Árbitros a los que no les piden la hora

Árbitros a los que no les piden la hora

Los secretos del arbitraje, según los abogados que integran tribunales especializados. ¿Cómo viven la función los abogados que ejercen como árbitros en tribunales locales o internacionales? ¿Qué recursos deben poner en práctica al cambiar de sombrero y dejar de lado, por un momento, la representación de un cliente –su foco diario– para concentrarse en dictar un fallo imparcial? 06 de Septiembre 2010

El arbitraje se transformó, para las empresas, en una alternativa a la vía judicial más que válida para resolver disputas de una manera más rápida y, en muchos casos, económica. Pero, ¿cómo viven la función los abogados que ejercen como árbitros en tribunales locales o internacionales? ¿Qué recursos deben poner en práctica al cambiar de sombrero y dejar de lado, por un momento, la representación de un cliente –su foco diario– para concentrarse en dictar un fallo imparcial?

“Si bien existen profesionales exclusivos del arbitraje, la mayoría de los que cumplen ese rol son abogados que ejercen en estudios. Pero la parte que lo propone no es el dueño de su voto, ni alguien a quien deba rendirle cuentas”, aclara Héctor Alegría, el  especialista en concursos que ejerce el arbitraje desde hace más de 30 años. “El hecho de que una empresa lo proponga no debe ser un condicionante. El abogado tiene que fallar como corresponde, no como le conviene a la parte. No es un abogado sustituto y esto, a veces, no se entiende”, amplía.

El concepto de Alegría –quien intervino en más de 50 arbitrajes, el 60 por ciento de ellos bajo las reglas de la Cámara de Comercio Internacional (CCI)– lleva al punto de cuál debe ser el papel que tiene que jugar el árbitro. ¿Está en su función resolver el asunto acercando, en cierta forma, a los implicados? “El árbitro no es un mediador: todo lo contrario. El mediador acerca a las partes para que arriben a un punto común y debe saber componer; el árbitro no. Resuelve de acuerdo a lo que cree y debe aplicar el derecho”, sentencia Alegría. Y critica a los denominados “árbitros empatadores”, que a su juicio intentan que ninguno de los involucrados en la disputa “gane mucho”. “Arreglar el asunto no es su misión. Casi todos los reglamentos son claros: si son árbitros de derecho, no pueden fallar según equidad. Deben aplicar el derecho sin suavizar la solución”, subraya.

“El árbitro debe cumplir con la misma imparcialidad que un juez estatal. El compromiso de independencia y neutralidad se asume frente a las dos partes, no sólo ante quien lo propuso”, refuerza Julio César Rivera, managing partner del estudio homónimo y con 15 años de experiencia en arbitrajes. El abogado va más allá: cree que quien arbitra ni siquiera puede arriesgarse a proponer una solución. “Debe mantener más distancia que un juez, incluso, porque su labor depende de que ambas partes le tengan confianza. Mi experiencia me indica que los árbitros son muy remisos a proponer soluciones”, dice.

Para demostrar su neutralidad y generar confianza, un árbitro no debe precipitarse a sacar conclusiones durante el proceso, más allá de las decisiones que las propias partes le piden que tome antes de la resolución final, apunta Carlos Alfaro, socio de Alfaro Abogados y miembro de la American Arbitration Association de los Estados Unidos. “Si bien la habilidad para dirigir el proceso y hacer respetar los plazos y términos son imprescindibles, entender y escuchar lo que cada parte solicita para defender su derecho es de igual importancia”, afirma Alfaro, quien intervino en su primer arbitraje internacional en 1988. Para Guido Tawil, socio de M.& M. Bomchil y abocado al arbitraje internacional desde hace 15 años, un árbitro debe exhibir, más allá del conocimiento del derecho, una dosis importante de flexibilidad para manejar las incidencias que suscita la presencia de partes u abogados con orígenes o formaciones jurídicas diferentes. “Como árbitro, siempre traté de privilegiar la inmediatez y mostrarles a las partes que –más allá de las críticas que en ocasiones despierta el arbitraje– el sistema puede funcionar rápido y bien”, señala. “No es infrecuente que algunas peticiones menores se resuelvan hoy en día por mail y en cuestión de minutos”, agrega.

Tawil apunta que el cambio de rol para el abogado –pasar de representar a una parte a adoptar un rol imparcial para brindar un fallo– no presenta mayores dificultades, en la medida que el abogado tenga en claro las diferencias. “Como abogado de parte uno no es ni debe ser neutral, sin perjuicio de las reglas éticas que debe cumplir. El árbitro tiene que situarse más allá de las partes y de sus argumentos para resolver el conflicto”, resalta.

