De calzoncillos a labiales, las teorías económicas más originales para medir la

De calzoncillos a labiales, las teorías económicas más originales para medir la "dispersión de precios"

15 de Febrero 2011

La gente tiene que buscar porque hay una gran dispersión de precios”, disparó el 27 de enero el ministro de Economía, Amado Boudou. “La inflación supone un alza generalizada de los precios y acá no hay un alza generalizada de los precios”, agregó el 31 de enero, el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández. “Pese a que a algunos les moleste el término que utilizó nuestro ministro de Economía, hay mucha distorsión y aprovechamiento también de estas situaciones”, sostuvo la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, poco antes de rebozar el plan milanesas para todos. El objetivo ya es un clásico: en el mágico mundo del Indek –parafraseando la adaptación musical disidente de los ex técnicos del organismo– no hay inflación, sino reacomodamiento, distorsión, dispersión o todo aquello que no admita inflación. Es decir, que valide –sin decirlo– el 10,9% que midió el Indec en 2010 y que representa la mitad de lo indicado por las ahora ‘investigadas’ consultoras privadas. Sin embargo, lejos de entrar en la ya remanida polémica de las mediciones oficiales, el objetivo de esta columna pasa por sugerir mecanismos alternativos para demostrar que la teoría ‘Lita de Lazzari’ del camine, señora camine, sugerida por Boudou lejos está de ser la fórmula de medición para el común de los mortales. Existen, de hecho, otras teorías micro con las que validar los números.

De hecho, el ex presidente de la Junta de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Alan Greenspan, se subió a la teoría que asegura que los calzoncillos son un buen estimador para anticipar los ciclos económicos. Es que, cuando llega la crisis, la renovación de la ropa interior masculina deja de ser una prioridad y su desgaste se tolera postergando compras. Si la economía mejora, es tiempo de los ‘calzoncillos para todos’ y las perspectivas serán alentadoras. Otra tradicional fórmula pero en este caso de medición de poder adquisitivo es la del Big Mac. El índice elaborado en 1997 por la revista The Economist permite medir en 120 países la evolución de precios de la tradicional hamburguesa como un referente de la canasta de consumo. Aunque, claro está, la Argentina aparece como una excepción a la regla por obra de la ‘intervenida causalidad’ en la que el precio de la tradicional hamburguesa –17 pesos, promedio– es inferior al de sus colegas –por ejemplo, los $23 del cuarto de libra– con el objetivo de una mejor medición o, mejor dicho, promoción.

El economista Lucas Llach, creador del blog La Ciencia Maldita, también elaboró su propio índice con las latitas de Coca Cola. Su teoría refleja cómo es el poder adquisitivo del dólar en los distintos países, ordenando a los productos de mayor a menor. Las mujeres también tienen su propia medición a través del ‘índice lápiz labial’. El concepto fue creado por Leonard Lauder en 2001, por entonces director del emporio Estée Lauder. Sucede que, existe una peculiar relación inversa entre la venta de los productos de maquillaje y la psicología femenina. A saber, cuando el presupuesto no alcanza para la compra de carteras y nuevos vestidos, las mujeres optan por los artículos que les permiten verse más bellas en los contextos adversos.

Al mal tiempo, buena cara, dice el tradicional refrán. Caso contrario, aunque sea que esté maquillada, sostiene esta particular teoría.



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