Cómo será la Cuarta Revolución industrial
Economía Creativa

Cómo será la Cuarta Revolución industrial

El fundador y director ejecutivo del Foro Económico Mundial y creador del Foro de Davos, Klaus Schwab, plantea que estamos viviendo una Cuarta Revolución industrial. Un nuevo paradigma marcado por la convergencia de los mundos físico, digital y biológico, que cambiará nuestra forma de vivir, de producir y que replantea el futuro del trabajo.

Por María Ana Ventura 09 de Enero 2017

Cuando un amigo íntimo de la familia de Jack Andrada falleció por un cáncer de páncreas, el joven de 15 años comenzó a indagar en Internet sobre el tema. Usando fuentes como Google y Wikipedia descubrió que el 85 por ciento de los casos son detectados de forma tardía y, por ende, tienen bajas chances de sobrevivir. Abrumado por el dato, el adolescente oriundo de Maryland, Estados Unidos, decidió investigar hasta encontrar una manera de detectar este tipo de cáncer de forma rápida, barata y efectiva. Combinó lo que aprendía en sus clases de Biología con la información disponible online y diseñó un biomarcador del cáncer de páncreas. Un detector de papel que cuesta tres centavos, es fiable casi al 100 por ciento, es 168 veces más rápido que el sistema actual y ofrece un resultado en solo cinco minutos. Esta posibilidad de que casi cualquier persona con acceso a tecnologías convergentes sea capaz de crear productos o servicios radicalmente innovadores, de forma abrumadoramente veloz y económica, es parte de un cambio mayor de la forma en que vivimos, trabajamos y pensamos.  La escala y complejidad sin precedentes de este fenómeno  es lo que llevó al economista Klaus Schwab a bautizarlo “la cuarta Revolución Industrial”.

Los desafíos de la Cuarta Revolución

La Primera Revolución Industrial se basó en el agua y el vapor para mecanizar la producción. La Segunda, en la energía eléctrica para crear la producción en masa. La Tercera, incorporó la electrónica y la tecnología de la información para automatizar la producción. La Cuarta Revolución Industrial no se define por un conjunto de tecnologías emergentes en sí mismas, sino por la transición hacia nuevos sistemas convergentes construidos sobre la infraestructura de la revolución digital.

De acuerdo a Schwab, la Cuarta Revolución Industrial puede ser descrita como el advenimiento de "sistemas cibernéticos" que involucran capacidades totalmente nuevas para personas y máquinas. Si bien estas capacidades dependen de las tecnologías y la infraestructura de la Revolución previa, se insertan dentro de las sociedades e incluso de nuestros cuerpos humanos de formas totalmente nuevas.  La edición del genoma, la impresión 3D de órganos humanos, las nuevas formas de inteligencia artificial y enfoques de gobernabilidad que descansan en métodos criptográficos como el Blockchain, son sólo algunos ejemplos de esta fusión.

El entusiasmo por la revolución tecnológica que tiene el potencial de conectar a miles de millones de personas de todo el mundo, mejorar dramáticamente la eficiencia de las organizaciones e incluso ayudar a regenerar el entorno natural y revertir el daño de las revoluciones industriales anteriores, se choca con una preocupación por el “darwinismo tecnológico” que puede acarrear un modelo que tiende a la automatización total, basada en sistemas ciberfísicos que corren bajo la  Internet de las cosas y el cloud computing. Frente a este escenario, los gobiernos y sociedades deberán atender la cuestión de esos nuevos modelos de producción afectarán el mercado del empleo, el futuro del trabajo y la desigualdad en el ingreso. 

Cómo abordar estos desafíos fue el tema de la Reunión Anual 2016 del Foro Económico Mundial que se realizó en enero en Davos, Suiza, al que asistieron más de 2500 participantes, entre los que se encontraron jefes de estado, empresarios, líderes de organizaciones mundiales y regionales, y sociedad civil.  Este tema es relevante en tanto los líderes mundiales que allí se dieron cita serán los principales gestores de uno de los impactos más importantes de la cuarta revolución: su potencial de acabar con cinco millones de puestos de trabajo en los 15 países más industrializados del mundo.



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