Guillermo Roux: “Sin estos políticos, el país seguiría funcionando”

Guillermo Roux: “Sin estos políticos, el país seguiría funcionando”

Es uno de los grandes maestros del arte argentino. Eximio  dibujante y acuarelista, sus  murales alcanzan los u$s 600 mil de cotización, sus pinturas promedian los u$s 40 mil y las carbonillas, u$s 10 mil. A sus 84 años, es un lúcido analista del devenir político de la Argentina. Piensa que las teorías sobre la inseguridad son un disparate y que se legisla contra los intereses de la gente. Admira a Elisa Carrió. Y odia la pertenencia política sin crítica ni autocrítica. 

Por María Paula Zacharías 24 de Abril 2014


 

Guillermo Roux duda cuando, por teléfono, acordamos este encuentro. ¿Qué podría decir él, un pintor de 84 años, sobre este país? Pero en el día señalado no hay dudas: tiene mucho que decir. Y lo hace desde sus entrañas. Tanto, que se presenta vestido con una túnica blanca y asume la pose de emperador. “El César pone la mano fuerte sobre la rodilla, con los dedos abiertos, para demostrar poder. La otra mano, en la barbilla, es signo de indagación”, ensaya. Juega. Porque nada le repugna más que el poder, sus líderes y sus etiquetas. Pinta vestido como un soberano del antiguo imperio romano desde que dejó de hacerlo desnudo. Sólo Franca Beer, su mujer desde hace 40 años, es capaz de mandar sobre este hombre robusto, creador tanto de murales colosales como de delicadas acuarelas y carbonillas. Franca no necesita más que una mirada, un gesto, para confirmar o rectificar cualquier bache en el relato. Pero nada (ni nadie) más.

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La muestra que el año pasado organizó la Galería Zurbarán con bocetos y maquetas de La Constitución guía al pueblo, el mural que Roux realizó para la Legislatura santafesina, fue visitada por 3 mil personas –todo un récord para una galería argentina– y cerró su balance con más de 18 obras vendidas. Le siguió la exposición Nocturnos, en el Museo Nacional de Arte Decorativo, en febrero, una serie pintada en noches de insomnio durante una larga convalecencia física. En ese entonces, no podía acercarse a ninguno de los dos estudios inmensos que montó en su misma casa. Una madrugada de desvelo, se sentó en un sillón, arrimado a la mesa del living, que es la misma que había en el comedor de su solar natal, en Flores. “Entre esas patas, jugaba con mis soldaditos. Empecé a mirar. De repente, un día vi una cuchara, un tenedor, y empecé a dibujar sin ninguna pretensión. Queriendo encontrarme, empecé a dibujar las cosas que me rodeaban. Hice de este rincón, un mundo”, recuerda. Con un caballete chiquito, un par de carbonillas, una hoja, la mesa y la silla de antaño, surgió esa colección de dibujos que son su diario íntimo, la crónica de su recuperación física y espiritual. Ahora, Roux llena sus carbonillas de colores con pasteles encendidos, con naturalezas vivas. Hay un jarrón con flores, pero también una Minnie Mouse, la novia del ratón animado. Hay plantas, pero del centro emerge, voluptuosa, una Barbie. Tres hadas escapadas de Disney danzan como ninfas entre frutos. Estallan en rojo, sensuales, los tomates.

Se lo nota alegre. Y acostumbrado a posar para las fotos...
El lenguaje de los brazos y de las manos es parte de mi oficio. Se aprende. Creo más en los gestos que en las palabras. Los gestos no mienten. ¿Dónde está la verdad? En el cuerpo.

¿Y cómo les lee el cuerpo a los políticos?
Tratan de no pestañear mucho. Mueven mucho las manos en la televisión, inútilmente, como histéricos. Cristina Fernández es la campeona de la gesticulación. La utiliza muy bien, a sus fines. Sabe moverse. Ella sabe cuando se pone mala, cuando se pone mimosa, modosita, sabe cuándo tiene que dar un poco de lástima, cuándo dar ternura y cuándo producir odio, agresión. Y todo lo hace en consecuencia. Actúa.

¿Un político de su elección?
A mí el que más me gusta es Arturo Illia. A mi edad, ya vi unas cuantas cosas... Hay palabras que las oí repetirse toda mi vida. Promesas que oí toda mi vida. Presagios que son siempre los mismos. El país evoluciona naturalmente, y creo que ese progreso lo provocan los silenciosos, los que no tienen voz, la gente. Muchas veces parece que los gobiernos desordenan, pero la gente encuentra mecanismos para hacer crecer las cosas. El ingenio de la gente hace que podamos superar los obstáculos que ponen los gobiernos.

