Premio Economía de ADEPA: Pablo Ortega, editor de Apertura, obtuvo el 1° lugar
Economía

Premio Economía de ADEPA: Pablo Ortega, editor de Apertura, obtuvo el 1° lugar

Fue reconocido por su nota sobre los vaivenes de la política económica argentina.  02 de Diciembre 2015

La Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) premió a Pablo Ortega, editor de la revista Apertura, con el Primer Premio en la categoría Economía por su nota titulada “Economía Argentina 1983-2015. Los Extremos siempre son malos”.

La nota abarcaba desde la hiperinflación hasta la deflación, del alto crecimiento a la recesión y la crisis.

A continuación, el texto premiado completo:

 

Hiperinflación de 3079 por ciento anual y deflación del 1,1 por ciento. Crecimiento al 9,2 por ciento y desplome del 10,9. Deuda pública inmanejable, default y desendeudamiento externo a costa de sacrificar reservas y solvencia. Estado empresario. Privatizaciones masivas. Expropiaciones. Emisión monetaria sin respaldo y prohibición de emitir. Déficit fiscal y superávit. Desempleo del 22 por ciento y virtual pleno empleo. Dólar alto y atraso cambiario. Describir la historia económica argentina desde el retorno de la democracia en 1983 a esta parte es un pase obligado a explorar los extremos. En una y otra dirección, el país vivió procesos de todo tipo, con planes de diferente color que tuvieron momentos de esplendor, mesetas, pendientes, crisis profundas (como la híper de 1989 y el colapso de 2001) y síntomas de agotamiento (el caso actual). Pero, más allá de los “modelos” aplicados en cada momento, que parecen no tener nada en común en la superficie, es posible identificar problemas de fondo que llevaron a esa conducta pendular y siguen sin resolverse. Algo así como el genoma argentino de las oportunidades perdidas.

“El hilo conductor de todo el proceso es que no hay hilo”, define Lucas Llach, economista e historiador de la Universidad Torcuato Di Tella, en relación a las marcadas diferencias que existen entre los años ’80, los ’90 y los 2000. El concepto, aclara, le pertenece a su colega y también historiador Pablo Gerchunoff. “La Argentina funcionó con políticas económicas anómalas frente a las de nuestros pares y a las del mundo”, sentencia, al momento de ensayar un resumen.

Llach cree que en los últimos 32 años –y, especialmente, en los ’90 y los 2000, ya que en los ’80 las restricciones externas eran muy acentuadas– al país le faltó transitar los carriles de la “normalidad”. “Se apeló a la idea de los atajos –sostiene–. Como en la sociedad existe nostalgia de tiempos mejores, se buscan planes que nos coloquen rápidamente en una situación de bienestar, sin analizar si se aplican en otros lados. La convertibilidad fue un atajo a la modernidad. Y el dólar alto de los primeros años después de 2002, un atajo a la competitividad. Se sabía que no duraría para siempre”.

“La enfermedad argentina es el cortoplacismo”, opina Lucio Castro, director de Desarrollo Económico de Cippec (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Desarrollo). “Nos falta largoplacismo: tener claro cuáles son los determinantes del desarrollo. Vivimos atrapados por las urgencias de la macroeconomía y los determinantes del crecimiento no pasan por ahí”, plantea. Castro, sin embargo, no se alinea con quienes hablan de una decadencia argentina, ya que la economía tuvo etapas de alto crecimiento a partir de 1991. El punto, aclara, es que esa expansión se dio con mucha inestabilidad y conflictos históricos, como el financiamiento del gasto público. “Los contextos externos fueron muy distintos en cada momento. Los ’80 eran el peor de los mundos, con tasas altas y precios internacionales bajísimos de las commodities. En los ’90, los precios seguían siendo bajos pero el financiamiento era abundante. Y, en los 2000, se dio una combinación ideal de tasas cercanas a cero con términos de intercambio en su récord histórico. El tema es que, en este último caso, la Argentina aprovechó sólo los precios”, describe.

Para Fernando Navajas, economista Jefe de FIEL (Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas), los tres grandes ciclos están marcados por eventos decisivos, que hablan de una volatilidad sintomática: la híper de 1989, la caída de la convertibilidad en 2001 y la “trampa estanflacionaria” de hoy. “El gran problema es no haber podido articular una oferta de bienes transables exportables muy dinámica que venga acompañada de empleo urbano y dinamismo tecnológico”, describe, como razón de fondo de la inestabilidad y los conflictos distributivos que esas idas y venidas acarrean. “La oferta exportable argentina no pudo crear empleo urbano. Hay que generar crecimiento e inversión en una forma mucho más diversificada”, sostiene. “Hasta que no se resuelva eso, la economía argentina será de stop and go, de escalones”.

