Cómo hacer política en época de trolls
Economía

Cómo hacer política en época de trolls

El campo de batalla de las campañas se amplió a las redes sociales. Las estrategias para “bajar” las acciones al campo digital. Por Mariano Beldyk 18 de Septiembre 2017

#AhoraAlfonsín... #Síganme... #SomosMás... No, las campañas definitivamente no son lo que eran. Las estrategias políticas evolucionaron al ritmo de las comunicaciones al punto que una parte importante de las batallas se da hoy en el mundo virtual, lejos de las calles. Las arrobas imponen debates, las pintadas y banderas cedieron lugar a los hashtags, los punteros se volvieron community managers y un político no puede soñar con ganar una elección sin volverse antes trending topic. Por supuesto, también la campaña sucia se volcó a la web, como no podía ser de otra forma.

“Hoy, los social media no son solo herramientas o canales: son los nuevos escenarios donde se vive, se convive, se influye, se comparte, se conversa y se genera paradigmas. Incluso está presente la misma o peor violencia de la vida cotidiana”, reflexiona el colombiano Miguel Jaramillo, consultor y asesor en comunicación política y de gobierno. Y aunque destaca que subsisten zonas rurales de América latina, incluso barrios periféricos, donde la opinión aún circula más por medio del rumor y las tertulias, no ocurre lo mismo en las grandes urbes: “No se trata de ser completamente espontáneo. Todo esto debe planificarse y articularse a la estrategia de tierra y aire que se defina en lo digital“.

En 2008, la campaña de Barack Obama marcó un antes y un después en las batallas digitales. No fue la primera en incursionar en estas herramientas pero sí la que logró el gran salto de calidad en la interacción entre ambos planos. La Argentina tuvo su experiencia más lograda con la presidencial 2015 y la exitosa cruzada de Cambiemos.

Lamentablemente, no solo las buenas costumbres se importan, y miles de trolls y bots desembarcaron en el poder junto al presidente Mauricio Macri, instalándose en el ciberespacio al acecho de cada tuit, posteo o retuit en las redes sociales. No son los únicos que lo pueblan.

Batallas web

“No hay trolls en nuestro gobierno, no lo hacemos. Venimos acá, discutimos, damos la cara. Si tiene elementos, apórtelos, porque repudiamos cualquier acción de este tipo”, contraatacó el jefe de Gabinete, Marcos Peña, cuando Felipe Solá lo llamó “trollero” durante su exposición ante el pleno de Diputados, en mayo de este año. El legislador del massismo señaló a los responsables de la estrategia digital del gobierno nacional por orquestar ataques de desprestigio a través del mundo virtual. Y no fue el primero.

El apodado “call center” del macrismo ha acumulado tantas batallas como denuncias, cabe decir. Ataques contra periodistas críticos, opositores políticos y hasta figuras públicas, como Marcelo Tinelli. Durante las elecciones de 2015, el candidato presidencial del Frente para la Victoria, Daniel Scioli, denunció un asalto en su contra en las redes sociales. Se presentó ante la Dirección Nacional Electoral con una carpeta repleta de usuarios de Twitter “claramente identificados”, hasta 50.000 cuentas. “Hipócritas”, los llamó. Lo curioso es que el propio gobernador bonaerense había sido señalado, en 2011, por hacer uso de idénticos recursos aunque con un fin muy distinto: posicionar su nombre en la arena digital.

Un golpe similar sufrió Sergio Massa el año pasado. Ante Peña, exhibió su propia carpeta de tuiteros sospechosos: todos replicaban un idéntico mensaje que lo involucraba con cuentas offshore de los Panamá Papers. Había un homónimo del diputado citado en la investigación, un financista de Miami sin vínculo alguno con él. En cambio, el que realmente aparecía bajo sospecha —luego la justicia desestimaría que se tratara de lavado— era el presidente Macri. Pero la oleada de tuits pretendió desviar la atención hacia el Massa argentino, en su lugar.

También Juan Manuel Sueiro, secretario Adjunto de ATE Capital, denunció que el mismo tsunami de tuits descalificantes se desató sobre los científicos del Conicet durante su protesta contra el recorte de becas. Y más cerca en el tiempo, los gremios docentes apuntaron contra los trolls de Cambiemos por alimentar una cruzada en su contra, a fuerza de consignas tan endebles como inflamables: los que protestan son vagos que abusan de los recursos del Estado y argumentos por el estilo. Por supuesto que, en todos los casos, diferentes voceros del oficialismo negaron fomentar estas prácticas de un modo orgánico.

