Argentina y China: una relación estratégica, riesgosa y asimétrica

Argentina y China: una relación estratégica, riesgosa y asimétrica

A medida que el intercambio bilateral se hizo más intenso tras la salida de la convertibilidad, las fricciones entre ambos países se incrementaron. El roce diplomático, a comienzos de este año, por la suspensión del viaje de Cristina Kirchner a Beijing, ahora reprogramado para el mes próximo, tuvo derivaciones comerciales. Y abrió un serio interrogante sobre el futuro de la relación con la segunda economía del planeta, que hoy tiene a la soja como protagonista. 25 de Junio 2010

Destrabar la suspensión de las importaciones de aceite de soja, limar asperezas tras las limitaciones a la entrada de productos de origen chino, fortalecer el intercambio y equilibrar la balanza comercial. Esos son los ejes centrales en la agenda de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en su visita oficial a la República Popular China, el próximo 13 de julio, en la que la acompañará el nuevo ministro de Relaciones Exteriores, Héctor Timerman. También son los puntos más álgidos del último capítulo de una historia de encuentros y desencuentros, iniciada 10 años atrás.

Con la llegada del nuevo milenio y la extraordinaria expansión del gigante asiático, aumentaron los gestos de amistad entre ambos países, los acuerdos comerciales, los volúmenes de intercambio. En simultáneo, crecieron las fricciones que hacen rechinar la relación bilateral hasta hoy. Entre ellas, las tensiones en torno a las barreras arancelarias y fitosanitarias, pactos incumplidos, compromisos postergados, hasta una confusión digna de una comedia de los hermanos Marx, que tuvo a Néstor Kirchner como protagonista.

“Siempre hay marchas y contramarchas en la política exterior, y así ocurre con China desde hace 10 años. Dar sentido al nuevo rol de China en el mundo, al efecto centrífugo que tiene su presencia creciente en la región, su peso a nivel cultural y económico en nuestro país es el desafío”, afirma la coordinadora del área de relaciones internacionales de Flacso, Diana Tussie.

A escasos días de la visita oficial de la presidenta a China, bien vale repasar los acontecimientos clave que marcaron y marcan el pulso de la novela chino-argentina, dominada por la paradoja de la apertura y la protección del mercado interno y el empleo.

Visita con olor a aftosa
Corría diciembre de 2000. El presidente Fernando De la Rúa preparaba su visita oficial a China con el objetivo de fortalecer el intercambio comercial y revertir el déficit de la balanza comercial argentina, que ascendía a u$s 350 millones. Antes de aterrizar en Shangai, la Cancillería debió presentar una queja formal ante el gobierno chino que, imprevistamente, había prohibido el ingreso de carnes y lanas argentinas, tras un brote de aftosa.

Los empresarios del complejo oleaginoso también tenían sus preocupaciones. China había reducido las importaciones de aceites vegetales en un 33% y la de harinas en un 67% en menos de tres años, al incrementar el arancel de importación a productos elaborados en favor de su industria de molienda, según había informado la Cámara de la Industria Aceitera de la República Argentina (Ciara).

La comitiva de De la Rúa se llevó la promesa de que el gobierno chino enviaría a un grupo de técnicos a la Argentina para comprobar que los bovinos de estas pampas no tenían aftosa.

La presencia de China se hizo más fuerte en la Argentina del default. A partir de 2002, las exportaciones a la tierra de Mao crecieron hasta revertir el saldo de la balanza comercial. “El cambio de signo obedece a las importaciones extraordinarias de soja y sus derivados que comenzó a demandar China. El 80% del total se concentró en soja y aceite. El 20% restante lo ocuparon unos cincuenta productos, commodities industriales de la siderurgia y la petroquímica, cueros y sus derivados, en su mayoría”, explica la economista de Fiel, Marcela Cristini. En 2003, el superávit comercial con China alcanzó los u$s 1800 millones, su punto máximo.

