El derecho digital a que nadie nos recuerde

Por Pablo Martín Fernández 26 de Agosto 2013





Todo parece dinámico en Internet: los tuits se lanzan y, minutos después, nadie los recuerda. Algo similar pasa con los posts en Facebook, las fotos en Instagram y cualquier otra manifestación pasajera de nuestra moderna vida online. Pero quedarse con esa idea superficial es una trampa. El dinamismo con que se suceden las pequeñas cápsulas de información no hace que desaparezcan. Muy por el contrario, lo que el usuario crea se mantiene online, perenne, sin fecha de vencimiento y, en muchos casos, se reproduce fuera del control de su autor original.

Así, estamos aprendiendo a vivir con la idea de que lo que se publicó nos ayudará, nos molestará o nos perseguirá por siempre. Una suerte de “Funes, el memorioso” de Jorge Luis Borges. Pero digital. Europa intenta avanzar con el concepto del “derecho a ser olvidado”. La normativa, que pretende actualizar una regulación creada en 1995, apunta a que, si el usuario lo desea, pueda pedirle a empresas como Facebook o Twitter que borren toda la información que tienen sobre ellos. La Unión Europea cree que su legislación de 1995, al no tener en cuenta a las redes sociales, buscadores y otras plataformas similares, atrasa y debe tener en cuenta al adulto que, en su adolescencia, publicó una foto que hoy no lo favorece.

La normativa contempla excepciones: no se podrá eliminar contenido periodístico, datos médicos e información fiscal, entre otros casos puntuales. La iniciativa, denominada “Data protection regulation”, que aún está en plena discusión, apunta, en su artículo 17, que las personas puedan exigirle a proveedores de servicios online que eliminen sus datos y contenidos de los sites que manejan. Si las empresas no lo hacen, serán multadas. Más allá del lobby usual en estos casos, algunos jugadores salieron a decir que esto es imposible no tanto por la información que tienen a la mano –en algunos casos, ya borran a pedido–, sino por lo que se distribuyó más allá de sus paredes.

Facebook, por ejemplo, dijo en marzo, a través de Richard Allan, su director de Asuntos Públicos para Europa y Asia, que, si un usuario lo pide borrará toda la información que tiene en sus bases de datos, pero que no se podría hacer responsable de lo que fue copiado fuera de sus servidores. Viktor Mayer-Schönberger es uno de los padres de la idea europea del “derecho a ser olvidado”.

En una entrevista con The Guardian, dijo que, si bien es posible que, si el contenido se replica, sea difícil de eliminar de toda la Web, un paso importante será verlo desaparecer de Google: “Si se borra de su base de datos y, al hacer una búsqueda de tu persona no aparecen resultados, el 99 por ciento de la gente no tendrá acceso a esa información”. Esto va en contra de la postura histórica del buscador, que suele definirse como un puente al contenido y no un destino final que puede ser borrado. El Reino Unido no está de acuerdo con Mayer-Schönberger, ni con Viviane Reding, vicepresidenta de la Comisión Europea, quien impulsa la normativa.

El Gobierno británico quiere una regulación que pueda ser modificada en cada país porque, dice, por las dificultades técnicas, será muy difícil cumplir con las expectativas que podría generar una norma así. En los próximos años, se verá qué postura prima. Pero no cabe duda de que la discusión sobre qué sucede con nuestro pasado digital llegó para quedarse y será un debate que veremos pronto en nuestras latitudes. Si me equivoco, podrá encontrar online esta nota y marcar mi error.



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