Ejecutivos de colección

Ejecutivos de colección

La afición de atesorar objetos mezcla lo exclusivo y lo poético. Historias de fanáticos que esconden en sus hogares verdaderos “museos privados”. 15 de Octubre 2010
Para los coleccionistas, los objetos son tesoros. Elementos que esconden dentro de sí historias y recuerdos. Piezas a las que cada uno atribuye el más subjetivo de los valores simbólicos. Actualmente, el coleccionismo se traduce en la recolección de objetos con motivo de su rareza, autoría o su carácter histórico. Así, esta actividad es el reflejo de aficiones, a veces silenciosas, fanatismos, pasiones y casi obsesiones por piezas que el coleccionista cree únicas y por las que es capaz de invertir grandes cantidades de dinero. Una mezcla de lo romántico y lo irracional que cobra forma en versiones de lo más absurdas y variadas. 

José Vidal Martínez, gerente Comercial de Aeropuertos Argentina 2000, no pensó que los muñecos se convertirían en su fetiche una vez superada su infancia. Sin embargo, hace seis años que colecciona juguetes artísticos. El primero que tuvo fue un regalo que su hermano le hizo por su cumpleaños. “Cuando me puse a investigar por Internet de qué se trataba me encontré con que había toda una movida de muñecos de diseño”, cuenta. Tanto le llamó la atención que en el último viaje que hizo se trajo otros 10. Y ahora completa la colección con los cuatro o cinco que se compra cada vez que va fuera del país hasta con los que le regalan sus amigos y familiares. “Esto hace a cada uno más especial y la colección termina siendo una radiografía de mi vida”, explica. Así logró recolectar más de 60, desde figuras de series de personajes de Los Simpsons, headbangers (los que mueven la cabeza), piezas diseñadas por Tim Burton, hasta muñecos que hablan, como el de Ozzy Osbourne, uno de los preferidos del ejecutivo. “Siempre tuvieron un lugar preponderante dentro del living. De hecho, cuando me mudé hice un mueble diseñado casi especialmente para mostrarlos”, comenta. 

Es que, el enamoramiento es tal que cada coleccionista hace de su casa un pequeño “museo privado”. En las abarrotadas paredes del departamento del barrio de Puerto Madero, el chileno Juan Santa Cruz, dueño del bar Isabel y fundador del restaurante Casa Cruz, exhibe, entre otras 30 obras de arte, pinturas de Tomás Espina, Guillermo Iuso y Carlos Azulay. “Tengo más cuadros que paredes”, describe. Heredó la pasión por el arte de sus padres. Y durante los cinco años que vivió en Nueva York consolidó su fanatismo. Desde 2000, cuando se mudó a Buenos Aires para ocupar el cargo de Vicepresidente del Exxel Group, su casa se convirtió en una galería por la que esculturas, fotografías y pinturas circulan y se renuevan permanentemente. Para el ejecutivo, que se dice capaz de gastar “mucho más de lo lógico”, coleccionar va más allá de las presentaciones y  subastas. En cambio, la define como una experiencia que integra sentimientos, intuición y, por sobre todo, una relación con el artista. “Me gusta mucho visitar los talleres”, comenta y explica: “Para mí, el arte es como leer un poema porque me genera emociones. Algunos cuadros me dan tristeza, otros felicidad, otros, en cambio, me trasladan a algún lugar. No soy de esos que buscan tener todas las obras de un determinado artista”, explica Santa Cruz.
Para Eduardo Pulenta, presidente de la bodega Pulenta Estate, los tres autos antiguos que comparte con su hermano Hugo representan un viaje sin escalas a su infancia. De chicos, él y sus hermanos contaban con toda la colección de Auto Mundo, una prestigiosa revista del sector automotriz de la década del 60. Y lo que empezó en un juego terminó en una marcada pasión. Al mundo bodeguero que los caracteriza, la familia sumó el automotriz con la compra de una concesionaria Ford. Más adelante, cuando con el auge de las importaciones se convirtieron en representantes de la firma Porsche en la Argentina, Eduardo y Hugo se iniciaron en el coleccionismo de “arte mecánica”. Juntos, son dueños de un Porsche 356 convertible de 1958, otro 356 SC, del año 1964, la última serie de este modelo antes de que apareciera el tradicional 911, del que guardan un ejemplar Targa de 1993. Además, un Cadillac Fleetwood 1958, que heredaron de su tío y que mantienen tal cual él lo tenía, y dos motos: una Jawa 1937 checoslovaca y una BMW R60. 