“Tenemos una dificultad para tomar una velocidad crucero en materia de crecimiento, evidentemente. Somos pendulares”, comparte Eduardo Fracchia, economista de IAE Business School. Un rasgo identificable del ’83 para acá (que se daba antes también, dice) son los ciclos: al principio parecen sostenibles pero, finalmente, colapsan. “Tuvimos recesiones en 1984, 1989, 1995, 1999, 2009 y ahora”, recuerda. “El Plan Austral de Alfonsín muere en 1987. La convertibilidad parecía que iba a durar para siempre y se empezó a morir en 1998, con la crisis rusa y la devaluación de Brasil. Y el modelo K también entró en crisis hace tres años”, indica. La incapacidad de hacer correcciones a tiempo –quien está en el poder suele enamorarse de lo que funciona y tiende a ignorar las señales de alerta– puede ser uno de los motivos por los que los planes fracasan a la larga, admite.

Desmesuras. ¿Por qué cuesta tanto escaparle a los extremos y encontrar un equilibrio? ¿Qué lleva a hacer abuso de los instrumentos (la emisión monetaria, la deuda) hasta el punto que desbordan? Martín Rapetti, economista investigador del Cedes (Centro de Estudios del Estado y la Sociedad) y profesor de la UBA, tiene una hipótesis: en la sociedad argentina (y por ende, en la clase política) existe una “desmesurada vocación por la equidad” que hace que la economía llegue a un nivel de ingresos que no es posible sostener. “Un país no es pobre o subdesarrollado porque está mal distribuido el ingreso; lo es porque no tiene las capacidades tecnológicas, la acumulación de capital y de conocimiento para producir más”, afirma Rapetti. “Si cuando las cosas van bien se ceba el ingreso por encima de lo posible se termina en un desajuste macroeconómico que, tarde o temprano, hay que corregir”, dice.

Y el método de corrección de las desmesuras siempre fueron las mega devaluaciones, lamenta Ernesto O’Connor, economista y director del Departamento de Investigación de la Facultad de Ciencias Económicas de la UCA. “Todos los excesos de déficit se resolvieron así en la historia. Nunca se ajustó el gasto, se lo licuó”, plantea. Igual, O’Connor resalta una particularidad (otra más) de una economía que suele marchar a contramano. “Las devaluaciones en la Argentina son más reactivantes que en otros lados porque quienes se posicionaron en dólares antes, salen a vender para comprar activos baratos. Funcionamos, monetariamente, al revés que el mundo”, dispara.

Para O’Connor, repasar tres décadas implica pensar en grandes lineamientos de políticas que se hayan sostenido. Encuentra uno solo: el Mercosur, “que también se está perdiendo”, advierte. La Asignación Universal por Hijo (AUH), indica, puede ser otro caso, si es mantenido y perfeccionado como prometen todos los candidatos. Pero la ausencia de estrategias de largo plazo viene de larga data, a su entender. “La Argentina tuvo varios defaults de la deuda, problemas de financiamiento del Tesoro y vaivenes en su inserción internacional a lo largo de la historia. Es un país con muchas reservas republicanas pero fuertes tendencias populistas. La puja distributiva está en el centro de la cuestión. Es un dato de la realidad, cultural. Y la inflación exacerba esa puja”, dispara.

Juan Carlos Hallak, profesor de Economía de la Universidad de San Andrés e investigador del Conicet, cree –como Castro y Navajas– que las razones de la volatilidad hay que buscarlas en la carencia de una visión de desarrollo exportador y productivo. “Falta una política de Estado y un consenso, una visión construida colectivamente sobre a dónde queremos ir. No es que los políticos ignoren esa visión: directamente, no existe”, subraya. “En la comunidad económica tampoco hay un consenso sobre el tema. No es algo que se discute. Y esto influye en la elección de las políticas que terminan generando inestabilidad macroeconómica”, argumenta.

Siguiendo esa línea, Llach plantea que hay casilleros en los que casi nunca logró detenerse la economía local, como tener, al mismo tiempo, apertura comercial sin atraso cambiario (al revés de los ’90) o costos de capital razonables con costos laborales alineados con la productividad (hoy, ambos son altos). “En el discurso público argentino, hablar de apertura comercial es sinónimo de desindustrialización, cuando el único test de apertura sin atraso cambiario fue la época de Duhalde y el principio del kirchnerismo”, dice. “De ahí que la idea de apertura comercial e integración al mundo no tenga buena prensa”, deduce.

Secuencia. Como se planteó, las tres grandes etapas muestran diferencias marcadas. Raúl Alfonsín asume en un contexto de graves restricciones externas, con el enorme condicionante de la deuda externa heredada de la dictadura militar   (US$ 45.000 millones) que limitaba el margen de maniobra del gobierno y una inflación del 340 por ciento anual. La obligación de cumplir con los pagos al exterior, en un marco de tasas internacionales inusualmente altas (habían tocado el 20 por ciento en 1982) y precios muy bajos de las commodities se tornó en un escollo insalvable que determinó la “década perdida” para toda América latina. Entre 1982 y 1989, el PBI per cápita argentino cayó 1,5 por ciento.

