Axel Kicillof: biografía no autorizada del nuevo ministro de Economía
Economía

Axel Kicillof: biografía no autorizada del nuevo ministro de Economía

De vice de Lorenzino a liderar la cartera en tan solo dos años. Cuáles son los principales rasgos del nuevo conductor de las finanzas nacionales.

Por Juan Manuel Compte 19 de Noviembre 2013

 


El jopo rubio, piloso, revuelto. Pantalón negro, camisa blanca, campera de hilo también oscura. Su brazo derecho parece no dar abasto con los papeles que carga. Se las ingenia para agarrar su smartphone de pantalla táctil. Un policía le abre la verja para franquearle el paso. Es miércoles –28 de noviembre–, recién pasadas las siete y media de la tarde, cuando el Sol ya no abrasa sobre Plaza de Mayo. Axel Kicillof sale de la Casa Rosada. Bajo, de poco más de un metro 60, con sus ya célebres patillas rockabilly, a varios de los que esa tarde-noche caminan por Balcarce no les llama la atención, más de lo que lo haría cualquier administrativo con look de adolescente tardío, que cumple con los últimos mandados del día. Pero su mirada lo distingue. Celeste, gélida, profunda. Penetrante. Emana poder.

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Crédito: Reuters

En apenas un año, se convirtió en el principal empresario de la Argentina. Fuga de capitales, con hemorragia contenida pero sangría, todavía, abierta. Inversión escasa: a junio, caía 30 por ciento interanual, calculó Pablo Guidotti (Universidad Torcuato Di Tella). “M&A”, redefinido como sigla de “Miseria & Angustia”, por la mishiadura de deals. Profilaxis importadora. Mercado cambiario desdoblado de facto, mérito de un cepo al dólar tan “mito urbano” (CFK dixit) como la persistente inflación. Giro de utilidades, pecado mortal. Vigilancia de precios. Retenciones. Escasez energética. Riesgo expropiador. Un ecosistema poco propicio. Hombres de víscera sensible –el bolsillo–, no abundaron los inversores valientes en el quinto año de la Era Cristina. En ese contexto, el Estado proyectó su vasta sombra sobre los privados. Leviatán decide desde en qué moneda ahorran sus súbditos –perdón, ciudadanos– hasta a quién y cuánto deben prestarle los bancos. Reforma del Mercado de Capitales mediante, está facultado para intervenir empresas cotizantes. Las aseguradoras deben contentar al Soberano para definir sus inversiones financieras. También las petroleras están forzadas a comparecer sus proyectos, amén de someterse al regio criterio para definir precios y cantidades. Las distribuidoras eléctricas continúan congeladas, a la espera del calor oficial. Casi todas, funciones concentradas en un solo funcionario. El mismo que, además, coordina las acciones –y directores– de las compañías en las que la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSeS) posee acciones: 41 firmas, con tenencias por un valor de $ 14.400 millones (al 31 de marzo, según consigna el último informe disponible del Fondo de Garantía de Sustentabilidad).

Intervino empresas (Intercargo). Quiere avanzar sobre otras (Aeropuertos). Ya influye sobre el holding de 29 sociedades estatales que demandarán $ 60.700 millones el año próximo ($ 33.000 millones, a financiar por el Tesoro). Sigue pisando fuerte en Aerolíneas, bastión camporista que, a julio, carburó $ 2376 millones. Unos $ 11 millones por día, 75 por ciento más que un año antes, precisó la Asociación Argentina de Presupuesto y Administración Financiera Pública (Asap). Pero, si algo consagró a Kicillof como un intrépido hombre de negocios, fue YPF. Ideó e implementó la toma de la mayor empresa del país –más de $ 63.500 millones anuales de facturación–, “reconquistada” tras un áspero proceso de hostigamiento –guerra de guerrillas en el directorio, quita de concesiones– que, en apenas dos meses, socavó a la mitad el precio de la acción. Un take-over hostil digno de ese numen cinematográfico del capitalismo feroz que es Gordon Gekko (“Wall Street”).

