Efecto Mundial: cómo tomar medidas impopulares sin pagar costos políticos

La Copa del Mundo fue en varias ocasiones la cortina de humo de la que se valieron los gobiernos de turno en la Argentina para adoptar decisiones que no contaban con el aval de la población mientras la opinión pública se distraía mirando rodar la pelota. Menem implementó duras medidas económicas y se aseguró su reelección. Kirchner aumentó su sueldo un 58% y los legisladores también se subieron las dietas. ¿Puede Cristina repetir esa fórmula? 11 de Junio 2010

Es una tradición en la Argentina y no hay evento que lo iguale como fenómeno social. Cada cuatro años, la política nacional se repliega a un segundo plano para dar paso a la fiebre mundialista. Es literal; durante la Copa del Mundo se paraliza el país, o casi. En las calles, los bares, los hogares, las fábricas, las oficinas se respira aire de fútbol. Nadie quiere perderse “el partido” de la Selección, y lo que ocurre en el Mundial monopoliza las coberturas periodísticas de todos los medios del país.

Los políticos, claro, tampoco son ajenos a la euforia de la “patria futbolera”. En los despachos de ministros y funcionarios, los plasmas siempre encendidos en las señales de noticias cambian de canal para sintonizar los partidos. El Congreso, si sesiona, lo hace a media máquina, mientras los legisladores reacomodan sus agendas al compás de la Celeste y Blanca. Si hay una campaña en marcha pues, se posterga, y no son pocos los dirigentes nacionales que hoy anhelan poder volar a Sudáfrica si la Selección de Diego Armando Maradona avanza con pie firme en las sucesivas fases del torneo.

Con todo, el suceso deportivo por excelencia que hace vibrar de emoción a argentinos y argentinas por igual tiene un costado no tan grato. Basta con rastrear el archivo periodístico para comprobar que los mundiales de fútbol fueron, en variadas ocasiones, la cortina de humo de la que se valieron las administraciones de turno para adoptar medidas que no contaban precisamente con el beneplácito popular.

El caso más extremo, sin duda, ocurrió durante el Mundial de Fútbol del 78. Mientras el país festejaba la “hazaña” de la Selección dirigida por César Luis Menotti frente a Holanda, una dictadura despiadada cometía las peores atrocidades de las que se tenga memoria en la historia argentina. Ni hablar de las sombras que se proyectaron -y aún hoy se proyectan- sobre la legitimidad de aquel triunfo, aunque ése no es el tema de esta nota.

Durante la presidencia de Carlos Menem se disputaron tres campeonatos mundiales. En 1990, en pleno desarrollo de la Copa de Italia, el entonces ministro de Economía, Erman González, anunciaba un cambio flotante y un férreo ajuste fiscal a los argentinos, todavía golpeados por los efectos del Plan Bónex.

Cuatro años después, también bajo la presidencia del riojano, el Seleccionado dirigido por Alfio Basile, que había llegado como favorito para quedarse con el trofeo del Mundial de los Estados Unidos, quedaba eliminado de la Copa el 25 de junio, mientras que ese mismo día la FIFA suspendía a Diego Maradona por doping. Para entonces, en Santa Fe ya sesionaba la Asamblea Constituyente que reformó la Constitución Nacional y le permitió un año más tarde al caudillo riojano ser reelecto como presidente. Además, en ese mismo acto, se daba jerarquía constitucional a los Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU), una herramienta de la que Menem hizo uso y abuso a lo largo de sus 10 años de Presidencia.

En 1998, en cambio, diez días después de que terminara el Mundial de Francia (en el que Holanda eliminó a la Argentina en cuartos de final), “el sultán de Anillaco” -que ya no contaba con el capital político del que había gozado cuatro años antes- debía renunciar a su sueño re-reeleccionista tras el fracaso de sus groseros intentos por soslayar la prohibición constitucional que le impedía alzarse con un tercer mandato.

