Derecho de familia

Derecho de familia

Cómo viven la profesión los hijos de abogados que son una marca registrada en la actividad. Pros y contras de llevar un apellido ilustre en la tarjeta. 01 de Abril 2011
El apellido abre puertas y concede ventajas, sin dudas, pero también puede ser un peso difícil de sobrellevar. Una marca que obliga, interna y externamente, a mayor exigencia, repetición de logros y desafíos redoblados. Como en cualquier empresa familiar, la relación laboral entre padres e hijos es un tema en sí mismo. ¿Y qué sucede cuando el progenitor es un abogado de gran trayectoria en el medio, que gestó desde cero un estudio o hizo crecer el que heredó? ¿Cómo vive un profesional el hecho de ser “hijo de”? ¿Y si, además de la carrera, comparte con su padre la especialidad, bajo el mismo techo?

En la City –y en el Derecho, en general– florecen los casos de abogados que buscan seguir la huella familiar. Varios de ellos ya comenzaron a imponer su propio nombre en el mercado, pero no por eso dejan de ser relacionados automáticamente con sus padres, con todo lo que significa. ¿Oportunidad o condena a la comparación permanente?

“Tener un padre célebre y destacado en el campo del Derecho, y hacer lo mismo importa una exigencia y un desafío distinto, ni mejor ni peor”, opina Ezequiel Cassagne, socio de Cassagne Abogados e hijo de Juan Carlos, palabra autorizada en Derecho Administrativo. El único de siete hermanos en seguir abogacía, Cassagne está convencido de que el respeto mutuo es la mejor manera de sobrellevar la relación con un padre exitoso y poder trabajar con él. “Creo que en esa sinergia está el camino del éxito. Existen muchos fracasos en las relaciones entre padres e hijos en las empresas, porque no hay respeto profesional. Pero eso sólo se gana con dedicación y trabajo”, sentencia.

Cuando decidió seguir Derecho, Cassagne se inclinó por la UBA, aunque su padre le había aconsejado que lo hiciera en una universidad privada (la UCA o la Austral). Luego realizó una maestría en Derecho Administrativo en la UCA y otro posgrado en España, en la Universidad San Pablo CEU, de Madrid. Tras un paso por un estudio chico y por la Fiscalía de la Provincia de Buenos Aires, se sumó al entonces Cárdenas, Cassagne & Asociados. Cuando la firma se escindió en 2005, fue nombrado socio del flamante Cassagne & Asociados. Con 33 años, su actuación más resonante se produjo en el verano de 2010, cuando el estudio asesoró al ex presidente del Banco Central Martín Redrado en la pelea con el Gobierno por las reservas de la entidad.

Rodrigo y Javier Alegría también llevan un apellido célebre en el medio y eligieron la misma especialización que su padre, Héctor: el Derecho Comercial y Concursal. Coinciden en que optar por esa rama implicó de entrada una exigencia adicional, pero admiten que, al mismo tiempo, significaba una oportunidad. “Ser ‘el hijo de’ hace que todos te estén mirando desde muy temprano. Uno siente que quieren probar qué tan bueno es uno”, dice Javier Alegría. “Eso exige una preparación muy fuerte, porque no se puede salir a decir cualquier cosa. El apellido puede abrir una puerta, pero hay que revalidarlo todos los días”, agrega. 

“La exigencia empieza desde la facultad –complementa Rodrigo Alegría–. Los profesores que conocían a mi papá, lejos de ayudarte, hacían lo contrario: esperaban que uno supiera lo mismo que él. Y no, no vino en nuestro ADN el conocimiento que forjó durante 40 años”. Lo más fácil, comparten, hubiera sido elegir otra especialización, pero el hecho de poder sumarse a un estudio constituido y con una marca impuesta en el mercado representaba un trampolín que no podían desaprovechar. “De todos modos, hay que estar a la altura de las circunstancias. No se puede hacer la plancha en la industria de los servicios, donde el prestigio que lleva años construir puede destruirse en segundos”, sostienen.

