Con algo más que afán de lucro

Con algo más que afán de lucro

Además de iniciar sus empresas para ganar dinero o concretar una realización personal, estos entrepreneurs persiguen otro objetivo con sus proyectos: la conciencia social. 03 de Enero 2012
Existen emprendedores que, impulsados por sus inquietudes sociales, lograron superar un doble desafío: ser económicamente sostenibles y socialmente responsables. Combinan la visión y la capacidad de gestión del entrepreneur con las virtudes de proyectos sustentables.

Es el caso de Natan Burta, fundador de Mono-chrome Recycled Bikes, compañía que recicla bicicletas consideradas basura y que, muchas veces, sirven como relleno de terrenos. Diseñador Industrial, con experiencia en urbanismo y arquitectura, vivió en Australia hasta que decidió volver a la Argentina, para lanzar su propia empresa, en 2010. El entrepreneur compra lotes de bicicletas, las desarma, adquiere partes nuevas –como llantas, cubiertas, pedales– y, tras un proceso de limpiado, en el que se pierden óxido e impurezas, se pintan y, finalmente, se rearman.

“Nuestra idea es darle una nueva identidad a esas bicicletas”, explica Burta. Los materiales apuestan a la conciencia green: manubrios y asientos de cuero vegetal, acero inoxidable y aluminio. Con ventas por Internet y en un show-room basado en Palermo, la firma comercializa más de 20 bicicletas por mes, cuyo valor ronda los $ 2000. “Apuntamos a un target joven, que aprecia el compromiso con el medioambiente y el diseño”, destaca Burta.

“El objetivo es el medioambiente, reducir la contaminación, generar fuentes de trabajo y concientización”, coincide Farid Nallim (31), fundador de Reciclarg. Junto a su hermana, Andrea (37) –ambos, licenciados en Administración de Empresas–, lanzaron su propia empresa, tras haber quedado impactados por los datos sobre la basura electrónica: el argentino promedio genera 2,5 kilos al año, según Greenpeace. En 2008, con una inversión de $ 250.000, montaron una planta de reciclado en Guaymallén, Mendoza, donde trabajan con monitores, CPUs, celulares, impresoras, fotocopiadoras, teclados y mouses, entre otros. “De las computadoras, sólo es reutilizable el 20 por ciento de las piezas”, explica.

Así, lo que no sirve se vende como materia prima para otras industrias. El volumen es determinante, explican. El gabinete de un CPU se vende a $ 400 la tonelada y el cobre, a $ 25 el kilo (de una PC, se pueden obtener 300 gramos). “Nuestro mayor desafío es reutilizar partes que sean compatibles para armar una nueva computadora”, destaca. La firma facturó $ 819.600 en 2010 y proyecta incorporar nuevos productos, como microondas, heladeras y aires acondicionados.

El mismo concepto de reciclado utiliza Ecoleña, fundada por Rubén Lago. Como su nombre lo indica, la empresa fabrica leña ecológica a partir de desechos de aserraderos, con el objetivo de generar calor sin contaminar el medio ambiente. “Cada 330 kilos, se evita la tala de un árbol de quebracho que, en promedio, demora 80 años en crecer”, ejemplifica. La idea de fabricar este producto rondaba en su cabeza desde 1992, cuando leyó sobre el tema en un diario de Italia. Así, comenzó a investigar, hasta que juntó a sus socios e invirtió US$ 250.000 para instalar una planta en el Parque Industrial de General Roca, Río Negro, donde elabora una tonelada por hora. La bolsa de 33 kilos cuesta $ 36, lo que llevó a la firma a facturar $ 400.000 en 2010. 

Productos artesanales, gestión profesional
“Tenía ganas de hacer algo creativo y que ayude a mucha gente. No quería traer un contenedor de China y venderlo”, recuerda Fernando Bach, fundador, junto a Pablo Mendívil, de Elementos Argentinos. La firma surgió en 2006 y busca replicar el concepto de hecho a mano con diseño argentino, a través de productos elaborados por talleres de tejedores y artesanos, que tiñen con elementos naturales, como yerba, repollo, cebolla, grana cochinilla, flor de quinchamalí y ceniza. Tienen pautas claras: en sus telares, no trabajan menores de edad y cada artesano fija su precio. “Buscamos darles una salida a un mercado mayor y que les permita tener ingresos durante todo el año”, explica. La venta de su auto, más $ 15.000, fue la inversión inicial para generar stock. Desde hace seis meses, cuenta con un local en Palermo Viejo, desde donde, además de comercializar almohadones, mantones y textiles antiguos, se pueden solicitar alfombras a pedido. “Nuestra idea es crecer, no hacia otro local, sino en cantidad de tejedores”, explica. Facturó $ 1,1 millón en 2010 y cuenta con 90 colaboradores en ocho provincias. 

