Ballottage: un legado francés que se expandió en América Latina

Ballottage: un legado francés que se expandió en América Latina

Con raíces en la Revolución Francesa, la segunda vuelta electoral se adoptó en la región en los últimos 25 años con un debate que todavía sigue abierto: ¿es una herramienta que sirve para garantizar legitimación y gobernabilidad o sólo ayuda a la fragmentación del sistema partidario y aumenta costos de campaña? Brasil ya se prepara para repetir la experiencia. 15 de Octubre 2010

Más de doscientos años han pasado desde su alumbramiento en la histórica Acta Constitucional del 24 de junio de 1793 que consagró en Francia los derechos universales del hombre y que declaró, revolucionariamente, que la soberanía reside en el pueblo. Pero la figura electoral del ballottage sigue estando bajo el análisis de la necesidad y la conveniencia, ha arrebatado el triunfo a más de un candidato que había logrado el mayor caudal de votos en una primera instancia y no ha podido cumplir siempre con su objetivo de aventar los fantasmas de las crisis institucionales a partir de la concepción de “presidentes fuertes”, deseo que el propio Charles De Gaulle persiguió cuando en 1958 rescató la institución de la segunda vuelta en la Constitución de la V República.

Pero a pesar de las dudas y sombras que pueda despertar, el ballottage es ampliamente utilizado en los sistemas electivos de América Latina y son trece los países que prevén en sus constituciones un segundo turno para proclamar Presidente y Vicepresidente de la Nación en caso de que ninguna de las fórmulas alcance el umbral de mayoría (los requisitos varían según las naciones) dispuesto para ese fin. En México, por ejemplo, se viene discutiendo sobre la posibilidad de implementarlo, luego de la polémica generada en las elecciones de 2006, cuando Felipe Calderón se consagró jefe de Estado con 35,89 por ciento, apenas el 0,56 puntos porcentuales por sobre el candidato de la centroizquierda Andrés Manuel López Obrador, que obtuvo 35,33 por ciento.

En la Argentina, el instrumento fue instaurado por la reforma de la Constitución Nacional de 1994, donde se optó por la elección directa para el Presidente y Vicepresidente dejando de lado el viejo mecanismo de Colegio Electoral. Desde entonces, para ganar evitando un ballottage, los integrantes de la fórmula deben alzarse con 45 por ciento de los votos afirmativos válidamente emitidos en la primera vuelta o por lo menos un 40 por ciento y una diferencia mayor de diez puntos porcentuales respecto del binomio que logró el segundo escalón en el total de adhesiones. “Con el núcleo de coincidencias básicas del Pacto de Olivos de Menem y Alfonsín se creó un ballottage trucho, no visto en ninguna parte del mundo, donde frente a una oposición atomizada se puede directamente ganar con el 40% por ciento de los votos más uno. Un ballottage está pensado para que lleguen al poder gobiernos no solamente más fuertes en términos de legitimidad electoral de origen, sino en términos de alianzas estratégicas dirigenciales, y esto obliga a los candidatos en la medida en que hay que llegar al 50 más uno”, cuestiona Juan Carlos Morán, diputado nacional de la Coalición Cívica.

Experiencia latinoamericana
El mecanismo del ballottage comenzó a adoptarse en los sistemas electorales de América Latina con la ola democratizadora de la década del ’80 que llegó tras las dictaduras militares que asolaron varios de los países de la región. Actualmente, las naciones que poseen este instrumento son, además de la Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Nicaragua, Perú, República Dominicana y Uruguay. La última experiencia, por caso, será protagonizada el último domingo de octubre entre la oficialista Dilma Rousseff y el centroderechista José Serra para determinar quién finalmente accederá al Palacio de Planalto, en Brasilia.

Según un estudio del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, tres de cada diez elecciones en América Latina se definieron en ballottage en el último lustro. El colombiano Juan Manuel Santos es el que obtuvo mayor porcentaje de votos en una segunda vuelta, con casi el 69 por ciento en junio pasado, mientras que el brasileño Luiz Inácio Lula Da Silva también logró un contundente 61 por ciento en los comicios de 2002 y 2006. Los datos indican que la mayoría de los candidatos que triunfa en primera vuelta tiene más posibilidades de hacerlo en la segunda, pero hubo casos en que se revirtió el resultado inicial como ocurrió en Perú, cuando Alan García se quedó en 2006 con el triunfo a pesar de haber perdido por seis puntos en primera vuelta contra Ollanta Humala; y en Ecuador, donde ese mismo año Rafael Correa dio vuelta el resultado negativo -también de seis puntos- y le ganó el balotaje a Alvaro Noboa.

