribunal Superior. Su arte jurídico también desdobló las funciones del Procurador General de Justicia, detonante del cese en funciones de Eduardo Sosa, en 1995. La Corte Suprema de Justicia de la Nación ordenó su restitución el año pasado. No fue casual, entonces, que el propio Zannini –con Néstor, obvio– encabezara la cruzada del gobernador Daniel Peralta contra el fallo. Pretensiones de independencia del máximo tribunal –cuya renovación es lustrosa medalla K– que llevaron al Secretario Legal y Técnico a vociferar otro manifiesto de su amor por el Derecho: “No-sotros pusimos esta Corte para otra cosa”.

La voz 
Poco amigo de los discursos, cada presencia despierta expectativa de estrella de rock. Se lo anuncia como “un cumpa clave en la Revolución del Bicentenario”. Habla poco. Cuando lo hace, su voz relajada –todavía, con cierto dejo de tonada cordobesa– cautiva con conceptos sólidos y arengas épicas. Para él, estas elecciones definirán quién tiene el poder: la política o las corporaciones. “Hoy, las corporaciones tienen más poder que el Estado”, suele aleccionar a entusiastas militantes, la audiencia con la que se siente cómodo. Convencido de que la política es “la herramienta de los pueblos para cambiar sus realidades”, la clave para evitar un gobierno manejado por ellas es, dice, tener dinero. “Hacer caja, la única forma real para poder llevar a cabo las políticas”, ilumina. Consideración especial le merecen los medios, las “bayonetas actuales de la oligarquía”, en la cosmovisión K. “Muchos periodistas rescatan como lo más importante de su trabajo elegir el 2 por ciento de la realidad que entra en el diario de mañana. Si uno lo mira desde el otro lado, es ocultar el 98 por ciento, como si no tuviera vida”, cree. Arbitrariedad que, dice, la Ley de Medios –a cuya letra aportó–, se encargará de enmendar.

Para él, el multitudinario y sentido velorio de Kirchner fue “una ratificación” de su gobierno. “Néstor era un tipo muy especial. De esos que no se repiten en mucho tiempo”, dijo, al mes de su deceso, en una tertulia de artistas K. “Pero no olvidemos que era un tipo común. Que tuvo grandes responsabilidades y estuvo a la altura de las circunstancias”, continuó. Lo definió como “un gran derrocador de zonceras argentinas”. Amplió: “Un flaco desgarbado, que rompió aquello de que el progresismo no sabía administrar. Y él administró bien. Tanto, que fue su base de poder para hacer todas las otras cosas que la Argentina necesita para, por fin, llegar a un país con más igualdad”.

Convencido de que Cristina “es el único cuadro político en el país capaz de conducir el Gobierno”, es el principal promotor de su reelección. “Sabe a dónde hay que ir para agrandar y seguir construyendo esto”, predicó. “Seguir esta lucha es el mejor homenaje del que quiero participar para mi amigo”, arengó, con voz quebrada. “Un tipo común”, dice que era. “¿Cuál era su diferencia con nosotros? Que él la tenía más clara”, confesó. Néstor ya no está. Zannini se asumió como heredero natural del legado de “clarificar”.



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