Andy FREIRE COLUMNISTA
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“Lo que recuerdo, tengo”

Por Andy Freire 19 de Mayo 2014

 

 

Esa frase, que pertenece al escritor brasileño João Guimarães Rosa, expresa, de un modo contundente, una verdad: que, paradójicamente, solemos olvidar. Manifiesta el valor fundamental de nuestra capacidad de memoria. De recordar nuestras experiencias, no por el hecho del ejercicio en sí, sino porque esa acción, entre otras cosas, define quiénes somos. 

Pero mi pretensión no es entrar en debates filosóficos. Es mucho más llana: rescatar la importancia de la
memoria para un emprendedor. ¿Y por qué lo quiero hacer? Porque, en los últimos años, se generó una especie de corriente que tiende a subestimar la virtud del memorioso. ¿El argumento? Que resulta obsoleto el hábito de acumular datos en nuestro cerebro cuando tenemos en el bolsillo a Google o Wikipedia.

Y no es especulación. Muchos –por no decir la mayoría– de los que leen estas líneas, seguramente, experimentaron aquella sensación de acordarse cada vez menos de las cosas. Se pierden nombres, cifras, lugares, citas, momentos... La tranquilidad de tener a mano un océano de información nos relaja y preferimos consultar, antes que hacer el esfuerzo por recordar. El abandono del ejercicio de la memoria es, casi, inconsciente.

Sin embargo, caemos en un error o, al menos, en una simplificación. Es que, cuando tomamos esa actitud,
partimos del supuesto de que la memoria fue sólo diseñada para recordar nombres, contraseñas o encontrar el auto en el estacionamiento. Pero no es así. Sirve, especialmente, para trabajar en contexto. Para vincular las experiencias con inteligencia. Tener buena memoria ayuda a combinar ideas dispersas para encontrar soluciones nuevas. Sin ella, la innovación sería imposible.

Lo que recuerdo, tengo... porque, a partir de ahí, construyo. En 1869, un fotógrafo e inventor llamado Thomas
Adams, quien vivía en Nueva York, tuvo un recuerdo que le cambió la vida. Durante un tiempo, fue vecino
de Antonio López de Santa Anna. Este hombre –un político mexicano– solía masticar un tipo de goma que había traído de su país, llamado tchiclé. Era una resina de un árbol que crece en la península del Yucatán. Un dato que, a Adams, le resultó curioso. Bastante tiempo después, este fotógrafo fue a una farmacia y vio que vendían un palo de algún material duro, que una mujer había comprado y masticaba felizmente. En seguida, recordó a su vecino y se le ocurrió una idea. Consiguió una muestra del tchiclé mexicano y creó una versión con sabor. La cortó en tabletas, les puso papel de colores y listo. Así había nacido la empresa de chicles más famosa del mundo. Todo, por un recuerdo preciso en el momento correcto. 

La memoria implica un proceso, una serie de acciones: codificar, almacenar y recuperar. Es por eso que, también, recordando se aprende y se comprende. Un emprendedor que desprecia la memoria lo hace, además, con la posibilidad de toparse con nuevas soluciones a viejos problemas. Pone barreras a su plena capacidad para pensar con dinamismo. Es que no me cabe ningún tipo de dudas y, por eso, lo repito: recordar no es sólo traer al presente un dato del pasado. Es, al mismo tiempo, innovar. Porque –y recurro, nuevamente, a la Literatura–, como bien dijo Lewis Carroll, el autor de “Alicia en el País de las Maravillas”: “¡Qué pobre memoria es aquella que sólo funciona hacia atrás!”.



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