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Política. Roux siente admiración por la diputada Elisa Carrió, a quien conoce personalmente. Foto: Clase Ejecutiva.

¿Primer recuerdo de la vida política?
A los 15 años ya dibujaba: había dejado el Nacional, porque me aburría, e iba a la Academia. A los 13 trabajaba en la Editorial Quinterno: dibujar era lo único que me importaba. Pero recuerdo el 17 de octubre porque todo cambió. Nunca sentí atracción por la política. Ni en ese momento, ni ahora, ni nunca. Pero mi padre era dibujante y estaba en las ideas del momento. Yo sentí ese día que estaba pasando algo que no era normal. Vi salir a los vecinos de mi barrio, Flores, a la calle. Llegaba de la zona oeste una multitud heterogénea: carromatos, gauchos, gente en alpargatas, hombres de traje. Todo mezclado. Recuerdo un olor rancio y gente embarrada: habían cruzado el Riachuelo a nado. La calle Rivadavia, negra de gente. Iban. “Vamos”, me dijo mi papá, y yo, curioso de ver lo que pasaba, fui. Cuando llegamos al Pasaje Barolo vi un desparramo. Mi padre me tiró con él detrás de una columna. Estaban disparando desde la terraza de Crítica. Todavía están los agujeros de las balas de esa noche.

¿Se hizo peronista?
No, pero sí mi padre. Siempre iba a cobrar con angustia, porque junto con el recibo podía estar el despido. Recuerdo que cuando se estableció la obligación del preaviso, trajo mucha tranquilidad.

¿Ninguna bandera lo atrajo?
Ni política ni artística. Nunca me atrajo ningún partido. Siempre fui reacio a seguir cosas: proclamas, discursos... Nada tenía repercusión en mí. Sentía que tenía algo para hacer en la vida y que tenía que salir de mí. Eso me trajo muchos problemas. Nunca estuve en ninguna tendencia de ningún tipo, conscientemente. Recuerdo la división, en la Guerra Fría, entre artistas figurativos de izquierda y abstractos de derecha. Caído el Muro, se pudo empezar a pintar figuras. Hoy se hace figuración, minimalismo, abstracción. Hoy se puede. Esos vaivenes que tenían que ver con lo político no me satisfacían. Yo no pertenecía a eso.

A los 15 años ya dibujaba: había dejado el Nacional, porque me aburría, e iba a la Academia. A los 13 trabajaba en la Editorial Quinterno: dibujar era lo único que me importaba. 

¿Cómo ve a la política en general?
Para algunos temas soy bastante elemental. Pero hay cosas básicas, y la Justicia es una de ellas. No puedo soportar, por ejemplo, que en las campañas electorales hablen de pobreza, pero que cuando lleguen al poder siga todo igual. Lo vi toda mi vida. Los pobres siguen ahí. Yo quiero ver a alguien que no lo diga... ¡y que lo haga! Esa es mi simpleza. Que no se mencione la inseguridad... Las teorías son un disparate. Quiero ver que alguien me proteja. ¿De qué me sirven las palabras?

Aparece Franca, lo más campante. “¿Cómo va?”, le dice Roux preocupado. “Bien, ¿por qué?”, sonríe ella. “¿Cómo por qué?”, se inquieta él. Ella ríe, le estampa un beso rápido en los labios y confirma que, sólo por dejarlo tranquilo, viajará en remís al Centro. Él se queda rumiando: “Ayer tuvimos un secuestro virtual y robo exprés. Le dijeron a Franca que tenían a su hijo, y ella dio todo lo que tenía en casa: joyas de la abuela, de la madre, de ella. Y al rato llamó el hijo, como siempre. Pudo haber pasado cualquier cosa. Horrible. Estamos en una situación terrible. Así está todo. Tenemos rejas, alarma. Es inútil. Con éste ya van tres asaltos. El primero fue cuando estábamos de vacaciones en Montevideo: entraron y se llevaron de todo. Después hubo otro. Por suerte nunca tocan mi taller, porque se desorientan: abren planeras y hay dibujos, abren placares y hay pinceles. Dejan todo. Yo no soy la víctima ideal porque no tengo oro: tengo dibujos”, dice. Pero hay que aclarar que sus dibujos valen oro. El mural Homenaje a Buenos Aires, por caso, fue tasado en u$s 600 mil. En subastas, su obra La danza alcanzó los u$s 100 mil. Sus pinturas promedian los u$s 40 mil y las carbonillas, u$s 10 mil.

