Cuando la inseguridad obliga al exilio

Cuatro testimonios desgarradores. Todos perdieron a un familiar a manos de la delincuencia. Hoy viven atemorizados y sueñan con recuperar la tranquilidad perdida. Pero la desesperanza y el miedo a volver a ser víctimas del delito los impulsó a tomar la decisión de irse del país. Dicen que en la Argentina no hay voluntad política para cambiar la realidad. 13 de Diciembre 2010

Todos tienen algo en común. Les mataron a un familiar, los asaltaron, los golpearon brutalmente. Después de lo ocurrido algunos se fueron del país, otros están punto de hacerlo y otros lo están analizando seriamente. Todos dicen que así, en la Argentina, no se puede vivir más. Intranquilos, aterrorizados, se sienten a merced de los delincuentes.

“Dejá a mi hija; llevame a mí”
“Estamos a disposición de ellos”, afirma Sofía Rodríguez, viuda de Ernesto Mata. El 12 junio de 2008, en un robo que sufrieron en Martínez, asesinaron a su marido, Ernesto Mata, quien era un comerciante muy querido por sus vecinos y clientes. La mujer, de 52 años, tiene dos hijos, Sofía, de 19 años y Nicolás, de 20.

Según relata, con voz suave, todo duró quince minutos. Eran las 21.15 de esa noche cuando un grupo de delincuentes sorprendió a su esposo, que llegaba de trabajar, y lo obligó a entrar a la vivienda de tres plantas. “Ni bien los vi entrar, un frío me envolvió el cuerpo. Vi esas almas oscuras, y sentí que la muerte había entrado a mi casa. Eran 5 o 6 tipos, y lo habían estado esperando. Yo enseguida le dije a mi hija Sofía que se escondiera, y se metió en uno de los baños, y a mi empleada, Mariela, también le dije que corriera, que salvara su vida, y se escondió en otro de los baños”, recuerda Rodríguez ante We.

“Alcancé a avisar a la policía, pero después a nosotros nos arrastraron directamente por las escaleras, hasta el tercer piso, donde estaba nuestro cuarto”, continúa. Los Mata le dieron a sus atacantes todo, pero nada les bastaba, les pegaban sin piedad, a ella, incluso, con la culata del revólver en la cabeza.

“¿Por qué me golpeás?”- le pregunté en un momento. Si ya te di las alhajas, te dimos toda la plata que tenemos. Recién ahí dejó de golpearme y dejó de patearle la cabeza al sereno de la esquina, al que también habían reducido. A Ernesto lo tenían boca abajo, como un Cristo, sobre la cama matrimonial, arrodillado, y mientras lo golpeaban le pedían más plata. La policía llegó siete minutos después, pero cuando los oficiales tocaron la puerta, uno de los delincuentes, que estaba de traje, se hizo pasar por el dueño de casa, abrió la puerta y

Rodríguez, incluso, les ofreció llamar a un transporte, y que se llevaran todo lo que había en la casa, que ella saldría a la puerta y le iba a decir a la policía que estaba mudando sus cosas, que los ayudaba a cargar todo. “Pero cuando vi que nada funcionaba, me puse a rezar, y uno de ellos se rió. Discutieron entre ellos, y uno dijo ‘larguémonos’, pero había otro, que hacía una semana había sido liberado de la cárcel. Era el que estaba más sacado, estaba como loco. Y eso también hay que cambiarlo, porque salen de ese cautiverio de infierno con un odio terrible, eso lo tienen que mejorar”, reflexiona.

Finalmente, los delincuentes, como sabían que la policía estaba afuera, buscaron a su hija, la tomaron como escudo y salieron a la calle. Ernesto les pidió: “Dejame a mi hija, llevame a mí”. La menor logró escapar y corrió hasta la esquina, le dispararon. No pudieron matarla. Y los oficiales le gritaron al dueño de casa que se retirara de la línea de fuego.

