Colombia: cuna del realismo mágico

Colombia: cuna del realismo mágico

Monumentos coloniales, callejuelas enigmáticas y plazoletas coloridas, coronados por historias de corsarios y piratas, invitan a un recorrido atrapante por Cartagena de Indias. Hoteles boutique y platos gourmet, una tendencia en alza en la ciudadela amurallada. 01 de Febrero 2010

Parece la tierra de romances reencontrados tras años de agonía, de gestas patrióticas y heroísmo furtivo, de noches de estrellas eternas y serenatas de fervor, de Penélopes que aguardan regresos nunca presagiados y de coroneles románticos que descascaran castañas a media vela.

Cartagena de Indias, la enigmática ciudad colonial que besa al mar Caribe desde el nordeste colombiano, luce orgullosa su sello de distinción a través de una catarata de colores fuertes que la pincelan de sur a norte y de este a oeste.

Declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1985, la tierra que dio cobijo a Gabriel García Márquez durante gran parte de su labor creativa parece un vivo homenaje a las diosas coronadas y a los soñadores natos.

Recorrer sus callejuelas, monumentos y plazoletas se convierte en un pasaje sin escalas a la cuna del realismo mágico, donde papagayos furiosos, cotorras charlatanas y mariamulatas irrespetuosas –aves negras, negrísimas, que pululan por doquier, disparan su mirada sagaz y hasta detentan una escultura en su honor– marcan el trayecto a seguir en esta ciudadela por igual fascinante e imperdible.

Heroica y perpetua
Al menos 30ºC de sensación térmica y humedad hasta por los poros. De esa que suda, que cansa, que quita el aliento. Que ralentiza la imagen, como si fuera, acaso, posible verse reflejado a uno mismo, caminando, resguardándose de un Febo enardecido, cubriendo la nuca, como rogando por clemencia.

Así recibe Cartagena al recién llegado. Pero el encandilamiento a primera vista que propone esta ciudad (alguna vez apodada La heroica) basta para que hasta los más impiadosos tratos de la madre naturaleza queden relegados a un segundo plano.

Cartagena es ideal para caminarla. Con 1,2 millón de habitantes, está dividida en dos grandes áreas: la ciudad nueva, en la que destacan barrios como Boca Grande, Castillo Grande –cuyas construcciones modernas se funden entre resorts y restaurantes muy chic– o Manga –de corte residencial, con casas bajas y amplios jardines–; y el casco antiguo o, como se le dice coloquialmente, la ciudad amurallada. Es que, en rigor, este tesoro arquitectónico se encuentra bordeado por una pared (antiguo fortín) de 13 kilómetros de longitud, además de poseer 21 baluartes y siete fuertes.

La historia oficial asegura que las murallas fueron concebidas, a partir de 1586, con el fin de proteger a Cartagena de los continuos ataques que le deparaban corsarios y piratas, tal como la crónica moderna supo transmitir. De ahí que Simón Bolívar apodara a Cartagena como La heroica, por haber resistido durante más de tres meses las embestidas impetuosas del bucanero inglés Francis Drake.

Sin embargo, antes de adentrarse en el corazón histórico de esta urbe colombiana, existen un par de visitas obligadas a otros puntos de interés.

El Castillo de San Felipe de Barajas, desde donde se accede a una magnífica postal de la ciudad, es un fuerte militar construido entre 1639 y 1657, antiguamente conocido como San Lázaro. Dicen que es la fortificación más grande erigida por manos españolas en alguna de sus colonias en el Nuevo Mundo.

Desde su cumbre, la bandera colombiana (la franja amarilla simboliza al oro; la azul, el cielo y los mares; y la colorada, la sangre derramada de los héroes) flamea y da una bienvenida cálida a todo visitante.

Recorrer este enclave significa caminarlo, sentirlo, subir sus interminables escaleras, quedarse sin aliento, atravesar sus recovecos y galerías subterráneas, posar junto a las garitas de guardia, fotografiar imponentes cañones y sombríos aljibes, visitar los almacenes de pólvora, y sortear, también, a la gran cantidad de vendedores ambulantes que ofrecen desde refrescos (siempre recomendable tener alguno a mano, a causa de las altas temperaturas) hasta sombreros del tipo panameño.

A poca distancia de San Felipe se encuentra el Cerro de la Popa (debe su nombre, simplemente, a que el cerro se asemeja a la forma de posterior de una embarcación), el punto más alto de la ciudad, desde donde se puede apreciar una lindísima vista del casco amurallado, la isla Tierrabomba y un mar Caribe que se funde en el horizonte.

