Dilma no es Lula ni Cristina, Néstor

Dilma no es Lula ni Cristina, Néstor

La tensión bilateral con Brasil, en el fondo, trasluce un cambio en la relación entre ambos países. Por qué Brasil pasó de la “paciencia estratégica” a la acción. 29 de Julio 2011
Lloró Lula. “Kirchner fue el Maradona de la política”, lo recordó. Decretó tres días de duelo tras su fallecimiento. Le reconoció “haber sacado a la Argentina del pozo”. El astuto mandatario brasileño, quien transitaba sus últimas semanas de sus ocho años de gobierno, aseguró –todavía, con lágrimas en los ojos– que “no hubo otro momento de la Historia una relación tan fuerte entre la Argentina y Brasil como la que pudimos hacer Kirchner y yo como presidentes”. No faltaron memoriosos, a quienes las palabras del líder brasileño hicieron evocar las de Ricardo Balbín, en el funeral de Juan Perón: “Este viejo adversario despide a un amigo”.

Pasó más de medio año. Néstor no está. Lula, tampoco. Son sus herederas, Cristina Fernández y Dilma Rousseff, quienes conducen los destinos de los socios mayores del Mercosur. “Harán una asociación, sin duda, mejor que yo y Kirchner en nuestro momento”, prometió el líder del PT, antes de dejar Planalto. Como muestra de buena voluntad, la primera visita oficial de Dilma, quien asumió la Presidencia el 1º de enero, fue a Buenos Aires. Cristina –quien no concurrió a la ceremonia– la aguardaba expectante: con el dólar atrasado y la inflación avanzando a más de 20 por ciento anual, las exportaciones argentinas sólo conservaban competitividad por la apreciación del real. Desde noviembre, ni bien ganó el ballotage, los industriales brasileños –a través de entidades como la Confederación Nacional de Industria y la poderosa FIESP, de San Pablo– clamaban a viva voz por una devaluación. Se temía que Dilma –economista de formación– fuera más permeable a esos reclamos. Sin embargo, a la Rosada llevó tranquilidad: a corto plazo, Brasil no tenía pensado depreciar su moneda.

Los medios brasileños hicieron otra lectura de esa gira. Se empezó a recurrir a un concepto, “paciencia estratégica”, para definir la nueva relación bilateral. La Argentina apeló a denodados –y poco exitosos– artilugios para evitar la acelerada reducción de su superávit comercial. Hasta que Brasil pagó con la misma moneda: aplicación de licencias no automáticas de importación. Pero golpeó donde más duele: la industria automotriz, que canaliza el 50 por ciento del total del comercio entre ambos países, según advirtió la ministra de Industria argentina, Débora Giorgi, cuando se encontró con el hecho consumado. Con la salvedad de que, para Brasil, que fabricó 3,6 millones de autos en 2010, el mercado argentino representa menos del 10 por ciento de su producción. Para las automotrices locales, en cambio, el 50. A diferencia de su antecesor, Dilma no cree en la complacencia con la Argentina. “Ya salió del pozo”, se le escuchó decir. Las represalias a la Argentina le dieron la oportunidad de congraciarse con sus empresarios, sin necesidad de tocar el real. La paciencia estratégica, parece, tem fim.



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