Kirchner en la muralla china
En un nuevo intento por “fortalecer el intercambio comercial y cultural”, el presidente Néstor Kirchner encabezó una visita oficial a China, en junio de 2004, acompañado por unos 200 empresarios. Pero unos días antes de partir, surgió un potencial conflicto con el gigante de Asia. Del otro lado del Pacífico, habían demorado la descarga de un buque de soja argentino por “problemas sanitarios”, el mismo argumento que se utilizó para detener las importaciones de la oleaginosa que provenían de Brasil. Finalmente, el cargamento desembarcó sin inconvenientes, aunque el episodio tuvo repercusiones entre los empresarios del sector agrícola que alertaron sobre la entrada en vigencia de nuevas reglamentaciones sanitarias en China que podían perjudicar el comercio bilateral. Más tarde, presentaron una queja conjunta con productores de los Estados Unidos y Brasil.

El “tema sensible” para los exportadores de soja quedó bajo un paragüas durante la gira de Kirchner. Tras varias jornadas de intensas rondas de negocios con empresarios locales y reuniones protocolares con el presidente chino, Hu Jintao, y el primer ministro, Wen Jibaoy, el Gobierno no ocultó su satisfacción. “La Argentina ha concluido la misión comercial más importante de su historia”, informó en un comunicado. “De uno a diez, doce”, calificó Kirchner. Hu Jintao visitaría el país en noviembre. Pero no todo serían rosas.

El famoso cuento chino
Ya en suelo argentino, el Gobierno continuaba en estado de excitación. Unas semanas antes de que llegara Hu Jintao, adelantó que en poco tiempo haría un anuncio “histórico”. El misterio fogoneó las expectativas y se filtró a los medios de comunicación lo que quemaba en las gargantas de los funcionarios: China traía al país inversiones por u$s 20.000 millones. Se trataba de un “megaplan” de obras de infraestructura que incluía a los sectores energético, vial, transporte ferroviario, turismo, telecomunicaciones y viviendas.

El gobierno chino no tardó en desmentir el anuncio. “A mi juicio, las cifras que circulan corresponden a expectativas no muy razonables”, alertó el director de la Oficina de Informaciones de China, Yang Yang. En tanto, Kirchner responsabilizó a los medios por divulgar información no fidedigna. “Es hora de que algunos miembros del periodismo comiencen a trabajar con fuentes calificadas”, señaló durante un acto en El Calafate, y agregó: “Si algún funcionario le miente a la gente estará cinco minutos en mi gobierno y se tendrá que ir”.

Arribado Hu Jintao, el “megaplan” se redujo a la firma de cinco cartas de intención, en las que el gobierno chino se comprometía a evaluar potenciales inversiones por una cifra cercana a los u$s 20.000 millones en los próximos 10 años. A cambio, China pedía que se la reconociera como economía de mercado.

Freno a las importaciones
Después de acordar un aumento de las exportaciones a China, el Gobierno envió una señal de tranquilidad a los empresarios locales que temían un aluvión de productos chinos. Reconocer a ese país como economía de mercado, aclaró el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, no implicaba dejar de utilizar “las leyes antidumping, de protección de la competencia, y normas arancelarias en materia aduanera”.

El 16 de diciembre, Kirchner firmó dos decretos de aplicación inmediata para fijar medidas de salvaguarda en caso de que el ingreso de productos chinos afectase negativamente la industria local. El 17 de agosto del año siguiente, amplió los controles aduaneros, las medidas de seguridad y las licencias no automáticas para evitar “políticas desleales” y “administrar el comercio exterior de manera que permita equilibrar la inversión y el empleo”. El superávit de la balanza comercial con China había comenzado a descender estrepitosamente desde 2005 hasta alcanzar un nivel similar al registrado en 2001.

En septiembre de 2008, poco antes del estallido de la crisis internacional, Fernández de Kirchner reglamentó la aceleración de los procesos antidumping. Para ese entonces, las importaciones chinas superaban a las exportaciones argentinas, con un déficit de u$s 700 millones. Los controles y precios de referencia se ampliaron mes a mes a una gama de productos cada vez más diversa.

