Adriana Varela:

Adriana Varela: "A este Gobierno no le veo agachadas"

Comenzó su carrera artística en 1991. Apadrinada por grandes del tango, como Goyeneche y Salgán, le aportó al 2x4 una mirada de género sin concesiones. Del mismo modo, defiende la gestión kirchnerista. Y asegura que a CFK se la ataca por ser mujer.

Por Lorena Obiol 29 de Abril 2014

 

 

Un día de 1986, quizá 1987, Beatriz Adriana Lichinchi dejó de ser ‘la señora de Varela’. Esa que acompañaba por el mundo a su marido, entonces integrante del equipo argentino de la Copa Davis. Esa que hizo todos los deberes de Susanita: se casó jovencísima y tuvo dos hijos. Esa que se recibió de fonoaudióloga y estudió lingüística y psicoanálisis. Pero, un día, Adriana tomó conciencia de que ya era rana de otro pozo. Entonces se separó, barajó y repartió las cartas de nuevo. Se quedó sola, con sus hijos muy chicos y “sin un mango”. Y de ese hondo fondo surgió el tango, pero “sin el bacán que te acamala”. El único vestigio evidente que quedó de aquella que fue, paradójica y hasta contradictoriamente, es su apellido de casada. “Cuando a una se le termina el proyecto de vida afectivo, ahí sucede el cambio. Fue duro vivir en casa de amigas después de haber conocido el VIP de Roland Garros y hasta compartido una cena con Carolina de Mónaco. Pero, en mi caso, fue un camino de mucho aprendizaje. Justamente porque me había despojado de lo material, me había quedado con mis hijos y había elegido lo esencial, lo que deseaba. Ojo que a mí me gustaba esa vida, cumplí un mandato y, fundamentalmente, estuve muy cómoda en ese lugar por mucho tiempo. Pero cuando terminó, la comodidad pasó a ser incomodidad. Y ahí decidí empezar otra vida”.

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¿El tango llegó para sanar?
No, en realidad fue como una apertura más de identidad que temática. Para mí es lo marginal, lo orillero, lo portuario. Nací en Avellaneda, pero mis viejos estaban bastante acomodados, con lo cual no puedo decir que vengo del arrabal. Del barrio, sí. Pero en mi casa no se escuchaba tango. Ellos escuchaban jazz, blues. Mi vieja era más de Édith Piaf, de la música clásica o los boleros. Porque en casa se escuchaba lo cool y también lo grasa de aquella época. Para mi hermano y para mí, que éramos de los Rolling Stones, Led Zeppelin y todo el rock, que los sábados nos despertaran con Olga Guillot era una tortura. Y ahora nos parece extraordinaria.

¿Con el tiempo te volviste menos prejuiciosa?
Sí, de grande te ponés más permisiva. Éramos muy sectarios estéticamente: el que no escuchaba rock era un boludo. Yo era rockera militante; por eso, cuando sentí que el rock se subía al mercado y transaba, me quedé huérfana. Fue una crisis estética y conceptual que me permitió llegar al tango. Me alquilé la película Sur, lo ví al Polaco Goyeneche y dije: “Esto es rock and roll”. En realidad, yo sola entendía lo que quería decir. Entonces, fui al café Homero y ahí empezó la historia conocida. Encontré a esos grandes hombres que me abrieron las puertas de su vida y que me eligieron: el Polaco, que es mi padrino; Leopoldo Federico, Horacio Salgán, Osvaldo Tarantino, que era el pianista de Piazzola. Yo iba solita, a escuchar. Y Néstor Marconi un día me pidió que preparase unos tangos porque sabía que cantaba en pubs, por hobby, aunque también había ido a Badía y Compañía. Me escuchó el Polaco y dijo: “Es ella”. Evidentemente, estaba marcada. ¿Viste que en la película Matrix hay que atender el teléfono? Bueno, yo atendí. Siento que eran señales que seguí. Lo bueno, lo malo, lo cómodo, lo incómodo: todo es causa. Para mí es como una ley de vida.

¿Cuál ha sido tu aporte al tango?
Le acerqué mucha gente joven, y no tanto. Creo que le aporté frescura, porque no soy solemne ni me subo a esa cosa distante del tango. Eso me quedó del rock. Además, por suerte, siempre grabé con sellos chicos e independientes: nunca quise perder mi libertad. Ahora la industria no existe, está todo mal. El laburo de un artista va a tener que ser en vivo: y yo estoy preparada para eso. Mi pretensión es pasar la posta. No quiero fracturar nada: es muy difícil escribirse un tango al lado de un shopping.

