Qué tecnologías aporta la Argentina en la lucha global contra el hambre
Economía

Qué tecnologías aporta la Argentina en la lucha global contra el hambre

El desafío de alimentar a más de 7000 millones de personas en el mundo llevó a buscar soluciones en la optimización de recursos. Las tecnologías que parecían del futuro ya están en el suelo y las semillas de hoy.

Por Alberto Ortiz 12 de Julio 2017

Medio milenio después de que los incas desarrollaran un sistema de cultivo revolucionario, la bioingeniería persigue hoy su mismo objetivo de hacer que las plantas sobrevivan en las más diversas condiciones climáticas. Sin embargo, los desafíos son mucho más grandes: alimentar a más de 7000 millones de personas, pero con el mandato ineludible del cuidado del medioambiente, ha llevado a las compañías del sector a entender a la biotecnología como la “X” que resuelve la ecuación entre escasez de recursos y rentabilidad económica.

“La biotecnología es lo que aporta: menos laboreo de la tierra, menos combustible, más productividad”, sintetiza Magdalena Sosa, head de Semillas de Bayer para el Cono Sur. Los últimos avances en la modificación genética de los granos, junto con un trato más inteligente del suelo y con tecnologías de última generación para optimizar el rendimiento de cada centímetro de hectárea, son los objetivos de todo un sector que, de acuerdo con los expertos, vuelve a despuntar en la Argentina.

“La Argentina tiene mucho potencial, tiene científicos de primera línea, tiene sectores de la cadena que son innovadores y emprendedores, solo falta un marco burocrático que le dé estabilidad y un contexto que favorezca la inversión a largo plazo”, apunta Gustavo Grobocopatel, CEO del grupo Los Grobo, sobre una de las preocupaciones más grandes de los investigadores del agro en el país: el sostén económico que les garantice poder desarrollar hoy eventos biotecnológicos que comiencen a dar resultados en 10 o 15 años.

Es el caso de la empresa Bioceres, que recién en 2015 logró la aprobación de una tecnología que comenzó a trabajar a comienzos de los 2000, a partir de una investigación del Conicet. Se trata de un avance que permite incrementar la tolerancia de los cultivos de soja a la sequía y a la salinidad, un punto de especial relevancia en un contexto de cambio climático, tal y como explica Federico Trucco, CEO de la compañía.

“Hoy tenés una parte muy importante de las tierras disponibles con su productividad atenuada por la presencia de sales. En Santa Fe, por ejemplo, casi 3 millones de hectáreas tienen una alta presencia salina”, detalla el experto, quien asegura que, con su tecnología, pueden multiplicar la productividad de los cultivos en este tipo de superficies.

Para lograrlo, observaron el comportamiento de especies vegetales capaces de sobrevivir en condiciones extremas de sequía y salinidad como los cactus, supervivientes del desierto gracias a sus facultades para conservar y almacenar agua en su interior. “El cactus tiene hojitas muy chicas que le permiten retener agua, no transpirar y sobrevivir en ese contexto”, explica Trucco, quien, no obstante, se enfrentó a un gran problema a la hora de trasladar esa capacidad a una especie como la soja. “Cuando nosotros transferimos estas adaptaciones a los cultivos, logramos la supervivencia pero con un costo de productividad muy alto: al no respirar, no fijan dióxido de carbono y no hacen fotosíntesis. Sobrevivo, pero no genero azúcares, no genero biomasa…”, relata.

La innovación de Bioceres pasa por modificar genéticamente las semillas para que las plantas crean que tienen el agua suficiente como para funcionar normalmente y evitar así un principio muy común en la naturaleza: el “preventive shutdown”. Este concepto hace que las especies comiencen a apagar sus procesos metabólicos cuando perciben que se van a morir.

“Lo hacen de una forma muy anticipada a una situación catastrófica. Si vos la engañás y no empieza a fenecer de forma anticipada, lográs que la planta haga dos o tres días más la fotosíntesis antes de morir y le generás mucha más productividad”, cuenta. Si la sequía es prolongada, tanto la especie natural como la modificada morirán igualmente, pero si la sequía es temporal, gracias a esta innovación, la planta puede resistir o, al menos, exprimir su tiempo de vida.

Esta idea disruptiva tardó dos años en gestarse y todavía hoy, según el CEO de la compañía, no les genera recursos comerciales significativos por falta de aprobación en China y otros mercados de exportación. Por eso, Trucco hace hincapié en la necesidad de una estabilidad económica y una previsibilidad necesarias para que los inversores se sientan cómodos de acompañar desarrollos tan largos.

 

Los eventos apilados

Según Iván Ordóñez, coautor junto a Sebastián Sensesi del libro ‘Campo: El sueño de una Argentina verde y competitiva’, el futuro inmediato de la biotecnología enfocada al agro pasa por los eventos apilados. Esto es, añadir diferentes modificaciones genéticas a una misma semilla. Así, si hasta ahora una semilla presentaba una manipulación en su ADN para resistir a un herbicida, ya existen desarrollos que suman a ese grano la capacidad de sobrevivir a un segundo herbicida, a plagas de mosquitos e, incluso, a las sequías, con el aporte de Bioceres.

“Los eventos apilados van a ser una revolución y van a requerir de maneras de cultivar cada vez más complejas porque va a haber distintas especies, con distintos eventos, y eso va a requerir un uso muy cuidadoso de la tecnología”, explica.

Sosa, de Bayer, coincide con Ordóñez. “Lo que se viene son los eventos apilados. Hoy las malezas ya empiezan a tener resistencia al glifosato, por eso surgen otros modos de acción y herbicidas combinados. Mientras tanto, se está desarrollando el apilamiento de más de un modo de resistencia: al glifosato, al glifosato más otro herbicida, al glifosato más insectos, y así”, precisa.

