Del Ponte:

Del Ponte: "La Argentina ofrece posibilidades de desarrollo y, aunque no es fácil, está en camino"

Durante los ‘90, destapó las cuentas secretas en bancos helvéticos de Menem, Astiz y Bussi, además de funcionarios implicados en el caso IBM-Banco Nación, persiguió a criminales de guerra de Ruanda y de la ex Yugoslavia, fue contra los carteles mexicanos, investigó a la mafia siciliana y el blanqueo de dinero negro. Carla del Ponte, embajadora suiza en la Argentina, analiza la coyuntura local y el gobierno de CFK. 04 de Junio 2010

Como una metáfora de la mujer que algún día sería, Carla del Ponte, embajadora suiza en la Argentina desde hace dos años, recuerda su infancia en Lugano, en el cantón del Tesino, del país helvético. “Cazaba serpientes con mis hermanos aún antes de cumplir los diez años. Víboras y otras serpientes venenosas vivían en los bosques y los quebrados peñascales de los alrededores del lugar donde crecí”. Con el correr del tiempo, y desafiando el mandato paterno que le auguraba una dichosa y pacífica vida como ama de casa, esta mujer multilingüe (habla italiano, francés, alemán, inglés y se defiende con el español) no se conformó. Con el título de abogada bajo el brazo, un día se animó a decirle sí a la procuración general de la Confederación Helvética y, desde allí y para muchos, se convirtió en una mujer de “temer”: actuó contra la mafia siciliana, destapando el caso “pizza connection”, fue contra los carteles mexicanos y le confiscó u$s 100 millones a Raúl Salinas (hermano del ex presidente azteca) y estuvo a cargo del blanqueo de dinero negro en bancos suizos, entre cuyas cuentas se encontraban la del ex presidente Carlos Menem, además de las de Alfredo Astiz y Antonio Bussi, y la de funcionarios implicados en el caso IBM-Banco Nación. Hacia fines de la década del 90, y a pedido personal de Kofi Annan, fue elegida fiscal Jefe del Tribunal Penal Internacional, donde llevó adelante la acusación de criminales de guerra, responsables de genocidios, deportaciones y violaciones en Ruanda, Bosnia, Croacia y Kosovo. Slodovan Milosevic, Radovan Karadzic y Ratko Mladic son sólo algunos de las más de 160 acusados que fueron arrestados durante su desempeño. Sólo dos, Mladic y Hadzic, permanecen prófugos. Ahora en funciones diplomáticas y más relajada -dejará el cargo a principios de 2011-, analiza la coyuntura y el gobierno de CFK.

¿Cómo analiza las relaciones bilaterales entre la Argentina y Suiza y qué avances hubo durante su gestión? 
Las relaciones son absolutamente perfectas. Hay contactos regulares. Una vez por año hay una delegación suiza que viene a la Argentina y una delegación argentina que va a Suiza. En verdad estos países no tuvieron problemas particulares. Aunque un avance importante fue la firma del acuerdo de asistencia judicial mutua, un instrumento que facilita el acceso a la información judicial y ahora esperamos la ratificación del parlamento argentino. Además, estamos trabajando en otros acuerdos bilaterales sobre la seguridad social y sobre la doble imposición. 

¿En qué consisten?
La seguridad social es una respuesta de la Argentina que concierne justamente a los doblenacionales que trabajan acá y en Suiza. Y la doble imposición es por el tema fiscal, que no se debe pagar impuestos en los dos lugares. Esto es importante además por las cuestiones administrativas. Se trata de un acuerdo general que no enfoca específicamente cuestiones financieras.

¿Qué opinión le merece la Presidenta?
Me encontré con ella a través de ceremonias oficiales a las que estaba invitada. Me complace ver que es muy sensible al tema de los derechos humanos. Se nota en particular en el involucramiento del Gobierno en esas cuestiones, participando multilateralmente en la temática de DD.HH. Eso es muy importante y positivo. 

¿Cómo ve la Argentina?
Es un lindísimo país. La gente es muy hospitalaria y agradable, lo cual facilita el contacto. Por otra parte, la Argentina ofrece muchas posibilidades de desarrollo. Me parece que ahora está en el buen camino. No es fácil, porque es un país muy grande. Pero ahora va en una buena dirección.

¿Y cómo analiza el funcionamiento de la justicia local?
No conozco. No quise involucrarme mucho con la justicia en la Argentina porque como yo todavía soy fiscal en mi interior, como embajadora, no puedo emitir un juicio de valor sobre el tema. Sin embargo, por lo que veo a través de contactos o por lo que leo en la prensa, se está haciendo un buen trabajo. También hay mucho para hacer. Por otra parte, en lo que a Justicia Internacional respecta, la Argentina está muy presente y de manera muy positiva. Las personalidades argentinas que conocí fue en el ámbito de los derechos humanos, aún antes de llegar al país. Por ejemplo, al embajador Raúl Ricardes ya lo conocía de antes. También Silvia Fernández Gurmendi, que era jueza cuando estuve en La Haya. 

