Daniel Passarella: la gran batalla del Káiser

Daniel Passarella: la gran batalla del Káiser

Símbolo del club millonario, como jugador y entrenador, Daniel Alberto Passarella –flamante presidente de River Plate– emprende, ahora, su campaña más ambiciosa: sacar a la institución con la que dio siete vueltas olímpicas sobre el césped (y que lideró otras tres desde el banco de suplentes) de la peor crisis de sus 109 años de historia. Su análisis de la situación de “tierra arrasada” que encontró al asumir y las claves de una gestión que pretende capitalizar sus atributos de líder con mística. 29 de Enero 2010

Ocho de enero, 15 horas. Nada más lejos de una apacible tarde de viernes en Buenos Aires. La temperatura –superior a los 30 grados– revalida la infernal corona estival de la Reina del Plata. El país está convulsionado por el estallido del Redradogate. Pero a Núñez, apenas 15 minutos en auto de la City, no llegan las esquirlas de la batalla por las reservas del Banco Central. Otra es la guerra que se libra. Falta un día para que cumpla su primer mes en la presidencia de River Plate y Daniel Alberto Passarella no deja su oficina –búnker que le demanda 12 horas diarias– ni para una sesión de fotos.

“Tenía una vida tranquila. Hacía lo que quería: salía a comer, viajaba con mi mujer, disfrutaba de mis nietas... Pero esto es lo que me gusta. Entro a las 9 de la mañana y me voy a las 10 de la noche. ¡Prácticamente no salgo de este despacho!”, cuenta. Su iPhone blanco no tiene paz, con la sucesión de llamados y SMS que requieren urgente atención.

Es que la situación es extrema: el 9 de diciembre, cuatro días después de una elección para el infarto –ganó por seis votos, tras un desenlace de suspenso e intrigas–, asumió la conducción de un club que estaba “en coma cuatro”, según sus propias palabras. Símbolo millonario como jugador y entrenador, el Káiser emprende, ahora, su campaña más ambiciosa: sacar de la peor crisis de sus 109 años de historia –se cumplirán el 25 de mayo, misma fecha en la que Passarella celebrará sus 57– a la institución con la que dio siete vueltas olímpicas sobre el verde césped y lideró otras tres desde el banco de suplentes.

¿Qué encontró cuando llegó al club?
Sabíamos que el déficit anual, obviamente, no eran los $ 41,5 millones aprobados en el último balance. Pero tampoco pensábamos que, al rojo operativo mensual de $ 4 millones, teníamos que sumarle $ 150 millones, que es el hueco que hoy tiene el club: un pasivo de $ 150 millones, de los cuales $ 114 millones son exigibles en el primer año. Creíamos que eran $ 80 o $ 90 millones, $ 100 millones, calculaban los menos optimistas. River tiene una línea de crédito con el Banco Credicoop de $ 25 millones, de los cuales la gestión anterior gastó $ 15 millones. Como Aguilar (N.d.R.: José María, su antecesor) dijo que iba a pagar los sueldos y los aguinaldos, pensábamos que teníamos $ 10 millones disponibles. Pero no lo hizo. Cuando llegamos, debíamos afrontar $ 6 millones con nada más que $ 80 mil en caja. Sacamos otros $ 7 millones de ese préstamo, para cubrir eso y otros gastos. Los $ 3 millones que nos quedaban en el banco ya son $ 2 millones, porque acá entran cheques todos los días, por cifras importantes. River tiene $ 17 millones metidos hasta marzo en la calle, que nosotros tenemos que resolver.

¿El club no tiene otra fuente de recursos?
Hay ingresos cobrados por anticipado. Como los partidos de verano, del torneo actual y del próximo (2011). O los recitales, que ya están vendidos. Este año, no podemos hacer un solo recital. Algunas cosas no se entienden: Ricardo Arjona ofrecía u$s 600 mil para tocar acá, no pudo y pagó u$s 300 mil en Boca. En cambio, por AC/DC, un grupo mundialmente mucho más jerarquizado y de renombre, River cobró sólo u$s 150 mil por cada noche (fueron tres). Lo único que me cierra es que se hayan firmado los contratos desde la desventaja. No tengo elementos para hacer otro tipo de aseveración. Todavía.
¿Y la televisión? El año pasado, el Gobierno firmó con la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) un convenio que duplica los montos cobrados en el contrato anterior.
Como River era uno de los clubes que ya estaba en mora con sus jugadores –motivo por el que no empezaba el campeonato en agosto–, la AFA le adelantó $ 40 millones. River retiró $ 36 millones: le pagó $ 28 millones a los futbolistas y los $ 8 millones restantes se habrán usado para gastos del club, no sé... (ironiza). Quedaron $ 3,6 millones en el crédito AFA-River, con todos los derechos vendidos para 2010. Así como en 2009 se le adelantó a River el dinero de este año, existe la posibilidad de que se pague en 2010 lo correspondiente a 2011. Ya hablamos con Grondona (N.d.R.: Julio, presidente de la AFA) sobre eso.