En lo que se refiere al cuidado, los hermanos son tan meticulosos como con los vinos. “Los limpio todos los fines de semana. Pero, además, a los autos de colección hay que usarlos. Por eso, una vez al mes buscamos alguna excusa y nos vamos por dos o tres días al Valle de Uco”, cuenta Eduardo Pulenta. Además, participan cada año de la carrera de las 1000 Millas de Bariloche.  

 Retrato de una pasión
En la mayoría de los casos las aficiones exceden la colección. Para el verdadero fanático, se trata de un estilo de vida. Marcelo Tamburri, director del canal TCM y de TruTV para América latina, tiene dividida entre su casa y la de su mamá una biblioteca de 2500 filmes y en su oficina guarda alrededor de 400 muñecos de personajes de películas. “Soy un amante del cine. Más allá de que trabajo mirando TV, se me hace imposible volver a ver un filme entero, entonces apunto a las escenas. Tengo seleccionadas las que más me gustan de cada película”, explica el ejecutivo. No sólo eso, también se encargó de recomprar los filmes que tenía en formato VHS y de organizar todo en un índice clasificado por título, año de producción y director, a pesar de que es tan apasionado que esa misma información está perfectamente guardada en su cabeza. Y hasta se reserva el lujo de tener preferidas. “Por gusto elijo ‘El ciudadano Kane’ y ‘El Padrino’. Pero por la importancia que tienen dentro de la colección me quedo con ‘Alien’, regalada y firmada por Ridley Scott (su director)”, confiesa. 

Rodrigo Márquez Miranda, Country manager de MSI, firma dedicada al diseño y a la fabricación de productos de tecnología, conjugó vocación y fanatismo en una recopilación de antiguos aparatos electrónicos. El ejecutivo mantiene intacta su computadora Commodore, que su padre le regaló en 1984, y una consola de la marca Atari de 1982, entre otros equipos. “Cada vez que los prendo, me divierte ver las cosas que tanto me llamaban la atención de chico que ahora me resultan espantosas. Es volver a vivir situaciones de cuando uno era pequeño que están guardadas”, expresa Márquez Miranda. Su atracción por lo antiguo no quita que además sea el primero en comprar los últimos modelos vigentes en el mercado. De hecho, su “cuarto de juegos” hoy presenta una pantalla gigante a la que se conectan tres consolas: la última versión de PlayStation, una Nintendo Wii y una Xbox 360. 
Gustavo Esusy, gerente General de Copa Airlines Argentina, también se siente un chico cada vez que abre la caja con las 500 postales de aviones que recolectó durante su infancia. Recuerda como si fuera ayer las horas que pasaba escribiendo cartas –unas 50 cada semana– a compañías de todo el mundo para pedirles fotos de aviones que hoy son reliquia. Imágenes de naves de Western y Panam, de TAM cuando todavía la cola de los aviones era azul en vez de roja o con la antigua imagen de British Airways (con los colores invertidos). Cuando esta línea aérea en lugar de un sobre lo mandó a buscar un paquete a la aduana, Esusy empezó una nueva colección: las maquetas de aviones. En total, son 80 aviones a escala de modelos reales, entre ellos, uno de Aerolíneas Argentinas antes de que pasara a manos de Iberia. “Uno pasa por varias etapas y colecciona muchas cosas”, comenta Esusy, que también juntó latas, monedas y billetes.