Sin embargo, eso no empañó la firma de un acuerdo, en noviembre de 2008, para comprar 279 vagones chinos para los subterráneos porteños, por u$s 850 millones, y de otro, en marzo de 2009, por un canje de monedas (swap) que habilitaba un crédito abierto en el banco central chino por 70.000 millones de yuanes.

En tanto, el gigante asiático disparó su reclamo. “La Argentina sigue tomando a China como un país que no tiene una economía de mercado, utilizando precios de un tercer país para hacer la valuación (en los procesos antidumping). No es justo”, denunció el consejero económico y comercial de la embajada china en Buenos Aires, Shidi Yang.

La espiral de tensiones
En plena pulseada con el presidente del Banco Central, Martín Redrado, en enero de 2010, la presidenta suspendió su viaje programado a China, a pocos días de subirse al avión oficial. No quería dejar la administración del país en manos del vicepresidente Julio Cobos, con quien mantiene una disputa insalvable desde el voto “no positivo” del vice contra las retenciones, en pleno conflicto con el campo. La misión comercial iba a abordar acuerdos por u$s 3000 millones.

“Cancelar el viaje tuvo consecuencias: Argentina no fue incluida en la gira del presidente Hu Jintao por América Latina en abril de este año. Son cuestiones de coyuntura doméstica que deberían quedar aisladas de la política exterior, porque pueden dinamitar la relación bilateral”, afirmó el doctor en relaciones internacionales y profesor de la Universidad Torcualto Di Tella, Mariano Turzi. Sin embargo, desde el Gobierno restaron dramatismo a la decisión.

Pronto se desataría una espiral de tensiones sin precedentes. El Gobierno acrecentó las medidas antidumping y las licencias no automáticas. El déficit comercial había aumentado a u$s 1200 millones en 2009.

“Las ventas a China, que concentraban el 9% de nuestras exportaciones, entre 2007 y 2008, cayeron al 7% en 2009, por la caída de los precios de las principales commodities agroindustriales. En contraste, las importaciones argentinas desde China representaron el 12% de nuestras compras externas, entre 2007 y 2009”, especificó Cristini.

Unos meses más tarde, en abril, China resolvió impedir el ingreso de aceite de soja argentino con “residuos de solventes con un nivel superior a 100 partes por millón”, con serias consecuencias en la economía argentina. De acuerdo a un informe de la consultora abeceb.com, la medida puede provocar una pérdida de u$s 623 millones en recaudación. En 2009, las exportaciones de ese producto habían sumado u$s 1408 millones, y representaron el 76% de las importaciones de China de origen local.

“Fue una represalia ante las restricciones que la Argentina impuso a sus productos”, asegura Turzi. Sin embargo, reconoce que también influyeron cuestiones domésticas de ese país. “China impulsa un plan de industrialización y sustitución de importaciones de valor agregado, en el marco de un plan de revalorización de su modelo de crecimiento en el que prioriza la compra de granos para procesar internamente”, aclaró.

Otra variable de peso, aseguran los especialistas consultados, es la búsqueda de China por reducir los precios de sus productos de importación para contener la inflación interna.

Con el correr de los días, China arremetió. El 22 de abril, durante su visita a la Argentina para asistir al Foro de Cooperación Económica e Inversiones entre la Argentina y China, el viceministro de Comercio, Jiang Yaoping, aseguró que ante las maniobras “extremadamente anormales y discriminatorias” de la Argentina, su país “no tendrá otra alternativa más que considerar medidas en respuesta”, reportó la agencia de noticias oficial Xinhua.

La ministra de Industria y Turismo, Débora Giorgi, rechazó las críticas. “Es inexacto hablar de discriminación comercial. Nuestro país tiene un volumen muy importante de intercambio comercial y además tenemos déficit comercial creciente con China. Las importaciones chinas siguen ingresando a nuestro país en forma de sana competencia. Hemos actuado contra la competencia desleal, a favor de la industria nacional, el trabajo argentino, y en defensa de 600 mil trabajadores”, aseguró. Además, aprovechó para destacar que China tiene en vigencia con el mundo unas 120 medidas antidumping contra diferentes productos.

