Historias inspiradoras de las pioneras en su ámbito
Mujeres que hacen

Historias inspiradoras de las pioneras en su ámbito

En las últimas décadas, las argentinas lograron importantes conquistas en lo laboral, político, académico y social. Protagonistas en áreas como la ciencia, la tecnología, el deporte y la acción social.

Por María Gabriela Ensinck 22 de Abril 2014

 

 

Las mujeres son más de la mitad más uno de la población argentina (51,3 por ciento, según el censo de 2010). Y, pese que aún hay mucho por mejorar, en las últimas décadas hubo significativos avances en términos de igualdad de oportunidades y acceso a posiciones de liderazgo. Que la primera mandataria de la Argentina sea una mujer no es un dato aislado, más aún cuando, por estos días, son cuatro las presidentas latinoamericanas: Cristina Fernández de Kirchner, Dilma Roussef, en Brasil; la saliente Laura Chinchilla, en Costa Rica; y la recientemente reelecta Michelle Bachelet, en Chile. Sin embargo, la cotidianeidad femenina sigue mostrando enormes contrastes: en el país, más del 50 % de los pobres son mujeres, y entre ellas el desempleo suele ser mayor que entre los varones.

Y aunque es cada vez más frecuente ver a emprendedoras y directivas de empresas, sus ingresos están por debajo de los de sus pares masculinos. Además, en algunos ámbitos, como las ciencias duras (Física, Matemática, Ingeniería), ellas siguen siendo minoría. Pero en otros, como las organizaciones sociales y educativas, se destacan como imprescindibles. Aquí, historias de mujeres que eligieron ser protagonistas.

Y también lavan los platos

En los ‘90, la entonces flamante bioquímica Fabiana Drincovich era becaria del Conicet en Rosario, mientras estudiaba Farmacia para tener un plan B. Eran tiempos difíciles para los científicos argentinos, a quienes cierto ministro de Economía había mandado a lavar los platos ante el reclamo de mayor presupuesto. Pero Fabiana necesitaba mucho más que aferrarse a una estrategia de supervivencia: quería seguir investigando. Cursó un doctorado en Ciencias Biológicas en su ciudad, luego consiguió una beca para posdoctorarse en los Estados Unidos y más tarde volvió a Rosario para embarcarse en un proyecto de “mejoramiento y mayor vida poscosecha” en frutas, junto a profesionales del Centro de Estudios Fotosintéticos y Bioquímicos y del INTA.

undefined

Investigación. Fabiana Drincovich era becaria del Conicet y luego recibió el Premio L’Oreal a la Mujer en la Ciencia 2013. Foto: Clase Ejecutiva.

Por ese trabajo, que amplía las posibilidades de exportación de los productores frutales, obtuvo el Premio L’Oreal a la Mujer en la Ciencia 2013. “Estudiamos el metabolismo del durazno, buscando determinantes que posibiliten su mayor duración para que llegue al mercado en óptimas condiciones y conservando su valor nutricional”, explica la científica. La investigación llevó 10 años “y continúa, porque cada vez que descubrís algo, eso te motiva a seguir indagando”, dice la también docente en la Universidad de Rosario y mamá de tres preadolescentes de 12, 13 y 15 años. “Creo que las mujeres nos acostumbramos a pensar en varias cosas a la vez: el trabajo, los horarios de los chicos y la casa. Cuando estaba embarazada pensé que no iba a poder hacer todo, pero después, si te organizás, podés”, afirma.

“No me imaginaba de qué trabajaban los físicos”, confiesa Florencia Pascual Winter, hoy en el laboratorio de Fotónica y Optoelectrónica del Conicet en el Instituto Balseiro del Centro Atómico Bariloche. Tal vez por eso, al terminar el secundario se anotó en Ingeniería Química en la UBA. “Pero me gustaban más las materias de Física, y me cambié”. Dos años más tarde se postuló para entrar al Instituto Balseiro, al que sólo se accede con una beca y tras sortear un estricto examen. Florencia pasó la prueba y se fue a vivir a Bariloche en 2001, donde cursó la licenciatura y luego el magíster en Física, alternando su estadía en la ciudad patagónica con estudios en la Universidad París VI, en Francia.

