Historias de ejecutivos que lograron vencer el problema del tráfico
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Historias de ejecutivos que lograron vencer el problema del tráfico

Cómo hacer para no quedar atrapado en la General Paz, la Panamericana o las calles angostas. Soluciones ingeniosas para poder llegar al trabajo en tiempo y forma.

Por Juliana Monferrán 25 de Junio 2013




De 9 a 9.30 reunión afuera de la oficina. A las 10.30 reunión semanal con el equipo. 11.30: Conferencia telefónica. 13.00: Almuerzo de trabajo en conocido restaurante de Puerto Madero. 15.00: Viene a la oficina proveedor. 16: Entregar informe. 18.30: Acto en el colegio de los chicos. Pagar tarjeta y llamar al seguro del auto. A la tradicional agenda de por sí caótica de los ejecutivos que hacen malabares para compatibilizar su vida profesional con la personal, desde hace unos años se le suma un factor agravante: el tráfico. Año a año, un cartel cada vez más grande se lee en todas las páginas del calendario ejecutivo: “Tener en cuenta el tráfico”. Y la típica excusa, “estoy atrasado por el tráfico”, se convirtió en una muy palpable realidad que hace que los responsables de manejar las empresas pierdan horas enteras arriba de autos y taxis haciendo su trabajo menos eficiente y su tiempo personal cada vez más escaso.

El tema no es menor e incluso es tratado en la mesa de directorio de muchas compañías que reconocen el problema y buscan distintas formas de alivianar el estrés que significa correr contra el reloj. Horario flexible, descentralización de las oficinas, mayor uso de video conferencias, home office o cocheras para bicicletas son algunas de las soluciones que proponen corporativamente. Más allá de la propuesta de las organizaciones, los ejecutivos también decidieron apelar a la creatividad y buscar alternativas para que sus agendas no dependan del tráfico. El caso de Alejandro Bibiloni, presidente de DuPont Pioneer Argentina, tiene los dos condimentos. Una decisión de la empresa lo obligó a repensar sus horarios y el de todo su equipo de trabajo, entonces con sede en Martínez. “Hace 12 años que nuestra unidad de negocios estaba ubicada allí y mucha gente vivía en zona Norte.

Sin embargo, a fines de 2011, DuPont nos invitó a compartir el edificio con ellos en Catalinas”, relata Bibiloni, quien recuerda que al principio la reacción de la gente no fue positiva, en especial por el trastorno que significaba el traslado al centro. Fue entonces que se decidió trabajar en distintas etapas. La primera, “poner el tema y verlo en forma relativa”, como lo explica el ejecutivo. Y, en un segundo paso, ver qué se puede hacer. En esta etapa se comenzaron a hacer pruebas piloto. Algunos de los interesados hicieron viajes al centro en distintos horarios para poder establecer cuál era la hora ideal para entrar al microcentro.

Marcelo Costa
En dos ruedas. Marcelo Costa se animó a la moto para sortear el caos de tránsito de la General Paz.

Cuando, en agosto de 2012, la mudanza se concretó, ya se había establecido un nuevo horario de trabajo consensuado por todos: de 7.30 a 16.30. “El beneficio es doble. Salen en punto porque saben que si se quedan un rato más agarran el tráfico. Esto los obliga a ser más eficientes las ocho horas laborales, pero muchos incorporaron actividad física en el tiempo que les queda libre”, cuenta Bibiloni, quien tuvo su propia experiencia. Su caso fue distinto porque él vive en el centro. Sin embargo, desde la mudanza decidió dejar el auto y optó por una vida más sana.

“Voy caminando al trabajo. Son unas 25 cuadras, media hora que aprovecho para escuchar música”, asegura. A la vuelta prefiere la bici. Utiliza las bicicletas públicas y tarda 10 minutos en llegar a su casa, ubicada justo enfrente de unas de las paradas del recorrido. Además, incorporó el gimnasio dos veces por semana. “Descubrí una ciudad que antes no veía”, asegura el agrónomo que tiene saco y corbata en la oficina y en alguna ocasión usó la bicicleta para ir a algún almuerzo. Como buen profesional de la tecnología, Gustavo Acosta, director de Administración y Finanzas para Microsoft Argentina y Uruguay, decidió usarla a su favor.

Teniendo en cuenta la flexibilidad de horarios que propone la empresa y la posibilidad de hacer trabajo remoto dos veces por semana, el ejecutivo se armó su propia agenda, mucho más amigable con sus necesidades como responsable de una unidad de negocios de una multinacional. Acosta vive en Manzanares, a 68 kilómetros de la Capital, y es padre de una hija. “El viernes trabajo desde casa y las tres horas que me ahorro de viaje aprovecho para hacer actividades personales. De 8.30 a 9.30 juego al tenis y al mediodía busco a mi hija en el colegio y la llevo a comer”, cuenta Acosta.