Los trolls a los que aluden las denuncias suelen ser cuentas inactivas, “secuestradas” para su uso en un plan de ataque sistemático. O pueden ser fabricadas, con fotos y biografías inventadas, emulando cuentas reales para evitar su censura cuando operan. La característica principal es que hay, detrás de ellas, una mano que las maneja y administra, en ocasiones, a través de plataformas que permiten la gestión simultánea de numerosas cuentas, como Hootsuit o TweetDeck. Luego están los bots que, como su nombre lo indica, reaccionan en forma automatizada según directrices de sus programadores.

En las PASO anteriores, los trolls se metieron en la interna bonaerense del Justicialismo. Aníbal Fernández acusó a Julián Domínguez de lanzarle sus hordas virtuales para ensuciar su imagen pública en la web. La batalla escondía una pugna entre un histórico publicista del peronismo como José Albistur y la CM de la Casa Rosada e integrante del Movimiento Peronista Bloguero, Anita Montanaro. Otro ataque del ciberespacio K contra el gobierno macrista fue menos fortuito, quizás por descuidado: la campaña #ElFracasodeMacri, en mayo de este año, quedó expuesta cuando un mismo “usuario” tuiteó varios mensajes contradictorios. En uno de ellos se atribuía el cobro de una jubilación que no le alcanzaba para vivir. El único inconveniente era que la foto de Araceli Arezzo, tal su “nombre“, correspondía a la de una chica de no más de 20 años.

 

Credibilidad

Nadie duda que lo que sucede en Internet dista mucho de convertirse en un termómetro real del votante promedio. Sin embargo, un hashtag repetido hasta el hartazgo con información falsa que se viraliza y desprestigia hace daño. El ruido molesta y eso puede bastar para distraer al candidato en un momento clave, y llevarlo a cometer un error en el campo de la realidad. Además, no hay que perder de vista que todo lo que se haga y diga en el cibermundo con el fin de hacer daño es tan susceptible de ser penado por la ley como cualquier acto en el mundo físico.

“A diferencia de lo que la gente cree, en Internet no es tan difícil de probar quién es el autor. Hay gente que piensa que la ley no corre en la web y eso es falso”, explica Miguel Sumer Elías, director de InformaticaLegal.com y abogado especializado en ciberdelincuencia. “Desde lo penal, hay que analizar cada mensaje y determinar si se trata de injuria, calumnia, una amenaza, extorsión o cosas peores. El otro mundo es el derecho civil, donde se persigue una demanda por daños y perjuicios, y la tercera es lo administrativo: plantear el caso a las redes sociales para que moderen contenidos y eliminen perfiles injuriantes o los sancionen”, añade.

Desde Colombia, Jaramillo insiste en la importancia de generar ejércitos de seguidores reales, “de carne y hueso”, dispuestos a contrarrestar este tipo de acciones. “Los trolls se activan si el político se iguala con ellos, desde su estatura y dignidad dialoga con perfiles falsos o que solo buscan llamar la atención con base en insultos y calumnias. Ciertas apps sociales permiten ver la condición, legitimidad, rutinas, antigüedad y discurso de una cuenta para evaluar si debe ser el candidato o alguien de su equipo el que atienda la inquietud. El cuarto de guerra debe ser el que reciba las herramientas del verdadero daño causado”, subraya.

Detrás de los “influencers” pagos, los mercenarios virtuales y las “granjas de trolls” que manejan consultoras especializadas a las que acuden gobiernos y privados como equipos de guerra para instalar tendencias y revertir otras, subyace el fenómenos de la diseminación de noticias falsas y su incremento a través de las redes sociales. Natalia Zuazo, politóloga y periodista, investigó las múltiples aristas de este pantano virtual en su libro Guerras de Internet y relaciona este último fenómeno con el bajo costo de producir y difundir información falsa frente al alto precio de hacer periodismo de calidad. “Existen estructuras que se dedican a esto y no son ‘periodistas’ sino personas que producen información para ganar dinero”, señala Zuazo.

