Así recibía Guillermo Moreno a los empresarios
Economía

Así recibía Guillermo Moreno a los empresarios

Recibió el llamado y debe peregrinar hacia Diagonal Sur y Belgrano. Cómo manejarse en los exóticos dominios del Secretario de Comercio. Por Juan Manuel Compte 31 de Octubre 2014

 


El siguiente artículo fue publicado en la edición 220 de la revista Apertura. Abril de 2012. 

 

Recibirá el llamado. Podrá ser de lunes a domingo –feriado incluido–, 7 AM u 11 PM. Alguien se presentará, seco y anónimo, como “Operador 1”, “Operador 2”, o el número que le correspondiera, de la Secretaría de Comercio. Si el asunto reviste mayor importancia, oirá una voz de mujer: la de alguna de las tres secretarias del hombre. La principal, Ana González, única persona autorizada a recibir papeles a su nombre. Ella le pasará con su jefe. O, para su alivio, sólo le comunicará cuándo será la reunión. En cambio, preocúpese si, sin introducciones, oye directamente el ladrido de Lassie. A partir de entonces, usted habrá entrado bajo el radar de Guillermo Moreno.

Peregrinará, entonces, al vidriado edificio de Diagonal Sur y Belgrano. Mientras se acredita, en la planta baja de la antaño sede de Somisa, contemplará la decoración: “Clarín Miente” y “Avanti, Morocha”, afiches emblemáticos de la militancia K. Subirá al segundo piso. Lo recibirá un policía. Le tomará sus datos. Pasará a una sala de espera. El agente de la Federal –también puede ser una asistente u otro colaborador– le pedirá su tarjeta personal y un número de celular al cual ubicarlo; no importa cuántas veces haya usted cumplido con el protocolo. Esperará. Quince minutos o dos horas, no tendrá forma de saberlo. Se le solicitará, luego, que vaya a otra sala, un “pre-hall” más reservado. En ambos casos, más, si es verano, pasará calor. La mínima ventilación –hay dudas sobre si se encienden los aires acondicionados, incluso, con 40 grados de sensación térmica– potenciará el estrés. Continuará aguardando. Hasta que lo inviten al despacho privado o la sala de reuniones, según sea una audiencia individual o colectiva. Recién entonces, verá la luz.

El trato que le dispense Moreno, se cuenta, dependerá del humor del día y de si es una reunión con pocos o muchos asistentes. Con más público, exagera el personaje. “Es un stand-up”, apunta un asistente habitual. El funcionario prefiere actuar a sala desbordada. “Le gusta el amontonamiento”, dice la fuente. La poblada sala está ornamentada con globos. “Clarín miente”, se lee. No es el único cotillón “nac&pop”. Se ofrecen alfajores. “Son ricos”, confiesa alguien que probó más de uno. También, degustó chocolates, con idéntica leyenda grabada en el bloquecito. El goloso, además, se llevó un souvenir: un llavero. De un lado, tenía –otra vez– la aseveración sobre la credibilidad del multimedio. Del otro, una foto de Cristina, lookeada como Evita.

Como todo show, el unipersonal tiene su propia rutina. Todo el mundo debe recibir al artista de pie. “Soy de la vieja escuela. Cuando entra un secretario de Estado, se paran todos. Esto no es Industria…”, advierte. No concede excepciones. “Se paran todos, ¿no entendiste? Si no te gusta, ahí tenés la puerta y te vas”, amonestó a un septuagenario empresario. Tampoco es clemente con la impuntualidad (de otros). Por llegar cinco minutos tarde, a una reunión convocada a las 8 de la mañana, el CEO de una cadena de retail debió presenciar, parado, toda la charla. De entrada, Moreno aclara que no será un diálogo. Está dando órdenes. Diserta sobre historia y política. Expone sus teorías –en ese momento, de no aconsejable refutación–, a las que mecha con chistes y anécdotas. El guión continúa con empresarios. Se despacha contra Cristiano Rattazzi (Fiat) y Jorge Brito (Macro). Su sermón, en los últimos tiempos, incorporó a los hermanos Bulgheroni. Tampoco es generoso con sus colegas de gabinete. Particularmente, con el hoy vicepresidente, Amado Boudou (sigue con delicia el caso Ciccone), y con Débora Giorgi (alias “Giorgina”, “La flaca” o “La piba”). Otro clásico de sus monsergas es la Unión Industrial Argentina, con su presidente, José Ignacio de Mendiguren, a la cabeza. “Si vos conseguís que el ‘Vasco’ y todos esos tipos se vayan de ahí, te firmo mi renuncia mañana”, desafió a un dirigente de la UIA.

