La Habana, el sorpresivo paraíso de los expertos en iPhones

La Habana, el sorpresivo paraíso de los expertos en iPhones

Un viaje a la isla terminó descubriendo un mundo donde la manzana de Apple es más común de lo que se creía. 

19 de Septiembre 2012




Cuando mi iPhone se cayó de la parte de atrás del depósito al inodoro, lo saqué inmediatamente. Aunque al principio parecía estar bien, enseguida se apagó y permaneció sin responder.

“Está arruinado”, fue el veredicto de Grant, un Genius de la tienda de Apple. “La verdad es que no nos parece que valga la pena reemplazar los componentes internos de la carcasa de un teléfono roto. Lo tiro y te traigo uno nuevo”. Grant me dijo que tenía que comprar un teléfono nuevo a US$ 649 (o uno reconstruido a US$ 150). Me estaba por ir a un viaje a Cuba, donde mi teléfono igual no iba a funcionar. Así que le agradecí y me fui.

Cuba - Habana
En mi segundo día en La Habana, pasé por una pequeña tienda de electrónicos en el barrio Vedado, de casas de un piso, y paré. Sacando el objeto inútil de mi bolso, pregunté: “¿Hay alguien que sepa cómo arreglar esto?”. La mujer en el mostrador se fue hacia atrás y volvió con un pedacito de papel que tenía una dirección en el barrio Miramar.

Un chico con Ray-Bans de marco blanco asiente cuando golpeo la puerta verde de madera laminada en el destino. Su nombre es Andy y él está seguro que puede resolver mi problema. Sacando los pequeños tornillos que mantienen la cubierta de vidrio en su lugar, comienza un proceso de desarmado rápido. Tengo que admitir que Andy se ve menos impresionado por mi teléfono lujoso de lo que hubiera esperado. “¿Qué tan seguido arreglás un iPhone?”, pregunto. “Todos los días”, contesta.

“En los últimos dos o tres años, me di cuenta que los iPhones se ven cada vez más”, dice Philip Peters, un experto de Cuba del Lexington Institute. Las reformas de Raúl Castro sacudieron el mercado móvil. “En 2008, cuando levantó la prohibición de que los cubanos tuvieran celular a su nombre, llevó a una explosión al número de suscriptos”. Como muchos productos en Cuba, los iPhones suelen venir de turistas o ciudadanos que tienen permitido viajar al exterior.

Andy extrae la motherboard con un escarbadientes, la pone en un recipiente verde, agrega alcohol de una botella de Fanta, y apreta el encendido. El aparato se mueve vigorosamente. Abelito, su socio, dice que aprendieron la mayor parte de lo que saben vía una conexión web ilegal. Luego de 20 minutos de pinchar y frotar cuidadosamente, Andy resucitó milagrosamente mi teléfono, aunque la batería tiene poca carga. Trato de pagar. Se niega. “Usualmente solo aceptamos el pago cuando arreglamos el problema”. “¡Pero lo arreglaste!”, discuto. No logro convencerlo.

Un día después, en el Hotel Saratoga en la Vieja Habana, me doy cuenta del portero moviendo su iPhone 3. Le digo sobre mi batería y me apunta a un hombre joven, delgado y vestido con cuidado, está alrededor del bar. Diez minutos después, Roberto y yo estamos caminando hacia una calle embarrada detrás del impresionante y decadente Edificio del Congreso, diseñado exactamente como el de Washington, mejor cuidado.

Frenamos enfrente de una entrada oscura. Roberto me dice que espere y pasa por unas escaleras de concreto. Unos minutos después vuelve con una batería de iPhone nueva en su envoltura de plástico negra. Como pago, acepta un pendrive de 8 GB que tenía. Los pendrives son valiosos aquí, donde el uso de Internet está restringido y monitoreado. Roberto, estudiante de arquitectura, explica que “aunque la cuota acá es gratis, uno tiene que comprar libros, papel, lapicera, la comida y el transporte”. Todo cuesta dinero.

Mientras sus padres tratan de arreglar obsoletos autos de Detroit, Andy y Roberto aprendieron a ganarse la vida con la tecnología de Palo Alto a la que no tienen acceso oficial. El saludable mercado de arreglo de celulares aquí es el último ejemplo de la ingenuidad cubana que los locales llaman “sobreviviendo”. Es un capitalismo de pequeña escala que trabajar alrededor de un embargo de 50 años y una economía anémica y centralizada.

Dos meses después, mi teléfono sigue funcionando perfectamente. La próxima vez que un Genius de Apple le diga que no hay esperanza, considérelo una excusa para visitar La Habana.



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