“Creo que las mujeres nos acostumbramos a pensar en varias cosas a la vez: el trabajo, los horarios de los chicos y la casa. Cuando estaba embarazada pensé que no iba a poder hacer todo, pero después, si te organizás, podés”, afirma Drincovich.

A comienzos de este año, por sus investigaciones en el terreno de la física cuántica, obtuvo un premio de la Comisión Internacional de Óptica y el Centro Internacional de Física Teórica, en Trieste, Italia. Su trabajo se relaciona con “la posibilidad de extender el tiempo de almacenamiento de la información en memorias cuánticas, que se aplicarían en una nueva generación de computadoras. Quiero implementar lo que aprendí e iniciar una nueva línea de investigación en Bariloche. Hay pocas mujeres físicas: es una actividad demandante y, cuando llega la maternidad, nosotras nos tomamos licencia mientras ellos siguen investigando. Esto debería considerarse a la hora de las evaluaciones y promociones”, demanda la joven investigadora.

Ser minoría no es ser menos

Hoy, las mujeres representan más del 50 % de la matrícula universitaria. Sin embargo, en las carreras de Ingeniería, ellas siguen siendo minoría (entre un 2 % y un 12 %, según datos de la Universidad Tecnológica Nacional). Tal vez por eso, la ingeniera eléctrica Leila Tajani se acostumbró a ser vista como una rara avis en una carrera donde, de 400 alumnos, sólo 8 son chicas. “Muchos confunden Ingeniería eléctrica con electrónica: la primera trabaja con grandes potencias, buscando cómo generar, transportar y distribuir la energía; la segunda se enfoca más en la electricidad aplicada a dispositivos electrónicos y de comunicaciones”, aclara los tantos. La vocación ingenieril surgió en ella temprano: “Me gustaba jugar con muñecas, pero también con los kits electrónicos que traía mi papá, que es ingeniero electromecánico”. Pero no fue esa la carrera que eligió en un principio. “Cursé el bachillerato en un colegio religioso y, como tenía facilidad para Física y Matemática, hice el profesorado en esas disciplinas. También estudié música en el conservatorio. Después, me anoté en la UTN. Era más grande que el resto de mis compañeros, y la única mujer”. cuenta.

undefined

Una entre mil. Durante la carrera, Tajani se acostumbró a ser una de las ocho chicas cursando entre 400 alumnos hombres. Foto: Clase Ejecutiva.

Para Leila, actualmente docente y secretaria académica de la carrera de Ingeniería Eléctrica en esa casa de estudios, “a veces las mujeres sentimos que tenemos que destacarnos, no por nuestra condición femenina, sino como estudiantes y profesionales, y por eso nos exigimos más”. Una de sus preocupaciones es la falta de vocaciones para carreras que hoy tienen una alta demanda laboral: “Me gustaría que hubiera más estudiantes, y sobre todo más chicas, porque la Ingeniería te da un enfoque práctico y de resolución de problemas que, sumado a las habilidades de comunicación, te brinda una amplia inserción en el mercado laboral”.

