Elena y la sociedad de las expectativas rotas
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Elena y la sociedad de las expectativas rotas

15 de Abril 2013




Hace algunos meses, vi una película rusa que se estrenó en 2011 y que se llamó “Elena”, dirigida por Andrey Zvyagintsev. La historia narra algunos días en la vida de esa mujer y de su esposo, Vladimir. Ambos, de más de 70 años, casados hace dos y con hijos de matrimonios anteriores. Vladimir era un hombre de negocios. Muy rico. Elena, en cambio, una enfermera de clase baja. Hasta allí, ningún problema. Pero esa tranquilidad aparente se interrumpió cuando el hijo de ella necesitó dinero de forma urgente. Dinero del que Elena no disponía pero sí su esposo, quien se negó, sistemáticamente, a facilitárselo. La situación se complicó cuando Vladimir sufrió un paro cardíaco, a raíz de lo que le comunicó a su esposa: que, en su testamento, le dejó toda su fortuna
a su única hija y, a ella, sólo una pensión. No parecía una situación injusta.

Sin embargo, Elena se sorprendió y se frustró, frente a algo que consideraba inesperado. Por eso, tomó una decisión extrema. Para no arruinarle la sorpresa a nadie, sólo diré que rompió –de un modo bastante radical– su sociedad matrimonial. Tranquilos, no están leyendo una crítica de cine. Ésta sigue siendo una columna sobre emprendedurismo. Entonces, ¿por qué estoy hablando de una película? Porque, al ver lo que sintió Elena, vi reflejadas dos de las situaciones más comunes que los emprendedores atraviesan al comenzar una sociedad: la divergencia de expectativas y el exceso de informalidad a la hora de explicitarlas. 

Es que la mayoría de los proyectos surgen como un matrimonio entre dos o más personas. Una sociedad entre amigos, compañeros de trabajo, de estudio o familiares. Sociedades que nacen, principalmente, a partir de sentimientos como la confianza, la afinidad, la simpatía que, en algún punto, se convierten en argumentos suficientes para proyectar la relación a un campo diferente: el de los negocios. Es el famoso afecto societario, tan determinante para cualquier tipo de unión. Sin embargo, el error de muchos emprendedores consiste en sobredimensionar la fuerza de ese vínculo, depositando una excesiva confianza en él.

"Lo conozco hace muchos años”. “Nos tenemos mucha confianza”. “Somos grandes amigos”. Son sólo algunas de las frases que me tocó escuchar al respecto. Todas, excusas para evitar el sinceramiento de los temas más conflictivos de una incipiente relación comercial. Se relativiza lo obvio, se evita ser explícito y se posterga para un futuro lo que se debe pautar hoy. “Cuando surja ese problema, lo charlamos”, el primer indicio de la divergencia de expectativas queda plantado. Elena estalló por eso. Por 
considerar evidente algo que, para su “socio”, no lo era. Por no definir, desde el primer momento, algo que sería impostergable establecer después.

En ese trayecto –entre el momento que debía ser hablado y en el que, realmente, se habló–, las expectativas de cada uno transitaron caminos tan distintos que, al final, un acuerdo fue imposible. A veces, creemos que las cosas se aclararán y definirán sobre la marcha. Eso es, lisa y llanamente, una ilusión. La acción no hace más que complejizar las situaciones. Es fundamental expresar las expectativas de lo que se pretende antes de sellar cualquier tipo de acuerdo. “¿Qué esperás de la sociedad?”.

Ésta y todas las preguntas que se desprenden de esa sentencia deben ser exploradas en profundidad antes de dar el sí. Pero el intercambio no debe reducirse sólo a una charla. Hay que evitar las informalidades. Todos tendemos a escuchar lo que queremos escuchar y a recordar lo que nos conviene de eso que quisimos escuchar. El valor de la palabra es importante en una sociedad. Pero no suficiente. Un acuerdo que no está escrito no es un acuerdo. Puede ser incómodo. Pero expresar en un papel, y de manera inequívoca, las expectativas y lo pactado en relación a ellas es la manera más segura de cuidar lo que creemos que cuidamos cuando evitamos hacerlo: la relación con un socio. Esto es una realidad cotidiana para el emprendedor.

Más del 90 por ciento de las empresas tiene dos o más fundadores y es necesario que así sea. El porcentaje de éxito de quienes emprenden en conjunto es significativamente mayor al de quienes lo hacen en soledad. Sin embargo, eso no quita que la tasa de fracaso todavía sea alta y, por ende, también la de riesgo de terminar mal una sociedad. Riesgo que se reduce, simplemente, con un poco de diálogo y rigurosidad. Proceso que Elena omitió. Proceso que hubiese evitado otra sociedad de expectativas rotas. 

 



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