Preocúpese si, sin introducciones, oye directamente el ladrido de Lassie. A partir de entonces, usted habrá entrado bajo el radar de Guillermo Moreno.

Un objetivo recurrente –y obvio– es Héctor Magnetto. De hecho, el lobbysta de una importante manufacturera debió dejar de concurrir a Comercio porque, siempre, Moreno le recordaba su pecaminoso paso laboral por el Grupo Clarín.

Verborrágico, Moreno habla, habla y habla, pese a no manejar un vocabulario demasiado amplio. Sobre todo, adjetivos calificativos. Utiliza, con frecuencia, aquellos que empiezan con pe. Tanto para referirse a edades, como a identidades sexuales o, con más frecuencia, capacidades intelectuales. Los productores misioneros de yerba mate –y el embajador polaco en la Argentina– pueden dar reciente testimonio.

Lo mejor en esas reuniones, se aconseja, es el perfil bajo. Pasar desapercibido. Levantar la mano sólo si se está seguro de la propia posición. La réplica de Moreno puede ser mucho peor que la provocación inicial. “De ahí, depende el trato que uno reciba después. Si le cayó bien o mal porque habló de más o de menos”, describe alguien que comprobó, al menos en ese contexto, que el silencio es salud.

A quienes ya conoce, otorga algunas libertades. “El problema es que otros ven eso y se envalentonan”, canta el testigo. Moreno tiene una relación especial con un self made man metalúrgico. Él de Racing; el empresario, de Independiente, es uno de los pocos que se anima a hacerle chistes en público. La cuestión es que el forjado emprendedor esbozó un planteo y, ni bien terminó, alzó la voz un dirigente sectorial del interior. “¿Sabés qué, flaco? –lo cortó en seco Moreno–. Me estás hinchando las p... Y, si yo estoy acá, es para arreglar las c... de todos ustedes”.

En todas las reuniones, se relata, necesita tomar a alguno de punto. Tolera más a los jóvenes. “Los agarra para el chiste. A los viejos, en cambio, ni justicia. Menos si, encima, le hacen frente como si se las supieran todas”, apunta un habitué. Cuando era vicepresidente de la Federación Agraria, el actual diputado Ulises Forte (UCR, La Pampa), lo desafió a los puños. También, se cuenta, un veterano importador de autos. Ambos, sobrevivieron sin el vía crucis que padeció el lobbysta de una terminal europea, cuyo latino temperamento le valió una inspección integral de la AFIP durante un año. Juan Ricardo Mussa –empresario de Berazategui, voluntarioso llanero solitario en las internas del PJ– lo retó a boxear, en un ring montado en la puerta de la Secretaría, después de que, a través de su asistente, Moreno le negó una audiencia, con mensaje personalizado: “Dice el Licenciado que le va a romper la trompa”. Moreno aún tiene en su despacho el afiche –con la foto de ambos, enfrentados– que promocionaba “La pelea del año” para el jueves 22 de octubre de 2009. Esa vez, no hubo guantes. “Cuando deje de ser funcionario, lo voy a ir a buscar”, prometió Moreno.

