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Por qué los emprendedores experimentan la felicidad

Por Andy Freire 09 de Enero 2015

 


“No hay desarrollo sin felicidad”. Esta frase la dijo el presidente uruguayo José Mujica –refiriéndose estrictamente a la cuestión medioambiental, pero con resonancias que nos permiten pensar mucho más allá– en “Río+20”, la conferencia de la ONU sobre sostenibilidad que tuvo lugar en Brasil en el año 2012. Su exposición fue una de las más recordadas y terminó así: “No venimos al planeta para desarrollarnos solamente. Venimos al planeta para ser felices. Porque la vida es corta y se nos va. Y ningún bien vale como la vida”.

Existe un tipo de iniciativa emprendedora que representa muy fielmente eso a lo que se refería Mujica en aquella oportunidad. Al menos a sus conceptos más importantes: desarrollo, sostenibilidad y felicidad. Tres ideas que considero que se entrelazan de un modo genuino cuando hablamos de un universo fundamental pero que generalmente tienen poca visibilidad: el ecosistema de estímulo al microemprendimiento.

El porqué tiene que ver con un encadenamiento de situaciones y posibilidades que se activan en el proceso en el que una persona que siente que está excluida del sistema descubre que, con el apoyo adecuado, puede tomar el control de su vida. Que puede generar las herramientas necesarias para construir con autonomía su propio destino. Es que emprender es mucho más que crear una empresa u organización: es cumplir un sueño, es crecer, es integrarse, es formar comunidad, es dignificarse y proyectarse.

Los microemprendedores representan los valores más nobles y deseables de una sociedad que busca expandirse e incluir a todos sus miembros en ese camino, y lo hacen porque encarnan el desarrollo en su más perfecto estado. O sea, cuando consigue serlo sostenible en el tiempo.

Una persona que recibe impulso y herramientas para armar su proyecto no recibe un trabajo. Recibe la oportunidad de generarlo y, a la vez, de multiplicarlo. Estimular a un pequeño emprendedor es impulsar al entorno en el que vive y es, como dije antes, hacerlo de forma sostenida. Esa capacidad, ese empoderamiento, produce que el emprendedor sea un individuo capaz de experimentar grados de libertad extremadamente altos. Y una persona que se desarrolla y se siente libre con certeza será plena. 

Esto no es una simple especulación que viene de alguien que, lógicamente, tiene una visión sesgada sobre el mundo emprendedor. Existen estudios que lo demuestran. De hecho, de acuerdo con el Informe Global Entrepreneurship Monitor (GEM) 2013, los emprendedores de todo el mundo mostraron las calificaciones más altas en su percepción de bienestar personal general en comparación con las personas que no participan en actividades emprendedoras. Claramente, impulsar un proyecto propio escapa a lo meramente laboral o económico.

La economía social se trata de eso, de ser una usina de posibilidades. Un motor de cambio que se mueve en espiral exponencial. Los gobiernos, las organizaciones no gubernamentales, los movimientos sociales y los demás actores que trabajan generando los entornos necesarios para favorecer a lo microemprendedores, no trabajan sólo para mejorar la economía: lo hacen, fundamentalmente, para mejorar la vida de las personas. Para empujarlos al sendero de su propia felicidad. De su plenitud. Y, como bien dice Mujica, de eso se trata, de vivir. Y de hacerlo con intensidad. 



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