El escape ilusorio

Por Andy Freire 17 de Febrero 2014




Ya lo he dicho en estas columnas: emprender es un acto de profunda liberación, pero al mismo tiempo un proceso muy duro del que muchas veces no se tiene noción hasta que uno está lanzado. Es que existe una suerte de idealización de la vida de los emprendedores, generalmente provocada por la contra-proyección de lo que nos molesta de nuestro actual trabajo. Agobiados por la rigidez de horarios, los jefes exigentes, las responsabilidades desmedidas, o sea, por los aspectos menos populares de los trabajos en relación de dependencia, se crea una especie de “prisión mental” en donde siempre se asoma como posible salida el emprendimiento propio. Se proyecta en él todo lo que soñamos para nuestra vida: libertad, flexibilidad horaria, control de nuestro
propio destino, y se construye así una ilusión de escape. Pero si bien gran parte de esa ilusión puede ser cierta, se esconde detrás de ella una trampa una tanto perversa: la libertad emprendedora sólo se puede alcanzar si se hace una genuina elección de ese estilo de vida, y jamás se lo hará viéndola como una mera salida a una situación que nos incomoda.

O sea, una salida real pero que sólo es una real salida si no la vemos como tal. Es que, al contrario de lo que muchos creen, emprender por cualquier otra razón que no sea el goce por emprender termina por generar una situación exponencialmente peor a la que se quería escapar inicialmente. La mayor dificultad al tomar la decisión, muchas veces, pasa por ese discernimiento originario y profundo. Por descubrir si mi personalidad es compatible con lo que voy a tener que enfrentar, y si eso lo voy a poder hacer con disfrute. Pero, para eso, es necesario escapar a la idealización y tener presente aquellas cosas que no se suelen tener en cuenta a la hora de analizar la opción del proyecto propio. 

Hace un tiempo elaboré un listado al que llamé “10 cosas que nadie te dice antes de emprender”. Una suerte de alerta a situaciones que la mayoría de los emprendedores tienen que atravesar y que no suelen tener mucha visibilidad. La primera de ellas es que gran parte del éxito no pasará por ser hábil haciendo una cosa concreta, sino siendo hábil para decirle a otro lo que tiene que hacer. Ser muy bueno en una tarea específica no es, necesariamente, condición suficiente. La segunda situación que suele ser poco dicha es que con certeza no vas a tener vacaciones por algunos años. Los primeros momentos de un emprendimiento son muy demandantes, y las vacaciones son prácticamente una utopía. Otro aspecto es que tenés que estar preparado para despedir a 
algún empleado. Estadísticamente hay muchas más chances de que eso ocurra de que no. Es una situación horrible, pero que está dentro de la lógica de lo que puede suceder.

Las siguientes variables son: vas a tener que resolver problemas en los horarios en los que menos te imaginás trabajando; es más importante aprender a resolver las contingencias que a ejecutar lo que podés planear; te vas a pelear con tu socio; cuando creas que ya estás en ritmo, que sientas que tenés todo bajo control, la realidad va a cambiar y vas a tener que volver a empezar; cuando tengas una idea muy innovadora innovadora, la mitad las personas te va a decir que no sirve y la otra mitad te va a decir que sirve aunque no lo crea así; por momentos te vas a convertir en psicólogo de tu equipo de trabajo; la última, y tal vez la más probable: vas a tener que hacer todo y aprender a convivir con la incertidumbre. Emprender es seductor. En realidad, la libertad asociada a emprender lo es. Pero el camino para conseguirla es arduo y requiere de una alta dosis de realismo y autoconocimiento. Buscar en el emprendedurismo una salida a una situación adversa es, sin lugar a dudas, una falsa ilusión que lo único que hará será acercarte más a lo que estás intentando escapar.



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