Estado y Revolución

“El marxista que desplazó a Boudou”. “Moreno 0 km”. “Versión más refinada” del rústico secretario. O, por usar términos leninistas, “etapa superior” del morenismo. Mucho se escribió sobre él, ni bien Cristina Elisabet Fernández firmó, hace un año, el decreto 55/2011, que lo designó Secretario de Política Económica y Planificación del Desarrollo. Ambicioso cargo. Se lo habilitó a activar cualquier palanca de la maquinaria gubernamental. Siempre, “en nombre de la Doctora”. Si el Estado es Ella, Kicillof, por lo menos, su principal servidor.

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Crédito: NA

“En términos ideológicos, Kicillof tiene más sentido en este gabinete que un Lorenzino o un Boudou. Es un convencido de este modelo”, opina el economista Aldo Abram, director de la Fundación Libertad y Progreso.

Hasta su precoz estrellato, Kicillof ganó fama por su desempeño como CFO de la Aerolíneas con US$ 2 millones diarios de pérdidas. Antes, era una celebrity del mundo universitario; el teórico que, desde una perspectiva marxista, había redescubierto a Lord Keynes, según él, tergiversado adrede por la ortodoxia. Hombre de fe inquebrantable en la omnipotencia estatal, su producción académica –leída a fondo por más de un empresario local; sobre todo, aquellos que deben tratarlo– arroja luz sobre sus ideas. Ya a mediados de 2008 veía síntomas de agotamiento en el modelo. “La etapa del crecimiento fácil concluyó. De ahora en adelante, la disputa por el excedente económico será más dura y explícita”, escribió. Notó que un pilar, el dólar caro, ya no era tal. “He aquí el dilema: la apreciación es recesiva y la devaluación, sin retenciones variables, inflacionaria”. Hay una sola salida de esa “vía muerta” en el camino de la industrialización: la planificación estatal. “Es la única que funciona a mediano y largo plazo”.

En la última década, cree, la Argentina no sufrió incremento de precios por mayor emisión, demanda recalentada o aumento de costos. Hubo “inflación de ganancias extraordinarias”, alimentada por empresarios inescrupulosos que se resistían a resignar sus márgenes. Las retenciones “no son un robo”, sino “estricta justicia distributiva”. Y la inversión extranjera directa, la marca de capitales transnacionales que, en pos de optimizar sus escalas productivas, explotan países periféricos “con fuerza de trabajo abundante, convenientemente disciplinada y limitados niveles de organización sindical”. Su receta es clara. “Si se busca sostener una expansión, que debe ser acelerada para reponer lo perdido durante décadas y garantizar, al tiempo, mejoras sustanciales en las condiciones de vida de los trabajadores, sin penalizarlos mediante la recesión y las reducciones de salarios, la única salida es la planificación”. Parecido a lo que, este año, dijo en el Congreso: “Tarados son los que piensan que el Estado debe ser estúpido”. Sólo diferencias de forma entre el claustro y la barricada.

Qué hacer

“En el mayor intervencionismo económico, veo ideología y necesidades tácticas”, identifica Sergio Berensztein, politólogo, director de Poliarquía Consultores. La cuestión ideológica, dice, es que Cristina cree en un capitalismo de Estado. “Este es un gobierno que descree de los mercados”, completa.

Eduardo Amadeo, diputado del PJ Federal, diferencia la acumulación de empresas estatizadas en las eras K y CFK del Estado empresario de otras épocas. “Aquello era una decisión estratégica de poner al Estado en el centro del proceso de acumulación y ordenar a la economía privada en esa línea. En cambio, esto es una serie de espasmos generados por necesidades políticas coyunturales, por el desarrollo del capitalismo de amigos, por un discurso político”, enumera. YPF, Aerolíneas, las intervenciones en empresas privadas. No son parte de un modelo estratégico, avanza, sino “parches o feudos”. “Pero no un esquema coherente”, subraya.