El Plan Austral, de junio de 1985, logró domar en su etapa inicial la inercia inflacionaria y la indexación pero su efecto beneficioso duraría sólo un año. Para mediados de 1986, el aumento de precios –que había caído a un 2 por ciento mensual– retomó su velocidad ascendente y para septiembre de 1987 ya estaba nuevamente en más del 15 por ciento mensual. De ahí en más la situación sólo empeoraría. Con un déficit público de 6 puntos del PBI y escasez de divisas, en 1989 estallaría la híper (3079,5 por ciento de aumento de precios en el año).

La ley de convertibilidad diseñada por Domingo Cavallo (10.000 australes, un dólar en 1991; desde 1992, un peso igual a un dólar) signó la etapa de Carlos Menem, junto al cambio de rumbo que implicó la apertura económica, la desregulación y las privatizaciones de las empresas públicas. El plan –que prohibía al Banco Central emitir un peso si no existía un dólar como respaldo– logró bajar rápidamente la inflación. Con un entorno internacional diferente de tasas bajas y financiamiento abundante, la economía creció a altas tasas hasta 1995, cuando sufrió el impacto del efecto tequila. Entonces, entraría en escena uno de los efectos negativos de la transformación productiva que se estaba viviendo: el desempleo. Ese año, se disparó al 18,6 por ciento, nivel inédito en el país, y nunca logró bajar del 13 por ciento desde entonces.

Tras una recuperación en 1996 y 1997– cuando se volvió a crecer al 8 por ciento–, las crisis financieras de Rusia, primero, y Brasil, después, hundieron a la economía en una recesión de la que no podría salir hasta 2003. El uno a uno entre el peso y el dólar se había transformado en un obstáculo para la reactivación y la deuda pública en dólares (con la que se financió el déficit fiscal nunca corregido), en una bola de nieve que no paraba de crecer y despertaba desconfianza en el exterior sobre la capacidad de pago. El gobierno aliancista de Fernando de la Rúa heredó esas limitaciones y nunca pudo revertirlas, pese al paso de tres ministros de Economía (incluido el retorno de Cavallo). A fines de diciembre de 2001, la Argentina tocó fondo, al cristalizarse la peor crisis de la que se tenga memoria.

“Creímos que éramos más ricos en dólares de lo que éramos”, resume Rapetti. “Es lo que pasa cuando se desinflan los precios anclando el dólar”, completa.

Luego del derrumbe del 10,9 por ciento del producto en 2002 que provocó la salida traumática de la convertibilidad (con la pobreza por encima del 50 por ciento de la población y el desempleo en el 22 por ciento), comenzó la recuperación, alentada por el viento de cola internacional y por el marco favorable que constituían el tipo de cambio alto (dólar a $ 3) y la capacidad instalada que había dejado la década anterior. El excedente comercial producto de los altos precios de la soja permitió acumular reservas, y la reestructuración de la deuda llevada adelante por Néstor Kirchner en 2005 provocó una fuerte reducción de los pasivos en moneda extranjera. Hasta 2007, fue una etapa de alto crecimiento e inflación controlada con superávits “gemelos” (fiscal y comercial), un hecho impensado para la historia reciente. A partir de ahí, se disparó el gasto público por los subsidios a las tarifas de los servicios (congeladas desde la crisis); la inflación saltó al 25 por ciento anual; cayó el superávit comercial por la necesidad de importar energía; se atrasó el dólar y declinaron las reservas. La respuesta del segundo gobierno de Cristina de Kirchner en 2011 fue el cepo cambiario y las restricciones a las importaciones, que encorsetaron el nivel de actividad.

Navajas encuentra en la cuestión energética y de los servicios públicos un gen que desencadenó los desequilibrios en cada época. “A fines de los ’80, la infraestructura estaba muy mal y por eso surgen las privatizaciones. A fines de los ’90, la crisis vuelve insostenibles los contratos, y ahora se sufre nuevamente por la importación de energía y la falta de inversión. Hay una tarea muy compleja por hacer”, sostiene.

Como manchas que se niegan a desaparecer aunque se las intente maquillar, detrás de la volatilidad de los últimos 32 años hay factores siempre presentes y consecuencias no deseadas. El déficit fiscal, la inestabilidad de la moneda (expresada en la inflación), la deuda pública, las restricciones externas y las consecuencias sociales que deja esta afiliación a los extremos integran esa lista. De su resolución y manejo adecuado dependerá lo que viene.



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1 Comentario

Rodrigo Martinez Reportar Responder

Un claro resumen de la historia economica argentina. Como pueblo, aun nos debemos una autocritica por no saber aprovechar cada una de las oportunidades que se nos fueron presentando.

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