El resto de la semana, el ejecutivo no pone reuniones antes de las 10 de la mañana. “No me estreso si llego tarde y, si tengo una conferencia muy temprano, la tomo en casa”, señala. Según su experiencia, el horario ideal para salir es a partir de las 9.30. De esa manera, sólo tarda 1 hora y 10 minutos. En caso contrario, el viaje puede extenderse no menos de media hora. Sin embargo, al no estar sujeto al horario de llegada, disfruta el viaje de otra forma. De ida, escucha noticias, música y hace algunas llamadas laborales con manos libres. A la vuelta, las llamadas son a amigos o familiares. En varias ocasiones, el ejecutivo usó el plan B.

“Si escucho que hay un accidente o un corte en alguna parte del trayecto, me desvío, entro a un bar, me pido un jugo de naranja y me conecto por WiFi. Por Twitter veo los mensajes del tráfico y así sé cuándo puedo seguir viaje”, explica Acosta, quien asegura que cada vez hay menos reuniones presenciales. El directivo hace un año y cinco meses que está en Microsoft. Y asegura que las herramientas y políticas que tiene una firma hacen que uno elija dónde trabajar no por la ubicación física. Nicolás Brodtkorb, director de Recursos Humanos Cono Sur de Dow, también buscó la manera de que sus mañanas fueran menos estresantes. Vive en Martínez y llegar al centro en auto le lleva entre 40 minutos y una hora y media. Una lotería. Arribar a un horario preestablecido no tiene garantía. Fue así que su cambio fue bastante drástico. Dejó el auto por el barco. Tuvo algo de suerte. Es que la empresa donde trabaja se mudó hace un año a sólo metros de la terminal de las embarcaciones, en Puerto Madero.

“Desde mi oficina veo cuando llega el barquito a las 18.30”, asegura el ejecutivo, quien sabe que, si no apronta sus cosas y baja, deberá buscar otra forma de volver a casa. Sin embargo, sentado en un cómodo asiento, mirando el agua y café en mano se conecta nuevamente a Internet y sigue contestando el mail que no había terminado de redactar en su oficina. Definitivamente, una propuesta menos estresante por $ 60 ida y vuelta. Y, además, no está sujeta al clima. Brodtkorb, ademá,s como profesional de RR.HH., sabe lo que el tráfico representa para cada uno de los empleados de su empresa. “La calle es un hervidero. Y es allí cuando la creatividad comienzan a actuar”, reconoce. Y agrega: “Si pasás tres horas de tu día viajando es una pérdida para todos, también para la compañía”. Para el ejecutivo, que acaba de hacer una entrevista a una candidata a un puesto para Chile por Skype, hay que seguir analizando alternativas. Fue lo que buscó Marcelo Costa, gerente de Logística de Xerox, cuando se cansó de ir a paso de hombre por la General Paz. Experto en tiempos y procesos, sabía que perder entre una hora y media y dos para llegar a trabajar y otras dos para volver no era eficiente.

Tenía en su casa una moto que usaba los fines de semana para pasear. Pero nunca la había visto como medio de transporte. Además, ir en moto con pantalón y zapatos de vestir le daba cierta timidez. Sin embargo, una vez que probó no pudo bajarse. “Vi los beneficios: en 25 minutos iba de Ezeiza a Martínez, siendo cuidadoso”, cuenta. Es más, su vestimenta le jugó a favor. En una ocasión lo paró la policía pero, al verlo de corbata, con la credencial del trabajo y la mochila de la computadora, lo dejó ir. Hoy, el ejecutivo no sólo usa la moto para ir y volver del trabajo. También aprovecha los beneficios de andar en dos ruedas para, dos veces por semana, ir al depósito que la empresa tiene en Parque Patricios, unos 20 minutos versus una hora en auto. “En el ambiente logístico no se usa saco, lo cual me facilita las cosas”, asegura.

Pero Costa no es un improvisado. Todas las noches chequea el pronóstico en dos sitios especializados distintos. Si hay posibilidades de lluvia tendrá que levantarse una hora y media antes y enfrentar la pesadilla en auto. El mismo método utiliza Fernando Ciarmatori, director de Adecco Profesional, quien se compró una moto especialmente para ir a trabajar. Todas las mañanas antes de hacer los nueve kilómetros desde su casa a las oficinas de la empresa, en Pellegrini y Córdoba, mira el pronóstico del tiempo. “Si hay alta probabilidad de lluvia, voy en auto”, explica. Y cuenta el porqué del cambio: “Estaba cansado de los tiempos y demoras del tránsito, llegaba a casa estresado y nervioso. Pasaba muchas horas arriba del auto”. Chequear el pronóstico se volvió una rutina para muchos que ya no están atados al tráfico pero sí a un gadget que les permite asegurarse que al otro día no se van a empapar camino al trabajo, o de regreso a casa.