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Crédito: NA

Ricardo Delgado, director de Analytica, lo emparenta con la génesis del Peronismo clásico. “La intervención estatal existe y es funcional a objetivos estratégicos. Por eso, se concentra en sectores, como el energético, cuyo mal funcionamiento lleva a problemas macro severos”, diagnostica. Cita números de la Cepal. “En la Argentina, la inversión pública es de 2,5 por ciento del PBI. La de Brasil, 1,8. En cambio, Venezuela tiene 16,8; Bolivia, 7,7; Ecuador, 7,6 y Cuba, 9,4. ¿Qué significa? Que el país no entra en ese club. La inversión sigue siendo determinada por las decisiones privadas”. Para Abram, sólo es cuestión de tiempo. “Cuando apropia o se mete en la administración de las empresas, el Gobierno profundiza el modelo. Cruza el límite que, hasta ahora, lo diferenciaba del Chavismo. En el fondo, todo modelo populista necesita acumular poder para, a partir de ahí, redistribuir riqueza, vía gasto público o a través del manejo arbitrario del sector privado”.

En este esquema, la existencia de un Kicillof es “absolutamente central”, dice Amadeo. “Para darle una pátina intelectual al modelo y, además, es funcional a la preeminencia política de La Cámpora”, señala. Según Delgado, que haya un hacedor de política económica poderoso es positivo. “Se supone que tiene todo el cuadro de situación en la cabeza. El problema es la concentración en la toma de decisiones: puede hacer que lleguen lento, tarde o se cometan errores”, aclara. El ejemplo extremo, el planificador soviético. “Está bien en los papeles. Pero, en la práctica, se hace complicado instrumentarlo. Y el mercado resuelve algunas cosas en forma más eficiente”.

“Los esquemas de politburó, siempre, llevan a decisiones equivocadas”, define un consultor estratégico, head de la oficina porteña de una de las más prestigiosas firmas globales. “Cuando uno quiere estar sobre todo, los detalles del día a día quitan tiempo para pensar las decisiones. Se decide sobre la coyuntura: el objetivo es terminar el día”, amplía. Por la diversificación de sectores que Kicillof, hoy, debe atender, compara su situación con la de Jack Welch, CEO de General Electric. “No está en el detalle. Diseña estrategias y lidera un equipo con los mejores en cada negocio, quienes, además de su excelente know-how, también deben ser líderes para obtener los resultados en cada unidad”, señala. A alguien con las mismas responsabilidades, pero en el sector privado, se le exigirían altas habilidades analíticas y conceptuales para diseñar estrategias y elevados niveles de creatividad, capacidad de aprendizaje, estabilidad emocional, sociabilidad y un liderazgo competitivo y enérgico para gestionarlas, describe el headhunter Gustavo Wurzel, socio de Backer Wurzel & Partners. Por el contrario, la obstinación ideológica es nociva, agrega el anterior consultor. “Una cosa es tener convicciones. Y otra, cerrarse. Cuando uno no se abre, no entra oxígeno. Y, sin él, las cosas tienden a descomponerse”, grafica.
La enfermedad infantil del izquierdismo

“Kicillof es un factor muy perjudicial para la gestión económica. Más que por sus ideas, por el efecto de fanatismo ideológico que genera sobre la propia Presidenta”, sopesa Marcos Novaro, director del Centro de Investigaciones Políticas (Cipol). Percibe que intentó ser un Domingo Cavallo: alguien que aporte doctrina al modelo y coordine iniciativas dispersas y, en ciertos casos, incoherentes. “Pero, en términos prácticos, hubo muy poca concreción. Se quedó en el discurso”, juzga. Kicillof, agrega, lleva el estigma de los doctrinarios. “Le da cobertura de fanatismo ideológico y carácter moralista a cuestiones que son de naturaleza meramente pragmática”. Más, en un Gobierno proclive a magnificar los problemas con sus buenas intenciones. “El cepo al dólar es un ejemplo: nació como algo coyuntural y resultó una medida estructural e inmodificable. Terminó convirtiéndose en la pesificación como causa nacional”, señala.

