Crisis, no es sólo una cuestión de alfabeto

10 de Agosto 2011
En 2010, el debate de fondo se planteaba en torno a la “V” o “W”. Las letras eran la mejor forma de graficar si la crisis global había terminado con una suba definitiva tras la primera
caída pronunciada (V) o si se trataba de una suba que antecedía otra baja
(W). Luego, fue el turno de los devenidos “cerdos”. Economías europeas que, dentro de la selecta liga de los 17 países de la eurozona, se revolcaban en el lodo del creciente déficit. Crisis que, además, indignó a españoles y disparó el riesgo país de los italianos.

El toro de Wall Street también mostró sus falencias con un debate de más de 30 días, en el que se llegó a barajar la hipótesis de default de los Estados Unidos. Finalmente, la cesación de pagos quedó fuera de los planes de corto. Pero no ocurrió lo mismo con los datos de la economía real que, tanto en Europa como en la tierra del Tío Sam, siguen generando turbulencias bursátiles que rompen todos los records. Como si fuera poco, se intenta reactivar la economía con un plan de ajuste en el que no confían los analistas heterodoxos ni tampoco los ortodoxos.

Mientras tanto, en otro lugar de ciudad Gótika, la Argentina vive una realidad, por ahora, de cabotaje. La brisa de cola que aún da aire a las commodities, complementada con un bajo nivel de endeudamiento y el alto nivel de consumo, permiten sacar una foto distinta de la realidad local. Pero, globalización mediante, la película, tarde o temprano, se estrena en todas las salas. Y nuestro país no es ajeno a ello. De ahí que, todavía, estamos a tiempo de corregir los desvíos, aminorar el nivel de gasto, reducir la inflación real y proteger los devaluados superávits gemelos, que fueron el estandarte clave del modelo y no hace tiempo dejaron de ser sustentables con los niveles de gasto actuales.

La clave no pasa por parches de corto: maníes por autos, mayores niveles de emisión, restricciones al mercado formal de compra de dólares que potencia el regreso de los arbolitos o trabas a los juguetes para el Día del Niño, que deben conformarse con el “compre nacional”. Mucho menos, por índices poco creíbles, inspecciones digitadas o alegrías para todos que terminan siendo ilusiones para muy pocos.

La Argentina tiene, hoy, la oportunidad de empezar a construir nuevamente el largo plazo y evitar perderse en las contradicciones propias de un estilo que prioriza el corto.



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