Coleccionar también es una forma de acercarse a deseos irrealizables. Nadie puede pensar jamás en tener todas las motos del mundo. Imposible lograrlo, sostiene Diego Echandi, CEO y DGC de Smash BTLO. Por eso, el ejecutivo se conforma con ser dueño de una Ducati 900, una Buell 1200 y una Kawasaki KX250 y 150 modelos a escala. “Las motos en miniatura representan el deseo de tenerlas a todas realmente”, confiesa Echandi, para quien el coleccionismo es placer y búsqueda. Antes de viajar, investiga dónde puede conseguir algún nuevo ejemplar. Por eso, está en permanente contacto con fanáticos de todo el mundo. Y es capaz de recorrer miles de kilómetros para conseguir alguno de  sus tesoros. De hecho, conoció a un estadounidense que tiene una colección de 500 motos a escala y sueña con viajar allí sólo para conocerla. Su objetivo es traer un ejemplar de cada lugar al que va. Recuerda, por ejemplo, una que compró en Cannes, cuando fue jurado. “Así, cada una tiene una cierta historia que aporta al valor de colección”, opina. 

 Al mejor postor
“Una vez, en Nueva York, compré un cuadro a US$ 13.000 y, años después, lo vendí 46 veces su precio”, recuerda Juan Santa Cruz. La anécdota muestra la otra cara de la moneda: la del coleccionismo como inversión. “En mi caso, si veo algo que quiero tener, primero me digo ‘lo quiero’ y recién ahí pregunto cuánto cuesta”, sostiene el ejecutivo. Aunque no menos apasionado, porque la motivación también suele ser el valor estético, este arte se relaciona con las subastas, los remates y la inversión. “Mi interés por coleccionar surgió por la diversión de buscar algo único y de no saber muy bien el precio de la pieza”, dispara Guillermo Parera, director de Marketing de Prudential Seguros, desde hace 15 años coleccionista de relojes y de cajas de madera. Entre ellas, una de más de 90 años de antigüedad para guardar té que compró en una subasta en Inglaterra; un sécrétaire del siglo pasado, una caja de cigarros, entre otras que compró en viajes a Egipto, Perú, el Lejano Oriente y la India. “Lo que me atrae de estas piezas es que guardan una especie de misterio. Se las usa para atesorar buenos recuerdos o para esconder cosas para el olvido”, describe Parera. También el hecho de recibirlas como regalo, como la que su mujer le dio por su cumpleaños: una caja hecha en madera con incrustaciones de distintos materiales, que heredó de su familia. “Más que cuidarlas y mostrarlas, creo que disfruto de mirarlas”, expresa. Pero reconoce que diseñó un mueble especial para cuidar que no se dañaran o cayeran. 

En cuanto a los relojes, cuenta con más de 50, que juntó en distintos momentos de su vida, aunque sin la idea de coleccionarlos, sino para usarlos. Así también  concibe Cristian Sánchez, gerente de Cuentas de América latina de Softtek, a su colección de 19 relojes de alta gama. “Estoy vestido de traje al menos cuatro veces a la semana, entonces, para mí, es importante poder usarlos. Además, me gusta tener algo distinto a lo que se ve habitualmente”, resalta el ejecutivo que para el día a día opta por un modelo Stührling.  Atraído por la mecánica de estos objetos, cuando tenía 23 años su abuelo le regaló un reloj de bolsillo. Ese fue el inicio de una afición que se formalizó recién en 2003 y que, cada año, suma dos nuevos ejemplares a su colección. Entre ellos, un reloj de bolsillo Longines del año 1956, un Bulova Caravelle, otros de movimiento mecánico de carga automática como el Rothis calibre 7758 directamente traído de Alemania y un modelo Gucci por el que pagó     US$ 2200, el más caro que compró. “Era invertir en esto o en un plazo fijo”, reflexiona. Es que, para Sánchez, si el cuidado es correcto, las piezas no pierden su valor, sino todo lo contrario. “En mi caso, les hago un mantenimiento como si fueran un vehículo. Tengo un relojero en la calle Libertad al que los llevo una vez al año”, revela. 

En definitiva, la mayoría de los coleccionistas coinciden: coleccionar es un arte que puede convertirse también en un legado capaz de perdurar en el tiempo.
 



¿Te gustó la nota?

Comparte tus comentarios

Sé el primero en comentar

Videos