El capital: un camino entre la pasión y la razón
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El capital: un camino entre la pasión y la razón

28 de Mayo 2013




Puede parecer exagerado pero, a veces, el proceso de emprender es muy similar al del enamoramiento. Al principio, aparece una idea. Y es sólo eso: una idea, como otras que pudimos haber tenido. Luego, descubrimos que tiene algo especial, diferente a otras. Decidimos, entonces, dedicarle tiempo y le damos espacio en nuestra cotidianidad. Nos apasionamos, depositamos expectativas. Pensamos que es maravillosa y nos ofuscamos cuando alguien no puede ver la increíble oportunidad que representa. 

Por fin, llega un punto en el que miramos atrás y descubrimos que ya es parte de nuestra vida: nos involucramos emocionalmente. De repente, estamos expuestos. Ya nos importa demasiado. Es en ese momento que debemos dar un paso importante para que ella salte de la abstracción a la realidad, conseguir los fondos para materializarla. 

Tenemos que transmitir nuestra convicción a alguien más. Llega el día. Estamos en una sala de espera y la secretaria nos dice que aguardemos unos minutos. Nuestro posible inversor está del otro lado de la puerta. Aquel momento podrá ser muy relevante o totalmente intrascendente para nuestras vidas. No habrá punto medio. Nos consume la ansiedad y, en algunos casos, el miedo. El miedo de perderla a ella, por la que tanto luchamos. 

Ese temor, que se genera cuando depositamos muchas esperanzas y emociones en algo que creemos que depende de otro para concretarse, es el que provoca que algunos emprendedores se equivoquen y encaren mal una instancia tan relevante, como la de búsqueda de capital. Es que el apego desmedido por un proyecto y el temor por exponerlo nos coloca, automáticamente, en una situación de debilidad. ¿Qué hacer, entonces?

Voltear la perspectiva. “Mi proyecto, al que tanto quiero, sólo depende de mí”. Ese tendrá que ser el mantra a repetir. El proceso de búsquedas de inversiones es una instancia de beneficios mutuos. Partiendo de ese supuesto, se debe enfrentar al inversor sin miedo y con la convicción necesaria para sostener con firmeza una postura. Es verdad: tu proyecto necesita del inversor. Pero no es menos cierto que el inversor tiene la necesidad de emprender. Siempre, habrá otro inversor con deseos de apoyar tu proyecto. Existe otra dificultad. Los que aman demasiado a su idea no sólo temen exponerla, sino que, además, pierden objetividad. Se activan mecanismos de defensa, que tienden a subestimar a aquel que la cuestiona.

Se comienza a creer que es evidente lo que, en la mayoría de los casos, no lo es. Es así que, cuando estamos frente al inversor, se obvian cuestiones básicas. La principal: cuál será el beneficio específico para él. Es que, generalmente, es claro cuál es el beneficio para quien emprende. Pero no siempre lo es para quien invierte. Salirse de uno mismo es el ejercicio imprescindible que habrá que hacer para lograr que el plan de negocio sea lo suficientemente contundente para responder la pregunta más importante de todas: “¿Por qué este emprendedor tendrá éxito?”. Si esa respuesta no es clara, ninguna otra explicación tendrá sentido. Una idea, por buena que creamos que sea, no tiene la fuerza para venderse sola. En esta instancia, no hay lugar para sobreentendidos.

Todo debe ser calculado, preciso y racional. Desde la explicación de la oportunidad a explotar, hasta la coherencia en la visión sobre cómo se logrará una posición dominante. Que no se malinterprete. Amar la idea es parte del camino emprendedor. Es el vehículo para lograr la convicción necesaria para defender e impulsar nuestros proyectos. Para contagiar y convencer a los demás. Pero ese entusiasmo desmedido no debe dominarnos. Si no, simplemente, potenciarnos. Quien emprende en busca de capital debe encontrar el camino para lograr ese equilibrio tan preciso entre lo que siente que tiene y lo que realmente posee. Debe encontrar el camino entre la pasión y la razón. El único camino capaz de guiar al emprendedor enamorado.



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