 

Más allá de los transgénicos

Aunque, según Sosa, los transgénicos llegaron para quedarse, otras tendencias disruptivas empiezan a diversificar los focos de desarrollo en los laboratorios. Una de ellas es la tecnología Crispr (acrónimo de clustered regularly interspaced short palindromic repeats), que permite editar la secuencia de ADN de los organismos sin tener que insertar genes externos.

Y si bien la modificación de las secuencias genéticas se da de forma natural, desde hace unos años es posible hacerlo artificialmente, gracias a la biotecnología, una oportunidad que el mundo del agro está aprovechando para insertar propiedades en las plantas sin convertirlas en transgénicos, un campo mucho más regulado.

“Las nuevas tecnologías como Crispr, donde lo que vamos a hacer en el futuro son ganancias genéticas, van a impactar en la cantidad y la calidad de los productos”, asegura Grobocopatel, que expone el concepto de “semillas listas para usar”: “Esas semillas van a venir recubiertas de moléculas químicas y productos microbiológicos que van a generar mejores condiciones para el crecimiento y el desarrollo de las plantas”.

Por otro lado, Bayer, junto con otras empresas del rubro, está trabajando en las denominadas New Breeding Techniques (NBT), una batería de métodos de bioingeniería que no tienen necesariamente que ver con la transgénesis y que, según Sosa, siempre y cuando no sean reguladas, van a hacer que los productos tecnológicos llegue a los productores mucho más rápido. “Modifican el genoma de las plantas pero de forma mucho más dirigida y precisa, a veces ni siquiera quedan rastros de la modificación que le hiciste”, explica la investigadora.

Además de ser más precisas, este tipo de técnicas son mucho más rápidas. A través de la cisgénesis, uno de estos métodos, que consiste en el intercambio de genes entre especies sexualmente compatibles, los científicos consiguieron producir una manzana resistente a la sarna en solo 12 años, algo que con las técnicas tradicionales llevó más de 50.

Aunque las investigaciones continúan, en Bayer todavía están a la espera de que se defina un marco regulatorio para las NBT, según explica Sosa, quien valora, no obstante, que la Argentina fuera pionera en escribir una resolución que permite a los desarrolladores saber si eso con lo que están trabajando va a ser regulado en el futuro o no. “La diferencia entre que un material sea regulado o no son US$ 100 o US$ 150 millones”, apunta.

 

Agregar valor

Con un horizonte mucho más corto que el trabajo biológico con las semillas, Bioceres trabaja en desarrollos con bacterias que permiten transformar materias primas de un costo bajo en compuestos de un valor agregado muy alto. Por ejemplo, según Trucco, actualmente su empresa investiga soluciones para convertir glicerina de soja en biopolímeros como biodiesel o ectoína, que ayudan a diferentes microorganismos a sobrevivir en situaciones de estrés, con un valor agregado considerable.

Según detalla, en Rosario disponen de una de las mayores concentraciones de glicerina de soja del mundo. La soja actualmente tiene un valor por debajo de los US$ 100 por tonelada y los biopolímeros que resultan de su fermentación, asegura, pueden llegar a valer US$ 2000 o US$ 3000. “El futuro no tiene que ver con hacer más de lo mismo, sino más con lo mismo”, augura.

Además, vaticina que el sector, de aquí a 10 años, va a experimentar un cambio drástico en la productividad de cada uno de los activos. “Yo creo que el sector le va a ir aportando a los cultivos mucha más precisión -completa Sosa-. No va a ser solo la biotecnología, también las herramientas digitales, el manejo sustentable de suelo”. Apuesta, en este sentido, por una diversificación de las disrupciones tecnológicas: “No va a haber una sola tecnología disruptiva como la soja Roundup Ready (RR), que hizo que pasáramos de 6 millones de hectáreas a 20. Va a ser cada vez más complejo”, insiste.

 

La agricultura de biomasa, el horizonte más lejano

Con la vista puesta en un futuro todavía más lejano, Trucco habla de la agricultura de biomasa como reemplazo de la tradicional agricultura granaria. “Para mí, en unos 10 años, el cambio significativo va a pasar por una agricultura de biomasa a medida que podamos hacer tecnologías que nos permitan aprovechar de forma integral otros tejidos de la planta”, detalla.

Según dibuja, la meta es convertir esos tejidos, como la lignocelulosa en azúcares, o tomar moléculas orgánicas para aprovecharlas en procesos industriales. “A medida que podamos abordar de forma holística las plantas, vamos a poder convertir biomasa vegetal en moléculas intermedias de mayor valor agregado”, añade.

Esas moléculas van a ser, según el experto, la moneda de cambio en bolsas como la de Rosario o la de Chicago. “Vamos a tradear moléculas intermedias que pueden ser azúcares de mayor o menor complejidad, va a ser toda una revolución”, opina.

 

 

La versión original de esta nota fue publicada en el one shot Campo del diario El Cronista Comercial.



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2 Comentarios

Chris Martin Reportar Responder

TRATEMOS D PRODUCIR 1000KILOS D ALIMENTO SANO PARA NUESTRO PAIS Y NO 5000 ENVENENADO PARA TODO EL MUNDO.. X UNA VEZ 1ROS NOSOTROS

Chris Martin Reportar Responder

SI TODO MUY LINDO, PERO MIENTRAS TANTO SE SIGUE ENVENENANDO ALA GENTE Y AL SUELO CON EL GLIFOSATO

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