“Parece tener ideas y las sabe explicar”, lo elogió Domingo Cavallo, a inicios de mayo. Un mes antes, había sostenido que su émulo “combina gran elocuencia con un absoluto desconocimiento de cómo se consigue que haya inversión privada en cualquier sector de la economía”. Para fines de octubre, se había agotado su entusiasmo intelectual. “¡Es increíble la interpretación de la Historia que hace Kicillof! ¿Qué solución va a proponer, si entiende que un país con gran déficit y una gran deuda tiene que gastar, cada vez, más? Es pedir un imposible”, le respondió a un lector de su blog. “Creo que, a este muchacho, le falla la lógica”, remató el irascible padre de la Convertibilidad.

“Su lógica es ideológica: sospecha que los conceptos de macro y micro-economía son herramientas del neoliberalismo para hacer prevalecer sus intereses de clase. Pero su peor error es que cree que la voluntad política es un sustituto perfecto del sistema de incentivos que mueve a los mercados”, describe Amadeo. Integrante de las comisiones de Energía y Biocombustibles, Finanzas y Presupuesto y Hacienda –entre otras–, presenció las exposiciones del Secretario en el Congreso. También, cuenta, leyó sus libros. Considera que está conduciendo a la economía a un embudo. “Como Moreno, funciona sobre la base de decisiones casuísticas. No genera ningún incentivo para aumentar la inversión. Cree, realmente, que el financiamiento externo es perverso e innecesario, que alcanza con los recursos públicos. Para él, la idea de recursos escasos resulta neoliberal”. Define a su esquema de pensamiento como “cerrado y primitivo”. “Niega la inflación, supone que los incentivos privados pueden ser dominados por la voluntad política y afirma que el Estado es el eje del proceso de acumulación. Y, sobre todo, lleva al límite del modelo de autarquía, de ‘Vivir con lo nuestro’”.

Kicillof no tuvo pudor para transparentar en público lo que piensa. Provocador, casi orillando “la enfermedad infantil del izquierdismo” de la que escribió Lenin. “Habría que fundir al señor Rocca”. “El riesgo de la sustitución de importaciones es que se terminen los dólares”. “Seguridad jurídica y clima de inversión son dos palabras horribles”. Los banqueros privados, “tímidos” para dar créditos. Que los fondos de la ANSeS sólo se destinen a jubilaciones, algo “privatista, noventista y reaccionario”. Los críticos, “economistas faranduleros”. “Maestros del pesimismo” cuyas “profecías horripilantes” no se cumplieron. “Papanatas”. “Perejiles”. “Guitarritas del libre mercado”. “Papagayos” de “cacareo sin ningún sentido”.

Aportó, sí, un hallazgo: año electoral con gasto público contra-cíclico. “En 2013, pensamos disminuirlo porque la economía privada reaccionará positivamente por el alivio de las condiciones mundiales”, aseguró, al presentar el Presupuesto. Daniel Artana, economista Jefe de FIEL, tiene otra explicación: el Gobierno se quedó sin poder de fuego. “Para aplicar la receta keynesiana básica, se requiere que el Estado tenga capacidad de endeudarse o que haya ahorrado en el pasado”. Dos supuestos inexistentes por decisión propia, apunta.

Teoría sobre la plusvalía

Por decisión de Cristina, Kicillof tomó el interruptor del sector eléctrico, colapsado por el cortocircuito entre tarifas congeladas y costos de creciente tensión. En nueve meses, los principales players consolidaron pérdidas por $ 1700 millones.