Egresados de la UCA, los dos realizaron en su momento un master en leyes en Northwestern University, Chicago, y vivieron la experiencia de trabajar en bufetes de los Estados Unidos. Javier en Cleary Gottlieb, en Nueva York, y Rodrigo en Mayer, Brown, Rowe & Maw, en Chicago. Pero en 2004 decidieron retornar al estudio y fueron nombrados socios. 

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“Si no estás acá en este momento, ¿cuándo vas a pasar por esta experiencia?”, le preguntó Daniel Funes de Rioja a su hijo Ignacio, abogado laboralista como él, poco tiempo antes de la caída de las Torres Gemelas, en 2001. Funes de Rioja había terminado su posgrado en Duke University, en los Estados Unidos, y se debatía entre regresar al país –ya sumido en una profunda crisis, que se aceleraría hacia fin de ese año– o intentar hacer carrera en el exterior. Le hizo caso a su padre y atravesó de lleno el colapso de 2002, con toda la explosión de trabajo que generó para el área laboral.

“Siempre me gustaron la negociación y las materias de contenido humano, por lo que la inclinación por el Derecho Laboral, en mi caso, se dio con absoluta naturalidad”, señala Funes de Rioja. Y agrega: “Nunca viví el ser ‘hijo de’ como una presión, sino con responsabilidad. Uno siente que recibió un regalo, una oportunidad, que no puede ser mal utilizada. Por eso hay que comportarse siempre con la máxima corrección, no atolondrarse, ni subirse al caballo”.

Como en los otros casos, en alguna circunstancia experimentó la situación de que alguien quiera “probarlo”, interrogándolo sobre qué opinaría su padre sobre determinado tema. “No hay que asumir el lugar que a uno no le compete –afirma Funes–. Lo importante es pensar en lo mejor para la organización, antes que para uno. Ser un engranaje más en la máquina”. En el estudio trabajan también los otros hijos de Daniel Funes de Rioja: Rodrigo (socio gerente, estudió administración de empresas) y María Florencia, abogada.

La sombra de lo conseguido por el padre puede ser, en efecto, uno de los fantasmas que rondan la mente de los hijos al ir construyendo su trayectoria. Mientras el entorno esperará que muestre rápidamente sus logros, es posible que se pregunte si será capaz de sostener el prestigio. “No hay que preocuparse por las comparaciones, porque nunca faltarán –señala Rodrigo Alegría–. Imponer el propio nombre es una cuestión de tiempo, que se puede dar o no. Pero nunca se va a disociar la relación. Siempre seré el hijo de, y a mucha honra”.

Cassagne cree que una clave para abrirse espacio en la profesión es no intentar copiar al padre. “Hay que buscar la propia identidad. Muchas personas se autoimponen una presión extra que puede jugar en contra. El afuera siempre va a exigir que uno se destaque, pero a todos los que quieren triunfar les pasa lo mismo, en definitiva”, afirma.

Para Funes de Rioja, que llegó a socio en 2005, el mejor remedio es permitirse respetar los tiempos propios, “que no necesariamente deben ser los de los demás”. De ahí que rescata su experiencia académica en el exterior, donde la portación de apellido “no existe” y cada uno construye su historia sin condicionamientos.

“Ser hija de un abogado conocido en el mercado no es tarea fácil. Te carga de muchas más exigencias que a un desconocido”, coincide Carolina Zang, socia de Zang, Bergel & Viñes e hija de Saúl, fundador de la firma y asesor de cabecera de Eduardo Elsztain, el pope de Irsa. En su caso, cuenta que en los primeros años sentía la autoimposición de no poder decir nada que no fuera estudiado, por el qué dirán. “Y cuando uno se destaca, nunca falta el que piensa que te ayudó tu papá. Nunca, que es mérito propio”, dice.

Zang estudió en la UBA y se recibió a los 22. Empezó en el estudio como telefonista, pateó Tribunales desde el sector de litigios y, con el título bajo el brazo, desembarcó en el área corporativa. Su experiencia en el exterior: Nueva York, donde cursó un LLM en NYU y trabajó un año como asociada extranjera en Chadbourne & Parke. Regresó en 1999 a ZB&V, y la hicieron socia hace tres años. “Si no hay dolor, no sirve. Nada me fue regalado ni heredado. Ser socia me llevó 14 años, lo mismo que en cualquier otro lugar”, resalta.