El despacho de Moreno es un santuario. Decenas de íconos en formatos varios –estampillas, fotos, pósters, estatuillas– compiten por la primera impresión. Néstores, Cristinas, Perones, Evitas, San Martines y, sobre todo, Vírgenes –Luján, Perpetuo Socorro, Madre Tres Veces Admirable y siguen las advocaciones– tapizan escritorios, mesas y paredes. Un crucifijo reina el luminoso ambiente, de tres por cinco metros, con vista a Diagonal Sur. Bajo él –detrás del escritorio–, un mapamundi. También, destaca un colorido retrato de Carlos Gardel (funyi rojo, traje naranja, fondo verde) y una reproducción de San Jorge, triunfal sobre el dragón.

El paneo continúa con las varias tapas que le dedicó el desaparecido diario Crítica, enmarcadas. Medallas de guerra, ganadas en el campo de batalla mediática. Algún escudo de Racing, visible entre las decenas de estatuillas acumuladas en su escritorio. En una mesita chica, tiene su propio altar. Una efigie de la Virgen de Fátima –de cerca de un metro–, protegida en una vidriera. Junto a ella, un ejemplar de “La Razón de Mi Vida”. Un portarretrato, con media docena de estampillas de la Virgen, también sobresale en la atiborrada superficie. Dos santos se ven en ese sagrario. San Cayetano, patrono del trabajo, y San Agustín, uno de los favoritos de Moreno. Suele citarlo. Frase de cabecera: “No hay contagio más intenso que el del trabajo”. Ese despacho de paredes revestidas de madera es un tributo al yugo diario. Carpetas y papeles apilados. También, productos sueltos, desparramados, según el programa “Para Todos” de turno. Computadora, sólo una, de escritorio.

Primera diferencia entre la audiencia privada y la masiva: el café. En su despacho, es de marca, gentileza de una importante productora nacional. Segunda: el trato. “Se muestra más afable. Tutea. Hace chistes. Chicanea”, describe alguien que ya entabló un vínculo de confianza. Eso sí, sin cruzar la línea: es “Guillermo”. Nunca, “Guille”. Muchísimo menos, “Willy”.

“Es impredecible”, aporta el negociador de una multinacional europea. “A veces, lo encontrás cerrado y no le entrás con nada. En otras, planteás cosas lógicas y te da la razón”, agrega. Su sugerencia es hablarle, siempre, con números. “Es el idioma que entiende”, justifica. Un directivo de una cámara sectorial valora su habilidad para preguntar. “Sabe poco. Pero, en más o menos tiempo, detecta los puntos críticos”, pondera. Pero, agrega, minimiza los problemas. “Es como esos jefes que piensan que todo es soplar y hacer botellas. Pero no queda claro si es porque lo cree así o lo hace para meter más presión”, explica. Comenta que es muy exigente con la información. Sobre todo, con quienes le mendigan protección. “Cuando me manden los datos, voy a ver si los están cagando. No voy a defender a ningún inútil o dejarlos cazar en el zoológico”, advierte.

Guillermo Moreno

Quienes lo padecieron desde el primer día –13 de abril de 2006, cuando Kirchner lo designó Secretario de Coordinación Técnica del Ministerio de Economía– rescatan su evolución cognitiva. “Hoy, sabe mucho más. Es difícil que lo pases”, se comenta. “Es bueno con los números. El problema es su esquema de pensamiento. Razona como un ferretero”, describe una fuente. Moreno es accionista de Distribuidora América, mayorista de artículos de ferretería que fundó en 1985.

Un ejecutivo con pasado en el sector público lo distingue de Giorgi. “Débora es más ‘Vivamos con lo nuestro, aunque sea más caro’. Moreno no. Cuando entiende que el precio de un proveedor local está fuera de la realidad, habilita la importación”, dice. “Siempre y cuando, uno le justifique bien. No acepta que la base de comparación sean precios de dumping o de transferencia inter-company de ficción”, relativiza otro negociador.

