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Carlos Rottemberg, un emprendedor de las tablas

No le importaba cómo formaba un equipo de fútbol, sino entender por qué el Gran Rex tiene 3262 butacas. Su vocación temprana por el teatro y su proyector de 16 mm., juntos en una historia digna de Cinema Paradiso.

Joaquín Garau

jgarau@apertura.com 
@joacogarau




“A los cuatro años fui enviado a hacer un test vocacional, porque llegaba a un lugar y contaba cuánta gente había. Hace 35 años que hago lo mismo desde la profesión. Hoy parece chiste, pero cuando me llevaron a ver Dumbo y yo contaba cuánta gente había, mis padres se preocuparon”.

La anécdota sólo puede provenir de una persona que ame ver salas llenas. No es casualidad que quien haya dicho esas palabras sea Carlos Rottemberg, productor de teatro, cine y televisión y, como corona, presidente de la Cámara del Teatro.

Con una prolífica carrera en el mundo artístico, compartió su experiencia en el encuentro “Gente con ideas, Argentina”, organizado por la Bolsa de Comercio.

Quizás, como consecuencia de tantos años entre obras de teatro, dividió su vida en tres actos, casi sin darse cuenta.

Al parecer, según explicó, su fascinación por ver si las salas se llenaban o no empeoró con el tiempo. “La patología fue más grave cuando decía que quería ser el dueño de los 42 cines del centro. Me sabía todas las direcciones. No me importaba saber nada de fútbol, sino por qué el Gran Rex tiene 3262 butacas”, contó.

Hijo de fabricantes de cuero de Mataderos, su pasión por saber qué sucedía detrás del telón lo llevó a hacer todo lo posible para acercarse a las tablas. Vendía revistas, libros, detergente, repartía los zapatos arreglados del zapatero. “Cuando me preguntaban para qué era el dinero, decía que era porque me faltaba ´una plata´ para comprar el teatro Ópera”, dijo Rottemberg y despertó la risa del público.

A los 15 años, un amigo le avisó que el proyeccionista del cine Majestic podía recibirlo una vez por semana para interiorizarlo sobre el mundo del film, casi como una escena de Cinema Paradiso. Para ese entonces, Rottemberg dedicaba sus fines de semana a animar cumpleaños infantiles con un proyector de 16 mm.

Poco a poco fue aprendiendo el oficio que se esconde en la proyección de una película. “Creo que disfruté menos como espectador por querer descubrir el gusto del público. Igual, 50 años después, sigo con las mismas incertidumbres, porque ya sé que no se puede conocer, pero es como el que entra al casino creyendo que ese día va a adivinar cómo ganarle a la ruleta”, rememora.

El gran día finalmente llegó. Un viejo cine se alquilaba –el teatro Ateneo- y con su proyector de 16 mm. podía cumplir su sueño a los 17 años. “Hablé con mis papás y a esa altura ya estaban agotados. Mis padres me convirtieron en menor emancipado para que me dedicara a ese mundo, y si no me iba bien tenía que empezar la universidad”, relató Rottemberg. En Once compró una tela que sería el telón y comenzó con sus proyecciones. Al poco tiempo, abrió la puerta a los actores para que, por las noches, dieran vida al teatro. “Usando los mismos elementos del cine, firmé la obra Equus”. Era el año 1975, y como el golpe de Estado se avecinaba, muchos actores prohibidos trabajaron en su incipiente teatro.

Al parecer, no hay trucos para su éxito empresarial, que cuenta con el trabajo de 250 personas. De todas formas, siempre hay consejos para dar: “Los que estamos convencidos que la mayoría de la gente que nos rodea es trabajadora, en general, nos va un poquito mejor. Por lo menos yo lo pienso internamente así”.

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