¿Lo obligó esta realidad a cambiar las prioridades que tenía antes de asumir?
Cambiarlas, no. Por ahí, postergarlas. River tiene una particularidad: las elecciones se ganan con los socios del club (que son los que concurren), más los de cancha, que son más. Pero es un club de fútbol: las instalaciones y demás actividades se pueden mantener gracias a lo que genera el fútbol. Y, para eso, necesitamos un equipo competitivo. Es la prioridad.

¿Cómo lo financiará, sin efectivo?
Estamos trabajando en un fondo de inversión. Ya hablamos con tres agentes de Bolsa. La idea, en principio, es que River conserve el 60 por ciento de los pases de los jugadores. Y, como invertirán socios e hinchas del club, no serán acreedores que nos pongan el revólver en la cabeza. Si lo lanzamos, apostaremos en grande: a recaudar no menos de u$s 40 millones. Pero es una inversión a mediano y largo plazo. Como mínimo, nos llevará tres meses. Y ese tiempo, por el déficit, para nosotros significa $ 12 millones.

¿Cómo se supera el corto plazo, entonces?
Pidiendo créditos blandos a los bancos. Considero que hoy estamos empantanados y necesitamos un empujón. Nos lo van a dar. Nos van a ayudar a salir.

Flashback
Transmite confianza Passarella. Está firme, seguro. Como cuando tenía que cruzar a los costados o saltar en las áreas –propia y rival– en sus años de pantalones cortos y cinta de capitán. Remite a una primera charla, mantenida a fines de septiembre. Días en los que se sentía “chocho de confianza”, pese a no contar con el soporte político, mediático y financiero de los demás candidatos. “Hace mucho tiempo que quiero ser presidente de River”, contaba aquella tarde de primavera, en una casona de Belgrano ubicada sobre la empedrada calle Aguilar... Sutil ironía de la vida.

Aseguraba haber invertido los dos años desde su última experiencia como entrenador millonario –la menos feliz, entre 2006 y 2007– en prepararse para el desafío. Viajó a Europa, donde visitó clubes y viejos contactos. Se reunió con Massimo Moratti, accionista del Inter de Italia (donde Passarella jugó) y frecuentó a otros ex cracks devenidos dueños de la pelota, como el francés Michel Platini, actual mandamás de la UEFA (la federación europea de fútbol); el alemán Karl-Heinz Rummenigge, director general del Bayern Münich, y el presidente de ese club, Franz Beckenbauer, campeón del Mundo como capitán y técnico del equipo nacional germano y espejo en el que la prensa deportiva siempre reflejó a Passarella, a punto tal de endilgarle el apodo (Káiser) que identificaba al alemán.

“River busca un presidente distinto: que tenga conducción, mística, liderazgo. Atributos que la gente siempre destacó en mi carrera”, afirmaba. Hablaba de “sudamericanizar el fútbol” y “europeizar la gestión”, con un proyecto que debía ser “lúcido y translúcido” por creatividad y transparencia. Esquinas clave de Núñez, Villa Urquiza, Belgrano y Olivos ya lucían los afiches que, con estética épica –símil a la película 300–, lo definían como “nacido para defender a River”. Eslogan que contragolpeaba a los maliciosos detractores, quienes echaban sal sobre un viejo estigma: la simpatía que, en su infancia, sintió por Boca Juniors.

“En esta contienda soy el que tiene más para perder, el que pone más cosas en juego, porque defendí a River con mi cuerpo y con mi patrimonio”, se defendía el Káiser, quien alguna vez puso dinero de su bolsillo para que el club no sufriera el corte de los servicios públicos. ¿Por qué bajó del Olimpo millonario a la mundana contienda electoral? ¿Por qué no jugó sin embarrarse, como prefirió otro ídolo riverplatense, Enzo Francescoli, eventual manager en caso de que ganara su candidato, Rodolfo D’Onofrio? “Nunca quise ser número dos. Siempre apunté a lo más alto y, en River, en este momento, es ser presidente”, respondía. “Quiero ser el mejor. No vengo por la plata. Económicamente estoy bien, tengo un buen pasar: jugué 17 años en máxima competencia y también dirigí 17 años en primer nivel. Quiero ir por la gloria porque ya sé lo que es estar ahí”.