Un caso llamativo fue el del polémico Alberto Fujimori, que en 1990 logró incrementar su adhesión en casi 115 por ciento entre la primera y segunda vuelta electoral. En la ronda inicial, perdió contra el escritor Mario Vargas Llosa (actual Premio Nobel de Literatura) por 29,2 a 32,6 por ciento, pero en el ballottage definitorio saltó a 62,4 por ciento y accedió por primera vez a la Casa de Pizarro, donde permaneció por una década gobernando los destinos de los peruanos. Y en Uruguay, el ballottage de 1999 postergó el ascenso del centroizquierdista Frente Amplio a la Presidencia de la Nación cuando los partidos tradicionales Blanco y Colorado se unieron para revertir el triunfo que en primera vuelta había obtenido Tabaré Vázquez, con casi 40 por ciento de los sufragios, y proclamar en cambio al conservador Jorge Batlle.

Es en ejemplos como éstos (aunque en rigor también ha ocurrido con ballottages que confirman el resultado inicial) donde puede aflorar uno de los principales problemas que advierten los críticos de esta herramienta electoral. Y es que, aunque simultáneos, los comicios legislativos se resuelven en el primer turno, por lo que puede ocurrir que el partido del candidato que finalmente accede a la primera magistratura obtenga una escasa cantidad de bancas en el Congreso, lo que podría terminar poniendo en riesgo la futura gobernabilidad. Por caso, Fernando Collor de Melo accedió a la Presidencia de Brasil al ganarle en segunda vuelta a Lula Da Silva, pero su partido sólo había logrado tres bancas propias en el Senado (sobre 75 en juego) y 40 en Diputados (de un total de 503). Terminó renunciando a los dos años para evitar un impeachment, en medio de un escándalo por corrupción.

“Se puede decir que el ballottage es positivo por cuanto ofrece una mayor legitimidad a los presidentes que deben asumir el gobierno. En un contexto de fragmentación política y con un sistema de partidos volátil, las posibilidades de que un candidato supere la mayoría absoluta de los votos son bajas. De esta manera, el mecanismo contribuye a generar un mayor nivel de respaldo a la gestión en su tramo inicial. Por otra parte, en tanto y en cuanto las fuerzas que no alcancen la instancia final se presten a la generación de acuerdos programáticos con alguna de las dos primeras minorías, ello también podría ofrecer un marco de gobernabilidad más cierto y sólido. Sin embargo, también podría ocurrir lo contrario. De hecho, la legitimidad que ostentará el presidente electo en la segunda vuelta no se verá reflejada en la composición del Poder Legislativo, lo cual podría afectar las capacidades de gobierno”, reconoce Ariel Basteiro, vicepresidente del Bloque Nuevo Encuentro Popular y Solidario de la Cámara baja.

A favor y en contra
Efectivamente, los defensores del sistema de ballottage destacan entre sus virtudes el hecho de fortalecer la legitimidad del presidente electo a partir de garantizar su acceso al poder con un amplio respaldo de los votos de la sociedad, lo que a priori también se considera que refuerza el grado de gobernabilidad futuro tanto por las adhesiones logradas como por las alianzas electorales que suelen realizarse entre la primera y segunda vuelta que pueden transformarse, luego, en coaliciones para gobernar.

Pero los críticos advierten que los votantes muchas veces terminan optando por el “mal menor” y el respaldo popular termina siendo inestable. Además, sostienen, la primera vuelta suele actuar como una suerte de primaria (caso de las elecciones argentinas de 2003 donde el peronismo no logró unificar candidato) que lleva a la presentación de numerosas opciones que no hace más que colaborar con una mayor fragmentación del sistema de partidos políticos. Las voces en contra advierten, incluso, sobre el doble costo de campaña que significa el ballottage cuando la mayoría de las segundas vueltas confirma el resultado de las primeras.

