Malas palabras
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Malas palabras

En Economía, erradicar algunos términos será más fácil cuando las realidades que evocan no estén ahí, a cada instante. Por Tristán Rodríguez Loredo 14 de Julio 2014

 

 

En noviembre de 2004, en el marco del Congreso de la Lengua celebrado en Rosario, su hijo dilecto, Roberto Fontanarrosa, dio su célebre alocución en defensa de la correcta utilización de las denominadas “malas palabras”. Su núcleo: no existen en sí mismas, sino en relación a su contexto y los usos y costumbres del lugar. En esto, había una parte de la biblioteca que erige una muralla contra la contaminación del lenguaje. Y otra, que prefiere el régimen de puertas abiertas hacia el cambio y los usos convencionales que mutan cada día.

¿Hay cosas que, como las malas palabras, no se pueden, siquiera, mencionar, aunque describan, acabadamente, una realidad? Durante bastante tiempo –quizás, demasiado–, parte de la sociedad se negó, sistemáticamente, a reconocer algunas cosas que no funcionaban bien. Es comprensible. Nunca es agradable pinchar el globo y menos, si se trata de una heterodoxa combinación de crecimiento a tasas chinas, desendeudamiento con el FMI, reactivación de la industria nacional, promoción de las inversiones, baja abrupta del desempleo, inclusión jubilatoria, asignación universal por hijo, recaudación fiscal record y superávits mellizos.

FMI

FMI. El organismo fue fuertemente cuestionado por el kirchnerismo. Foto: Archivo Apertura.

Todo este cóctel, que cimentó las victorias electorales de 2005, 2007 y 2011, inducía a pensar en un futuro mejor para siempre y para todos y todas. La realidad se encargó de ir desnudando muchos de estos fundamentals del modelo K. La Argentina ya es una economía de baja performance en la región; los indicadores sociales dejaron de mejorar, como en el primer tramo de la década transcurrida; la inversión privada se desplomó; y el Estado tuvo que oficiar de inversor y empleador de última instancia... Aunque, a muchos, les agradaría que fuera el de primera. Con un agravante: la productividad de la mano de obra y capital adicional “estatizado” lleva la carga de la prueba de demostrar que, al menos, iguala al privado.

Como todo sistema económico tiene sus propias válvulas para aliviar presiones, luego de la estruendosa victoria de 2011, el tipo de cambio ofició de canal aliviador. Pero, esta vez, el combo de índices maquillados y competitividad menguada por la inflación presionó sobre el dólar para desembocar en un sistema de control de cambios. Sin embargo, como la inflación no existía, un homenaje setentista al plan Gelbard de “Inflación cero”, la verba nacional y popular se pobló de términos como “dólar ilegal”, “especulación cambiaria” y “operadores destituyentes”.

¿Hay cosas que, como las malas palabras, no se pueden, siquiera, mencionar, aunque describan, acabadamente, una realidad?

Otro concepto que cayó rápidamente en el Index K es el de la emisión monetaria como “culpable” de la suba de precios. Mercedes Marcó del Pont, quizás, tiene el raro privilegio de ser una presidenta de un Banco Central que cultivó la teoría que la emisión monetaria está desvinculada de la inflación. En ese puesto, generalmente, va un celoso guardián de la estabilidad de precios.

Guillermo Moreno fue un secretario de Comercio que no creía en las bondades del intercambio libre como motor de asignación de recursos. Su nombre se pega a algunas “buenas palabras” que, hoy, se miran distinto: restricciones cualitativas, permisos de importación, cuotas de exportación, balance uno a uno. Casi todo, por teléfono y sin papeles firmados. Ricardo Jaime abominó y degradó el transporte público, fomentando, de hecho, el traslado por camión en las rutas y en autos, en las grandes ciudades. Julio De Vido no planificó y la crisis energética estalló, con el consecuente déficit de intercambio y corrección abrupta de precios (“tarifazo”, otra mala palabra).

El lenguaje no es neutral y las palabras elegidas (o las descartadas), menos. Intentar erradicar del vocabulario la inflación, la desocupación, la desinversión, la repitencia escolar, la inseguridad ciudadana, la corrupción... será mucho más fácil cuando las realidades a las que evocan no estén presentes a cada instante. Mientras tanto, se convertirá en una ímproba tarea análoga a evitar que las hinchadas coreen las palabras correctas, en lugar de las oportunas de rigor. 



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