¿Qué lo indigna?
La inseguridad es una cosa pavorosa. Y ver que no se toman medidas, también. Necesito una Justicia que sea justa: que el que viola o mata vaya preso toda la vida, no tres años. Y que el que trabaje sea premiado, no subsidiado: eso es limosna, no hace bien. Lo que hace bien es trabajar, sentirse digno y bueno para la familia. A nadie le hace bien que le regalen plata.

¿Qué noticiero mira?
Los miro a todos con un ojo crítico muy fuerte. A veces miro 678 pero, principalmente, me aburre. Paso a otro canal y oigo lo mismo. Me aburren.

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Como en casa. Roux recibe a Clase Ejecutiva en su hogar, donde mejor se mueve. Foto: Clase Ejecutiva.

Si usted fuera el César, ¿qué haría?
El César daba órdenes, y a mí eso no me gusta. Pero también odio a la gente que se somete, no lo concibo. Creo que el que estudia debe ser ayudado y el que no, no. Creo que el hombre decente debe estar bien, y el delincuente debe estar preso. Y no que quien esté en su casa se tenga que rodear de rejas y encerrarse para poder vivir. ¡Yo no tengo que estar preso, no debo! Las ideologías, los títulos, los partidismos, no me interesan. Además, escarbo, escarbo, y son todos los políticos parecidos.

¿Nada ni nadie de la política le cae simpático?
Estoy asombrado de lo que pude hacer en la Legislatura de Santa Fe (N. de R.: El mural La Constitución guía al pueblo, emplazado en el recinto de la Cámara de Diputados provincial, inaugurado en 2011). Me avalaron todos los partidos políticos, con el respaldo del socialismo. Tardé tres años en hacer el mural y jamás nadie me impuso ni me cuestionó nada. Hice lo que quise. Milagro.

Pintó al pueblo mirando a los legisladores a los ojos. ¿Es un mensaje a la clase dirigente?
Puse a la mujer en primer plano, cosa que en los cuadros de Historia no ocurre. Y no quise poner próceres: hicieron lo que tenían que hacer y ya está, tienen su monumento. Por eso puse a los próceres actuales, que para mí son anónimos: están trabajando en una pequeña fabriquita tratando de salir adelante, luchando en distintas partes por defenderse de la burocracia que trabaja con otros fines y obstaculiza. Son héroes, el verdadero motor del país. Incluso creo que, si no hubiera gobierno, y sin estos políticos, el país seguiría funcionando. Los legisladores se supone que son los representantes del pueblo, pero más de una vez van en su contra.

La inseguridad es una cosa pavorosa. Y ver que no se toman medidas, también. Necesito una Justicia que sea justa: que el que viola o mata vaya preso toda la vida, no tres años.

También Macri lo convocó para que hiciera un mural en la ciudad de Buenos Aires.
Fueron ploteos de obras mías para la estación de subte de mi barrio, Flores. Macri fue atentísimo conmigo. Pero el pedido vino de los vecinos.

¿Y para el kirchnerismo todavía no hizo ninguna obra?
No, por ahora nada. No porque yo haya hecho algo para no hacerlo.

Vi una foto suya con Lilita Carrió...
Es una persona que me atrae. La conozco personalmente, y he tenido con ella diálogos maravillosos. Coincidimos en muchos almuerzos en casa de amigos, pero jamás la oí hablar de política. Hemos conversado mucho de religiones comparadas, psicología, filosofía religiosa. Es una persona de una enorme percepción y adivino en ella un ideal, que no sé si es practicable. Tiene sueños éticos, está tomada por eso y es algo que me atrae. Después, si los practica, cómo y con quién, no sé. Hablo de la persona que conozco y que, en ese plano, es admirable.

Hizo el mural de la torre de BankBoston en plena crisis de 2001. ¿Influyó esa coyuntura en su obra?Fue como atravesar un círculo de fuego sin quemarme. Trabajé cuatro años en el edificio de Catalinas, diseñado por César Pelli. Fue en el año 2001: mientras todo explotaba, yo seguía pintando el mural, encerrado, porque lo pinté adentro del banco directamente. Nunca tuve la mínima presión ni obstáculo, nadie intervino en mi trabajo. Pero en el peor momento de los estallidos me dijeron: ‘Váyase a su casa porque esto está muy peligroso’. Estaba parado en el centro del terremoto, pero no me tragó la tierra. Sin embargo, me fue muy difícil pensar que estaba pintando en ese lugar como si nada pasara, me preguntaba qué hacía ahí... Y esa contradicción me tuvo muchas noches sin dormir. Pero el tema del mural era un homenaje a la ciudad, y estaba en mí hacerlo como lo sentía: por eso habla del año ‘30, de mi niñez y mi Buenos Aires. Pude haberme quedado en Europa cuando era joven, pero elegí quedarme en mi rincón. Y estoy muy contento de estar acá, con todo lo que pasa.