“El empezó a subir la escalera hacia la puerta y uno de los chorros se dio vuelta y lo mató con un tiro en la nuca”. Tres de los delincuentes fueron abatidos por la policía. El año pasado fue el juicio y hay dos detenidos, incluida la jefa de la banda, una mujer, pero a algunos de los ‘apoyos‘ no los lograron encontrar”.

La mujer, a poco de ocurrido el asesinato, pensó en irse de la Argentina. Pero sus hijos eran más chicos, no querían, y decidió esperar. “El otro día, hace poco, lo volví a pensar. Bajaron unos 100 encapuchados de la estación de trenes de Martínez, con palos y armas recortadas en las manos. Pasaron por mi negocio, que queda a media cuadra, apuntaron para adentro, iban al Carrefour a pedir comida”, relata. “La policía nos pedía tranquilidad y nos decía: ‘No los provoque, tenemos orden de no tocarlos‘. Entonces, me vuelvo a preguntar si debo seguir viviendo en Argentina. Porque al final protegen a los que hacen todo mal. Me pueden matar a mí también, que pago mis impuestos, quiero seguir trabajando...Pero mientras tanto, ya tengo pensado a dónde me iría, y averigüé un lugar para alquilar, en una ciudad de los EE.UU.. Lo seguiré analizando, porque es algo que tengo que charlar con mis hijos”, concluye.

“Nadie se hace cargo”

Matías Piparo, de 32 años, confirma que su hermana, Carolina Piparo, muy probablemente se vaya el año que viene del país. Ella fue atacada en una salidera bancaria en La Plata el 29 de julio pasado. Estaba embarazada, a punto de dar a luz y sin embargo la balearon igual. Su bebé, Isidro, nació por medio de una cesárea de urgencia, y murió siete días después. Carolina casi perdió la vida también, pero logró recuperarse de las heridas. Ella y su marido, Juan Ignacio Buzzali, están pensando en irse a Italia o a España. “Están viendo si se radican allá, ahora sólo hay que esperar que terminen todos los trámites judiciales, antes de la feria, después vendrá la elevación a juicio, pero eso va a llevar tiempo. Así que yo creo que el año que viene se van a ir. Porque lo que ellos y toda la familia hemos pasado es muy difícil. Y la verdad es que no se ha hecho nada para combatir la inseguridad, falta decisión y voluntad política. El balance es negativo para toda la clase política, porque nadie se hace cargo de este tema, ni el oficialismo, ni la oposición. Lo que quiero es prevención, cortar con la violencia, un plan a largo plazo en seguridad y en el plano social, pero no veo nada que esté cambiando en ese sentido”, asegura Matías.

Su hermana no quiere hablar con los medios periodísticos. “De a poco va mejorando, porque tiene mucha fuerza, y ganas de salir adelante. Pero todo es un día a día, es un golpe muy duro”, agrega su hermano. Mientras los Mata y los familiares de Piparo piensan qué hacer, hay alguien que ya se fue.

“Vení que te quemo”

Erico Dagatti, de 64 años, vive en España, en una ciudad que prefiere no revelar porque tiene miedo de ser localizado. A Dagatti le mataron a su hijo, Pablo, delante de él, en un local donde tenían un estudio fotográfico, en Mar del Plata. Ocurrió el 7 de julio de 2003, a las 19 hs. El chico, que entonces tenía 22 años, agonizó y murió en sus brazos.

Erico decidió, a pesar del dolor, crear una ONG “Familiares y Víctimas del Delito”.

“En honor a Pablo, resolví ocuparme, porque se lo prometí”, relata en la comunicación telefónica con We. Durante cinco años, estuvo al frente de esa entidad, pero con el tiempo empezaron a llegar las amenazas, que se hicieron cada vez más fuertes. Las últimas, grabadas en su celular, lo hicieron tomar la decisión, inevitable, y en junio de 2008 se fue, para proteger a su esposa y a su otra hija.