En los "90, investigó las cuentas secretas en Suiza del ex presidente Carlos Menem y de Antonio Bussi, entre otros, un tema que en la Argentina se le recuerda con frecuencia. ¿Le pesa o siente orgullo? 
La verdad, no lo recuerdo. Fue tanto trabajo que no me puedo acordar de cada caso. Me acuerdo vagamente de la época, pero no es que lo tengo presente. No tengo un mérito particular por esto. Es mi trabajo. Es parte de la labor que tenía que hacer. Cuando el ministro Montenegro me invitó a ir a verlo y me recordó que habíamos trabajado juntos, cuando era fiscal. 

¿Cuáles son las principales trabas que encontró cuando debió juzgar a los criminales de la ex Yugoslavia y de Ruanda?
La falta de una policía judiciaria. Así, las medidas coercitivas dependen de la voluntad del estado para que el fiscal pueda hacer su tarea. Se apela a la buena voluntad y a la cooperación de los estados.

¿Los estados no son colaborativos?
El problema es que, en determinados casos, los acusados son considerados héroes por parte de la población. Se requiere de la ayuda de la comunidad internacional a fin de que cooperen totalmente con la fiscalía.

Mientras juzgaba situaciones atroces y de mucha violencia, ¿cómo hacía para hacer un corte y regresar a su casa? 
Fui fiscal toda la vida. Por suerte hay una evolución que se va dando. Es un trabajo que exige que se haga sin emociones. Porque, si no podés dormir bien a la noche, se convierte en algo muy difícil. No es posible pensar que llegás a tu casa, cerrás la puerta y queda todo del otro lado. Es algo que lleva 24 horas. Es importante no involucrarse emocionalmente. Yo sentía momentos de emoción solamente cuando me reencontraba con las víctimas. Pero era una emoción positiva porque se buscaba esa emoción para justificar el trabajo.

¿Hay algún caso internacional o algún criminal al que usted le hubiera gustado investigar y por alguna razón no pudo hacer?
No, no tengo un llamado de Dios a hacer justicia. Tengo simplemente un mandato de las autoridades que se intenta ejecutar pero no me siento una enviada de Dios para la justicia. Hago lo que tengo que hacer y trato de hacerlo lo mejor posible.

Algunos países de África, como Sierra Leona o incluso el Congo, atravesaron y atraviesan enfrentamientos internos muy crudos. ¿Cómo analiza la situación? ¿La comunidad internacional puede intervenir para revertirlo? ¿Para detener la costumbre popular de que, mediante una violación a una niña virgen, se puede curar el Sida?
La situación actual es muy crítica. Pero ahora existe una corte internacional permanente que intenta hacer lo mejor posible porque el pedido de justicia es muy importante pero es solamente una parte del restablecimiento de la paz en estos lugares. Y la justicia está en una muy buena dirección y lo que hay que hacer es continuar en este camino. Por otra parte, hay algunas costumbres que son ancestrales y que se tienen que combatir. Sin embargo, esto es sólo la instrumentalización de una parte de la realidad. Aunque hay una modernización en África.

Cuando ocurrieron hechos como el asesinato del oficial Falcone, con quien usted trabajaba cuando era fiscal general, ¿temió por su vida? ¿Se planteó la posibilidad de dejar?
La muerte de Falcone fue el único momento que puse en duda si continuar o no. Hablando con otra fiscal italiana, que era además amiga de Falcone, decidimos que justamente como él no estaba más alguien debía continuar con su tarea. Fue el único momento en el que me planteé. Fuera de ese, no hubo otro momento.

¿Extraña tanta adrenalina?
No, absolutamente no. Porque es una decisión mía y necesitaba parar.

¿Cómo analiza hoy el lugar de la mujer en el mundo?
La situación ahora es mucho mejor que la que había cuando empecé a trabajar. En estos 20 ó 30 años hubo un cambio increíble. Creo que hoy la mujer tiene el mismo acceso que los hombres. Pero las mujeres pueden estar en situación difícil cuando tienen familia. La mujer tiene doble empleo, porque igual se hace cargo del trabajo y de la familia. Es un problema de la mujer y no de la sociedad. En algunos momentos, una tiene que elegir. Creo que ya estamos en un camino de igualdad. Ustedes, en la Argentina, tienen una presidenta mujer, tienen juezas en la Corte Suprema. La paridad está. El problema es nuestro porque es importante que una se dedique también a la familia.

¿Tiene cuentas pendientes?
No, estoy lista para seguir haciendo cosas. Como dije antes, no soy una enviada de Dios para impartir justicia.

Pero en su entorno, usted es una persona admirada.
También criticada. Si un fiscal tiene sólo amigos no es un buen fiscal. Debe tener también enemigos.

¿Es cierto que banqueros suizos descorcharon botellas de champagne al saber que usted dejaba la función en Berna?
Es lo que me contaron mis banqueros amigos. Si es verdad o no, no lo sé.



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