Allí se erige uno de los conventos más significativos de Cartagena, ya que también llegó a oficiar de fuerte y de cuartel de lucha durante la Independencia y las guerras civiles del siglo XIX. Se trata del convento de Nuestra Señora de la Candelaria, obra de dos padres agustinos (siglo XVII). Como en tiempos de la colonia esa colina era tierra de estancieros y hacendados, el Cabildo consideró fundar un convento para los feligreses de la zona.

Ahora sí, es tiempo de cruzar la muralla, saludar a la torre del reloj –la entrada original a la ciudad fortificada– y adentrarse en el corazón del realismo mágico.

El casco histórico propone un encuentro con carruajes que rinden culto al romanticismo clásico, vendedores ambulantes, artistas callejeros y mucho vallenato que llena de melodías los balcones que visten violetas, fresias y rosas, y que se cuelan entre la última tendencia de la ciudad: los restaurantes de los hoteles boutique.

Cálidos, pequeños y súper exclusivos, prometen horas de rélax y ofrecen tentadores jugos, daiquiris y licuados de las más variadas frutas tropicales, además de platos gourmet con ensaladas frescas y muy verdes. Delirio, Casablanca y Casa Quero son sólo algunas de las últimas inauguraciones que se sumaron a la movida.

¿Otros puntos para admirar? La iglesia catedral con su colorida cúpula, el convento jesuita de San Pedro Claver, el Museo del Oro y la iglesia de Santo Domingo, un pequeño rincón lleno de cafés, patios coloniales y mesas al aire libre desde donde se puede observar una escultura que yace sobre la plaza Santo Domingo, donada por el artista Fernando Botero. La obra se llama Mujer reclinada, pero los cartageneros la conocen como “la gorda”. La leyenda popular sostiene que quien se acerque a tocarla regresará, en algún momento, a esta mística ciudadela.

Para cerrar el día, lo ideal es una cena a la luz de las velas en el Club de Pesca, ex fuerte de San Sebastián de Pastelillo, cuya especialidad son las langostas, los ceviches y las cazuelas.

Arenas blancas y tesoros ocultos
Quien arribe a Cartagena anhelando encontrarse con playas de arena blanca y mar turquesa, probablemente sentirá un breve dejo de decepción. Al menos, a primera vista. La joya de la ciudad se encuentra en su arquitectura, su historia y su patrimonio.

La costa, aunque rica en paradores y bares, dista de la postal soñada que sabe concebir el imaginario popular respecto de lo que se supone un destino caribeño.

Arena blanca, sí. Y mar, color mar, sin demasiado brillo y con mucho oleaje revuelto. Sin embargo, y a menos de una hora del continente, un archipiélago de 50 islas basta para quitar toda pena y transportar al viajero a un paraje de ensueño donde podrá perder hasta la dimensión del tiempo: las islas del Rosario, una de las perlas caribeñas por excelencia.

La travesía comienza ya desde el punto de embarque, fuera del casco amurallado, en el residencial barrio de Manga. Es allí donde, dicen los cartagineses, viven las familias más acaudaladas de la ciudad. El viaje en lancha, que demora unos 45 minutos, se convierte en un paseo que prepara al visitante para lo que vendrá después.

Primero aparecerán los yates colosales, amarrados desde la costa. Uno de ellos, según se comenta entre susurros, pertenecería al magnate mexicano Carlos Slim quien, aseguran, comanda personalmente su nave por las aguas colombianas unas dos veces al año.

Luego, asomarán las modernas construcciones desde la bahía de Boca Grande. Y, poco después, a medida que el color a urbe comienza a perderse entre aguas cada vez más claras, algunos islotes. No faltan fanáticos que, de tanto en tanto, se sumerjan en busca de algún tesoro perdido, para continuar los trotes que marcaron los piratas del Caribe.

Isla Grande recibe a todo visitante con un cóctel de bienvenida. Por lo general, un jugo de frutas tropicales que ya tienta desde su presentación. Snorkelling, buceo, caminatas ecológicas, recorrida por el oceanario o siesta en una hamaca paraguaya con vista al mar son algunas de las actividades que depara el destino en cuestión. Y, por supuesto, playa. Si el día fue demasiado agotador, no hay necesidad de regresar rápido. La isla cuenta con su propio hotel boutique, San Pedro de Majagua, que consta de un grupo de cabañas con 17 habitaciones y un restaurante que se especializa en comida de mar. Todo, enmarcado por una arboleda de caucho y entre cuyos recovecos suelen colarse mariamulatas y lagartos.

Un destino donde la palabra encanto puede quedar chica. No por nada conquistó a los héroes de su patria.



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