“Estoy acá, no por mi propia voluntad, sino porque el asesino de mi hijo está suelto, y si vuelvo sé que me lo puedo cruzar por la calle. Además, la Policía y la Justicia saben también quién fue el responsable de las amenazas. Pero nadie hizo ni hace nada. Me fui ante la falta de respuesta del Estado, y hoy estoy dolido, pero no quebrado. Sólo le pido a las autoridades políticas, que permanecen indiferentes, que tomen las medidas necesarias para que la gente pueda vivir en armonía y en paz. No quiero que nadie más sufra lo que a nosotros nos tocó vivir”, afirma.

“Obviamente no me refiero a toda la Policía, ni a toda la política, ni a toda la Justicia, pero ellos tienen gran parte de la responsabilidad, tienen la decisión. Y las medidas que se han tomado son muy leves de acuerdo a la situación que se está viviendo. El asesino de Pablo tenía en 2003 15 años, y hacía tres o cuatro meses que había matado a un policía. Tendría que haber estado alojado y contenido en un Instituto de Menores, pero estaba suelto. Y su cómplice, de 16 años, también había matado a su novia unas semanas antes. Es decir que ambos, al momento del episodio, no debían haber podido entrar a mi local”, explica.

Erico recuerda que esa noche lloviznaba, que estaban los cuatro en el local. “Mi hija y mi señora le dieron todo lo que teníamos en la caja. A mí me dijeron: ‘Vení que te quemo’, y me tiraron al piso. Mi hijo se acercó y les preguntó: ‘¿Qué pasa acá?’, sólo levantó los brazos cuando les preguntó eso. Y ahí nomás uno le disparó al corazón, con un revólver 38, a quemarropa. Le tiró como si le disparara a un tarro, sin demostrar ningún sentimiento. Increíble...”. Erico hace un silencio, por unos instantes, que conmueve.

Hoy vive gracias a unos ahorros y también al trabajo de su hija, que tiene un ingreso. El está buscando trabajo. “Sé que Pablo está conmigo, pero lo que pasó me queda grabado para toda la vida. Lo que me sostiene es la fe en Dios”, dice antes de despedirse, y agradece la comunicación.

“Les dimos todo”

Julia Rappazzini es bioquímica y tiene 52 años. La inseguridad la golpeó dos veces, de manera terrible. El 16 de agosto de 2003, balearon a su marido, Enrique, en una salidera bancaria en la zona norte del conurbano. Su esposo murió dos meses después. Y el año pasado, el 10 de octubre de 2009, asesinaron a su hijo Santiago Urbani, que tenía 18 años. Fue alrededor de las tres de la madrugada, cuando el chico llegaba en su auto Corsa, usado. “Estaba estacionando como lo hacía siempre, en la casa de un vecino, cuando lo agarraron. ‘Esta no es mi casa‘, les dijo, y entraron entonces a la nuestra, que era una casa de clase media, simple, también en la zona de Tigre”, indica.

“Les dimos todo. No teníamos mucha plata, pero Pablo, que era músico, les entregó sus guitarras eléctricas, sus equipos que tenían mucho valor. También les dio su filmadora, su computadora y la cámara. Yo les entregué una bolsita con las pocas cosas de oro que tenía”, enumera.

“Después a Santiago lo llevaron al cuarto de mi hija, y a nosotras dos a otro lado. A los pocos minutos escuchamos el disparo. Lo hicieron parar, con los brazos en alto y le apuntaron directo a la cabeza, con una escopeta recortada 16, que tira muchas municiones. Eran dos menores y dos mayores. Y los jueces Alberto Villante, Mirta Ravera Godoy y Silvia Chaimez, en el juicio que se hizo después, decidieron, en el caso de los menores, diferir la pena hasta que cumplan 18 años. No aplicaron la ley provincial sino una nacional, que les permitió hacer eso”, remarca Julia. “Pero lo más grave es que cambiaron la carátula, de un ‘criminis causa’ (matar para ocultar el delito) a ‘homicidio en ocasión de robo’, al que le corresponde una pena menor. Yo le pido a un Juez que me explique cómo al mío no lo quisieron matar. Quedó comprobado en las pericias judiciales que para disparar ese arma hay que hacer cuatro movimientos. Que me expliquen cómo es que no lo quisieron matar”, pide, indignada.