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Aunque no fue el caso de Matías Heinrich, SVP de Operaciones para América latina de la empresa de telecomunicaciones Level 3. Llueva o truene, él prefería su bicicleta antes que el auto para ir desde su casa, en San Isidro, hasta las oficinas de ese entonces, en Costanera Sur. Todo comenzó un día en que se estaba anunciado un piquete y los trenes tampoco andaban. Entonces, se subió a la bici y comenzó a pedalear. En poco mas de una 1 hora estaba en el trabajo, tiempo que luego llegó a ser 45 minutos.

Si bien no suponía mucho ahorro de tiempo en días normales, en otros, como aquel, era dueño de su tiempo y podía manejarlo a su gusto. Lo que empezó como una opción terminó siendo su transporte durante seis años en los que, según sus cálculos, recorrió 30.000 kilómetros. “Salía a las 7 de la mañana y en la oficina tenía un pantalón y zapatos. Lo más pesado”, recuerda. Cuando llegaba se daba una ducha y a trabajar.

Al año se le unió un compañero y la gran aventura era lograr que el radar les sacara una foto. Para ello debían alcanzar los 60 kilómetros por hora, algo imposible en una bicicleta. Guillermo Fretes, VP Mobile Business de Despegar.com, vivió en los Estados Unidos, en Inglaterra y en Uruguay. Cuando volvió al país luego de nueve años afuera, casado y con tres hijos, no consideró el auto como medio de transporte para ir a trabajar. El trayecto que debía hacer no era muy largo. De Callao y Las Heras a Corrientes y Esmeralda. Sin embargo, hacerlo en colectivo podía ser todo una odisea. “Tardo unos 40 minutos”, asegura Fretes. Por eso decidió que ese tiempo que perdía en un colectivo lleno de gente se lo iba a dedicar a su familia. Sacó la bicicleta que tenía para pasear los fines de semana y se armó el equipo: el casco y unos anteojos de squash. Así, se levanta con el más grande, va al gimnasio y lleva al más chico al jardín.

En 15 minutos está en la oficina listo para empezar el día que termina no antes de las 19.30. “Al principio me daba miedo. Pero la gente ya se acostumbró a las bicisendas. Hay que respetar las normas y ser cuidadoso”, asegura Fretes. Los mismos consejos dan los hermanos Enero, Marcelo y Raúl, socios del laboratorio de cosmética LACA y amantes de las motos. Si bien ambos tenían una, la usaban como vehículo de recreación. “Hace años usaba la moto para ir a trabajar a Caballito todos los días. Pero las cosas fueron cambiando y el auto fue ganando espacio en mi vida. La moto quedó para los fines de semana”, cuenta Marcelo Enero.

Aunque hoy el tráfico hizo que el empresario vuelva a las dos ruedas. “Un buen casco y un bolso, donde llevo laptop, documentos y papeles, es lo único necesario para salir de casa”, explica. Su hermano asegura que con la moto puede tener una sonrisa en la cara todos los días. Se mueve de Olivos a San Cristóbal en 45 minutos. “Y no hace falta ir rápido”, asegura. A contramano pero también pedaleando, Juan Pablo Sambrizzi, gerente de Legales del Grupo Monarca, llega a las oficinas cercanas a la estación Acassuso, en San Isidro, dos o tres veces por semana. En su caso no es solamente una cuestión de ganarle al tráfico. Si bien de ida tarda unos 30 minutos en bici hasta la estación de tren que lo deja a metros de la oficina, también lo hace para “mover las piernas”, como él mismo lo reconoce.

“Soy una persona muy inquieta y durante el día estoy bastante tiempo sentado”, explica Sambrizzi. Jessica Cox llegó a Buenos Aires en agosto de 2012, justo cuando los subtes de la ciudad estaban de paro por 10 días. Inglesa de nacimiento, antes de venir a vivir a la Argentina con su novio porteño, residió siete años en Bruselas trabajando como consultora política para empresas. Una de sus primeras compras en el país fue una bicicleta. Su idea, hoy ya lanzada, es armar, junto a una socia, una página de rutas para viajeros con las opciones de transporte entre la Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay. Y para realizar todos los trámites referidos a su emprendimiento la bici fue su mejor aliada. “Buenos Aires es una ciudad con mucho tráfico pero muy fácil para andar en bicicleta. Es muy plana”, compara la viajera. Moto, bicicleta, barco. Todo es válido a la hora de ganarle al tráfico y convertir las horas perdidas en tiempo. Un alivio para la agenda.



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