Gallos y medianoche
Llovía la mañana del 5 de diciembre, cuando se abrió el portón de Figueroa Alcorta para que los socios de River eligieran su nuevo presidente. Era el punto final de una campaña feroz. No cambió el tenor en la definición: los 14.248 millonarios que concurrieron a las urnas superaron las expectativas y dejaron atrás el anterior récord de asistencia electoral del club (12 mil, registrado en 1968). Seguida voto a voto, la febril noche de ese sábado terminó con escándalo. Hacia la medianoche, el escrutinio oficial cerró con una diferencia de dos sufragios a favor de D’Onofrio. Passarella denunció fraude. El hall central del Monumental estaba alborotado. A la madrugada, otro fue el cacareo del gallo. Tras el recuento, su lista se impuso: 5.298 votos contra 5.292. Apenas seis de diferencia. Aunque, en su fuero íntimo, está convencido de que fueron más. En su búnker de campaña, eufóricos, vitoreaban que, de su mano, “toda la joda se va a acabar”.

“Hacía falta un cambio de estilo de gestión. Eso es lo que quería el socio”, cuenta, ya habituado a la oficina ubicada debajo de la platea San Martín, con vista al río de la Plata. “Por supuesto, no estamos exentos de que alguien se tiente. Después de que ganamos las elecciones, hubo gente que hasta había cambiado la forma de caminar por el sólo hecho de ser dirigente de River... Tuve que bajarles el perfil. El poder no me marea. Y mirá que como ex capitán y técnico de River y de la Selección, tuve cierta cuota...”, reflexiona.

“Con $ 20 millones, salimos. Es lo que necesitamos para formar un equipo competitivo y cubrir el déficit operativo mensual, hasta que armemos el fondo de inversión. Porque el único ingreso adicional con el que podemos contar es la publicidad de la camiseta. El contrato actual (N.d.R.: con Petrobras) finaliza en marzo”, retoma la cruda realidad.

Esos cheques emitidos por $ 17 millones, ¿son una bomba de tiempo?
Es un tema para el cual contratamos a KPMG. River no pondrá un peso, será a cambio de publicidad. Ellos harán una auditoría y nos dirán qué pagar y qué no pagar. Si está justificado, cumpliremos. Si no, no.

Eso deja abierta la posibilidad de que algún acreedor haga juicio. ¿El concurso preventivo es una alternativa? Los clubes que lo abrieron (San Lorenzo, Independiente) redujeron su pasivo a la mitad y, en las empresas, es un recurso que permite operar con un paraguas judicial...
Si mandara a convocatoria al club, sería el hombre del momento. Pero no es lo que busco. Quiero tener bajo perfil y trabajar. Por supuesto, llegado el caso, pondré a River por sobre todo, para ver qué le conviene. En ese sentido, no descarto ninguna posibilidad.

¿Haber sido jugador y entrenador le da mayor autoridad para involucrarse en el trabajo del cuerpo técnico?
No me meto. Por día, me llaman decenas de empresarios para ofrecerme jugadores. Me limito a llamarlo a Astrada (N.d.R: Leonardo, actual DT) y preguntarle si le gusta. Si sí, avanzo. Si no, no. Escucho qué me pide e intento conseguirlo. Es lo máximo que me meto en el fútbol. Me cuesta mucho, sí. Pero es lo que hago.

¿Y el día de mañana, cuando el equipo empiece a jugar, no satisfaga expectativas y usted reciba las quejas desde el palco presidencial?
Es rara la gente de River... Cuando jugaba, me costó mucho entender por qué nos insultaban por más que ganáramos. Acá estuvieron el Charro Moreno, Adolfo Pedernera, Ángel Labruna, Alfredo Di Stéfano, Enrique Sívori, Pipo Rossi, el equipo que integré en los ‘70, el de los ‘80, con Francescoli, el de los ‘90... El hincha es exigente, de extremo paladar negro. Cuando fui técnico, me relajé. Dije: “Bueno, me quedo tranquilo. Se la van a agarrar con los jugadores”. ¡Pero me insultaban a mí! Y ahora, que soy presidente, ¿también querés que lo hagan? (se ríe). Pero es lógico pensar que, al cabo de cuatro años de gestión, la imagen se desgasta...¿Por qué? Pensá que puedo ser como Lula o Tabaré, que se fueron con mejor imagen de la que tenían cuando empezaron. Dame esa posibilidad.

¿Qué es más estresante: el banco de suplentes o el sillón de presidente?
El banco es bravo. Depende también de cómo uno sea. Ahora, intento no perder la paciencia. Pensar más, dormir menos... Pero soy de la peor manera, tanto para ser dirigente como técnico: asumo todas las responsabilidades y me hago culpable de cosas que no debería. Eso no ayuda. Si, al terminar el día, me voy bien del club porque se hicieron las cosas bien, estoy feliz. Si no, no puedo dejar ese malhumor antes de entrar a mi casa.

Hace una pausa. Se queda pensando en el tema. Cuenta un hecho reciente. Para él, más que una anécdota, una lección: “Hace poco, cuando fui a la AFA, le pregunté a Grondona: ‘Julio, cuando estás con tu familia, con tus nietos, ¿lográs sacarte el malhumor de todo lo que pasa acá?’. ‘¡Claro! Si no, no hubiese aguantado 30 años’, me contestó”.



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