Cuestión de colores

Cuestión de colores

Patricio Llana se jacta de haberle ganado a Sherwin Williams y a Alba el contrato para venderle pintura al Teatro Colón. La empresa, que facturó $ 40 millones en 2009, apuesta a la innovación y busca potenciar el comercio exterior. 05 de Abril 2010

Corrían los ‘70 y no importaba qué. Lo cierto era que el joven ingeniero químico tenía la necesidad de fabricar algo. Por eso, Patricio Llana llegó hasta la secretaría de Comercio con su socio, Carlos Cattáneo, en busca de algún producto que se importara. “La idea era sustituirlo y hacerlo acá. Así dimos con el ácido oxálico, una sustancia para lijar mármoles que también se usaba en fotografía”, cuenta. Alquilaron un galpón en San Martín y se largaron con la producción, pero no de ácido sino de masilla. “Justo en ese momento, otro amigo me contó que le estaba resultando complicada la importación de un producto para la construcción que traía de Chile”. Rapidísimo, en 1976, comenzaron con las pruebas de laboratorio en el INTI y, en unos meses, desarrollaron la primera masilla de industria nacional para el sistema de construcción en seco. “Éramos nosotros dos para todo. Cargábamos los camiones, íbamos a ver clientes y llamábamos a los proveedores desde el teléfono público de la panadería”, cuenta Llana, quien recuerda las duchas improvisadas con una manguera dentro de un tambor. Como superhéroes conversos, los hombres que minutos antes sudaban cubiertos de masilla, salían de traje rumbo a la facultad. “Éramos ayudantes de cátedra. Nos daban obra social y, en ese momento, era algo importante”, agrega.

La bonanza de 1978 les permitió cambiar de galpón. Un año después, además de masilla, comenzaron a fabricar pinturas y revestimientos. “Pudimos comprar un campo de 200 hectáreas y después, otro casi igual”, recuerda. En 1981 la empresa volvió a mudarse, esta vez al Parque Industrial Llave, en Beccar. “Hace cinco años compramos en un remate judicial otro predio. Le propusimos al juzgado alquilar este lugar donde estamos ahora”, cuenta Llana. “El lugar era un desastre y cometimos un error por querer asegurarnos la compra. El predio tenía un crédito hipotecario de la provincia de Neuquén”, confía el ingeniero que esperó ansiosamente cinco años para ofertar $ 2 millones durante el remate y hacerse de la superficie. “En realidad, salió mucho más caro. Consideramos que íbamos a ser acreedores primarios, pero no”. La historia no quedó ahí. Faltaba una enorme inversión: reconstruir pisos y techos, y hacerse cargo del pasivo ambiental (sacaron decenas de camiones con productos químicos en mal estado, hicieron remediación de suelos y quitaron alrededor de 400.000 kilos de tierra). Pero, por tratarse de una pyme, obtuvieron un crédito del BID, antes de la crisis global, en 2008. “Nos ayudó a comprar los materiales para la obra. Conseguimos algo más de $ 2 millones que estamos pagando”, dice.

Hacer la diferencia
De la producción total de la empresa, un 30% son revestimientos Quimtex y otro 30% pinturas Alvión, Quimtex Látex y Esplendor. Estas marcas no se venden en pinturerías ni ferreterías, sino a empresas constructoras y de pinturas.

“En masillas, además de la nuestra, hacemos la de Easy. Entre las dos suman más de 300 toneladas mensuales”, desgrana. Pero el disparador que generó el crecimiento de la compañía fue el sistema tintométrico. Lo lanzaron hace cinco años para los revestimientos y funciona igual que los colores de las pinturas (una máquina pone la base, lo entona y sale la pintura lista). “En ese momento, no lo tenía nadie para revestimientos y nosotros podíamos hacer 2.000 colores al instante con 16 texturas distintas”, cuenta. Así fue que crearon el sistema express. Al estilo de sucursales franquiciadas, distribuyen los productos al consumidor final. “En todo el país hay más de 40, una en Paraguay y estamos abriendo otra en Uruguay. A los distribuidores les damos la máquina manual que importamos nosotros”, agrega.

La crisis de fines de 2001 los obligó a cerrar el círculo de los inventos, al no poder importar más las tintas que coloreaban los revestimientos. Les tomó dos años desarrollar las 16 tintas y hoy hacen todo el circuito menos los pigmentos que traen del exterior. Incluso, para molerlos y fabricar las tintas, debieron desarrollar un molino especial.

La apuesta 2010
La asignatura pendiente de la empresa es potenciar el comercio exterior. “Durante tres o cuatro años vendimos a España, pero se cortó con la última crisis. También exportamos mucho a Cuba; la pintura de las luminarias del malecón es nuestra”, se enorgullece el ingeniero que señala como desafío para este año abrir la distribución en Uruguay y retomar el camino desandado. “Sabemos que se entra con productos diferenciales y no con los commodities”, reflexiona.

El 6 de febrero del año pasado, un incendio en el área de pinturas sintéticas puso a la empresa en la tapa de policiales. “Según los bomberos, fue una carga electrostática. Fue muy traumático, aunque sólo un muchacho se quemó un poco la mano. El sábado siguiente vinieron los delegados y más de 40 personas a limpiar desinteresadamente. En menos de un mes la fábrica estaba como antes. Por suerte teníamos stock”, concluye.

Del lado de los logros, la empresa esgrime un gran trofeo: sus pinturas fueron las elegidas para cubrir los salones, palcos e históricas escaleras del Teatro Colón. “Primero, requerían el certificado de la ISO9001, que no todos tienen y era un punto fundamental. No era una cuestión de precio; para nosotros no significa demasiado. Serán apenas 2.000 litros en un millón que hacemos al mes”, revela. Otro punto era que el producto cumpliera determinadas condiciones de preservación y tuviera la apariencia de una pintura de hace 100 años. “La desarrollamos especialmente y para nosotros fue una gran alegría. Pero el orgullo más grande es que una empresa pyme de la Argentina le haya ganado a las multi, como Sherwin y Alba”, sonríe Llana, aún saboreando el triunfo.

Perfil
* Empleados: 73
* Distribuidores oficiales: 40
* Facturación 2009: $ 40 millones
* Facturación 2010 (estimada): más de $50 millones



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