Luego pesa también el rol de los medios y su desprestigio: el abaratamiento de recursos se traduce en una producción cada vez más pobre de contenidos, lo que motiva a un número cada vez mayor de electores a escoger la información de redes y sitios alternativos por sobre los canales tradicionales, atribuyéndoles un grado cada vez mayor de confianza. Eso multiplica la viralización de estos contenidos, hasta que son tomados por algún medio como reales por su nivel de difusión, sin chequeo adecuado, y replicados. Así el círculo se corrompe por completo.

De acuerdo con un trabajo de los investigadores argentinos Eugenia Mitchelstein, Pablo Boczkowski y Mora Matassi, las redes sociales se imponen como segunda opción preferida de recolección de noticias (58 por ciento) entre los jóvenes de 18 a 29 años, al igual que los sitios web (41,9 por ciento). Es el segmento social que impone tendencias. También el que más veracidad otorga a lo que lee por estos canales (44 por ciento en las redes y 48,5 por ciento en la web), por encima de los medios gráficos pero por debajo de la televisión. Lo llaman el fenómeno de las “noticias fusión”, porque ambos tipos de medios conviven, aunque en las redes suele prevalecer la opinión sobre lo fáctico. Como señalan los autores, “el 69 por ciento de los encuestados con acceso a redes sociales (y el 74 por ciento de los menores de 30) concuerda con la frase ‘me encuentro con noticias online mientras navego por redes sociales“.

La tendencia dista de ser local. De acuerdo al Digital News Report de 2017, las redes son la principal fuente de acceso a información entre los jóvenes de 18 a 24 años en 36 países relevados.

Aldea global

Los ataques con trolls y bots se han multiplicado a lo largo del mundo. En la región, periodistas y activistas críticos del gobierno de Enrique Peña Nieto han sido víctimas de arremetidas en las redes, incluso de programas de hackeo cuyas huellas digitales conducen hasta el PRI. En declaraciones a Bloomberg, el informático Andrés Sepúlveda dijo haber manejado un ejército de 30.000 cuentas automatizadas para crear tendencias a favor de EPN o revertir hashtags desfavorables —como el #YaMeCansé, de diciembre de 2014, tendencia global a lo largo de 26 días exigiendo la aparición con vida de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

En el informe “Troops, Trolls and Troublemakers: A Global Inventory of Organized Social Media Manipulation”, Samantha Bradshaw y Philip N. Howard, de la Universidad de Oxford, sostienen que los primeros reportes de ataques de manipulación de las redes sociales datan de 2010 y que hoy se extienden a lo largo de 28 países, en regímenes autoritarios y democráticos por igual. En un mapa con cinco niveles de escala cromática, ubican a México en un nivel 3 de concentración de cibertropas, al igual que Brasil. La Argentina, en cambio, figura listada en un nivel de densidad menor, como China e India. Por el contrario, los países donde más actividad se registra son Rusia y Arabia Saudita, ambos en el nivel 4, y los Estados Unidos, el único que alcanza la máxima densidad.

La última campaña de Donald Trump con la proliferación de “fake news” popularizó el término de posverdad como regla de veracidad para las noticias que ensuciaron la campaña con un grado e credibilidad inusitada. De las 20 noticias más compartidas en Facebook durante la contienda, Ipsos concluyó que los medios “alternativos” habían superado las 8 millones de interacciones, un millón por encima de las que originaron los medios tradicionales. El 75 por ciento de ellas eran falsas.

No obstante ello, Zuazo destaca que, en la Argentina, la campaña sucia es una parte muy menor de la estrategia del gobierno en las redes sociales. Y Cambiemos, a su entender, tiene el plan de acción digital más exitoso y a largo plazo de la Argentina. “No guarda relación con el electorado al que apuntan sino que tiene que ver con cuándo se dan cuenta de los canales de comunicación que la sociedad tiende a usar cada vez más. Hay quienes tienen visión y quienes no la tienen, incluso entre los jóvenes“, sella la especialista. Habrá que saber sumarse a la tendencia global.

 



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1 Comentario

Gerardo Solé Suarez Reportar Responder

Ahí tenés los troll con 44 X porque la nota los critica a ellos, son muy evidentes!

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