Conquistar la base de la pirámide

Conquistar la base de la pirámide

Los emprendimientos que atienden las necesidades de las poblaciones más postergadas no sólo crecen por volumen, sino que generan innovación y oportunidades de negocios inexploradas. Aquí algunas historias de emprendedores que combinan rentabilidad y solidaridad. 21 de Julio 2011
Formado en la Universidad Nacional de Córdoba, con un posgrado en el exterior y 20 años de trayectoria, el ginecólogo jujeño Jorge Gronda podía considerarse un médico exitoso. Pero había algo que no le cerraba, y era la brecha cada vez mayor entre la medicina que ejercía en el hospital público de San Salvador de Jujuy y la que brindaba a sus pacientes en el consultorio privado. “Hay una regla no escrita que dice que a los médicos del hospital nos pagan poco y hacemos que trabajamos. Así estuve yo 20 años, ejerciendo una medicina para pobres a la mañana y otra para ricos a la tarde. Hasta que un día no pude más con el sistema, porque el sistema iba a poder conmigo. Y renuncié. Al hospital y al consultorio, y me fui a la Puna. Con la idea de empezar a criar vicuñas”, cuenta Gronda.
Pero su vocación pudo más, y allá, en la Puna, tomó contacto con una realidad aún más dramática que la que había visto en el hospital de la capital jujeña.

A mujeres que no tenían posibilidad de llegar a un centro de salud si el parto se complicaba o sus hijos se enfermaban, Gronda empezó a atenderlas en sus casas, a brindarles consejos de higiene y de salud y creó una salita de atención primaria. Hasta que su capital se esfumó y tuvo que volver a trabajar full time en su consultorio. Entonces sus pacientes cholas lo venían a ver y él no les cobraba la consulta. Llegó un momento en que “tenía más pacientes gratis que pagas, y estaba por quebrar. Un día mi secretaria me trajo una caja llena con billetes de $ 2. Era la recaudación que esas mujeres de la Puna venían juntando.

Ellas querían pagar, aunque el costo de una consulta privada ($ 100) les resultaba muy elevado”. El otro problema era que las cholas se negaban a atenderse con otro médico que no fuera ‘el doctorcito’. Otra vez su secretaria lo sacó del apuro con una idea: imprimir una tarjeta plastificada, como las que daban las prepagas y obras sociales, “válida para atenderse con cualquier doctor”. Ahora ellas también tenían un carnet de pertenencia.

Esta fue la base del sistema de salud Ser (
www.sistemaser.org.ar): un servicio de salud social privado, basado en el modelo de Empresas Sociales propuesto por el premio Nobel de la Paz, Muhamad Yunus. Los asociados pagan una cuota anual de $ 13 o $ 26 por el grupo familiar, y acceden a consultas con honorarios accesibles ($30), que son cobrados mensualmente por los médicos que conforman el sistema (y no a cuatro meses como ocurre con las prepagas y obras sociales). “Tenemos los mejores salarios, porque queremos a los mejores profesionales de la salud”, asegura. Por el boca a boca, el sistema fue creciendo y médicos de otras especialidades se asociaron y sumaron sus clínicas: oftalmología, pediatría, urología, odontología.

Al principio, era un sistema de atención primario. Pero ¿qué ocurre con las cirugías y los partos, intervenciones que cuestan unos $ 3.000? Gronda se hacía esta pregunta cuando vio salir a una de sus pacientes de una cadena de electrodomésticos con un televisor bajo el brazo. “La primera reacción fue juzgarla: ¿por qué comprás un televisor si no podés pagar tu parto en una clínica? Pues bien, ella llevaba la TV porque la podía pagar en cuotas. Entonces, hablé con el dueño de la clínica y le ofrecí pagar las intervenciones programadas en cuotas. Y cuando son de urgencia, nosotros les prestamos el dinero a los asociados y ellos devuelven el microcrédito”, cuenta.

El sistema Ser tiene 70.000 pacientes, más de 90 prestadores y una docena de farmacias en Jujuy y Salta. La Fundación Yunus está llevando este modelo a Colombia, y Gronda sigue empeñado en mejorar el servicio. “Lo bueno es que este sistema brinda salud y también construye ciudadanía, porque las personas que en el hospital esperaban siete horas a que las atiendan y no decían nada por las condiciones deplorables del establecimiento, aquí se sienten incluidas y con derecho a reclamar lo que les corresponde”, concluye.

Un cambio de vida
A Marcos Galasso, el boxeo le salvó la vida. Hace 15 años, cuando tenía 25 y trabajaba como contador en el Ministerio de Economía, tenía sobrepeso, la presión por las nubes y tomaba calmantes. El médico le recomendó que hiciera algún deporte y Marcos eligió el boxeo. “Empecé a entrenar, fui sparring e hice el instructorado”, cuenta. Con un amigo que hacía trabajo social en la villa 11114, abrieron una escuelita para los jóvenes, donde Marcos daba clases como actividad extralaboral. “Cobrábamos $ 2 por cada clase. Y con esa plata comprábamos cosas para el comedor”, recuerda. Los chicos, aunque muy humildes y con serios problemas de conducta, siempre se rebuscaban para pagar la clase. “El deporte les ayudaba a canalizar la violencia y conmigo se sentían respetados, a la vez que me prodigaban un gran cariño”, cuenta “el profe”.