Un nuevo negociador
Mientras avanzaba la escalada de amenazas y desmentidas, los cuadros diplomáticos y técnicos nacionales apuraron negociaciones con China. El vicepresidente del Senasa, Carlos Paz, junto con los secretarios de Relaciones Económicas Internacionales, Alfredo Chiaradia, y de Industria, Eduardo Bianchi, iniciaron tratativas en mayo, sin éxito. Luego, el entonces ministro de Relaciones Exteriores, Jorge Taiana, viajó en junio y regresó con una nueva fecha para la visita de la Presidenta. Después de una reunión con el vicecanciller Wu Hailong, durante la muestra ExpoShanghai 2010, puso paños fríos. “Coincidimos con el viceministro Wu en que los problemas comerciales aparecen cuando las relaciones son muy significativas y sus volúmenes son crecientes, como ocurre en el caso de la Argentina y China. En definitiva, coincidimos en que este tema tiene un marco de conversación y confiamos en alcanzar una solución mutuamente satisfactoria”, afirmó Taiana.

Según trascendió, una posible salida al conflicto era desarrollar un acuerdo voluntario de comercio para mantener el nivel de ventas de aceite a cambio de negociar la entrada controlada de determinados productos chinos.

Pero el mapa de negociaciones cambió repentinamente, tras la renuncia de Taiana “por diferencias en la política exterior” con los Kirchner. Su reemplazante, Héctor Timerman, deberá hacer frente a los escollos. El detalle, no menor, es que en China consideran vital cultivar las relaciones interpersonales antes de iniciar cualquier acuerdo. De todas formas, el flamante canciller es optimista. “Estoy convencido de que llegaremos a un acuerdo con China”, aseguró, tras asumir su nuevo cargo. Lo cierto es que la relación entre China y la Argentina encierra, según Crisitini, una constante paradoja. “En los últimos 20 años, la Argentina declama su interés por el mercado chino y, no obstante, no se ha preparado para abordarlo. Ignoró que las nuevas oportunidades vendrían acompañadas de amenazas a los sectores industriales locales más vulnerables. Prevalece la misma estrategia defensiva, inconsistente en el largo plazo, jalonada de desencuentros de la diplomacia comercial bilateral”.

Balanza comercial deficitaria
Según el Indec, el saldo de la balanza comercial bilateral en 2009 fue de u$s 1213 millones, negativo para la Argentina. (Ver cuadro)

“La Argentina no es el único país con déficit en la balanza comercial con China. Los Estados Unidos y Europa están en la misma situación. Los países del G20 presionan fuertemente para que China ajuste el modelo a su nuevo rol en el comercio mundial y distribuya su crecimiento”, explicó Tussie, de Flacso.

A esas presiones responde la flexibilización de la tasa cambiaria del yuan, que China anunció el fin de semana pasado, a poco de reunirse el G20. “Su tipo de cambio la hace artificialmente más competitiva. Si su moneda se revalúa, el crecimiento se comparte y China puede expandirse orientada a la demanda interna”, agrega Tussie. Sin embargo, los escenarios son múltiples. “Puede ocurrir que se revalúe en forma significativa el yuan, aumente el consumo y los ingresos se eleven más lentamente, lo que retrasaría el crecimiento de China y desaceleraría la demanda agroindustrial. Eso no favorecería a América Latina”, argumentó, por su parte, Cristini.

En julio de 2005, el Banco Central de China había emitido una declaración similar al revaluar el yuan en un 2,1% frente al dólar y, posteriormente, cambiar a un tipo de cambio flotante. En 2008, para protegerse de la crisis global, volvió a anclar la moneda al dólar en u$s 6,8, con una flotación de 0,5%.



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