Alan Greenspan: “Ben Bernanke tiene un trabajo más difícil del que tuve yo

Alan Greenspan: “Ben Bernanke tiene un trabajo más difícil del que tuve yo"

El ex Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos habla sobre su legado, da su visión de la economía y explica, además, por qué dejó de tocar el saxo.

30 de Noviembre 2012



Alan Greenspan es economista.  Supo ser Presidente de la Reserva Federal y hoy es faro de consultas. En una entrevista mano a mano, explica que Grecia podría dejar la eurozona, ya que no encuentra razones para que no lo haga. Y no se detiene allí: narra su encuentro con Ayn Rand, su preocupación sobre la crisis financiera y sus preocupaciones sobre la crisis.

Antes de ser un profesional de la política monetaria, usted era un saxofonista profesional. ¿Qué similitudes encuentra?

Casi ninguna.

¿Realmente?

Lo único económico de mi carrera de músico, aparte de que hice todas las declaraciones de impuestos de la banda, fue la decisión de dejar el negocio de la música, en base a fundamentos económicos. En esencia, concluí –habiendo visto algunas de las cosas que pueden hacer quienes son realmente buenos y reconociendo, básicamente, que no es una cuestión de estudiar y aprender– que hay ciertas cualidades inherentes con las que se nace y que, si uno no las tiene, nunca llegará a ciertos niveles. Mozart las tenía a los 4 años. Yo nunca las tuve. Punto. Era un músico amateur relativamente bueno y un profesional promedio. Una de las cosas que vi fue que el negocio de la banda grande se debilitaba. Tomé una decisión económica y terminó siendo la mejor conclusión que hice en mi vida.

Alan I
La Orquesta Henry Jerome fue un temprano promotor del be-bop. En esa época, ¿se veía como parte de una revolución?

Las revoluciones son algo que sólo se ve en retrospectiva. Me daba cuenta de que hacíamos cosas que eran nuevas. Los instrumentos de caña se sentaban delante de las trompetas y los trombones. Tenía claro que escuchaba algo diferente de los bronces. De ahí venía el be-bop. Pero no éramos los únicos que lo hacíamos. Dizzy Gillespie se sentaba con la banda.

Conoció a Ayn Rand casi por casualidad, a través de su primera esposa. ¿Cómo habría sido su vida sin ese encuentro?

Probablemente, hubiera hecho hincapié en la economía matemática y la construcción de modelos, en vez de tratar, como hoy, de descubrir cómo es que las cuestiones culturales afectan a la política económica y, especialmente, cómo es que el miedo, la euforia y el comportamiento en manada afectaron, significativamente, a la economía moderna.

Pero hubo una pregunta que ella le hizo que –según usted– cambió su forma de ver todo lo demás...

Sí, es un hecho. Lo cambió. Antes de conocerla, era un positivista lógico y –de acuerdo con eso– no creía en absolutos, morales o de otro tipo. Si no podía probar una proposición con hechos y números, no tenía mérito. En una conversación, ella me preguntó: “¿Entiendo la idea central de su posición? ¿Usted no tiene la certeza de que existe?”. Dudé y le contesté: “No puedo estar seguro”. Me respondió: “Entonces, ¿quién está contestando esa pregunta?”. Con ese pequeño intercambio, socavó la estructura filosófica que me había construido. La contradicción era demasiado cegadora y me abrió a escuchar el resto de lo que ella tenía para decir. Seguimos cerca hasta que murió, en 1982.

Años más tarde, cuando su actual mujer –Andrea Mitchell– visitó por primera vez su departamento, usted le leyó un artículo que había escrito sobre monopolios para Ayn Rand. ¿Por qué?

Habíamos discutido sobre monopolios durante la cena. Así que la invité a mi departamento para leer un artículo que yo había escrito a mediados de los ’60. Planteaba cuestionamientos serios a las bases de la Ley Sherman Antimonopolios de 1890 y, de hecho, había sido muy detallista sobre lo que consideraba errado. Nada de lo que haya visto en la realidad lo cambió. No niego que los monopolios sean algo terrible. Pero sí que sea fácil resolverlos a través de leyes de esa naturaleza. Conversábamos sobre algo relacionado de un modo u otro con esto, así que tenía mucha curiosidad por saber cómo respondería. La verdad es que, ahora, me olvidé cómo respondió.

Seguramente, no demasiado mal.

No, le aseguro que no. Funcionó extraordinariamente bien. Tenemos el más maravilloso de los matrimonios y mejora cada año. Estamos aún muy enamorados el uno del otro. Cuando usted era presidente de la Reserva Federal, la gente decía que era inescrutable.

En su libro, usted habla de practicar el arte de la ambigüedad constructiva. ¿Qué significa?

Como presidente de la Reserva Federal, cada vez que expresaba un punto de vista, sumaba o restaba 10 puntos de base del mercado de créditos. Eso no ayudaba. Pero, de todos modos, tenía que declarar ante el Congreso sobre cuestiones que eran demasiado sensibles para el mercado. “Sin comentarios” era, de hecho, una respuesta. Y así se construyó lo que llamaron el “Fed-speak”. Pensaba en un pequeño plato delante de mis ojos, que era el Washington Post, el titular de la mañana siguiente, y me frenaba en la mitad de la oración. Luego, en vez de parar, seguía la oración de una manera oscura, que la tornara incomprensible. Nadie estaba seguro del todo de que no decía nada profundo. Y eso se convirtió en el “Fed-speak”, una jerga en la que, con los años, me volví un experto. Es un mecanismo de auto protección... Cuando se está en un ambiente donde la gente dispara preguntas, uno tiene que ser muy cuidadoso con los matices de lo que está por decir y, aún, de lo que no dice.