Cuestión de formas
Quienes ejercen el arbitraje mencionan, entre las ventajas del sistema, la mayor flexibilidad con la que cuentan los miembros del tribunal (que puede ser unipersonal) para llevar adelante el proceso. “Uno no está ajustado a un procedimiento riguroso en todos los casos por igual, sino que lo adecua a la naturaleza del caso”, afirma Rivera. “Ha habido casos de puro derecho resueltos en tres o cuatro meses, y otros en los cuales, pese a ser complejos, se resolvieron en menos de dos años”, complementa. Otro de los beneficios que menciona Rivera es que el procedimiento evita la producción de prueba inútil, lo cual aligera el trámite. “Además, el árbitro debe conocer a fondo el asunto cuando llegan las audiencias de prueba y eso favorece la eficiencia de las preguntas y repreguntas a los peritos”, puntualiza.

La independencia de quien brindará un fallo es un punto clave. ¿Qué tipo de condicionamientos puede hacer que un abogado se niegue a un arbitraje? Para Alegría, el árbitro no puede llevar asuntos vinculados con las partes ni situaciones similares al caso que tratará. “Se exige una entidad moral para no tomar los asuntos en los cuales no se siente cómodo para fallar”, opina. No obstante, cada situación debe ser analizada en su debido contexto. ¿Debe rechazar el caso un profesional que atendió a una de las partes hace 10 años, por una consulta puntual, y nunca más tuvo contacto? Alegría cree que no. En cambio, ejemplifica, si el asesoramiento fue más cercano en el tiempo, tendría que negarse a arbitrar.

“El conflicto de intereses debe entenderse en el sentido más amplio de la palabra, incluyendo el conocimiento de las partes o de sus abogados”, es drástico Alfaro. También puede darse el caso de que un árbitro comience la tarea y, en cuanto se interna en el caso –porque sólo conocía los detalles generales– opte por renunciar, al comprobar que no podrá fallar con la independencia que quisiera.

A votar
En los tribunales, los fallos suelen salir por consenso, cuentan los árbitros, aunque tampoco son extrañas las votaciones de dos a uno. En caso de que existan tres opiniones diferentes, cada cámara contempla en sus reglamentos el mecanismo específico para el desempate: desde darle al presidente del tribunal el voto decisivo (como es el caso de la CCI), hasta convocar a un cuarto árbitro para que elija el fallo de uno de los otros tres.

En cualquier caso, el arbitraje demanda una interacción muy intensa entre los integrantes, que llegan a encerrarse durante días para discutir sus puntos de vista, indica Rivera. “En el debate a veces convenzo y a veces me convencen. No en la solución propiamente dicha, sino en la forma de llegar a esa solución”, aporta Carlos Ferrario, árbitro del Tribunal Permanente de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires. Ex juez Comercial de primera instancia, Ferrario es miembro desde 2003 del foro que funciona en la Bolsa, cuando accedió al cargo por concurso. A diferencia de otras instituciones, que constituyen tribunales específicos para cada caso, el ámbito del primer piso de 25 de mayo y Sarmiento cuenta con tres árbitros fijos, que pueden permanecer en su cargo hasta los 75 años. Los otros dos son Carlos Vanasco y Juan Carlos Carvajal.

Por el Tribunal de la Bolsa pasan unas 60 causas anuales y salen unos 25 laudos, calcula Ferrario. No sólo resuelven conflictos comerciales ligados a firmas cotizantes: también el Estado Nacional, provincias o municipios apelan a sus oficios en disputas con privados. “Los árbitros resolvemos el conflicto de la misma manera que lo haría un juez del Estado, y el laudo arbitral tiene la misma validez. Lo único que no poseemos es el imperio para llevar adelante nuestras sentencias. Para eso, los jueces prestan colaboración en caso de incumplimiento”, sostiene Ferrario, que también es socio de Zang, Bergel & Viñes.

El abogado coincide en que el árbitro cuenta con mayor margen de acción que un juez para moverse, sin tener que ceñirse a la letra escrita todo el tiempo. “Puede aplicar su oficio como analizador de conductas”, indica.  Pero, de inmediato, aclara que esa flexibilidad lo obliga a ser más que prudente: “Si actúa como amigable componedor, puede verse tentado a cortar por el medio. Y eso sólo lo podía hacer el rey Salomón”.



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