Cuando sea grande...
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Cuando sea grande...

Por Andy Freire 19 de Diciembre 2013




Los humanos soñamos. Somos seres capaces de proyectarnos en el futuro. Es uno de los beneficios de nuestra inteligencia: la capacidad de abstracción. Curiosamente, cuanto más chicos somos, más lo hacemos. En el fondo, es lógico. De niños, somos más “potencia” que “acto” y, por eso, nuestro espectro de posibilidades es casi infinito. En condiciones ideales –me refiero a cuestiones de entorno–, podemos ser casi todo. Nuestra única limitante es el tiempo. A medida que pasan los años, vamos transformándonos más en lo que elegimos ser y las opciones potenciales se acotan. Muchos de los que leen estas líneas, seguramente, quisieron ser bomberos, astronautas, músicos, bailarines, deportistas, médicos, veterinarios, maestros, arqueólogos...

Todas, profesiones con una gran valoración social y que tienen la capacidad de hacer volar las imágenes que tanto producimos en la infancia. Me atrevería a decir que ninguno de nosotros soñó con ser emprendedor. ¡Y claro! ¡Es difícil jugar a armar un plan de negocios o a pedir una inversión! Pero no sólo no lo hacemos por eso. Tampoco nos surge porque, culturalmente, en nuestro país, todavía, no desarrollamos un espacio de relevancia social para los emprendedores. ¿Qué quiero decir? En la Argentina, prácticamente, nadie tiene como referente a un emprendedor o un empresario. Caigo en un lugar común. Pero, por ejemplo, Steve Jobs, Mark Zuckerberg o Larry Page son personalidades sumamente reconocidas en su país y no sólo en el ámbito de los negocios. Son modelos sociales. ¿Y? ¿Qué importa si un emprendedor es reconocido o no?

El tema no pasa por la cuestión del reconocimiento individual, sino por elevar la valoración del rol del emprendedor como un agente positivo dentro de la construcción social. Una sociedad en la que los emprendedores tienen espacio en los medios de comunicación –por mencionar un factor– es una en la que muchos más se animarán a emprender. A mediados de los ’90, el gobierno de Canadá creó un programa, llamado Entrepreneurship Development Program. Tal vez, la primera estrategia articulada en el mundo, con el objetivo de sensibilizar a la población hacia el emprendedurismo y difundir la cultura empresarial.

El tema no pasa por la cuestión del reconocimiento individual, sino por elevar la valoración del rol del emprendedor como un agente positivo dentro de la construcción social.

La estrategia consistía en una serie de acciones bien concretas: creó un programa semanal de televisión en inglés y otro en francés, en los que presentaban historias de emprendedores y empresarios; incentivó la invención de secciones especializadas en la radio y en los diarios; lanzó campañas de sensibilización en televisión; publicó videos y CDs con material didáctico para escuelas e institutos. Lo sorprendente de esta política fueron algunos de sus resultados, que, a pesar de su difícil cuantificación, plasmaron su impacto: una encuesta hecha en 2005 mostró un alto grado de conocimiento y aceptación del programa por parte de estudiantes universitarios de determinadas carreras.

En otra encuesta, realizada entre 2008 y 2009, a personas expuestas a alguno de los contenidos mencionados anteriormente, arrojó que el 57 por ciento de las personas sintieron reforzada su intención de emprender un negocio a causa de esos mensajes. La solidez de un ecosistema emprendedor dentro de un país no sólo requiere de financiamiento accesible, programas de apoyo a PyMEs y políticas tributarias flexibles. También, necesita –y mucho– que la sociedad, en su conjunto, conozca y valore el rol del emprendedor como factor de de-sarrollo y progreso relevante. Y que le dé lugar dentro de su agenda de prioridades y estimación. Eso sólo habrá ocurrido cuando podamos hacer que emprender sea un sueño deseable. Cuando, un día, al preguntarle a un chico qué le gustaría ser de grande, nos diga: emprendedor.



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