"Al Indec habría que darle autonomía para que nadie sospeche que alguien mete la mano"

Optimista y enfático, el economista Aldo Ferrer analiza los desafíos para la Argentina en la semana del Bicentenario. El dólar, el canje de deuda, el Mercosur, y el viejo dilema del modelo agroexportador versus industrialización. 28 de Mayo 2010

Son 100, quizá, o 200 búhos enigmáticos que resguardan con sabiduría la generosa biblioteca. Una fresca sonrisa del zorzal criollo, gentileza de Hermengildo Sabat, del otro lado de la sala, recibe la luz que ingresa con fuerza esta mañana de mayo desde Avenida del Libertador. Todo parece confluir en este recoleto sitio en el que el economista Aldo Ferrer, director de Enarsa e integrante del Grupo Fénix, parece sentirse tan afín. Tan cálido.

Ferrer analiza la coyuntura y reflexiona sobre los desafíos para la Argentina en tiempos de Bicentenario. 

¿Cómo encuentra el Bicentenario a la Argentina respecto al primer centenario?
Conviene no idealizar 1910, cuando concluía la fase de auge con el aumento de la producción agropecuaria. Ese modelo también generó desigualdad y conflicto social. Era un país con poca población y había un mercado global que demandaba lo que la Argentina producía. Luego, vino la guerra, la crisis y el modelo dejó de ser viable. Canadá y Australia, con la actividad agropecuaria, desarrollaron una base industrial y pudieron sostener a largo plazo instituciones estables y un desarrollo sólido. El primer centenario produjo ciertos efectos evidentes pero, también, un sistema endeble, ya que se basaba en una economía frágil, fundada en la producción primaria, insuficiente para sostener el desarrollo a largo plazo del país. Después del ‘30, se hizo evidente. El país comenzó a industrializarse pero, desgraciadamente, entró en un período de inestabilidad política. El segundo es un mal centenario porque incluye el fin de un modelo, el cuarto de siglo que va del ‘76 al 2002, el peor en la historia económica argentina, en términos de caída del producto, de desempleo, de fracturas sociales. Tuvimos una extraordinaria capacidad de complicarnos la vida. 

¿Está vigente el dilema modelo agroexportador versus industrializador? 
Es una falsa antinomia. La Argentina tiene una excepcional dotación de recursos naturales y un empresariado agrario capaz de usar la tecnología de frontera que ha provocado este aumento de la cadena agroindustrial. Pero si no tenemos un gran campo con una gran industria nos sobra la mitad de población. Hay una necesidad de tener una sociedad integrada, con capacidad competitiva en la producción primaria y en otros sectores. En la Unión Europea, por ejemplo, si los precios de los productos agrícolas fueran los internacionales se quedan sin agricultura. La mayor parte de sus recursos se destinan a subsidiarla. A nosotros nos pasa al revés. En virtud de la excepcional actividad, hacemos productos muy baratos. Si el tipo de cambio alcanza para esa producción, descolocamos al resto de la producción, que también necesitamos. Entonces, las retenciones no son un impuesto ni es que se le está sacando plata al campo. Es la diferencia entre un tipo de cambio y otro. En la medida en que se discute como una cuestión distributiva, sin atender al cambio estructural, se envenena el debate. Acá se discute el reparto de la torta pero lo primero que hay que discutir es cómo se cuece. Y en ese escenario distribuirla. 

¿A qué se refiere cuando dice que la Argentina es una nación inconclusa?
A que no terminamos de configurar las condiciones para que el país se encamine en un sendero de desarrollo. La fractura social, la desigualdad, la existencia de liderazgos políticos y económicos que se conciben como agentes de intereses trasnacionales... Las reglas de juego fueron hostiles a la formación del empresariado nacional. Se castigó al que produce y se privilegió al que especula. Vivimos fuera del marco de la Constitución y nos manejamos con las ideas de otros, como pasó con el planteo neoliberal. La Argentina es el país del mundo que ha vendido indiscriminadamente el patrimonio público. Los chilenos, incluso, en pleno auge del neoliberalismo, no vendieron el cobre. 

Es su fondo anticíclico...
Claro. Pero nosotros hicimos disparates que nos convierten en una nación inconclusa. Una nación más madura no comete esa agresión contra sí misma. Esto es fruto de un país que aún no terminó de configurar en su población la idea de un patrimonio común que defender, que estamos todos bajo el mismo suelo y que tenemos que tener una política nacional.

Entre 2007 y 2009 hubo una fuga de capitales de u$s 40 mil millones. ¿Cuál es el impacto? ¿Cómo se regula?
Sacar la plata y el refugio en el dólar son mecanismos de defensa de un país que tuvo el récord mundial de inflación en el siglo pasado y ajustes en la paridad bruscos. En 2001, cuando las reservas eran el resultado de deuda y se produjo una fuga de u$s 20 mil millones, el sistema se desplomó y se vino abajo la convertibilidad. Lo interesante de esta salida, entre el segundo semestre del 2007 y el primer semestre del 2009, es que fue de recursos genuinos, es decir, no tenía deuda. Eran los recursos que surgían del superávit en los pagos internacionales y existían reservas del Banco Central. El sistema resistió sin colapsar. Pero hay que evitar que esa plata se vaya. El problema no está planteado ahora. Hay más consumo, más inversiones, el país retiene sus recursos. En definitiva, hay que lograr que la gente se convenza de que el lugar más seguro y más rentable para invertir el ahorro es en la Argentina. 