¿Hay algo de lo que aprendió durante la reciente crisis financiera que lo haya sacudido y modificado el modo en ve las cosas?

Sí, claro. Estaba en un programa de televisión, el domingo 14 de septiembre de 2008, y me preguntaron: “Hace seis meses usted decía que la probabilidad de una recesión era del 50 por ciento. ¿Aún cree eso?” Mi respuesta no fue tan directa. El hecho de que se me hiciera esa pregunta significa...

¿Qué significa?

Qué el día antes de la caída de Lehman Brothers, el sentido común no tenía aún la certeza de que fuéramos a caer en una recesión. De hecho, aprendimos muchos meses después que la tendencia descendiente ya había comenzado. ¿Cómo pudimos equivocarnos tanto? Quiero decir, yo estaba diciendo: “Sí, se viene la recesión. No es que ya esté acá”. No sabíamos que ya había golpeado.

Había comenzado en diciembre de 2007.

Eso es lo que dijo el Buró Nacional de Investigación Económica. Pero lo dijeron muchos meses después. No era algo obvio en ese momento.

¿Es humillante?

Ciertamente.

Alan II
Usted defendió su posición y explicó sus políticas una y otra vez. Cuatro años más tarde, algunos aún lo culpan de la crisis financiera. ¿Le preocupa que sea recordado por eso?

Estoy demasiado ocupado. Dejemos que otros se preocupen por eso. Sin embargo, sí me dice algo que me parece inquietante. Mi propósito fundamental no era la autodefensa aunque, indudablemente, había algo de eso. Estaba defendiendo la política de la Reserva Federal. Desde mi perspectiva, había dos líneas de críticas. Una era que dejamos que los fondos federales estén muy bajos en 2003 y la otra se relacionaba con las regulaciones: decían que nosotros, en la Reserva Federal, no respondimos de manera adecuada y permitimos que los estándares de garantías de las hipotecas subprime colapsaran. Cuando atestigüé ante la Comisión de Investigación de la Crisis Financiera, apelaron a la Ley de Protección de los Propietarios (que le da a la Reserva Federal amplios poderes) para evitar fraudes hipotecarios. Enumeré, paso a paso, lo que había hecho para tratar las cuestiones planteadas por los miembros del Congreso. Sin embargo, cuando se dio a conocer el informe del Congreso, resultó que la evidencia que yo presenté había sido completamente ignorada. Es triste. Tuve experiencias similares cuando traté de explicar la política monetaria de la Reserva Federal entre 2002 y 2006.

Dedicó mucho tiempo a explicar su caso, sin embargo.

Eso fue porque, realmente, creí que podría hacer una diferencia. Me equivoqué.

Usted también le dijo a la Comisión que había estado en lo cierto el 70 por ciento de las veces. ¿En qué se equivocó?

Pronosticando el cambio en el mercado de acciones de la semana siguiente. Estuve en el negocio del pronóstico por más de medio siglo. Si acierto el 70 por ciento del tiempo, lo considero muy exitoso. La gente no se da cuenta de que no podemos predecir el futuro. Sí, tener probabilidades acerca de qué ocasiona qué. Pero es lo más lejos que podemos ir. Y tuve una carrera muy exitosa como pronosticador, a partir de 1948. El número de errores que cometí es asombroso. No hay un número suficientemente grande para contabilizarlos. Pero acerté la mayor parte de las veces. Los antiguos griegos tenían el Oráculo de Delfos. Luego, estuvo Nostradamus, dos milenios más tarde. Hoy, quienes leen la suerte y los que seleccionan acciones tienen un buen pasar. Los científicos pueden predecir con cierta precisión. Pero, en economía, somos extraordinariamente afortunados si tenemos éxito más de la mitad de las veces.

¿Qué es lo que más le preocupó de la economía en 2012?

Europa.

¿Aún cree que Grecia dejará la zona del euro?

No veo cómo puede hacer para quedarse.

¿Qué le preocupa más en los Estados Unidos: el débil crecimiento o la inflación?

Ambos.

¿Cómo cree evolucionará la política monetaria el próximo año?

Me mantuve alejado de esa discusión desde que dejé la Reserva Federal. Es un ambiente muy duro. Es una tremenda institución y le dediqué 18 años y medio. Eso y la Corte Suprema es lo más cerca que uno puede estar de lo que debe ser lo ideal. Parece como si los Estados Unidos ya hubiera estado allí antes: nuevamente, en un ambiente de tasas extremadamente bajas.

Las circunstancias son mucho más extremas y la economía está en peores condiciones que las de su mandato. ¿Diría usted que las cosas están peores hoy?

Sí, por supuesto.

¿Diría usted que ahora estamos en una trampa de liquidez?

No voy a discutir eso. Podría, pero no lo haré.

Quiero decir, ¿hay límites sobre el alcance de la política monetaria en un caso como éste, cierto?

Lo diría de esta manera: Ben Bernanke tiene un trabajo mucho más difícil del que tuve yo. Él es un economista muy capaz y experimentado.

¿Alguna vez habla con él?

Por supuesto. Ambos manejamos muy bien el Fed-speak.



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