Años más tarde llegaron punteros políticos y Marcos dejó la escuela. Pero por entonces, el contador ya había decidido dejar las conciliaciones y balances para calzarse definitivamente los guantes. Desde 2004, vive de las clases de boxeo y admite que gana menos pero es mucho más feliz. Su objetivo es crear una escuela de boxeo integral, para niños, jóvenes y adultos de ambos sexos, que funcione con un amplio sistema de becas. Y el proyecto que presentó el año pasado ante el programa Desarrollo Emprendedor del ministerio de Desarrollo Económico porteño, ganó en la categoría “planes de negocio con impacto social”.

Actualmente, Galasso da clases en un gimnasio del barrio porteño de Caballito. Pero, para abrir su propia escuela, necesita una inversión de $ 50.000, incluyendo el alquiler del local, equipamiento y salarios de profesores, nutricionista y recepcionista. Con la cuota convencional, se subvencionaría una cuota solidaria para las personas de menores recursos, con la idea siempre de integrarlas en la práctica deportiva. Por lo pronto, elaboró su plan de negocios con la tutoría de la Universidad Maimónides. Y no piensa colgar los guantes.

Una oportunidad
En el barrio de Villa Soldati funciona desde comienzos de 2011, la primera incubadora porteña de empresas de base social. Allí, seis emprendedores del barrio Los Piletones tienen un espacio donde alojar su taller y reciben capacitación en técnicas de ventas, costos, diseño de páginas web y motivación personal, entre otros.

Gonzalo Delgadillo Torres es uno de los emprendedores alojados en el predio de la zona Sur porteña. Llegó hace 10 años de Bolivia para trabajar en una fábrica de calzado y siempre soñó con tener un emprendimiento propio. Por eso, ahorró hasta comprar una máquina con la que confecciona botas y sandalias para mujer y niño. Hace dos años que trabaja exclusivamente por su cuenta junto a su esposa, y los sábados y domingos sale a vender en la feria La Salada. A comienzos de 2011 trasladó su pequeño taller a la Incubadora, donde trabaja de lunes a viernes preparando los pedidos que venderá el fin de semana.

El plan era empezar a vender en comercios, hasta que, a co-mienzos de julio, un ladrón lo atacó e hirió en su brazo derecho, dejándolo inutilizado por cerca de dos meses. “Justo esta temporada que tenía un montón de pedidos, no sé cómo voy a hacer porque sin mover el brazo no puedo cortar las cuerinas para los zapatos. Tampoco puedo contratar a alguien, ya que debería pagarle al contado el trabajo, cuando a mí los clientes me pagan a 30 días”, se lamenta. Sin embargo, Gonzalo no pierde la esperanza: “Aquí tengo un espacio para las máquinas y la mercadería. Además nos dan cursos, estamos con otros emprendedores, y nos han contactado con gente del banco (Ciudad) para averiguar el tema de microcréditos”, comenta.

En la oficina contigua está Teodoro Arce. “Vine desde Cochabamba (Bolivia) hace 10 años y trabajé en talleres textiles. Hace cinco me compré una máquina y dejé de ir a la fábrica pero seguí produciendo para ellos”, relata. Su proyecto es crear una marca propia “para vender las prendas con un mayor valor”. Por ahora produce para una marca y vende en ferias barriales, donde “la competencia es por precio y a veces no alcanza a cubrir las horas de trabajo”, dice.

Reina Mercado Ledesma es otra de las emprendedoras, dedicada a productos de cotillón. “Durante muchos años trabajé en casas de familia, pero ni veía a mis hijos. Empecé a hacer adornos de cumpleaños y los vendía en el barrio. Después me pidieron de un local de cotillón, y como ví que funcionaba, decidí dedicarme a esto”, cuenta. Hoy tiene un lugar donde apilar sus adornos y está averiguando por un microcrédito para comprar una máquina para producir más y mejor.

Leonor Montesinos también llegó al país desde Bolivia, en 2000. Hoy confecciona sandalias para bebés y niños, que vende en comercios de Once, Pompeya, Liniers, Bonarino, La Salada y otros mercados. Tiene dos empleados y sueña con crecer, consolidar una marca y su clientela.

Pedro Muñoz Palma, oriundo de Perú, fabrica pizarrones verdes para tiza, acrílicos para fibrones, de corcho e imantados. Hoy lo ayudan dos personas, que al cabo de 10 a 12 horas de trabajo, producen entre 10 y 15 pizarrones. Con las herramientas y máquinas adecuadas, Pedro podría aumentar la producción, y al ganar mercados, tomar más gente. Su compatriota Juan Martínez se dedica hace 16 años a hacer estampados al agua para marcas de indumentaria. Su proyecto es asociarse con otros emprendedores para fabricar indumentaria con un mayor valor. La posibilidad de trabajar y capacitarse en un mismo espacio, promueve que estos emprendededores alcancen su objetivo de progreso y brinden empleo.



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