Sobre esos jueces hay un pedido de jury, que debe resolverse. Falta todavía el juicio a los mayores. “No voy a parar hasta cerrar este capítulo. Trabajé en el Hospital de Pacheco, el de Tigre, durante toda mi vida. Hace un año que decidí no trabajar más.

Y hoy me quiero ir porque no soporto más este país. Yo trabajé mucho, creía en los ideales, en la Justicia. Ahora no creo en nada. Mi reclamo es que la cortemos con proteger a los delincuentes y que haya juicio y condena a los responsables. Yo me quiero ir a Brasil, pero mi hija Florencia sufre mucho, está estudiando Ciencias Políticas y por eso estoy esperando también, para que juntas tomemos la decisión una vez que hayan terminado todas las instancias judiciales. Sólo entonces estaré tranquila, y volveremos a charlar sobre el futuro”, concluye.

Tanto Rapazzini como la viuda de Mata no quisieron seguir viviendo en las casas que les recordaban las tragedias que vivieron. Dagatti está en España, y Piparo se va el año que viene. Y se acercan Navidad y Año Nuevo, fechas que los entristecen a todos. Son cuatro casos emblemáticos, pero todos los días se cometen nuevos delitos. Las estadísticas sobre el incremento de la inseguridad, tanto en el conurbano bonaerense como en el resto del país, son contundentes. Y miles de argentinos están atemorizados, esperando. El dolor de los familiares merece una respuesta, y el terror de los que aún no han sido golpeados por la inseguridad exige medidas urgentes. ¿Alguien tomará nota? ¿Alguien hará algo, de una vez por todas?

Cifras que asustan
- Las estadísticas oficiales revelaron que de 2007 a 2008, el delito creció el 7% en todo el país (robos a personas y en propiedades), lo que representa casi 100.000 hechos criminales más. En la provincia de Buenos Aires subió un 25%.
- Entre 2006 y 2008 (últimas cifras dadas a conocer por el gobierno nacional), la cantidad de homicidios dolosos en el primer Estado argentino se incrementó un 28%, situación que no ocurría desde el período de la crisis económica y social que se disparó entre 2001 y 2002, cuando se registró una suba de 22%.
- En 2008, hubo 243 homicidios dolosos más que los ocurridos en 2006 en la provincia de Buenos Aires.
- En la ciudad autónoma de Buenos Aires, en tanto, entre 2007 y 2008, subió un 2% el índice del delito, pero bajó levemente la tasa de homicidios.

Otros casos
*Christian Blumberg se fue a vivir a Valencia, España, en 2006. Es maestro mayor de obras, está casado y es padre de dos hijas. Primero le robaron su casa de Avellaneda. Después, su auto. Pero lo que no pudo superar fue el secuestro y asesinato de su primo, Axel Blumberg, en marzo de 2004.

*Dolores Rosner, artista plástica, fue asaltada dos veces en su casona de Tigre. En uno de los robos, uno de los delincuentes simuló que la mataba. Gatilló una pistola en su cabeza, pero la bala no salió. Rosner se fue a vivir a Punta del Este con su esposo y sus dos hijas.

*M. R. (no quiere dar su nombre ni el lugar de la zona oeste del conurbano, donde reside). Aunque es viuda, le pidió a uno de sus hijos que se fuera del país. “Andate antes de que te maten por una de las camionetitas con las que trabajás. Prefiero extrañarte, pero estar tranquila”, le dijo. Su hijo hoy vive en un país europeo.



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