Hoy dirige la práctica de mercado de capitales de la firma, con lo que no comparte estrictamente la especialización con su padre, ligado a lo corporativo y los proyectos de real estate.

Para la abogada, un ‘hijo de’ tiene dos opciones: renegar de la mirada de los otros –a priori, mucho menos benévola– o aceptar la realidad y tratar de aprovechar las ventajas que le otorgó el destino. “Por ejemplo, desde chica viví en mi casa lo que es la atención de un cliente. Nada de lo que está asociado a la profesión me resultó ajeno cuando empecé”, afirma.

El caso de Roberto Silva (h), socio de Marval, O’Farrell & Mairal, difiere de los anteriores: hijo del reconocido abogado Roberto Silva, uno de los fundadores de Hope, Duggan & Silva (HD&S), hizo su carrera sin haber trabajado con él directamente. Empezó en Cárdenas, Hope & Otero Monsegur, donde su padre era socio, pero se desempeñó en otra área, en la que no interactuaban. Luego pasó a Marval, ya que en HD&S tenían la política (no escrita) de no incorporar familiares, como ocurre en varios estudios. Está allí hace 18 años y es socio desde 1996.

“Ser hijo de un abogado reconocido te impone un estándar más alto de entrada. Siempre hay alguien que espera más de uno”, comparte y agrega: “No haber trabajado con mi padre tiene una parte negativa, que es haberme perdido el aprendizaje que te da la inte-racción del día a día. Pero hacer la carrera por afuera tiene más reconocimiento: nadie va a pensar que uno llegó por su influencia”. De todas formas, aclara que la relación profesional entre ambos siempre fue muy estrecha, aunque no hayan compartido oficinas: “Es al primero que consulto cuando busco una opinión”.

Propio aporte
Roberto Durrieu (h) es otro de los que siguió los pasos de su padre y de su abuelo, quien fundó el estudio especializado en Derecho Penal en 1952. Se recibió en la UCA –al revés de la tradición familiar, ligada a la UBA– y realizó un master (LLM) en Duke. También, cursó recientemente el doctorado en Leyes en la Universidad de Oxford, Inglaterra. Su primera experiencia, diploma en mano, fue en Beccar Varela, ya que quería “ampliar horizontes, más allá de lo penal”. Luego, en su paso por el estudio Holland & Knight, de Miami, descubrió que le interesaba la práctica de Derecho Penal Internacional, con foco en la prevención del fraude corporativo y los asuntos de lavado de dinero. Ahí vio una veta para especializarse cuando se sumara a la firma familiar. “Mi ingreso se dio sin demasiadas presiones, en un momento en que el estudio se estaba consolidando más allá de las personas, y la práctica penal vivía un cambio, por la internacionalización del Derecho”, asegura.

Durrieu pretendía que su entrada al estudio se diera de forma natural, remarca. Por ese motivo se inclinó por la experiencia en el exterior y quiso llevar su propio aporte. “Eso disminuyó la presión de ser ‘hijo de’: me sentía más útil porque llegaba con algo para agregar”, indica. Un año después de su ingreso, en 2003, logró que lo nombraran socio.
La forma en la que los hijos se incorporan a la firma fundada por sus padres es un punto que puede despertar recelos internos, ya que los herederos –en la mayoría de los casos– están llamados a ser partners más rápido que otros asociados. Conscientes de que cargarán con esa mochila, los ‘hijos de’ responden que estrechar el vínculo con los otros socios y mantener una relación netamente profesional con su padre dentro de la oficina, sin espacio para los privilegios, es uno de los caminos para ahuyentar los prejuicios. La actitud personal –estar dispuesto a transpirar a la par de los otros desde el principio, sin soberbia– también cuenta. Algunos padres se encargan, asimismo, de aportar su cuota para cuidar el clima: fue el caso del socio fundador que, ante el pedido de aumento de sueldo de su hijo porque necesitaba ahorrar para casarse, le dio el mismo incremento porcentual a todos en el estudio, para que no se alterara la escala salarial. El protagonista de la vieja anécdota era, en aquel entonces, el que menos ganaba.



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