Adriana Marina (46) fundó Animaná, que comercializa productos artesanales elaborados con energía limpia, recuperando técnicas ancestrales y con diseño. Doctorada en Economía, trabaja en conjunto con Dominique Peclers, consultora de moda internacional, y, a través de su empresa, reúne a artesanos de los Andes, desde la Patagonia hasta Perú. “Mi mayor motivación es unir mundos”, dice. La firma, en la que invirtió US$ 100.000, ofrece productos elaborados con fibra de guanaco, llama, vicuña y mantas recicladas con alpaca. Trabaja con 60 comunidades de artesanos, que logran comercializar sus productos en ferias internacionales. “Además de un show-room de París (que ya tenemos), buscamos inversores para abrir locales en Londres, Oslo, Ámsterdam y Tokio”, destaca la entrepreneur, quien proyecta facturar US$ 500.000 este año. 

Leticia Amorin y Josefina Gamboa, fundadoras de Pampa & Pop, materializaron la idea de un proyecto comercial con interés social. Se conocieron en Emaús Internacional, una ONG basada en París. “No creemos posible haber logrado un proyecto de moda sin que su eje fuera perseguir el sueño de crear una empresa socialmente responsable”, cuenta Gamboa. Así, en 2008, surgió Pampa & Pop, una firma que propone el concepto de moda ética, a través del uso de materiales ecológicos y esquemas de producción como el comercio justo. Su oferta abarca remeras de algodón agro-ecológico hasta productos de cuero ecológico (carteras, cinturones y tapados). Con una inversión de 2000 euros, facturó 70.000 euros en Francia, su principal mercado. “Para nuestros clientes de Europa, es un valor agregado”, explica Gamboa, quien tiene 40 puntos de venta en el Viejo Mundo. En 2011, la firma desembarcó en el mercado local con un show-room en Palermo. 

Con toda la energía
Los ingenieros –los hay creativos e inquietos– también se sumaron a la onda sustentable. Gabriel Marcolongo y Pablo Veltri vieron una ecuación simple: la capacidad de innovar en tecnología con un foco social. “Además de vivir, nos gustaba la idea de contribuir”, explica Marcolongo. Así, en octubre de 2010, surgió Yeeeu, un call center donde los empleados son personas con dificultades motrices, que trabajan desde su casa, a través de una plataforma web con servicio de voz sobre IP. Hacen seguimiento de campañas, encuestas y centrales de turnos. “El 20 por ciento de las familias argentinas cuenta con una persona con capacidad especial y, de ellos, el 80 por ciento no consigue trabajo”, explica Veltri.

Además, disminuye el impacto ambiental: reduce emisiones de huella de carbono en 5 toneladas anuales por persona contratada. Con $ 35.000 invertidos, proyecta desembolsar $ 70.000 más en 2011 y lleva US$ 500.000 facturados al cierre del primer año. En plena etapa comercial, logró clientes para campañas temporales. “Apostamos a tener continuidad, para emplear a 50 personas”, dice Marcolongo. Considera que su empresa puede ser una acción de RSE para grandes corporaciones.

Juan Pablo Mosconi inició, en 2005, su firma de microturbinas para abastecer de energía eléctrica a poblaciones aisladas. “Trabajan en ríos de baja velocidad y baja profundidad (mínimo de 2 metros), no utilizan combustible y son de muy bajo impacto ambiental”, destaca. La diferencia frente a sus competidores sustitutos –como las pantallas solares y los generadores a combustión– es que produce energía eléctrica las 24 horas, con bajo nivel sonoro y costos accesibles. El precio promedio ronda los $ 16.000. La energía obtenida de una turbina es, como referencia, la consumida por una casa de familia sencilla (6225 watts/día). Con US$ 21.000 como inversión inicial, cuenta con un taller, donde se pueden producir el 80 por ciento de las piezas. Para el primer año, proyecta inyectar 30 artefactos al mercado.

Agustín Fusaro, Nicolás Bottini, Matías Micheloud e Ignacio Ayanz fundaron ALP Group, que desarrolla generadores de energía eólica de baja potencia, con US$ 200.000 de inversión inicial. Así, con el viento como motor que mueve las astas, genera electricidad trifásica en 380 volts, con una batería que funciona cuando el viento disminuye. “Apuntamos a propietarios de campos y viviendas aisladas”, describe Ayanz. Desde su propia fábrica, producen 25 generadores por mes –cuyo precio ronda $ 35.000– y la expectativa es cerrar el año con una facturación de $ 2 millones. Desde 2009, Fabián Diner, Maximilian Bernaus, Diego Musolino y Pedro Biaiñ trabajan en Algae Liquor, que busca producir, a partir del cultivo de microalgas, aceite para el mercado de biodiesel y proteínas como suplemento para alimentación animal. A través de este proceso, se reduce el uso de tierras fértiles y, también, la posibilidad de absorción de gases de efecto invernadero. “Encontramos un mercado medioambiental naciente”, explica Diner. Invirtieron US$ 15.000 y buscan US$ 150.000 para armar la planta piloto. A partir del cuarto año, la empresa facturaría US$ 3 millones.



¿Te gustó la nota?

Comparte tus comentarios

Sé el primero en comentar

Videos