Después del trabajo para la Legislatura santafesina, su salud se resintió. ¿Somatizó la reflexión sobre la patria?
Sentí que necesitaba una afirmación porque sentí que el país se desgranaba. Quise decir lo que siento. Y me entusiasmé tanto que no le llevé el apunte a la columna ni nada. Terminé y caí seco: depresión, insomnio, dolor de vértebras. Ahora voy todos los días a la pileta, hago kinesiología. Mi pensamiento: soy viejo para ser más libre.

¿Es también más libre en términos políticos?
No creo cuando alguien viene a decirme ‘esto está bien’ por el solo hecho de tener una pertenencia política, cuando estoy viendo que está mal. No pongo la idea por encima del ser. Sino, la vida pasa a ser un encasillamiento. Y odio las etiquetas. Odio la pertenencia política sin crítica ni autocrítica. Creo solamente en los valores humanos permanentes.

¿Cuál es la función política del arte hoy en la Argentina?
El arte, desde el origen, tiene la función de simbolizar lo que el hombre desconoce. Percibimos la realidad y la nombramos porque podemos representarla. El hombre de las cavernas pinta al bisonte y, al simbolizarlo, lo domina, lo nombra, lo hace propio: ya no es un ente informe que produce miedo, se vuelve familiar. Cada cosa que conocemos ha tenido que ser simbolizada para luego poder ser nombrada. Y la palabra es también un dibujo: es uno de los inventos más elevados del hombre, porque le ha dado el conocimiento de lo que lo rodea. Épocas como la nuestra, en las que se tiende a dejar de lado el dibujo, coinciden con estadíos de decadencia en los que conviene que el ser humano pierda identidad. Olvidamos los símbolos, nos achicamos en el lenguaje, en el pensar, en el dibujar y en todo lo que nos permite conocer el mundo. Y el hombre se transforma en número, en masa manejable. El secreto de supervivencia de la sociedad está en la educación.


EL NÚMERO UNO

Por Ignacio Gutiérrez Zaldívar, Director de Galería Zurbarán

“La Argentina ha dado grandes artistas que tienen en Europa la fuente de sus raíces. La mayoría de nuestros creadores estudiaron en el Viejo Continente y han sabido observar a los grandes del arte internacional: algunos lo hicieron gracias a becas y otros, en busca de la armonía y la belleza. Guillermo Roux mamó primero las raíces de nuestra tierra, gracias a un padre que era un dotado dibujante, y también porque se radicó en Jujuy y vivió la intimidad de la nobleza y sinceridad de sus habitantes. Pero, sin duda, sus estudios en Roma marcaron a fuego su vocación por la belleza. Es normal que se destaque la calidad del dibujo, del color o de la composición en la obra de un autor. Pero que en uno solo encontremos la excelencia, no es habitual.

Guillermo es uno de los grandes maestros de las últimas décadas que quedan en el mundo. Es un artista genial, con un dominio completo de todo lo relacionado con las artes plásticas. Y, como es un hombre culto y brillante, en los últimos años ha creado y nos ha dado obras públicas para el goce de todos. Pienso en su homenaje a Buenos Aires que se encuentra en el lobby del primer edificio que realizó César Pelli en nuestro país, en Catalinas, y que hoy es la sede del banco chino ISBC. También, en su homenaje a la Constitución, que se encuentra en la Legislatura de Santa Fe. O en la gran obra que brilla en el Palacio Duhau - Park Hyatt Hotel de Buenos Aires. Y también sus obras se pueden ver en la estación Flores del subte porteño. Roux sabe que una obra está viva cuando los demás podemos dialogar con ella, por eso el afán y esfuerzo puestos en ello.

Es un placer visitarlo en Martínez, en esa casa y taller que comparte con su musa, Franca. Allí, luego de algún whisky –nuestra bebida preferida–, veo sus nuevas obras, dibujos y pinturas, donde el silencio y el espacio se dan la mano. Un lugar aparte merecen sus acuarelas: creo que, junto con John Singer Sargent, Anders Zorn y nuestro común amigo Juan Lascano, Roux es el más grande acuarelista de la actualidad en el mundo. Y es curioso que, siendo la técnica más difícil del arte, este mago la manifieste como la más sencilla. José Hernández decía: ‘No pinta quien tiene ganas, sino quien sabe pintar’. Pintores son muchos; artistas, unos pocos; y genios, se conocen a cuentagotas. Roux es, sin duda, un genio. Brindo por su honor y gloria”.



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