Es optimista...
La Argentina salió de una experiencia muy dura, de política, de desencuentro, de una crisis económica fenomenal y está demostrando que se puede recuperar. 

¿No cree que la inflación y la intervención del Indec atentan contra eso? 
Hay problemas pendientes. La Argentina tiene una pésima tradición en materia de inflación, con un récord de varias híper, y hay una sensibilidad muy grande con ese tema, con consecuencias graves, sobre todo para los sectores de menores ingresos. El aumento de precios de ahora no tiene la dimensión de otros tiempos y obedece a casos distintos. Aquella inflación era la causa del desorden.

Hablamos de la híper...
Sí, pero en realidad de todo el proceso inflacionario. El ‘89 reflejaba la puja distributiva, la ausencia de solidez en las finanzas públicas, el desequilibro en los pagos internacionales y, finalmente, la deuda. Someter al Estado a compromisos fiscales grandes llevó a un desequilibrio en el presupuesto, al endeudamiento y al descalabro. Estas condiciones no se ven ahora porque la economía está ordenada, coopera con los pagos internacionales, las instituciones funcionan. Hay seguridad jurídica y división de poderes. Lo vimos con la 125 y con el Fondo del Bicentenario. Pero creo que hay una inflación inercial y los actores socio económicos han incorporado la hipótesis de que los precios crecen un 20 por ciento. Entonces, esto se transmite a las discusiones salariales, al comportamiento de los consumidores y genera antibajos.

¿Y cómo se sale?
Transmitir que la economía está sólida, fortalecer la solvencia fiscal, la competitividad, el crecimiento, y sentar a los actores a discutir estos temas, bajar las hipótesis de ajuste e incorporar los elementos de políticas de ingresos. Respecto del Indec, antes del conflicto, en la tradición inflacionaria, cada vez que daba un precio, salían estadísticas privadas más altas. El tema de la confiabilidad está ligado a esa experiencia inflacionaria. Pero el conflicto lo agravó. Una forma de resolverlo es darle toda la autonomía al Instituto para que nadie sospeche de que alguien mete la mano. Tenemos que dejar de discutir el termómetro para ocuparnos de la fiebre y bajar la temperatura.

¿Es factible una devaluación?
La experiencia con los países más exitosos de Asia demuestra que tener un tipo de cambio competitivo, que dé rentabilidad a la producción, sujeta a la competencia internacional, es un requisito. No es el único, pero si eso no funciona lo demás no sirve. Gran parte de nuestra recuperación fue por el tipo de cambio. Se restablecieron espacios de rentabilidad en actividades que antes la habían perdido. Ahora, el riesgo de ir cayendo en un proceso de apreciación que le vaya quitando un pulso a la economía y ante la amenaza de que los precios crecen más de lo que conviene, hay tentación de usar el tipo de cambio como ancla contra la inflación. Lo cual sería un error, porque no detiene los aumentos y cierra el espacio de oportunidades para la inversión y el empleo. Hay que manejarlo con prudencia en el marco de una política macro que consolide la gobernabilidad.

¿Debe seguir cerca de $ 4?
El tipo de cambio está más o menos en un nivel adecuado. Si uno proyecta a mediano plazo la evolución de los costos internos con un tipo de cambio nominal, tomando otras variables, los precios internacionales, puede llegar a una situación en que se desacomoda el tipo de cambio con consecuencias negativas para la economía, el empleo y el salario real.

¿Cómo evalúa la gestión de Mercedes Marcó del Pont?
Es una persona competente, que tiene un enfoque realista y sentido nacional del desarrollo y tiene todos los atributos para hacer una gran gestión.

¿ Y el canje de deuda?
Va a agregar algunos puntos más a lo que ya se había logrado en el canje anterior. Desde el ‘76 hasta el default estuvimos atados a la deuda y los condicionamientos del Fondo y fue el peor período de la historia económica argentina. Entonces, lo mejor que nos puede pasar es que dejemos de hablar de la deuda y que nos dediquemos a movilizar los recursos internos, a crear el banco de desarrollo, la banca de inversión, institucionalizar el uso de los fondos previsionales, es decir, a crear los mecanismos de movilización del ahorro interno para poder reciclar en el circuito productivo los propios recursos.

¿Usando reservas?
Todo está muy tamizado por el debate político en el marco de la estabilidad institucional. Todo se discute como si estuviéramos al borde del abismo, lo cual no es cierto. El uso de las reservas para eventualmente pagar deuda es legítimo. No hay objeción económica. Uno de los fines posibles es cancelar pasivo. Al mismo tiempo, las reservas son un recurso para una o dos veces. No se puede vivir de ellas sino del flujo corriente de su actividad. Y a las reservas usarlas cuando hace falta.

¿Cómo evalúa el Mercosur?
Desde la llegada de Alfonsín a la Presidencia, casi en simultáneo con la de Sarney, en Brasil, saliendo los dos países de los regímenes de facto, la convergencia fue notable. Se resolvió el problema nuclear y se logró una cooperación económica significativa. Es útil para ambos pero la agenda argentina la tenemos que resolver fronteras adentro. Suponer que el Mercosur nos puede resolver problemas es una fantasía y no se le puede pedir más de lo que puede dar: generar un lugar para medidas comunitarias. Asimismo, todos los países del Mercosur son global traders y tienen que buscar mercados en todas partes: en China, en EE.UU., en Europa. Tener una política fuerte a disposición de los mercados extraregionales no es incompatible con el fortalecimiento de la dimensión regional.

¿Cómo termina 2010?
Con crecimiento considerable y superávit en la balanza de pagos. Es un año que pinta bien.



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