En sus estudios, Kicillof –doctor en Economía– sostuvo que las presiones por ajustes tarifarios enmascaraban la ambición de recuperar las “ganancias extraordinarias” en moneda extranjera que las prestadoras privatizadas de servicios públicos “amasaron” durante los ’90, producto de la sobrevaluación del tipo de cambio. “Por eso, no se resignan a la situación actual y pretenden volver a los precios –y a las súper-ganancias en dólares– de antaño”, redactó. En su etapa de funcionario, inició su conexión al sector desde el supuesto de que no hay problemas de tarifas. Otro caso en el que la praxis contrasta con la teoría. Tonto pero no tanto, le hizo continuos pedidos de información a las distribuidoras. Analizó sus estructuras de costos durante meses, con promesas privadas de no estatización, luego, ratificadas en público. El apagón del 7 de noviembre –que sumió a Capital y el conurbano en caos, oscuridad y calor– precipitó el lanzamiento de dos fideicomisos para obras, por $ 2000 millones anuales, a financiar con aumentos en las boletas. “Es un buen ejemplo del manejo discrecional del Estado. Hoy, los accionistas de distribuidoras de luz y gas son privados. Pero no manejan un negocio, sino que sólo lo operan. Ahora, tampoco podrán definir sus políticas de inversiones porque, a través de los nuevos fideicomisos, el Gobierno dirá en qué y dónde habrá que poner el dinero”, ilustra Abram. En una distribuidora, están sorprendidos. “No era algo de lo que se estuviera hablando”, dicen, sobre el anuncio compartido entre Kicillof y Julio De Vido, ministro de Planificación. No transmiten entusiasmo. “En última instancia, sólo da un alivio de capex. El problema siguen siendo tarifario: el descalce entre ingresos y costos”.

 

Un paso adelante, dos atrás

El 20 de septiembre, la Presidenta dio marcha atrás con el aumento de las retenciones al biodiesel, que Kicillof había decidido menos de un mes antes. “Es muy importante entender la flexibilización, dada la volatilidad y el grado de especulación que hay en los mercados”, justificó CFK, comprensiva. De Vido y Moreno, presentes en el acto, se regodeaban.

Los roces de Kicillof con ambos son frecuentes. También, con Miguel Galuccio, CEO de YPF, y con Hernán Lorenzino, ministro al que, en los papeles, debería reportar. El arquitecto –ejemplar genuino de la pingüinera desplazada por la vanguardia camporista– degustó dos platos fríos: la devolución a Enarsa de las compras de gas, cuya exclusividad Kicillof había dado a YPF; y el aumento del precio de gas en boca de pozo –de 300 por ciento, a $ 0,60 por metro cúbico–, concesión que Cristina le habría hecho a Galuccio para amonestar a su protege.

En un universo, el K, de firmamento habituado a las estrellas fugaces, al “Licenciado” –así lo llama Ella en público, como si ignorara su doctorado– se le augura el ocaso. Habría pecado de exceso de atribuciones. Por caso, prometerle a Antonio Caló (CGT Balcarce) y Hugo Yasky (CTA K) un ajuste, superior al 20 por ciento, del mínimo no imponible del impuesto a las ganancias. Otros, en cambio, hablan de consejos desacertados, cuyo punto de partida fue YPF. Se le atribuye haberle asegurado que, con la expropiación, conseguiría fondos para financiar la factura de importación de combustibles, calculada en US$ 15.000 millones para este año. La realidad fue otra cuando invadió la oficina “de lujo asiático” de Puerto Madero: encontró una caja de US$ 110 millones. “Nada de lo que me prometiste se cumplió”, lo habría reprendido Ella, seca, salida de la hipnosis, delante de sonrientes terceros. Le recriminó la poca efectividad de sus decisiones a corto plazo. Con el desdén que tienen por el largo, el único que importa para los keynesianos. Algo que, como tal, Kicillof debería saber muy bien.

La edición original de este artículo se publicó por primera vez en la revista APERTURA N°228 (diciembre de 2012).



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