Sin medias tintas
En el living de su departamento del barrio de Palermo, casi despanzurrada sobre un sillón con almohadones (uno de los muebles modernos que acompaña al BKF original que fabricó su padre), Adriana es más que nunca ‘La Gata’ que tan bien pinceló Cacho Castaña en un tango. En verdad, cuando habla, da la sensación de que ‘en vez de una mujer llegan dos minas’. De su boca apenas maquillada con gloss rosado, los flaca, boluda y negra emergen arenosos, desde una profundidad que intimida y se envalentona. Su figura delgada trepada a unos suecos plásticos de color violeta, de una reconocida marca brasileña, reivindica a las Malena, a las Grisel, a las Margot, a las Mireya…

¿‘La Gata’ es sinónimo de la mujer argentina?
Es una radiografía. ¿Cómo pudo, Cacho, describir en minutos a una mujer, con la apariencia de esa que soy y también con la susceptibilidad y fragilidad que tengo? ‘Es una gata herida’, en sus términos, quiere decir que soy vulnerable, que parezco muy fuerte, que me levanto todo, pero nada que ver. Cuando Cacho la canta o cuando me la piden, veo que a las minas les encanta ser así. Hoy las mujeres tenemos esa necesidad de laburar, de ser fuertes y hacer un montón de cosas. Pero, finalmente, nos quebramos, lloramos. Entonces, esa descripción tiene un alcance de identificación más de género.

Yo era rockera militante; por eso, cuando sentí que el rock se subía al mercado y transaba, me quedé huérfana. 

¿Qué te preocupa del país hoy?
El país siempre me preocupó porque siempre fui una mina con mucha conciencia. Mi papá era socialista y mi mamá, peronista. Mi abuelo fue amigo de Eva. Mis cuatro abuelos fueron muy comprometidos y yo fui una mina de los ‘70 cuando, o cerrabas los ojos, o militabas o te drogabas...

¿Y vos qué hiciste de todo eso?
Yo no me drogué.

¿Entonces, dónde militabas?
No estaba afiliada, pero como estudiaba en El Salvador, donde no se hablaba de nada, me iba con mis amigos de la UBA a manifestar. Mi hermano y yo estábamos en contacto con mucha gente que hoy no está más.

¿Preguntarte si estás de acuerdo con la gestión K es casi una obviedad?
Sí, estoy de acuerdo con este gobierno. Cuando lo conocí a Néstor, al principio no podíamos ni pronunciar su apellido.

¿Qué es lo que más le bancás al gobierno y qué es lo que cambiarías?
Primero quiero decir es que es muy difícil gobernar. Viajo mucho y veo la realidad de otros países: no soy una boluda que va a comprarse pilchas y no mira nada. Entonces, ya desde ahí te digo que no es tarea fácil. Y después, puedo juzgar lo que me parece injusto respecto de los gobiernos que no han intentado una justicia equitativa, de posibilidades para todos. Pero a este gobierno no le veo agachadas. Siento que estoy en un país sólido y, desde que tengo uso de razón, no viví así. Con todas las piedras, es un país que ha recuperado su energía, ha recuperado su línea de bandera. Todo eso a mí no me lo contaron, yo lo viví. Como también antes viví cómo lo hacían mierda a este país. Por eso no hablo desde un fanatismo sino desde mi pretensión de objetividad. Y la verdad, no sé qué no me gusta…

¿Qué pensás de Cristina?
Es una mina brillante, con una capacidad de lectura del país y del mundo increíble. Eso es lo que muchos no pueden soportar. Cuando veo lo que hacen con esta mujer, lo que proyectan con ella, la transferencia positiva y negativa de algunos, no me la puedo creer. ¡Es muy heavy! Y creo que fundamentalmente son las minas las que proyectan negativamente. Algunas tienen un odio muy sospechoso. Yo puedo decir de Elisa Carrió que es una mujer con características negativas, pero nunca voy a decir que la odio porque no tengo espacio para eso. ¡Y mirá que por algunas cosas podría ser carne de cañón! Sin embargo, no puedo odiarla. Pero hay gente que se toma la vida para odiar, y eso es sospechoso. Habrá que ver qué prejuicios trae cada una, cuánto hay de envidia, cuánto hay de machista en la mujer.

¿Qué pensás de la polarización?
Cuando ganó Alfonsín, fui a Plaza de Mayo a festejar. Tenía amigos radicales con los que llegué peleada a las elecciones. Pero siempre quise conciliar. Me acuerdo que les pregunté si irían a la Plaza si ganaba Luder. Me dijeron que no. Sin embargo, yo fui sin dudar porque Alfonsín era mi presidente e iba a ser la culminación de un gobierno de mierda. Por eso, no tolero el anti nada.



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