¿Logra entonces esta herramienta electoral el propósito de asegurar un “presidente fuerte” como argumentaba el francés De Gaulle? Para el diputado Morán, la fortaleza reside en la “legitimidad de origen” y en la capacidad de consensuar y dialogar que posee un jefe de Estado: “Y esto hay que diferenciarlo muy bien porque en la Argentina, por ahí a veces se confunde Estado fuerte o Presidente fuerte con poder hegemónico o poder autoritario, que es el caso Kirchner. Llega con un 22 por ciento pero luego rompe el sistema político, rompe partidos políticos y a partir de allí genera un poder hegemónico”, advierte.

Basteiro, por su parte, plantea que “el principal problema que puede surgir al calor de esta discusión es que, a veces, se suele poner el carro de las instituciones delante del caballo de la realidad sociopolítica. Quiero decir con esto que es un error creer que fenómenos sociales complejos se revertirán tan sólo con ingeniería institucional, especialmente en sociedades tan desiguales como las latinoamericanas. La desmovilización y despolitización, sumadas al rol central de los medios masivos de comunicación y la consecuente personalización de la política, son resultado de acciones concretas a lo largo de décadas; y en muchos casos, acciones traumáticas y violentas”. “Por este motivo -agrega-, si bien es necesario repensar nuestras instituciones, tengamos claro que si no recuperamos la política para el pueblo, si no motivamos la participación activa, democratizando procesos de toma de decisiones y generando poder popular real, posiblemente la discusión sobre las instituciones sea estéril. No fue la renuncia de Menem a participar en el ballottage de 2003 lo que elevó la imagen y la legitimidad de Kirchner, sino las medidas políticas que tomó en sus primeros meses de gobierno. Así pues, no pongamos el carro delante del caballo: discutamos las instituciones, pero llenémoslas de política”.

En efecto, Néstor Kirchner llegó a la Casa Rosada luego de haber perdido en primera vuelta contra Carlos Menem, en medio de una de las más graves crisis políticas, sociales y económicas del país, y sin poder reforzar su respaldo electoral porque el dirigente riojano desistió de competir en la segunda vuelta. El escenario que se avizora para las elecciones del año próximo parece indicar que finalmente la Argentina estrenará la herramienta del ballottage presidencial instaurado hace 16 años. “En el sistema político como hoy está planteado aparecen tres grandes espacios que pueden ir juntos o con algunas divisiones. Si esto ocurre, no hay quien pueda llegar al 40 por ciento más uno”, considera el diputado Morán, de la Coalición Cívica. Aunque también advierte que “en un sistema de partidos tan frágil y con un partido como el PJ agarrando todo, pueden aparecer cosas como cambios de candidaturas y de sistemas políticos, aunque de fondo no cambie nada. Me refiero a la jugada de Scioli presidente que lamentablemente sería la continuidad de un gobierno de intendentes del conurbano y de gordos de la CGT que viene desde Menem, que continuó con Duhalde y con Kirchner y que intenta seguir para adelante como modelo pejotista. Pero, en ese caso, puede romper la lógica de los tres grandes espacios y si se convirtieran en dos espacios fuertes, ahí sí hay posibilidades de evitar el ballottage”.

El sistema porteño
La Ciudad Autónoma de Buenos Aires aplica el sistema de ballottage clásico para la elección del jefe de gobierno, es decir la mayoría absoluta del 50 por ciento más uno de los votos. Como ocurre a nivel nacional, la herramienta es bastante nueva, más aún teniendo en cuenta que recién en 1996 los porteños votaron a su gobernante en forma directa. No obstante, la segunda vuelta ya se aplicó en las elecciones de 2003, ocasión en la que Aníbal Ibarra pudo revertir el triunfo en primer turno de Mauricio Macri, y en 2007, cuando el actual alcalde obtuvo el 61 por ciento frente a Daniel Filmus. En 2000, el ex ministro de Economía, Domingo Cavallo, renunció a competir en el ballottage, luego de que la fórmula aliancista Ibarra-Cecilia Felgueras lo había aventajado por 16 puntos en la primera vuelta superando el 49 por ciento de los sufragios.



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