Si hay un ámbito tildado de poco femenino es el de los fierros. Pero a Alicia Reina, la primera argentina en correr el Dakar, eso no le importó. “Manejo desde los 11 años, y a los 15 mi papá ya me prestaba el auto”, cuenta desde 25 de Mayo, La Pampa, donde atiende su ferretería. “Siempre me gustaron los autos y la velocidad, pero no empecé a competir hasta después de tener a las nenas”, comparte esta mamá de dos jóvenes de 18 y 21 años. Alicia empezó a correr en el Rally Argentino junto a su marido, en 2007, y salió tres veces campeona. “Tratamos de hacerlo profesionalmente, pero lo nuestro es siempre a pulmón”, admite. En enero pasado fue una de las 9 mujeres (y la única argentina) entre los casi 700 competidores del Dakar. Había empezado a prepararse un año antes: el esfuerzo físico, psicológico y económico para llegar a la competencia fue enorme. Por eso, junto a su familia organizaron rifas para recaudar fondos, ya que la inversión que demanda participar en la prueba supera el millón de pesos. “Hubo momentos difíciles, como en la etapa Chilecito-Tucumán, con altísimas temperaturas y sin aire acondicionado en la cabina. Para colmo, se nos había volcado el bidón de agua. Pensé que si apretaba el botón rojo me iban a venir a buscar, pero no quería abandonar... Finalmente, cuando llegamos a la meta, en Valparaíso, la emoción fue absoluta. Fue una experiencia inigualable. Más allá de que terminé en el puesto 60 entre 157 de mi categoría, para mí llegar fue ganar”, asegura.

Dolor esperanza

El mundo de Viky Viel Temperley –mamá de 6 hijos, profesora de gimnasia, esposa de un arquitecto– se desplomó un día del año 2000 en que su hijo Santiago, de por entonces 15 años, enfermó de cáncer. Le siguieron dos años de agonía, en los que “dejamos de trabajar y nos fuimos a vivir al hospital. Aprendimos a hacer sondas, curaciones, autorizaciones administrativas: hacíamos lo que podíamos para no volvernos locos”, cuenta. Santiago falleció en 2002. Para entonces, el matrimonio había perdido también la casa. Pero había descubierto la solidaridad de la familia, los amigos y la comunidad del colegio Juan XXIII, de Boulogne, que les otorgó becas, organizó campañas de donación de sangre y los acompañó visitando a Santiago hasta el último de sus días.

Si hay un ámbito tildado de poco femenino es el de los fierros. Pero a Alicia Reina, la primera argentina en correr el Dakar, eso no le importó. 

Fue de aquella experiencia que Viky sacó fuerzas para crear algo nuevo: la Fundación Donde Quiero Estar, que ayuda tanto a pacientes con cáncer como a sus familiares a transitar la enfermedad de una mejor manera, a través de actividades artísticas, corporales y de autoayuda. “Al principio no sabía qué hacer con mi dolor. Después, me di cuenta de que mi misión en el mundo era ayudar a otros que sufren. Antes de que mi hijo enfermara, yo hacía psicoprofilaxis para el parto. Quise retomar después de su muerte, y me fui con un proyecto al Hospital de Clínicas. Me equivoqué de piso y dejé mi proyecto en Oncología”, recuerda. El director del área de Salud Mental se entusiasmó con la propuesta y la llamó al día siguiente. Fue ahí cuando Viky descubrió el equívoco. Pero ya estaba donde, en realidad, quería estar... “De pronto, me vi poniendo música en la sala de quimio, donde los pacientes se olvidaban por un rato de las náuseas y el miedo para hacer algunas flexiones de brazos y de piernas. Con una de mis hijas, llevamos pinturas y papeles para poner un poco de color y poesía a aquella sala gris”.

Pasaron 7 años. En el interín, su marido falleció también, de infinita tristeza. Viky se sintió caer otra vez. Y volvió a levantarse. Actualmente, su fundación organiza talleres en tres hospitales públicos y en una sede propia en Belgrano. La acompañan sus hijos y 63 voluntarios, que donan 3 horas por semana para dar clases de música, gimnasia, pintura, sesiones reflexología o psicoterapia. “Hoy la Fundación tiene vuelo propio. En algún momento tendré que dejarla ir, darle espacio a otros para que hagan. Será otro duelo, pero lindo esta vez”.



¿Te gustó la nota?

Comparte tus comentarios

Sé el primero en comentar

Videos

Notas Relacionadas