Un ejemplo más cercano de usufructo oficial de la fiebre mundialista ocurrió durante el último Campeonato que se disputó en Alemania, en 2006. Entonces, Néstor Kirchner aprovechó la ocasión para levantar las restricciones que imponían un tope de 6000 pesos a los sueldos del Presidente, ministros, secretarios y subsecretarios de Estado, que regían desde la efímera presidencia de Adolfo Rodríguez Saá. El “salariazo presidencial” sorprendió a los argentinos con la guardia baja y demasiado concentrados en la proeza futbolera que del otro lado del Atlántico realizaba Maxi Rodríguez en el recordado gol contra México, franquéandole al Seleccionado nacional su pase a cuartos de final. Entre festejo y festejo albiceleste, los legisladores también aprovecharon ese año para aumentarse sus dietas cuando la Argentina entera se limitaba a mirar por TV cómo rodaba la pelota. Y eso no fue todo. Cuando la Argentina quedó fuera de la Copa del Mundo tras perder el partido contra Alemania, Kirchner ya había firmado el decreto -que luego obtuvo luz verde en el Congreso- para no tener que renovar cada año los polémicos superpoderes. Todo por el mismo precio y casi sin costo político. Claro, hay un dato que no es menor; el santacruceño tenía en 2006 suficiente capital político como para gastar a cuenta, un panorama sustancialmente distinto del que atraviesa hoy su esposa, la actual presidenta.

La variante “pan y circo”
Es que, por tentador que parezca para un gobierno aprovechar el momento en que la gente “está en otra cosa” para tomar medidas que de otro modo encontrarían resistencia en la opinión pública, no siempre hay margen para “jugar con fuego”.

“Es verdad que los gobiernos, cuando la población está distraída, tratan de tomar medidas que pueden tener un costo mayor en otro momento. Es un concepto general, se da en los mundiales pero también en otras ocasiones como Navidad o Año Nuevo”, admite Sergio Berensztein, socio de la consultora Poliarquía.

El encuestador Hugo Haime, opina en igual sentido: “Cuando la gente está en otra, pendiente de situaciones como un Mundial, le importa bastante poco lo que pasa en política y el costo de tomar alguna medida antipática obviamente va a ser menor”.

Sin embargo, Berensztein y Haime coinciden en que el gobierno de Cristina no parece estar hoy esperando que empiece el Campeonato para anunciar decisiones que no cuenten con el aval ciudadano. “Yo veo más bien lo contrario. Lo veo al Gobierno tomando medidas, no sé si populares, pero ciertamente populistas. Hoy el kirchnerismo está haciendo un esfuerzo enorme por recuperar imagen positiva. Néstor sigue peleando por la recomposición de su imagen y tiene un largo camino por recorrer, más allá de que haya logrado alguna mejoría”, sostiene Berensztein.

Para Haime, “la entrega oficial gratuita de codificadores de TV para ver los partidos entre los sectores humildes va justamente en esa dirección”.

Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, aporta otra mirada. Afirma que “aunque la Justicia es formalmente independiente, el Gobierno ya utilizó el ‘efecto Mundial’ para adoptar la decisión judicial que absolvió a Néstor Kirchner” en la causa por la polémica compra de u$s 2 millones, haciendo supuesto uso de información confidencial. Y arriesga: “El oficialismo profundizará durante este período su batalla contra los medios privados, dado que en este momento su reacción en la opinión pública tiene menos efecto”.

Lo cierto es que, como bien dice Berensztein, no es ningún secreto que el kirchnerismo sueña con montarse sobre los efectos positivos de una eventual buena performance de la Selección en Sudáfrica para potenciar sus chances en 2011. ¿Qué gobierno se resistiría a intentar capitalizar el triunfo de su equipo?

No obstante, esos planes son, al menos por ahora, pura ilusión. Los tres analistas apuntan que un éxito deportivo no necesariamente se traduce en éxito político. De hecho, el triunfo de la Argentina en el Mundial 86 no impidió que al año siguiente Raúl Alfonsín sufriera un duro revés en las elecciones legislativas. Ni que dos años después el candidato radical, Eduardo Angeloz, fuera derrotado por el peronista Carlos Menem.

Para Haime, el problema es que muchas veces “los gobiernos confunden el sentido de patriotismo con adhesión política”, como le ocurrió hace pocas semanas al kirchnerismo, que creyó ver en los festejos del Bicentenario un cierto respaldo a su gestión.

En definitiva, el “pan y circo”, por útil que parezca en política, no es garantía de nada. Cuestiones como la marcha de la economía o el vínculo de un gobierno con la sociedad pesan más a la hora de entregar el voto que una victoria deportiva, aún en países como la Argentina, donde el fútbol es pasión de multitudes.



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