Andy FREIRE COLUMNISTA
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La suerte del campeón

Por Andy Freire 11 de Abril 2014




Existe un dogma futbolero –podríamos decir que bastante Bilardista– que establece que un porcentaje, en principio menor, de los factores que llevan a un equipo a salir campeón está ligado a un hecho más cercano al esoterismo que al deporte: la suerte. Según este criterio, todos los equipos que alcanzan la cima deben tener una cuota de ella. Esto que es algo explícito en esa disciplina también ocurre en el mundo emprendedor de modo soslayado. 

¿Quién nunca escuchó frases tales como “lo logró por un golpe de azar” o “tuvo más suerte que estrategia”? Esta idea siempre me resultó un tanto molesta. Creo que es porque, intuitivamente, siento que esconde un grado de injusticia elevado. Decir que alguien alcanzó un logro por “pura suerte” es casi lo mismo que decir que lo hizo a pesar de sí mismo.

La suerte, de hecho, es definida como un evento que ocurre más allá del control de uno, sin importar la voluntad propia, la intención o el resultado deseado. Sin embargo, la mayoría de nosotros creemos en ella. Gallup hizo un estudio en los Estados Unidos en el cual preguntó a 1000 personas si eran supersticiosas. El 53 por ciento afirmó ser al menos un poco y el 25 por ciento ser algo o mucho. O sea, el 78 por ciento de los encuestados admitieron que existen factores externos, y sin lógica, que inciden sobre la buena o mala fortuna de sus vidas. 

Decir que alguien alcanzó un logro por “pura suerte” es casi lo mismo que decir que lo hizo a pesar de sí mismo.

He discutido muchas veces este tema en charlas con emprendedores pero nunca tuve argumentos fácticos suficientes como para exponer con contundencia mi punto: la suerte se construye. Sin embargo, hace relativamente poco me topé con un estudio muy interesante que me aportó bastantes datos para ilustrar esta noción. 

El trabajo es de un académico inglés llamado Richard Wiseman, quien durante 10 años se dedicó a investigar el fenómeno de que unas personas tengan –o crean tener–mejor suerte que otras. Convocó a 400 personas y las dividió en dos grupos, los que se consideraban con buena suerte y los que no. Estudió sus comportamientos, sus rutinas y sus reacciones. Hizo pruebas de todo tipo, incluso ejercicios de los más sencillos. 

Por ejemplo, le entregó a cada participante un diario y les pidió que contasen el total de fotos que contenía. Las personas que se consideraban afortunadas tardaban sólo unos segundos en terminar el ejercicio; los que no, tardaban un promedio de dos minutos. La razón era que el primer grupo veía casi de inmediato un anuncio de página entera que decía: “Hay 43 fotografías en este diario. Deje de contar”, mientras que los que se creían menos afortunados ni lo registraban, estaban enfocados en contar las fotos de cada página. La tensión y
ansiedad que la tarea les producía les generaba temor a equivocarse y les impedía ver el letrero. Este, y muchos otros estudios, hicieron que Wiseman llegara a la conclusión de que la suerte no existe como la entendemos.

Ella no es un lugar mágico o resultado de la casualidad. Tampoco existen personas que hayan nacido con más o menos. Lo que llamamos suerte es el resultado de una serie de pensamientos y comportamientos generados a través de un conjunto de actitudes básicas: capacidad de crear y notar oportunidades que se dan por casualidad, capacidad de tomar decisiones escuchando la propia intuición, capacidad de crear profecías
autocumplidas a través de expectativas positivas y de adoptar una actitud resiliente frente a hechos negativos.

Básicamente, la suerte está en hacer de ella lo contrario a lo que postula su definición. No es producto del fortuito, sino de una construcción interna. De una actitud frente a las oportunidades y las dificultades. De estar siempre abierto a la realidad, ya que es lo que nos permite ver lo que hay, y no sólo lo que estamos buscando. Esto, para un emprendedor, es fundamental. Es lo que genera un círculo virtuoso positivo. De acción y maximización de las situaciones que se presentan, ya que de eso se trata emprender.

De encontrar soluciones con las herramientas que da la realidad frente a los problemas que ella misma presenta. Es una búsqueda en la que hay quienes pueden encontrar más que otros, y en eso la actitud es determinante.

Otra investigación demostró que, curiosamente, los atletas olímpicos que ganan las medallas de bronce son más felices que los que ganan las de plata. Éstos se centran en la idea de que si hubiesen tenido apenas un mejor desempeño, los esperaba el oro. Los medallistas de bronce, en tanto, se centran en la idea de que por poco se quedan sin nada. Éstos se consideran suertudos, los otro no. El relativismo en torno a la suerte es tal, que invierte el orden de lo lógico. Por eso el consejo es simple: para ser campeón, mejor, no tener suerte. 



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