Lassie está en celo. Cual multimedio enemigo, sólo él monopoliza el vínculo con las empresas. A lo sumo, delega algún tema en su mano derecha, Pablo Cerioli. En ese contexto, da indicaciones, baja línea y, también, se permite licencias. Confiesa que todos sus esfuerzos, hoy, son para evitar el desplome del superávit comercial. “Si sube el dólar, se cae la Presidenta”, blanquea, a viva voz. Con el tiempo, se pulió. Ya no recibe descalzo, con un revólver sobre el escritorio. No le hace falta. “Se sabe poderoso. Y lo hace sentir”, se dice. Un instrumento de persuasión recurrente es telefonear a un empresario para insultarlo, con el único objetivo de intimidar a sus azorados visitantes de ocasión. “Sabe que, con más poder, puede ser, aún, más discrecional”, comenta un testigo de esas sesiones. “Con esta política, cuando el auto de la Presidenta necesite un repuesto, no se conseguirá”, lo quiso pasar por la derecha el lobbysta de una automotriz. “Cuando eso pase, decime dónde está, que mando el Tango 01 a buscarlo”, le clavó los frenos. Un importador de productos lácteos agradece que su mujer, la escribana Marta Cascales, sea fanática de sus quesos. No son los únicos productos beneficiados por el paladar del matrimonio Moreno. “De lo que no paro las importaciones es de whisky –se le oyó decir–. El nacional es una porquería”.

“Hoy, sabe mucho más. Es difícil que lo pases”, se comenta.

La reunión puede durar 15 minutos o dos horas. “A veces, te despacha rápido porque se enoja. O porque ya te dio la indicación de lo que tenés que hacer y se acabó”, describe un interlocutor frecuente. Dos cosas, nunca, deben hacerse delante de él. La primera, excusarse de darle una respuesta porque hay que consultarlo con casa matriz. “Vos sos presidente de una empresa argentina, con directorio y accionistas argentinos, regidos bajo ley argentina”, contesta, a los gritos. “Y, si no te gusta, a la empresa te la manejo yo”, agrega.

El segundo don’t es no insinuar dependencia de Brasil. “De ellos, me encargo yo”, minimiza. No es, lo que se diga, un fanático del samba y el jogo bonito. “Eso del desarrollo de Brasil no es tan así. ¿Saben por qué no hay brasileños con canas? Porque no llegan a viejos. Se mueren antes, por lo mal que comen”, ilumina. No los digiere, ni siquiera, cuando analiza cifras. “Vamos a ver en las estructuras de costos cómo salta la cometa que se llevan los de compras. Acá y, principalmente, en Brasil”, prometió en una reunión, antes de empezar a escrutar planillas.

Ambos casos develan una obsesión. “El Estado es él. Como Luis XIV. Y, decirle que tu rey está afuera (casa matriz o Brasil), es decirle que él no lo es. Eso lo pone loco”, compara un leído empresario.

El hombre ya superó un prejuicio: dialogar sólo con economistas. Pero, si tiene uno, por las dudas, llévelo. También, háblele de Racing. “¡Flaco, hubieses empezado por ahí!”, se levantó a abrazar a un ejecutivo que, después de haber padecido un furibundo reto, develó su sufrida pasión futbolera. Otro detalle. Sin llegar al extremo del imprentero Juan Carlos Sacco –el vice tercero de la UIA declaró que “Moreno es un patriota”–, muestre gratitud. Si no, pregúntele al ejecutivo de una metalúrgica que, tras una extensa exposición sobre por qué su estructura de costos erosiona su competitividad, escuchó una única respuesta de Moreno: “Tenés razón en todo lo que decís. Pero te equivocaste en algo, pibe: no me agradeciste lo que estoy haciendo por vos. Así que, ahora, agradeceme y empezá de nuevo”. 



¿Te gustó la nota?

Comparte tus comentarios

Sé el primero en comentar

Videos

Notas Relacionadas